El nuevo brote
(un relato de la vida del séptimo Imam. Musa ibn
Ya’far)
Azar Reza
Ibrahim había realizado la oración de la noche.
¡Qué exhausto se sentía!. Las cortas horas de sueño no habían podido
quitarle su gran cansancio. Luego de un rato se acercó a la ventana, se
asomó a través de ella y miró al cielo. Meditó. ¿Por ventura, habrá llegado
el momento de la oración del alba? ¡Cuán despejado y estrellado estaba el
cielo!. Fijamente observaba a las estrellas. La luna se desplazaba
suavemente y supervisaba a los luceros. Era como si ellos fuesen sus hijos a
los cuales debía proteger. Desde el inicio de la noche, la luna les contaba
cuentos para hacerlos dormir. ¡Qué cercanos parecían todos los astros!.
Ibrahim se dijo: “Si Husain estuviese despierto, creería que con una gran
escalera podría subir y tomar una estrella para sí”. Esta idea lo hizo
sonreír.
Hizo la oración de la aurora y se volvió a
acostar. Discutía consigo mismo. “¿Duermo o no duermo?”. Estaba cansado y
tenía mucho sueño, pero también tenía muchas cosas que hacer. Sus campos
necesitaban atención. Recordó cuánto había trabajado en él. Una extensa y
seca tierra en las afueras de Yawaniiah, muy cerca de la ciudad de Medina,
cultivada por él mismo. Desde hacía varios meses, todos los miembros de la
familia y algunos campesinos habían estado trabajando día y noche para que
aquella tierra seca se convirtiera en un campo de cultivo.
La brisa movía las espigas que brindaban esperanza
a él y a su familia. La esperanza del momento de la cosecha, la esperanza de
poder pagar las deudas y obtener algún beneficio, Ibrahim meditó:
“Ciertamente entregará una parte de la cosecha al Imam Musa ibn Ya’far
al-Kazim (el que se contiene) para que sea repartida entre los pobres”. Esta
idea suya le brindó gran satisfacción. Sus párpados se hacían más pesados a
cada minuto, pero la preocupación por el trigo y algunos otros quehaceres
que debía llevar a cabo no le permitían dormir. Abrió más sus ojos y
reflexionó: “Debo levantarme, ir al campo y proteger los cultivos”.
De pronto rápidos y fuertes golpes se oyeron desde
la puerta. Antes de que él se levantara, su esposa y su hijo acudieron a la
puerta. La voz jadeante de un hombre lo llamaba: “¡Oh, Ibrahim! ¿Dónde estás
Ibrahim? Todos tus bienes se han perdido, apresúrate, las langostas atacaron
tu campo, date prisa, tal vez puedas rescatar algo todavía”. Era uno de los
campesinos. Había recorrido un largo trecho y con gran desesperación
pronunció aquellas palabras. Estaba exhausto. Uno de los hijos de Ibrahim se
acercó a él y le proporcionó un vaso de agua, Ibrahim sumamente sobresaltado
tomó un gran pañuelo, su arado y apresuradamente se colocó los zapatos.
Corrió hacia el campo. El sol recién estaba despuntando. Su respiración se
iba aletargando. “¡Ayúdame Dios mío!”. Pero cuando llegó, ya era demasiado
tarde.
Lo había perdido todo. Una bandada de langostas se
alejaba de allí como una nube negra. No habían dejado nada. Desanimado, se
echó al suelo y observó el cielo. Colocó sus manos sobre su rostro y meditó.
“¡Dios mío! El fruto de mi trabajo se ha perdido, mi hacienda se ha perdido.
¿Qué voy a responder a la gente? ¿De qué manera pagaré mis deudas? ¿Cómo
mantendré a mi esposa y a mis hijos?” Una congoja había oprimido su
garganta. Respiraba con dificultad. Muy pronto otros llegaron al lugar.
Le dijo su esposa: “Ya no se puede hacer nada, ya
todo ha pasado, Dios es grande y es Él quien nos sustenta”. Ibrahim
continuaba en el suelo. Las palabras de su esposa iluminaron su corazón.
Decía la verdad, había que encomendarse a Dios. Ya no tenía fuerzas para
levantarse. Su esposa se sentó a su lado. Los minutos y las horas pasaron
entre el silencio y la tristeza hasta la llegada del mediodía.
El sonido del adhan provino de la ciudad. Ibrahim
se levantó y comenzó a caminar. Entró a la primera mezquita que encontró,
realizó la ablución y se dispuso a orar. La desocupación lo castigaba.
Regresó a su casa. El sol se hallaba aproximadamente en el centro de la
bóveda celeste. Continuaba pensando en los trigales. Se habían desarrollado
con su trabajo, el agua, el calor y la luz del sol. Habían crecido y luego
habían sido eliminados por el ataque de las langostas.
Transcurrieron unos días. A pesar de todo, Ibrahim
concurría a su campo, pasaba allí el día y al anochecer regresaba a su casa.
Unas horas después se recostaba y oía el tranquilo murmullo de la luna que
contaba cuentos a las estrellas. Reflexionaba. Recordaba la prisa con que
había quitado los yuyos de entre las espigas mientras les decía: “No
permitiré que succionen la sangre de mis trigales recién nacidos”. Luego se
reía de sus propios pensamientos y se dormía lentamente. Un día por la
mañana, como siempre estaba sentado junto a su campo. De repente vio a lo
lejos a unos caballeros acercarse. Pensó: “Seguramente vienen hacia aquí.
Entonces colocó las manos sobre su frente para tratar de reconocerlos. Por
fin pudo hacerlo. De inmediato corrió hacia ellos y exclamó: “ ¡Mi señor, mi
señor!”. No podía creer que su Imam hubiera ido a visitarlo.
El séptimo Imam y sus compañeros habían ido a
visitarlo. Ibrahim corrió hasta aproximárseles. Sentía tanta alegría, que
creía poder volar. El Imam desmontó, le dio un abrazo y le preguntó como se
sentía. Secando sus lágrimas le respondió: “Estoy bien…” Luego le preguntó
por su esposa e hijos y respondió: “Todos están bien”. Después juntos se
dirigieron hacia él. La congoja oprimía su garganta. El Imam le preguntó a
qué se dedicaba. Cabizbajo, Ibrahim le señaló el campo. El Imam permaneció
unos minutos sin hablar, apretó las manos de Ibrahim con cariño y le
interrogó: “Dime Ibrahim ¿cuál es la suma que adeuda y en qué medida te
hubieses beneficiado si esto no hubiera sucedido?”. Ibrahim inclinó su
cabeza, y luego agregó: “El total de mis deudas y mis beneficios hubieran
sumado doscientos cincuenta dirhams. Sin embargo, la tierra seca que hubiera
revivido se arruinó y ahora ni siquiera puedo pagar mis deudas. Las
langostas oscurecieron mi vida y en lugar de trigo me dejaron desgracias…”
El Imam al-Kazim colocó su mano en el bolsillo,
sacó una bolsa, la abrió, tomó los doscientos cincuenta dirhams y se los
entregó a Ibrahim. Por unos instantes permaneció sorprendido. Fue como si
hubiera quedado clavado en el suelo. Y recordó las palabras de su esposa:
“Dios es grande y Él es quien nos sustenta”. Tomó el dinero y agradeció al
Imam. El Imam tomó las riendas de su caballo y junto con sus fieles se
acercó al campo lentamente. Era cerca del mediodía y el sol se dirigía hacia
el centro del manto celestial. Ibrahim observó por unos momentos. Dentro de
su fantasía vio abundantes espigas de trigo. Había fijado su vista en ellas
y había visto crecer las espigas unas tras otras. Las había visto brotar de
las ramas secas. Una tierna brisa las movía suavemente. Ibrahim refregó sus
ojos a fin de salir de su fantasía. Creyó que estaba soñando, que había
enloquecido. Pero aquello no había sido un sueño, el nuevo brote era un
hecho real. El sol de la soberanía y el Imamato de Imam al-Kazim había
iluminado el trigal y le había hecho recobrar la vida. Su alegría fue
inmensa. Miró a su alrededor. El llamado del adhan podía oírse. El Imam y
sus fieles regresaban a la ciudad. Estaba tan asombrado y pasmado que no se
había dado cuenta de la despedida y la partida del Imam.
Aquella era una noche despejada, tranquila, y estrellada. Una leve sonrisa se posó en sus labios. La luna contaba un nuevo cuento. El cuento del nuevo brote de su campo. Toda la ciudad se enteró de lo sucedido. Todos se alegraron. Cuando veían a Ibrahim lo saludaban y le decían que relatar el suceso. Y él, igual que la luna, lo volvía a contar.
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