El ángel de la esperanza
(un relato de la vida del cuarto Imam, Ali ibn
Husain)
S.H.Kotobi
El eco del adhan del ocaso resonaba en las calles
de Medina. Ese era el momento en que él se dirigía a la mezquita para orar.
Lo reconocería aunque lo viera de lejos. Camina lentamente, siempre lo
acompaña un grupo de fieles. Su tez es trigueña y su frente está ampollada a
raíz de sus extensas prosternaciones nocturnas. El día, poco a poco va
perdiendo su color, y la oscuridad de la noche va llegando. Yo me oculto
detrás de una palmera y lo observo acercarse lentamente. Es mi primo, Ali
ibn Husain, el cuarto Imam. Lo he visto ayudar a los pobres infinidad de
veces; lo he visto pagar las deudas de los necesitados e invitar a los
pobres a comer a su casa.
Yo también, lo mismo que ellos, necesito de su
ayuda. Toda la gente de la ciudad lo sabe y él conoce mi pobreza mejor que
nadie. Sin embargo jamás me ayudó. Por eso hoy he decidido contarle a gritos
todo lo que llevo guardado en mi corazón. Me acerco a él lentamente y con
mis exclamaciones lo ofendo y le digo todo lo que siento. ¡Cuán detestables
palabras! Me sorprendo; una simple señal de su mano sería suficiente para
que sus compañeros se abalanzaran sobre mí. Sin embargo, me observa sosegado
y enmudecido. No comprendo su mirada. Mis palabras culminan. Ya no tengo
nada que decir. El me observa con calma. ¡Ojalá él también me hubiera
ofendido! ¡Ojalá él también hubiese pronunciado contra mí detestables
palabras! ¡Ojalá me hubiera gritado o dado mi merecido! Miro a mi alrededor;
todos fijan en mi sus ojos, irónicos y rencorosos. El Imam da un paso
adelante. Su silencio intrigante me horroriza, mi corazón late
aceleradamente.
El Imam detiene su mirada en mí y sólo acota: “¡Oh
hermano, si lo que has dicho de mí es verdad, que Dios me perdone y si es
mentira, que te perdone a ti!”.
Cubro mi rostro con las manos y huyo. No se de que
me escapo, si del miedo o la vergüenza, que me han abarcado de lleno.
Horrorizado, transito por las angostas y lúgubres calles de la ciudad.
Cuando quiero darme cuenta, ya estoy en casa. Mi cuerpo aún tiembla y un
intenso calor se apodera de mí. Coloco mis manos sobre mis oídos. No es la
primera vez que lo ofendo. Sin embargo él, tan paciente y tolerante, me
respondió de un modo que hizo estremecer mi alma.
El suave canto de los grillos anuncia la llegada
de la noche. De pronto, se conmueve mi corazón. Es el momento en que un
ángel aparece en el cielo de nuestro barrio y todas las noches desciende en
la oscuridad, y distribuye su carga entre los pobres. Todos me han olvidado,
pero Dios no me olvidó. Si lo hubiese hecho no enviaría a este ángel a mi
casa. Cuando llega la noche, desciende lentamente y llama a las puertas, una
por una. El trae un gran saco repleto de alimentos y leña sobre sus hombros,
es por ello que todos lo llaman, el Dueño del Gran Saco. ¡Oh Dios mío! La
oscuridad lo ha cubierto todo, ya falta muy poco para que él arribe a mi
casa. Lo estoy esperando. Muy lentamente abro la puerta y observo la calle.
El llanto de los niños vecinos se oye a través de las paredes de barro. La
noche ha llegado pero el mantel para la cena aun no ha sido colocado en las
casas del vecindario. Oigo la suave voz de Samiah, la vecina de al lado que
está calmado y a su hambriento pequeño. Todos los niños están hambrientos.
Las desesperadas madres buscan pan en los rincones de la casa. Una sombra
negra aparece al final de la calle. Es él. Camina despacio y tranquilo. Su
espalda se inclina por el gran peso que carga. Al llegar a la primera casa,
golpea. Una mujer abre la puerta y le dice: “La paz sea sobre ti, Dueño del
saco, la paz sea sobre ti, ángel divino”. Y el ángel le entrega dos bolsas.
Ingreso a mi casa y cierro la puerta. Unos instantes después escucho
golpear. ¡Qué ansiedad tengo por ver su rostro! No obstante él lo cubre con
un lienzo. Abro la puerta con manos temblorosas. La calle está desierta y
callada. Sólo el canto de un grillo se atreve a romper el silencio. Ya no se
oye el llanto del niño del vecindario. El ángel deja su carga en el suelo, y
esta noche en lugar de alimentos y leña me entrega una bolsa de dinero. Mis
manos tiemblan aún más. Cuando me doy cuenta, ha desaparecido. Yo sé que es
un ángel que Dios envía cada noche a la puerta de los pobres, ¡cómo me
gustaría ver el momento en que regresa a los cielos! Sé que abre su par de
alas blancas y vuela hacia las alturas.
Innumerables noches permanecí en la oscuridad para
observar su ascensión. Pero él desaparece tan suavemente que nunca pude ver
su partida. “Samiah, ¿has visto su ascensión?” “No, no la he visto pero
dicen que desaparece antes de regresar al cielo. Cierta vez cuando me
entregaba una bolsa de pan tomé su mano y pidiendo su bendición, la pasé por
mis ojos; olía a perfume de rosas, olía al perfume de verdes bosques.
Lentamente fue quitando su mano de la mía y me acarició, como acaricia una
madre a su hijo que aún está en la cuna, su caricia fue cálida y cariñosa”.
La noche se asentó sobre nuestro barrio. Era el
momento del arribo del Dueño del Gran Saco. Sé que todos los vecinos lo
esperan detrás de las puertas. ¿Acaso no lo espero yo también? Todos me han
abandonado, estoy cansado y enfermo, pero el Dueño del Gran Saco es el único
que conoce mi dolor ¡Qué difícil y amarga sería mi vida sin su existencia!
Los minutos transcurren arduamente, el aroma de la tristeza puede olerse en
las húmedas rajaduras de la pared. El llanto de los niños llegan al cielo.
Esta noche es más intenso que nunca. ¿Qué sucede? ¿Cuándo llegará el ángel?
Miro al cielo oscuro, negro. Faltan cinco días para la luna nueva, el llanto
se intensifica, aprieto mis manos sobre mis oídos para no oírlo. Pero no,
éste no es sólo el llanto de los niños, esta noche también lloran los
grandes. Llanto de mujeres y hombres, ¡Oh Dios mío! ¿qué estoy oyendo? Jamás
había oído llorar a la gente de este barrio a causa del hambre. A cada
instante los llantos se intensificaban más y más. Siento que todas las cosas
están llorando; las paredes de las casas, el suelo de la calle e incluso las
puertas de madera descolorida. ¿Acaso oigo bien? ¿Fue el llanto de Samiah?
¡Qué llanto tan desgarrador! ¿Acaso ella también llora del hambre? No,
conozco a Samiah, hace años que soy su vecino y ni siquiera a la temprana
muerte de su esposo había llorado de este modo. Abro la puerta de la casa
apresuradamente. La ciudad se ha ido en llanto. Las elevadas palmeras se han
inclinado, y el cielo ha cubierto su faz con un velo de nubes, para no
mostrar sus lágrimas. La calle está convulsionada. Todos lloran y se golpean
las cabezas. Nadie me responde. Sólo atino a correr por doquier. Samiah está
sentada junto a una palmera y grita; llena su mano con tierra y la arroja
sobre su cabeza. Las palmeras se golpean con sus ramas y Samiah golpea su
cabeza contra el tronco de una de ellas. Me siento a su lado y pregunto con
insistencia. “¿Por qué lloras? ¿Tu hijo está enfermo?” Su llanto resuena en
la calle más fuerte que antes. Nuevamente le suplico: “Samiah, responde!” Su
soledad hiere mi corazón. Samiah grita: “El ángel se ha marchado al cielo
para siempre. He visto su regreso con mis propios ojos”. Desesperado
pregunto: “¿Qué dices? Esta noche el ángel todavía no ha venido a nuestro
barrio. ¿Cómo es posible que hayas visto su regreso?”
Samiah golpea su cabeza contra el tronco de la palmera y exclama: “Aquel era el Imam Ali ibn Husain Zainul Abidín (ornato de la religión) y hoy ha sido martirizado. Cuando lo purificaron, todos descubrieron que era él quien cada noche llevaba alimentos a las casas de los pobres, pues sus hombros estaban cubiertos de ampollas y marcas”. Ya no oigo el resto de sus palabras. Siento que todo da vueltas a mi alrededor. Abro y cierro mis ojos varias veces. Reúno todas mis fuerzas y me dirijo al cementerio de al-Baqi. Cerca del sepulcro del Imam Hasan veo una tumba cubierta por tierra fresca y húmeda. Me arrojo sobre ella con desesperación. La tierra huele a las manos del Dueño del Gran Saco. Al mismo perfume que lanzaba en mi alma el amor hacia Dios. Mi corazón se apesadumbra, mi alma crepita como leña. Quisiera gritar y sacar la carga de mi corazón de un solo golpe. ¿Pero, por qué mi voz se ahoga en mi garganta? ¿por qué no puedo gritar? Como ríos, las lágrimas brotan de mis ojos y ¡ojalá mis gritos pudiesen brotar como mis lágrimas!
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