“Yo los amo, ámalos tu
también”
(un relato de la vida de la familia del Profeta
Muhammad)
Saied Mehdi Yoyai
La ciudad de Medina, se hallaba sumergida en un
profundo silencio. Los medinenses, agotados tras un día de trabajo y
esfuerzo, regresaron a sus casas a fin de descansar. Las estrellas adornaban
el cielo, y la tierra era alumbrada por la luz suave y tenue de la luna, que
como una liviana gasa se había extendido sobre las pequeñas casas de barro
de la ciudad. El único ruido que avivaba la noche era el eco de los firmes
pasos del Profeta, acercándose lentamente a la casa de Ali. Lo acompañaban
dos fieles, quienes meditaban en la preocupación del Profeta, pues todos los
musulmanes sabían cómo amaba él a Hasan y Husain y cómo le afectaban sus
tristezas y alegrías.
Todos sabían que el amor que el Profeta sentía por
ellos, no era sólo un amor de abuelo por sus bellos y dulces nietos, sino un
cariño divino, un amor profético. Por eso todos eran consientes de que, a
imitación del Profeta, todos debían amar a Hasan y Husain, puesto que él
mismo había dicho reiteradamente en público: “¡Dios mío! Amo a Hasan y amo a
Husain, ama a quien los ame!”
Al llegar todos a la puerta de la casa de Ali, la
delicada y dulce voz del Profeta, resonó en la casa: “¡Mi querido Ali! ¡Mi
querida Fátima! La Paz de Dios sea con vosotros. He venido a visitar a mis
hijos con dos compañeros ¿Me permiten pasar?” Pudieron oírse las voces
felices de Fátima y Ali, que respondían: “¡La paz y la misericordia de Dios
sea sobre el Profeta: Nuestra casa es tu casa, bienvenido seas, pasa”.
Cuando ingresó en la casa, se extrañó de que, tal
como era costumbre, ni Hasan ni Husain correrían hacia su abuelo, para
echarse en sus brazos. Esa noche los niños estaban enfermos, yaciendo en sus
lechos. Aunque estaban casi desvanecidos, al escuchar la cálida y conocida
voz, abrieron apenas los ojos. No tenían fuerzas para levantarse. El
Profeta, preocupado, se acercó y se arrodilló junto a ellos y los llenó de
besos.
“¿Qué les ha sucedido, amados míos? Dios aleje de
ambos el mal y les otorgue salud” Hasan y Husain abrazaron tiernamente a su
abuelo.
En aquella austera casa, a pesar de pertenecer al
más grande comandante del ejército islámico, y de ser la morada de la
segunda personalidad del Islam, no había nada para convidar a los
visitantes. Ali expresó su vergüenza, sin embargo, el Profeta y sus
compañeros sabían que la pobreza de Ali era el honor de Ali, era el honor
del Islam y era el honor del Profeta de Dios. Tenían la certeza de que si
Ali hubiera querido, podría gozar de una vida placentera. No obstante, ese
era el modo de vida que Ali y Fátima habían elegido. Por todo esto, los
visitantes serían recibidos con amor, cariño y paz.
Antes de ponerse de pie, preguntó el Profeta a su
yerno: “Querido Ali: ¿No prometerás nada por la curación de mis dos
amores?”. Sin demora él respondió: “Sí, prometo tres días de ayuno. Si Dios
el Altísimo los sana, ayunaré durante tres días consecutivos”. Al oír estas
palabras, dijo Fátima: “También yo ayunaré”. Entonces Hasan y Husain
abrieron sus ojos y juntos dijeron: “Nosotros también ayunaremos”. Los
labios del Profeta se posaron sobre los de sus nietos y depositaron tibios y
dulces besos.
En el lugar se encontraba una mujer llamada Fídda,
que había sido sirvienta de Amina, madre del Profeta, y que estaba con
Fátima voluntariamente, a fin de acompañarla y aprender de ella una lección
de vida. Ella, al igual que todos, prometió ayunar.
Poco tiempo después de la promesa, Dios devolvió
la salud a Hasan y Husain. Ambos, sanos y animados, se levantaron de la
cama, había llegado el momento de cumplir la promesa. Todos los integrantes
de la casa comenzaron a ayunar. Sólo había en la casa tres kilos de cebada.
Fátima y Fídda la molieron e hicieron pan. Prepararon cinco panes para
romper el ayuno uno para cada uno. Todos esperaban que Ali regresara a la
mezquita para cenar juntos. A su regreso, todos se sentaron para comer luego
de un día de hambre.
Todavía no habían comenzado cuando llamaron a la
puerta. Era un pobre, un necesitado, un indigente. “¡Oh familia del Profeta,
Dios les envíe el sustento del Paraíso! ¡Ayúdenme, mi familia y yo estamos
hambrientos!” Y no habiendo terminado sus palabras Ali se levantó para darle
su pan. El pan de Fátima se ubicó sobre el de Ali y luego Hasan, Husain y
Fídda pusieron los suyos sobre el resto. Cinco panes, eso quiere decir toda
la comida que había en la casa y la misma le fue dada al indigente. Sólo
quedó el agua, cinco ayunantes, bebiendo tan solo agua, agradecen a Dios y
recogen el mantel.
Llega el segundo día del ayuno, también preparan
cinco panes. Luego de dos días de hambre y ayuno las manos se acercan al pan
caliente, que es el único que hay. Nuevamente llamaron a la puerta. “La paz
sea sobre vosotros, oh familia del Profeta. Soy un niño huérfano y no tengo
nada para comer. Ayúdenme”. Entonces, los cinco panes acompañados de
súplicas y bendiciones le fueron otorgados al niño huérfano. Una vez más
injirieron sólo agua.
La hambruna les había quitado fuerzas. Para el
rompimiento del ayuno del tercer día, también había cinco panes. Ali era un
hombre fuerte y no le afectaba tanto el hambre. Pero Fátima, delgada y
débil, Fídda y los niños que recién habían sanado, apenas podían soportar
los dos días del ayuno total. A pesar de ello, ayunaron. Debían esperar
hasta el atardecer, momento en que cada uno con un pan, pondría punto final
a tres días de ayuno. Cerca de la hora del ocaso, las manos temblaban por la
intensidad del hambre. Los ojos de los niños estaban hundidos y la debilidad
les había robado la poca fuerza que tenían. Ali regresó de la mezquita.
Sobre el mantel había cinco panes de cebada y una jarra de agua. ¡Ah! ¡Qué
sabroso se ve un pan de cebada después de tres días de ayuno! Hasan y Husain
se acercan al mantel y junto con los demás extendieron sus manos hacia el
pan. Pero por tercera vez se escuchó golpear a la puerta… Las manos quedaron
suspendidas entre el cielo y la tierra. “La paz sea sobre vosotros ¡Oh gente
de la casa del Profeta! ¡Oh gente de la casa de Muhammad! Ayuden a un hombre
que acaba de salir de la prisión”. Nadie se demoró. Las manos extendidas
entregan los panes, los colocan uno sobre otro y los confían a las manos del
hambriento exconvicto.
Lo único que los deja con vida, lo que los tiene
en pie y hace correr sangre pos sus venas, es el deleite que brinda la
caridad y el Izar (Altruismo, o preferencia de la ventaja ajena antes que la
propia). Sólo Dios conoce el valor de tanto sacrificio. Ali miró los pálidos
y decaídos rostros de sus hijos y pensó que una visita al Profeta
disminuiría el dolor y les haría olvidar el hambre. Les dijo: “Levántense,
visitaremos a su abuelo El Profeta”. El deseo y la alegría de verlo los hizo
desprenderse del suelo. Juntos se dirigieron a casa del Profeta. La congoja
oprimió la garganta de Muhammad cuando vio a los niños como dos polluelos
tiritando por el hambre. Dijo, con lágrimas en los ojos: “¿Cómo puedo
tolerar ver a mis hijos en estas circunstancias? Dios mío, mira a la familia
de tu Profeta, esforzándose para obtener Tu satisfacción. Levántense, amados
míos, que iremos con mi amada Fátima. ¿Qué le ha sucedido a ella en estos
tres días, a Fátima que es mi alma, que es una parte de mi cuerpo?” Los ojos
de Fátima estaban hundidos y sus pies ya no podían mantenerse, pero de todos
modos continuaba orando. El Profeta la abrazó y lloró tanto que vibran sus
hombros.
¿Quién es capaz de ver a los que Dios ama, en este
estado y no conmoverse? En ese instante un rico perfume se dispersó en la
casa. Reveló el Arcángel Gabriel al Profeta: “¡Oh Muhammad toma el regalo
que he traído para tu familia!”. ¡La paz de Dios sea sobre ti ¡Oh Gabriel!
¿Qué has traído?” “He traído la paz y la bendición de Dios y también las
aleyas que a ellos se refieren. Por cierto que el valor real, lo tiene la
acción que satisface a Dios. Yo, Gabriel, el fiel mensajero de la revelación
e intermediario entre Dios y vosotros, no considero a ningún obsequio más
elevado y mejor que éste”. En las siguientes aleyas coránicas, Dios el
altísimo presenta a estos ayunantes como a la mejor de las gentes y describe
su morada en el Paraíso:
Que cumplen con sus votos y temen el día cuya
calamidad será universal.
Que por amor a Dios alimentan al menesteroso, al
huérfano y al cautivo.
Diciendo: “Ciertamente, os alimentamos por amor a
Dios; no os exigimos recompensa ni gratitud”.
“Por cierto que tememos de nuestro Señor aquel día
funesto, calamitoso”.
“Más Dios les preservará de la calamidad de aquel
día, y les recibirá con esplendor y júbilo”. (Sura 76, Aleyas 7 a 11).
Ya ni Hasan, ni Husain, ni Fátima, ni Fídda, ni Ali sintieron hambre, Su debilidad se convirtió en alegría y ánimo. Todos se prosternaron ante Dios y le dieron gracias por tan inmensa recompensa.
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