El
resultado de la paciencia
(un relato de la vida del Profeta Muhammad)
Ali Mirza Beigui
Los principales de la tribu de Quraish estaban irritados por
el avance del Islam. Se habían reunido en La Meca y deseaban tomar una
decisión definitiva. El resultado de la opinión conjunta fue volcado en un
comunicado. Uno de los presentes lo leyó en voz alta:
Nadie tiene derecho a comerciar con Muhammad y sus seguidores.
Nadie tiene derecho a mantener ningún tipo de relación con
ellos.
Nadie tiene derecho a contraer enlace con ningún integrante de
la comunidad de Muhammad.
Nuestro deber es secundar a los enemigos del Islam cualquiera
sea la circunstancia.
Entre exclamaciones los jefes de Quraish confirmaron el
comunicado y lo colgaron en la pared de la Ka’aba. Luego todos se retiraron.
En el camino de regreso algunos seguían discutiendo respecto al tema. Uno
decía: “Sí, no hay ningún otro remedio. Sólo de este modo podremos
quebrantar la resistencia de los musulmanes”. Otro agrega: “Cada día
Muhammad encuentra nuevos fieles, ya no es posible hablar ni siquiera con
nuestros jóvenes”. Y un tercero acotaba: “Debimos hacer esto mucho tiempo
atrás”. Otro agregó: “Pero ahora tampoco es tarde. De hoy en más, los
musulmanes no sabrán de sosiego ni seguridad. Ni siquiera les venderemos
alimentos. En verdad, es posible que no sobrevivía ninguno de ellos”.
Cierto tiempo después los seguidores del Profeta y parte de su
familia, partieron hacia una hondonada situada en medio de las montañas. Lo
hicieron a raíz de una propuesta de Abu Talib, el tío del Profeta, ya que él
deseaba que Muhammad y los musulmanes estuvieran a salvo del ataque y las
molestias de los de Quraish. Por esta misma razón llamaron a este paraje,
“la hondonada de Abu Talib”. Después de establecerse allí, los musulmanes
construyeron torres de vigilancia. Estaban custodiadas por guardias para
prevenir el ataque enemigo. Las casas que estaban en malas condiciones
fueron remodeladas. Día a día, el hambre y la carencia de alimentos creaban
mayores dificultades. Había días en que la comida de los musulmanes era un
dátil repartido entre varios. Con extrema debilidad y agotamiento siguieron
trabajando y procuraron hacer tolerables las difíciles condiciones de vida
en la hondonada, especialmente para las mujeres y niños.
El enviado de Dios recomendaba la paciencia y la tolerancia, y
albriciaba el triunfo. Los musulmanes resistían sin reprocharle el
sufrimiento. Cuando el cansancio los agobiaba, miraban al profeta y
renovaban sus espíritus. El Enviado de Dios trabajaba más que nadie y
descansaba menos que ninguno. Minuto a minuto estimulaba a los musulmanes
para darles fe y una mayor resistencia. Los moradores de La Meca
consideraban a ciertos meses del año, prohibidos. Durante el transcurso de
los mismos nadie podía declarar guerras o disputar batallas. En ese período,
los fieles del profeta aprovechaban para salir de la hondonada, a fin de
obtener una determinada cantidad de alimentos. Además, trataban de convocar
a la gente hacia la ideología islámica.
Ocurrió que en uno de esos días, un grupo de musulmanes se
dirigió a la ciudad para realizar unas compras. En el momento de pagar y
recibir a cambio sus provisiones, repentinamente apareció en un lugar Abu
Lahab. El era uno de los enemigos más encarnizados del Islam. Abu Lahab dijo
al vendedor: “¿Por qué les vendes mercancías? ¿No sabes que no debes
comerciar con los musulmanes?. Ellos deben morir de hambre. Al menos,
aumenta el precio de la mercadería”. A pesar de sus palabras y como al
comerciante sólo le preocupaba vender la mercancía, no le prestó oídos. Al
descubrir Abu Lahab que no le sería posible impedir la transacción de aquel
modo, ofreció pagar un mayor precio por la mercancía y lo compró todo.
Los Quraishitas siempre procedían así, con el único propósito
de molestar a los musulmanes. Y así ocurrió durante largo tiempo. Cada día,
los seguidores de Muhammad se enfrentaban con mayores dificultades. Los
espías de Quraish vigilaban en torno a la hondonada, para asegurarse de que
nadie les facilitara alimentos. Hacían una guardia estricta, a fin de que el
bloqueo económico se concretara al pie de la letra. Pero a veces algunas
personas, que sabían que sus familiares pasaban hambre, trataban de
ayudarlos del modo que les fuera posible. Lo hacían colocando dátiles y
trigo sobre el lomo de un camello. Aprovechando la oscuridad de la noche,
llevaban los animales hasta las cercanías de la hondonada y luego desde
allí, éstos continuaban solos, hasta donde se encontraban los musulmanes.
Pasaron aproximadamente tres años bloqueados económicamente,
viviendo en medio de las montañas. Durante este período algunos mequinenses
no estuvieron de acuerdo con esta táctica. Ellos, que hacía años eran
testigos de la opresión de Quraish y la resistencia del profeta y sus
fieles, ya no pudieron soportarlo más. Cierto día, un hombre llamado Hosham
habló con otro, Zuhair, y tres hombres más, y les pidió que juntos tomaran
alguna medida para poner fin a la situación.
Se construyó una sesión. Hosham, Zuhair y el resto se hicieron
presentes a fin de abolir el comunicado. Exclamó Zuhair: “Esperamos que esta
mancha de deshonor sea purificada, que este comunicado opresor quede sin
efecto”. Entonces irrumpió Abu Yahl: “Jamás tus palabras llegarán a la
práctica, jamás esto se llevará a cabo. La decisión de Quraish debe ser
cumplida. La voluntad de los jefes de esta tribu debe ser respetada”.
Cuando él terminó de hablar, los concurrentes comenzaron a
expresar, entre exclamaciones, sus ideas tanto favorables como contrarias a
las de Zuhair. Unánimemente se pusieron de su lado y pidieron la abolición
del comunicado. Abu Yahl y otros opresores de Quraish, vieron difícil la
situación, y se convencieron de que su resistencia sería en vano. De este
modo y tras años de reclusión y dificultades, el Profeta y sus compañeros
quedaron a salvo y regresaron a sus hogares. Más convencidos que nunca,
pensaban en el triunfo progresivo del credo de la verdad. Su deseo más
ferviente era la erradicación de la incredulidad y la injusticia, y la
eliminación de la opresión hacia los semejantes.
Cuando se dirigieron a la Ka’aba para retirar el comunicado, descubrieron que se lo habían devorado los insectos. Las termitas dejaron intacta sin embargo, la palabra Allah (Dios), puesto que el comunicado estaba encabezado por la frase, “En tu nombre, oh Dios”.
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