En brazos de las olas
(un relato de la vida del Profeta Moisés)
Ali Mirza Beigui
El Faraón estaba sumido en la meditación y la
contemplación. Sentado en su trono pensaba en Moisés, el cual se consideraba
Enviado de Dios y quien, con gran osadía, le había exigido abandonar la opresión
y someterse a la orden de un Único Dios. Su rostro se había transfigurado a
causa de la intensidad de su cólera. Súbitamente se puso de pie y exclamó
“¡Rebelde!”, y agregó para sí: “Tu has vencido a los hechiceros y has
transformado tu báculo en una gran serpiente que devoró a todas las serpientes
de mis magos”. “¡Qué horror!”. “Sin embargo, tengo la solución: por orden de
Faraón, Moisés perecerá”. Y así fue que el Faraón tomó la decisión de
eliminarlo. Cada día que pasaba, su opresión sobre el pueblo de Israel era
mayor. A causa de esta, la gente de Moisés pensó abandonar Egipto y asentarse en
otro territorio. El momento de emigrar había llegado. Moisés decidió dirigirse
hacia Baitul Muqaddas (la Casa Sagrada, Palestina), con el objeto de salvar a su
pueblo y la continuidad de su mensaje. Él y sus seguidores emprendieron el viaje
durante la noche avanzando en completo silencio, puesto que los hombres del
Faraón no debían enterarse de su partida. El cansancio poco a poco los fue
debilitando, pero no había ningún otro remedio más que proseguir. A cada
instante cabía la posibilidad de que el poderoso ejército faraónico los
persiguiera y les cortara el camino. Así fue como, para salir ilesos de las
garras del Faraón, intentaron guardar el máximo silencio posible.
El pueblo de Moisés caminó y caminó, hasta llegar
a orillas del mar. Allí todos, rendidos e impotentes, meditaban de qué modo
cruzarían con tan inmensas olas de por medio.
En aquel momento la exclamación de horror se alzó
entre la muchedumbre: “¡Oh miren, el ejército del Faraón se acerca, todos
pereceremos!” Aquella había sido la voz de Josué, uno de los discípulos de
Moisés. En pocos instantes, la decepción y la desesperanza ensombrecieron todos
los corazones. Las piernas perdieron fuerzas y las respiraciones se aletargaron.
Aquellos a los que todavía les quedaban fuerzas para hablar, pedían auxilio a
Moisés. Uno gritó: “¿Qué haremos?. Frente a nosotros se alzan gigantescas olas,
y detrás nuestro se aproxima el encolerizado enemigo. ¡Oh Moisés: ¿Qué
haremos?”. Otro en medio del llanto decía: “La suerte nos ha abandonado, el
Faraón no perdonará nuestras vidas, todos seremos sacrificados”. Las enormes
olas del mar se abalanzaban cada vez con más fuerza. El horror se había
apoderado del pueblo hebreo. Moisés se detuvo, y dirigiendo la mirada hacia su
atemorizado pueblo, exclamó: “¡No teman! Dios, que siempre nos ha acompañado,
nos señalará el camino”.[1]
Cuando aún sus palabras no habían culminado, un
mensaje divino le anunció: “¡Golpea el mar con tu báculo!”. Moisés así lo hizo y
repentinamente las olas se inmovilizaron y al igual que elevadísimas montañas,
se detuvieron y separaron frente al pueblo de Moisés. Absortos, todos vieron
frente a sí una ruta seca y llana, una ruta en medio del mar. Un grito de
felicidad se elevó del corazón de la gente de Moisés. Los que había observado
tan maravilloso milagro con sus propios ojos, supieron que la gracia divina los
acompañaba. Sosegados, todos los israelitas avanzaron. Al llegar a orillas del
mar, el Faraón y sus huestes descubrieron la ruta seca y segura, la ruta que les
posibilitaría alcanzar al pueblo de Moisés. De inmediato comenzaron a
transitarla con mucha seguridad y una vez más el temor se apoderó de los
israelitas. Al volver la vista hacia atrás y divisar a los secuaces del Faraón
que los perseguían, se estremecieron de horror. Pero, justo en el momento en que
el último de los enemigos ingresó por el paso, el mar volvió a su estado normal
y las inmensas olas alcanzaron al ejército faraónico desde todas partes,
ahogándose todos los egipcios.
Cuando el pueblo de Moisés vio morir al Faraón y a sus hombres, alabó a Dios, el Todopoderoso, y ya a salvo de la maldad del enemigo, serenamente prosiguió su camino.
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[1] El Sagrado Corán: Sura 26, Aleyas 62 y 63.
Moisés les dijo: “ ¡Quia! ¡Porque mi Señor está conmigo, que me iluminará!” Y revelamos a Moisés: “Golpea el mar con tu báculo!” y he aquí que se dividió en doce partes y cada parte era como una alta y firme montaña.
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