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El gran misterio


(un relato de la vida del undécimo Imam, Hasan ibn Ali al-Askari)


Mahdi Rahimi


Hacía días que el Imam al-Askari (el militar)* yacía en su lecho de enfermo. Los espías habían bloqueado la casa y la noticia de su estado había sido divulgada. Todos creían que agentes del gobierno lo habían envenenado, pero no se atrevían a hacer nada por temor a los espías del califa. Sin embargo cuando me encontraba en la calle o en el mercado me preguntaban por él y rogaban a Dios por su salud. Yo presentía que el Imam pasaba los últimos días de su vida. Ya estaba por enloquecer, me agobiaba tanta aflicción. Sabía que se acercaban días difíciles y tenebrosos. Pero, ¿qué podía hacer yo? Realmente no sabía qué hacer. Quería verlo como siempre, alegre y animado, para poder servirle y cumplir de inmediato cualquier orden suya.

Dos semanas atrás había solicitado mi presencia y me había dicho: “¡Aqid, ve a la casa de Abuladián y dile que venga de prisa!”. Entonces monté un veloz caballo y transité los polvorientos caminos y los verdes campos de Samarra. Luego de pasar entre interminables filas de palmeras, llegué a casa de Abuladián. Estaba desayunando. Lo saludé y me respondió; luego le transmití el mensaje del Imam. El colocó el bocadillo que tenía en su mano sobre el mantel y se puso de pie. Se cambió de ropa, montó su caballo y partimos.

El Imam lo estaba esperando. Abuladián lo saludó y le besó la mano. El le entregó unas cartas y Abuladián prometió llevarlas a Madaen (ciudad de la antigua Persia que se encontraba bajo dominio islámico). Abuladián era el hombre de confianza del Imam y usualmente para enviar mensajes importantes acudían a él. El Imam lo miró con lágrimas en sus ojos y le dijo: “Tú eres un buen amigo. Quiero darte una noticia”. Enmudeció y luego continuó: “Tu viaje durará 15 días y a tu regreso ya no estaré entre ustedes”. Abuladián comenzó a llorar, se abalanzó a los pies del Imam, tomó su mano y la besó reiteradas veces. Las manos del Imam se humedecieron con las lágrimas de Abuladián. El Imam lo acarició cariñosamente. Y él le preguntó: “Mi señor - ¿Qué debemos hacer nosotros?” Le respondió: “Tengan paciencia y soporten las dificultades sólo por Dios”. Controlando su llanto preguntó una vez más: “Tras tu partida, ¿cómo hallaremos al Mahdi esperado? ¿Cómo lo reconoceremos?” El Imam sonrió de manera que pudieron verse sus blancos y hermosos dientes. Dijo: “Reconocerás al Mahdi esperado a través de tres indicios: primero, rezará por mi cadáver; segundo, te pedirá la respuesta de estas cartas; y tercero, te informará acerca del contenido de una bolsa que me traerán”. Una semana después de su partida el estado del Imam empeoró.

Un día, uno de los sirvientes abrió la puerta e ingresaron a la casa el ministro y un grupo de hombres. El primero, besó la mano del Imam, se sentó frente a sus pies y dijo: “Me he enterado de su enfermedad, visité al califa y se lo comuniqué. De inmediato ordenó ir en busca de cinco de los mejores médicos. Si Dios quiere, pronto se repondrá”, agregó. Cuando los médicos llegaron les ordenó quedarse en la casa. Cortésmente se despidió y salió. Yo descubrí que algo extraño sucedía. Con certeza el propio gobierno Abbásida lo había envenenado, de lo contrario era imposible que se enteraran tan pronto de su gravedad. Yo conocía a varios de los médicos. Eran habilidosos profesionales, pero trabajaban para el califa y llevaban a cabo sus conspiraciones. Por tal motivo dudé de ellos. El Imam empeoraba día a día. Su cuerpo fuerte y sano estaba tan pálido y delgado que era imposible reconocerlo. Cinco días después, el ministro lo volvió a visitar. Mientras besaba su mano decía “¡Dios mío qué delgado y pálido ha quedado!” Y uno de los médicos murmuró: “Su estado es grave, morirá en unos días”. El ministro les ordenó permanecer en la casa y tenerlo informado de cuanto sucediera. Yo, escondido, oí sus palabras y puse al Imam al tanto de todo. Pero el Imam y a lo sabía. Horas después el juez de la ciudad, un grupo de nobles y algunos soldados ingresaron en la casa. Preguntaron por el Imam y en seguida dijo el juez: “El califa ha ordenado que estos soldados permanezcan aquí y lo protejan”.

De acuerdo a la orden del Imam, todos nosotros nos sometimos a la voluntad divina y en silencio observamos la jugarreta del gobierno, ¡qué días difíciles fueron aquellos!. Los soldados nos vigilaban y nos perseguían continuamente. ¡De qué manera odiaba yo al califa! El consideraba al Imam un gran peligro para su gobierno. Por ello lo había arrestado y encarcelado varias veces. En cierta oportunidad, lo envió a la cárcel del perverso Wasif. Había ordenado a los guardias controlar sus movimientos y perturbarlos. No obstante, su comportamiento en la prisión había impresionado a los guardias. Wasif descubrió la alteración del espíritu de sus hombres. El, hombre malvado y cruel, visitó al califa y le comentó que sus hombres corruptos y viles habían creído en el Imam y se habían transformado en fieles adoradores, y que si él proseguía allí, todos los prisioneros terminarían por cambiar y se sublevarían. El califa se preocupó bastante y ordenó ponerlo en libertad. Esto le fue notificado al Imam por un Shiía que había infiltrado en la corte del califa.

Los soldados y los espías inspeccionaban por todas partes. Ellos habían oído que el Mahdi esperado, sería el hijo del Imam Hasan Ibn Ali al-Askari y llenaría el mundo de justicia y rectitud y eliminaría a los opresores. Los médicos lo cuidaban durante todo el día. Las parteras revisaban a diario a la esposa del Imam, para que en caso de observar la existencia de aquel gran misterio lo anunciaran al califa. Pero Dios ya de antemano había resguardado a su misterio y había perfeccionado su luz. A la octava noche del mes, su estado se agravó. Entonces pidió mi presencia y fui hacia él sigilosamente. Todos los soldados estaban durmiendo. Me pidió que cerrara la puerta y también que le trajera pluma y papel para que yo escribiera varias cartas a los Shiías de diversas ciudades. Con voz my débil me las fue dictando. La carta dirigida a los de Medina decía lo siguiente:

“Los exhorto a que sean temerosos y trabajen en el camino de Dios. Los exhorto a que sean veraces y benevolentes, a que restituyan lo confiado, sea su propietario creyente o corrupto, a que realicen sus oraciones con precisión y concentración, a que alarguen su prosternación, a que se comporten con sus vecinos y con todos en general…!

“Si me escuchan y cumplen con mi pedido, las gentes de otras escuelas de pensamiento dirán: ‘Ellos son Shiías seguidores de la escuela de Ahlul Bait’ y eso nos hace felices, puesto que ser devoto y benevolente es un honor y una grandeza. Entonces, procuren ser un honor para nosotros y no nuestra vergüenza y nuestro deshonor. Arraiguen el amor y el cariño de los hombres hacia nosotros y alejen las falsas imputaciones que nos hacen para desacreditarnos.”

“Nosotros somos la familia del Enviado de Dios, el generoso Corán nos considera infalibles y nos confiere un derecho. Quienquiera que no sea de los nuestros y alegre el derecho al Imamato es incrédulo y falaz”.

Le dimos una medicina. No había en la habitación nadie más que nosotros tres. Naryis Jatun, su esposa y madre del Imam Mahdi, el Imam Mahdi que sólo tenía cinco años y yo que era su fiel sirviente. En aquel momento el son del Adhan retumbó en el cielo negro y polvoriento, desde los minaretes de la mezquita. El Imam me devolvió el recipiente de la medicina y se dispuso a prepararse para la oración del alba. Llevé una tela, la coloqué sobre sus pies para que pudiera realizar la ablución sentado. El Imam oró, luego tomó la medicina y la acercó a su boca. Su mano tembló y el recipiente chocó contra sus dientes. Naryis Jatun lo tomó entre sus manos y en ese preciso instante el alma de aquel gran piadoso, ascendió y partió a visitar a su Señor. El llanto colmó la habitación. Los soldados abrieron la puerta y entraron, pero no había indicios de Imam Mahdi. De inmediato la noticia llegó a oídos del califa y su ministro. Poco después Ya’far, hermano de Imam al-Askari, apresurado y soñoliento ingresó en la habitación y cuando vio el santo cuerpo del Imam yaciendo en el suelo sin alma, suspiró profundamente, ocultó su rostro entre sus manos y me pidió que llevara el cadáver al patio, realizara la purificación y lo amortajara. Yo detestaba a Ya’far. Era corrupto y vil. Era amigo del califa y su ministro, y obedecía sus órdenes. Todos los Shiías evitaban acercársele. Muchas veces el Imam intentó orientarlo hacia el camino recto, pero no resultó. Ya’far intentó aprovechar esta oportunidad para presentarse como el sucesor de Imam al-Askari. Por ello intentaba orar por su cuerpo, pues de acuerdo a la orden divina, sólo el sucesor tiene derecho a realizar por él la oración del difunto. Yo estaba seguro que Dios avergonzaría a Ya’far pero de todos modos me abarcaba la preocupación. Sabía que algo ocurrió pero no sabía qué. Llevé el cadáver al patio. Aquella noche el cielo estaba más oscuro que nunca.

La luna se había ocultado detrás de densas nubes y soportaba un viento frío. Las palmeras se movían y se lamentaban bajo el látigo del viento. Todavía fluían de las casas los llantos y los lamentos. Los soldados vigilaban y aguardaba al gran misterio. Poco a poco la oscuridad fue perdiendo su intensidad y el cielo se aclaró. Un grupo de fieles próximos al Imam que se habían informado de lo sucedido se hicieron presentes allí. Todos lloraban y golpeaban sus cabezas y sus pechos. En ese momento Ya’far entró al patio y los soldados lo felicitaron por su Imamato. El aparentaba estar dolido y triste. Justamente en aquel instante Abuladián regresó de su viaje. Al observar los llorosos rostros de la gente, se rasguñó. Sangre y lágrimas inundaron su rostro. Colocamos el cadáver frente a la Qibla (orientación hacia la Meca), Ya’far se detuvo frente al mismo y se preparó para orarle. Todos los allí presentes se enfilaron tras él. Cuando levantó sus manos para pronunciar el takbir, apareció de pronto un bello niño, que tiró de su atuendo y exclamó: “¡Apártate tío!, yo soy más merecedor de orar por mi padre. Ya’far empalideció y su rostro se puso blanco como la tiza. Involuntariamente se hizo a un lado. Uno de los soldados le preguntó: “¿Quién es este niño?” Temblando le respondió: “¡Qué sé yo!”. Sin embargo yo conocí a aquel niño, el era el Mahdi esperado, el duodécimo Imam de los Shiías. El ave de la felicidad se desprendió del seno de mi ser. Una vez finalizada la oración, me dijo el Imam Mahdi: “Di a Abuladián que traiga las respuestas de las cartas”. Hice llegar su mensaje y él, lo mismo que todos, permanecía sorprendido, atónito. Los soldados estaban inmóviles en sus puestos. El Imam pasó frente a ellos y se dirigió a la habitación. Poco después, los soldados al volver en sí, inspeccionaron toda la casa, no pudiendo hallar nada. Cuando el sol lanzó su dorado color, el cadáver del Imam fue llevado a la gran plaza de la ciudad. La noticia del acontecimiento se divulgó y una multitud se dirigió allí llorando amargamente. Jamás se había visto tal multitud llorando por un duelo de la ciudad de Samarra. Abuladián y yo estábamos en la casa junto al Imam Mahdi. De pronto entró un grupo de Shiías y nos informó de lo que pasaba en la ciudad. Ellos venían de Irán y traían una bolsa. El Imam le señaló las características del contenido de la misma. Los viajeros se asombraron de la ciencia de lo invisible de que era poseedor el Imam. Le entregaron la bolsa, besaron su mano y partieron. Abuladián proporcionó al Imam las respuestas de las cartas de los Shiías de Madaen. El dolor por la muerte del Imam Hasan Ibn Ali al-Askari hacia que brotaran lágrimas de sus ojos y la alegría de ver al Imam Mahdi le dibujaba una sonrisa. Salió de la casa y en ese momento recordé la promesa divina, que anuncia: “Dios perfeccionará su luz aunque ello disguste a los incrédulos”.

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* Llamado así por haber sido confinado a vivir en un lugar adyacente a un campamento del ejército califal.

 

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