Mas allá de la cólera…
(un relato de la vida del primer Imam Ali ibn
Abi Talib)
Ahmad Arablu
Luego de treinta días de camino, el ejército
de La Meca llegó a las cercanías de Medina. Ya desde tiempo atrás, Abu
Sufián, el jefe de los incrédulos mequinenses, había estado preparando este
gran ejército. El quería asesinar al Profeta y a sus fieles compañeros.
Deseaba eliminar el Islam a través de un intenso ataque a Medina, centro del
nuevo gobierno musulmán. A fin de asegurarse la realización de su nefasto
plan, los incrédulos habían pactado con numerosos judíos de Median, todos
acérrimos enemigos del Islam. Alistaron un gran ejército compuesto por diez
mil hombres. Pero cuando éste llegó a la ciudad, se vio enfrentado a una
extraña escena.
Alrededor de la ciudad había sido excavada una
gran zanja cuya profundidad alcanzaba los tres o cuatro metros. Habían sido
colocados en su interior numerosos obstáculos de modo que los incrédulos,
por más que lo intentaron no pudieran traspasarla ni infiltrarse en la
ciudad. Los musulmanes de Medina se habían concientizado del ataque de los
inicios y habían aceptado la propuesta de Salman el Persa, que consistía en
excavar un profundo foso, previo al arribo del ejército mequinense. Salman
era un musulmán de origen persa y un fiel discípulo del Profeta. Los
enemigos, que no imaginaban semejante sorpresa, se detuvieron absortos. Se
habían preparado para entrar a la ciudad y masacrar a los musulmanes, sin
siquiera descender de sus caballos. Sin embargo, al cavar la zanja, los
musulmanes les habían puesto un gran obstáculo. De inmediato y con un fuerte
grito que demostraba su enojo, Abu Sufián rompió el tremendo silencio que
guardaba el ejército y ordenó acampar junto a la zanja, a fin de hablar con
sus comandantes y hallar una solución. Muy rápidamente bloquearon la ciudad,
situación que duró unos días. Los enemigos estaban agotados a raíz de la
prolongación del bloqueo y la ira los consumía por no saber de qué modo
hallar un camino que los condujera a la ciudad.
Por su lado los musulmanes que eran
aproximadamente tres mil, se alistaban, con mayor fe en su Dios a cada
instante. Cada vez que alguien intentaba acercarse al foso, se convertía de
inmediato en blanco de una lluvia de flechas. Uno de esos días un gran
suceso se suscitó. Un gran combatiente del ejército opositor llamado Amr Ibn
Abdauud, famoso por su fortaleza y su osadía, irritado por la prolongación
del bloqueo, galopó alrededor de la zanja y mediante un gran salto pasó al
otro lado. Un gran alboroto se alzó entre ambos ejércitos. Todas las miradas
se detuvieron en él. Sus partidarios lo estimulaban con gritos de euforia.
Al encontrarse frente al ejército islámico levantó su espada y exclamó: “A
ver ¿quién es capaz de luchar conmigo?” Ante sus palabras, la respiración se
ahogó en el pecho de los musulmanes. Todos inclinaron sus cabezas. No era
nada fácil luchar con un gran guerrero como Amr.
En estos momentos una voz se alzó en medio del
ejército islámico y rompió la calma. Era la voz de Imam Ali. Que se mostraba
listo para luchar y pedía permiso al Enviado de Dios. Todavía no se le había
concedido, cuando de pronto se alzó la voz de Amr, diciendo: “¡Oh, gentes!
He gritado tanto pidiendo un rival, que ya estoy afónico. ¿Por qué nadie me
responde?. ¡Oh musulmanes! ¿Acaso ustedes no aseguran, que al morir van al
Paraíso y que al matarme iré yo al infiero? Pues entonces, que venga alguien
para matarme y enviarme al infierno o para que yo lo mate y lo envíe al
Paraíso”.
De nuevo Imam Ali pidió permiso, pero el
Profeta tampoco esta vez se lo concedió. El grito de Amr continuaba
alzándose. Cada vez que lo hacía aumentaban los cánticos de sus camaradas.
Amr dio una vuelta alrededor del campo de batalla y por tercera vez solicitó
la presencia de un paladín que aceptara su reto. Nuevamente el Imam se
ofreció valientemente como voluntario y esta vez el Enviado de Dios estuvo
de acuerdo. Con una sonrisa en los labios, con pasos firmes y sólidos y el
corazón lleno de fe, se dirigió al campo de batalla. Y mientras iba, le
decía al campeador enemigo: “Tranquilo, ya va hacia ti quien te responderá
sin temor alguno”.
Todas las miradas se volvieron hacia el campo.
El ejército de la iniquidad se aquietó y todos trataban de asomarse para
conocer al voluntario. El Enviado de Dios, que sería testigo del
enfrentamiento, dijo: “Ahora se ven enfrentadas toda la incredulidad y toda
la fe”. Y luego suplicó a Dios por el triunfo de Ali.
Amr tomó las riendas de su caballo tratando de
calmarlo. Después miró hacia el ejército musulmán, para ver quien se
acercaba. Momentos más tarde el Imam se detuvo frente a él. Amr lo miró
asombrado y le dijo: “Oh joven ¿Quién eres tú, que deseas perder la vida tan
fácilmente? ¿Es que acaso no has oído mi nombre?. “Sí, lo he oído, yo soy
Ali Ibn Abi Talib” respondió el Imam. Cuando oyó el nombre de Ali, Amr se
estremeció. En su mente aparecieron los recuerdos de los numerosos actos de
valor de Ali en las batallas de Badr y Uhud.
Profirió un grito a su caballo, se acercó a Ali
y muy sosegadamente le dijo: “¡Oh hijo de Abu Talib! Tú eres muy joven y aun
te queda mucho tiempo para vivir. Me apena arrebatarte la vida puesto que
eres tan joven, mejor vuelve para que sea orto el que luche contigo”. Ali
dio un paso al frente y agregó: “Oh Amr, yo he venido a luchar contigo, ¿es
que acaso no pediste un rival?” Le contestó: “Es que me ha unido a tu padre
una gran amistad y es por ello que no quiero bañarte en sangre” …Le dijo el
Imam: “¡Oh Amr!, he oído comentarios que dicen que si tu rival te hace tres
pedidos tú le concedes al menos uno”. Le respondió: “Sí, es cierto, has oído
lo correcto”. Ali acotó: “Entonces, te haré tres pedidos para que me
concedas uno”. “Dime”, propuso Amr.
“Mi primer pedido consiste en que abandones la
asociación a Dios y la idolatría, consideres a Muhammad veraz enviado de
Dios y que vivas respetablemente entre los musulmanes”. Le contestó: “Eso es
imposible”. Continúa:
“El segundo consiste en que rehuses luchar
contra el Islam y regreses por el mismo camino que has venido. Aquel veloz
caballo te permitirá regresar y cruzar la zanja”. Enfurecido le contestó:
“Si regresara tan fácilmente, sería objeto de reproches por parte de mi
ejército. Por lo tanto ten por seguro que hasta no combatir al ejército
medinense, no regresaré al otro lado del foso”. Dibujando en sus labios una
leve sonrisa, dijo el Imam:
“Mi último pedido es que bajes del caballo y
luches contra mi”. Amr se irritó. Con gran rapidez saltó del caballo y se
abalanzó contra Ali. Ambos ejército, aguardaban con gran expectativa el
resultado del combate. Amr blandió su espada en el aire y con gran fuerza la
descargó sobre la cabeza del Imam. Con gran destreza Ali pudo interponer su
escudo entre la espada y su cuerpo. El sonido provocado por el choque de la
espada contra el escudo resonó en el silencioso ámbito del campo de batalla.
Por un instante, la voz de alegría de los
inicuos de La Meca se alzó a las alturas, y la angustia secó los labios de
los musulmanes. El escudo del Imam se partió y la punta de la espada hirió
su cabeza. Sin demora alguna Ali cerro la herida, y atacó a Amr. Apretó
fuertemente el mango de Dulfiqar (la espada de la verdad) con sus poderosas
manos y raudamente golpeó el cuerpo de Amr. La luz emanada de la espada
encandiló los ojos del ejército de la incredulidad. Allí mismo, este
histórico golpe aniquiló el símbolo de la iniquidad. La intensidad del golpe
fue tal que podría haber levantado una montaña. Amputado e impotente el
inmenso cuerpo de Amr cayó al suelo.
Ambos ejército, llenos de curiosidad,
intentaban divisar algo de entre la gran polvareda. Querían ver cuál de los
dos había caído. Una exclamación puso fin a la tensa espera, era el resonar
de takbir (exaltación de Dios) de Ali que se oía de entre la nube de polvo y
el cielo. “Allahu Akbar”… El ejército islámico con gran emoción lo acompañó
con su voz. El son del Allahu Akbar, hizo temblar el corazón del ejército
inicuo. Las poderosas manos de Ali habían hecho caer a Amr Ibn Abdauud y ya
no le quedaban fuerzas para levantarse. A fin de darle el último golpe
triunfal, Ali se sentó sobre el pecho de Amr.
Este estaba sumamente encolerizado por el
rápido fracaso obtenido frente al león del Islam. Todo su ser se iba
quemando en el fuego de la cólera y la envidia. El ardor era tal que le hizo
olvidar el dolor que le causaba la herida. El fuego del rencor y la envidia
encendido en su corazón lo instó a realizar en sus últimos momentos de vida
un acto vergonzoso y cobarde. Había perdido toda su fuerza y no podía
moverse en absoluto, por eso salivó sobre el semblante del Imam.
Tras ello, otro acto de valor apareció en el
campo de batalla. Muy lentamente, Ali fue bajando la espada que daría el
último golpe a Amr. Se levantó, limpió su rostro, suspiró profundamente y
fijó su mirada en el cielo infinito. Luego comenzó a caminar sosegadamente
por el campo. Absolutamente todos, incluidos Amr y el ejército medinense, se
habían inmerso en la sorpresa y el asombro.
-
- ¿Por qué Ali dejo a Amr?
-
- ¿Por qué no lo mató de una
buena vez?
-
- ¿Por qué caminó por el
campo de batalla?
-
- ¿En qué estaba pensando
Ali?
-
- ¿Por qué…
Nadie más que Dios y su Enviado podían saber lo
que pasaba en su mente. Nadie más que ellos podían valorar su grandeza. En
aquellos instantes, la inmaculada mente del Imam experimentaba el mayor
grado de fe. Ello porque cuando Amr escupió sobre él, Ali se irritó y todos
esperaban que lo matara en ese preciso instante. A pesar de todo, Ali no lo
hizo. Reflexionó que si lo mataba de inmediato, era posible que la mitad de
su intención se debiera a su propia ira. Por eso se levantó y caminó,
pretendía sofocarla. Luego regresó y con un fuerte golpe que sólo buscaba la
satisfacción divina, terminó con Amr. Victorioso, se reunió con el ejército
islámico. Amr llevaba puesta una valiosa armadura y una espada. Como era la
costumbre, el triunfador podía adueñarse de estos elementos. Ali, con toda
hombría los dejó en el lugar.
Días después, cuando la hermana de Amr se
enteró del acontecimiento preguntó quién había ultimado a su hermano. Cuando
le dijeron que Ali lo había hecho, dijo sin demostrar el mínimo
enfurecimiento: “Si lo hubiese matado otra persona, lloraría y me
lamentaría. Pero sé que Ali es un hombre sin igual y un valiente
incomparable. Sé que lo mejor que le podía haber sucedido a mi hermano era
morir en sus manos”.
El histórico golpe quebró la espalda del ejército inicuo y lo frustró. Luego de un breve lapso, embargados por el fracaso y la desilusión, se alejaron de Medina. La grandeza de aquella hazaña en la batalla del Jandaq (foso), fue tal, que dijo el Enviado de Dios a su respecto: “El golpe de Ali en la batalla del Jandaq, es más meritorio que la adoración de todos los seres humanos y los genios, hasta el día del juicio final”.
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