El viajero del mediodía.
(un relato de la vida del segundo Imam, Hasan ibn Ali)
Saied Mehdi Yoyai
La tierra arde y el cielo echa su fuego. La voz del grillo
resuena entre las matas. Tres hombres bajan de una duna, levantando una nube
de polvo. Uno de ellos se detiene al pie de la misma, descubre su rostro y
dice, exhausto: “Hace horas que estamos caminando por el desierto y aun no
hemos conseguido ni una gota de agua”. Un segundo hombre, apenado, mira a su
alrededor. Cansado y transpirado, toma un puñado de polvo, lo arroja al aire
y dice en voz baja: “La tierra está seca y no huelo agua, tal vez nuestro
destino sea morir en esta tierra desértica”. El tercer hombre, muy agotado
de una vuelta alrededor de la duna, y sus compañeros lo siguen. La tierra
caliente se halla cubierta por una arena muy fina, en la que se hunden hasta
las rodillas. Los tres cansados y sedientos buscan en todas direcciones,
pero por doquier el ardiente desierto se extiende frente a sus ojos. De
pronto uno de ellos ubica sus manos sobre la frente, señala en una dirección
y exclama: “¡Miren!”. Se divisan unos palmares, cuyas largas hojas están
inclinadas sobre una fuente de agua. Debajo de la sombra de los árboles
descansa una oveja. Un poco más apartado, puede verse una pequeña tienda. A
su lado, una anciana teje en su telar. Apresurados, los tres corren hacia
ella. Cuando la mujer los ve, se levanta atemorizada y alza su báculo. Dice
uno de ellos: “¡Madre! No queremos molestarte, sólo somos viajeros que
padecimos hambre y sed en el desierto”. Ella, vacilante, los mira y
pregunta: “¿Quiénes son ustedes?” Le responden: “Somos peregrinos de la casa
de Dios. Si nos das un poco de agua te lo agradeceremos”,. Preguntó la
mujer: “¿Y peregrinan a pie a la casa de Dios”. Cabizbajos contestan: “Nos
avergonzaríamos ante Dios si así no lo hiciéramos. Hemos prometido ir a pie
hacia su casa”.
La anciana deja su cayado y dice: “La puerta de mi casa siempre
estará abierta a los peregrinos. Vayan a la tienda y tomen un descanso”. Los
tres entran. La anciana ordeña la oveja. Poco después se dirige a la tienda
con un recipiente lleno de leche y dice: “Beber agua en el caluroso desierto
afecta la vista. Les traje leche para que calmen su sed y su agotamiento”.
Los hombres beben con gran ansiedad y ella agrega: “Mi esposo y yo vivimos
en esta tienda. El se dirige todas las mañanas al desierto y regresa al
anochecer. Sé que están hambrientos pero no tengo nada para ofrecerles. Sin
embargo…” Enmudece un instante y observa a la oveja que está recostada bajo
la sombra de las palmeras. El viento sopla suavemente y mueve las ramas.
Medita: “Si la sacrifico podría preparar una comida para estos exhaustos
viajeros”… Da unos pocos pasos y se acerca al animal. Uno de los extraños se
levanta, se acerca a la fuente y realiza la ablución. La mujer lo observa.
El hombre se estremece y empalidece. Le dice preocupada: “Tu cuerpo tiembla
debido al hambre y al cansancio”. El le dice: “No, sucede que debo dirigirme
al Creador de los Universos. Mi cuerpo tiembla por Él”.
Su rostro le resulta conocido. Ella le pregunta: “Dónde lo he
visto?”. El hombre tenía el rostro blanco y rosado, abundante cabellera y
ojos tan negros como las noches del desierto. La anciana recuerda un día de
su infancia cuando su madre se había trepado a una palmera y desde arriba
arrojaba blancos e inmaduros dátiles. Aquel día el palmar olía extrañamente.
Era como si hubiesen dejado en el aire mezclados los perfumes de todos los
bosques del mundo. En aquel momento su padre había corrido: “Tengo una
agradable noticia. Un hombre llamado Muhammad convoca a las multitudes a la
adoración de un único Dios. Detesta a los ídolos y reprocha a los hombres
que entierran vivas a sus hijas. El es el Enviado de Dios y trae del cielo y
la tierra el mensaje de nuestra felicidad”. La anciana suspira
profundamente. Nuevamente lo mira y se pregunta: “¿Quién es este hombre?
¿Por qué motivo me hace recordar aquel día?” El hombre eleva su cabeza y
dice: “¡Madre! ¿En qué piensas?”
Ella le pide: “Quiero que uno de ustedes sacrifique la oveja
para hacer una comida”. El replica: “¡No madre! ¿Qué le responderás a tu
esposo, si regresa y te pregunta por la oveja?” Eleva su rostro y dice: “Mi
esposo no dejaría a alguien hambriento en medio del desierto”. Entonces otro
de los viajeros se dispone sacrificar el animal. Apresuradamente ella coció
la carne. Después de comer los viajeros se retiran, pero antes agrega uno de
ellos: “Agradecemos tu bondad. Ahora, dinos ¿Qué camino nos conduce hacia La
Meca?” Ella señala el oeste del desierto. El sol levanta sus últimos rayos
de la tierra y tres hombres siguen andando. Ellas los observa hasta que a la
puesta del sol desaparecen. Unos instantes después el clamor de su esposo
retumba en el corazón del desierto. “¿Dónde estás mujer? ¡Quiero un poco de
leche! ¿No sabes que cuando llego estoy agotado y sediento?”.
La mujer tiembla y con gran temor observa el sitio vacío donde
solía recostarse la oveja. El hombre exclama una vez más: “¿Por qué hoy está
vacío el recipiente? ¿es qué aun no has ordeñado la oveja?” Entonces toma el
recipiente y corre hacia la fuente, lo llena de agua y se lo entrega. Cuando
ve el agua, grita: “¿Pero no sabes que en este ardiente desierto no puedo
beber agua? ¡Tráeme leche de inmediato!”.
La anciana mira hacia el oeste y balbucea una explicación:
“Ellos eran tres hombres sedientos y hambrientos. Sus provisiones se habían
acabado. Yo los sacié con la leche de la oveja y luego les pedí que la
sacrificaran…” El esposo grita: “¿Qué dices? ¿Oí bien? ¿Has sacrificado
nuestra oveja para tres extraños?” Dice la mujer: “¿Ellos no eran extraños y
además uno de ellos me resultó conocido. Brillaba en su rostro la luz de los
profetas. El resplandor de los grandes. Se parecía a Muhammad. El Profeta de
Dios”. El hombre golpea su cabeza y exclama: “¿Has enloquecido mujer? ¿No
sabes acaso que el Profeta murió hace años?”.
Le respondió ella: “Por Dios, que no he olvidado aquel día”.
Dice él entonces: “¿Pero, es que finges estar loca para salvarte del
castigo? Has perdido la única oveja que teníamos y ahora pretendes
sustraerte de la represalia. Di que estás arrepentida de lo que has hecho”.
Aseguró la mujer: “Si hubiese tenido mil ovejas, las hubiese sacrificado
todas para ellos”. El hombre levanta su bastón e intenta golpear a su mujer.
Ella horrorizada corre hacia las dunas. El, deja de perseguirla y exclama:
“¡Por Dios, que si veo tu sombra sobre este desierto cavaré una tumba y te
enterraré viva!”
El son de los galillos de los camellos se oía en las calles de
Medina. El sol iluminaba las elevadas ramas de las palmeras y el viento
levantaba el polvo suavemente y lo arrojaba sobre la encanecida anciana.
Ella estaba juntando carozos de dátiles. Con prisa los echaba en su canasta.
Los medinenses transitaban por las calles apresuradamente. La anciana elevó
su rostro, vio que el sol se había ubicado en el centro del cielo. Pensó:
“El sol ya está en el centro del firmamento y mi canasta aún no ha llegado
ni a la mitad”. Una paloma gris se detuvo a su lado y picoteó los carozos
Ella la miró y le dijo: “¡Con que tú también buscas carozos! ¿Por ventura te
ganas la vida vendiendo carozos de dátiles?” La paloma dio una vuelta y
picoteó el suelo. Le dijo la mujer: “Sé que estás hambrienta y que te ves
obligada a buscar alimento en los carozos. Si tuviera una casa te llevaría
conmigo. Te daría trigo y cebada, me sentaría a tu lado y tejería canastas
con hojas de palmeras al igual que en los días pretéritos”. Luego suspiró y
se echó a meditar.
La anciana se levantó, limpió el sudor de su rostro con el
dorso de su mano y se inclinó nuevamente. Pensó: “Ya todo ha pasado, pero
sin embargo no me arrepiento de lo que hice. Aquel hombre me recordaba el
rostro del Profeta. El había prometido a Dios ir a pie hasta su casa y
cuando oraba su cuerpo se estremecía por temor a Él. En aquel momento yo
había sentido que él era como una luminosa fuente frente al sol”. Elevó su
cabeza , miro al cielo y preguntó: “Dios mío, ¿quién era él?
Repentinamente presintió que alguien le estaba observando.
Entonces miró a su alrededor y su corazón fue sacudido. Un hombre la
observaba desde muy cerca. Estaba en cuclillas, su rostro era bello y sus
ojos eran negros como la noche del desierto. Dijo atemorizada: “¡Oh Dios,
líbrame de esta fantasía! ¡Esta es su imagen que me observa!” Entonces muy
de prisa, tomó su canasta y se distanció. El hombre se puso de pie y
exclamó: “¡Aguarda!” La mujer se detuvo asombrada y él le habló así: “¿Me
reconoces? Soy el mismo que junto a mis compañeros, me convertí en tu
huésped un mediodía. Hoy cuando pasaba por esta calle te observé inclinada
juntando carozos de dátiles… Quiero regalarte mil ovejas y mil monedas de
oro. ¿Aceptas mi obsequio?” Asombrada le dijo: “¿Mil monedas de oro? Por
favor, dime ¿Quién eres tú?” Le contesto: “Soy un siervo de entre los
siervos de Dios, al cual tú un día recibiste en tu casa”. Luego escribió
algo sobre un papel, se lo entregó a la mujer y prosiguió su camino. Con
insistencia ella exclamó: “¿Quién eres tú?”
Un hombre que pasaba por allí, le dijo: “¿Cómo es posible que no lo reconozcas? El es Hasan ibn Ali al-Muytabah (el elegido), el segundo Imam de los Shiías”. La mujer se estremeció y asombrada miró al Imam, que se aparecía al final de la calle. El viento soplaba suavemente y extendía por las calles de Medina el aroma de los dátiles maduros.
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