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800 Días en
Guantánamo
Luis de Vega El Comercio Digital y Diario de León
Fuente:
www.rebelion.org/noticia.php?id=14972
Habla bajito, apenas gesticula y agacha el
rostro, como avergonzándose de lo que cuenta. Hay que acercarle
el oído para no perder el hilo de sus palabras. Brahim tiene 26
años, pero sea por genética o por lo que ha sufrido pareciera
tener cuarenta y muchos. Su pelo y su barba están llenos de
canas. Sus ojos grandes encierran una melancolía infinita. Su
piel tostada, sin embargo, no presenta arrugas y luce brillante
sobre un semblante siempre serio. Es Brahim Benchecrún
(Casablanca, 4-8-1979), que ha decidido relatar su paso por la
base norteamericana de Guantánamo mientras disfruta de la
libertad condicional antes de su próxima cita ante los
tribunales marroquíes el 4 de julio. Forma parte de un grupo de
cinco marroquíes repatriados en agosto de 2004 desde Guantánamo.
Allí quedan todavía nueve ciudadanos de esta nacionalidad para
ponerlos a disposición de la Justicia de su país. Aunque el
lunes 28 de marzo salió de la cárcel de Salé, junto a Rabat, ni
olvida ni perdona.
La pesadilla de Brahim empezó a finales del
2001, en Lahore, Pakistán. Estaba allí realizando sus estudios
islámicos, como miles de musulmanes que buscan en las madrazas
(escuelas coránicas) paquistaníes una interpretación más
auténtica del Islam. Su ilusión, cuenta, era terminarlos para
volver a Marruecos y ser profesor. «Las redadas eran constantes
y los policías que entregaban a ciudadanos árabes recibían 500
dólares», explica.
Brahim estuvo detenido 40 días en Lahore.
Durante todo este tiempo nadie lo interrogó y nadie le dijo de
qué le acusaban. Hasta que un día de finales de año le
entregaron a los norteamericanos en el aeropuerto militar de
Islamabad. Su destino era Afganistán, en concreto la base de
Bagram, un antiguo fortín soviético al norte de Kabul que
Estados Unidos había convertido en uno de sus principales
destacamentos tras su victoria sobre los talibanes. Entonces,
según relata el joven, comienza la etapa más dura de su
cautiverio. «Lo de Guantánamo fue más largo en el tiempo, pero
Afganistán fue mucho más duro».
De Bagram, fue trasladado a la base de
Kandahar, al sur del país. Fueron dos meses y medio «terribles,
los peores de todo el cautiverio». Brahim ocupaba junto a otros
nueve presos una carpa de madera de 10 metros cuadrados. Dormían
unos pegados a los otros, en fila, para aprovechar el espacio y
combatir el terrible frío del invierno afgano. La situación se
volvió aún más insoportable cuando llegó el calor.
Soldados norteamericanos rompían y
arrojaban el Corán a las letrinas
Las torturas y los interrogatorios se volvieron
sistemáticos en la semana que pasó en Bagram y en los dos meses
y medio que estuvo en Kandahar. «Nos hacían correr durante media
hora encadenados. Nos impedían rezar. Cogían el santo Corán, lo
tiraban al suelo, lo rompían, meaban sobre él y luego y lo
arrojaban a las letrinas... Le explicábamos a los soldados que
ese libro sagrado no es de los terroristas sino que pertenece a
todos los musulmanes. Ahí fue donde descubrí que Estados Unidos
no está en contra del terrorismo sino contra el Islam», relata
abochornado.
Sabe que él no se llevó la peor parte de los
maltratos físicos, pero deja claro que las ofensas hacia su
religión era lo que más le dolía «y los soldados norteamericanos
lo sabían bien A mí no me aplicaron descargas eléctricas, pero
sé que las había. Cuando llamaban a la oración, los americanos
se reían, cantaban, bailaban...». ¿Has estado alguna vez en
Afganistán? ¿Conoces a gente de Al-Qaida? ¿Has combatido con los
talibanes?... los interrogatorios se repetían una y otra vez
dirigidos por «detectives» -así se refiere a ellos- asistidos
por intérpretes de árabe. Cuando el testimonio se resistía a
salir a la luz una pistola sobre la sien y el siniestro crujir
del gatillo ayudaban a recuperar la locuacidad al interrogado,
que vestía «un mono azul como el de los mecánicos».
Una ducha al mes
«Seríamos unos 200. De muchas nacionalidades.
Agolpados de diez en diez en casetas de madera de unos 10 ó 15
metros cuadrados. Una vez al mes nos sacaban desnudos al campo y
allí nos dábamos una ducha colectiva». Mientras tanto, se iban
llevando a cabo los traslados de presos hacia la base militar
del sur de Cuba, de cuya existencia se habían ido enterando por
boca de los propios militares. Ese era el destino que esperaba
también a Benchecrún, que se había convertido ya en el
prisionero número 587.
«Me avisaron veinte horas antes de la partida.
Nos cambiaron de ropa. Nos dieron la camisa y el pantalón
naranjas. Íbamos descalzos. Ni reloj ni nada. Sólo la pulsera
con el número. Teníamos los ojos y los oídos tapados y las manos
y los pies encadenados». Así fue como se produjo su traslado a
la base de Guantánamo. «Escuchábamos los ruidos de los aviones,
pero no sabíamos dónde íbamos, aunque lo sospechábamos. Durante
todo el viaje tuvimos las manos encadenadas a la espalda. A unos
les administraron calmantes, a otros les dieron descargas
eléctricas».
Una mañana de abril o mayo del 2002 uno de los
militares norteamericanos trajo una lista con números. El 587
estaba en ella. Los seleccionados fueron desnudados. Les taparon
los ojos y les pusieron unos cascos en la cabeza. «Estuvimos así
unas veinte horas, sentados y sin saber a dónde nos iban a
llevar. Nos subieron a un avión. A algunos les dieron sedantes
para que no molestaran, a otros descargas eléctricas para
inmovilizarlos», dice.
Fueron ocho horas de vuelo, una escala para
cambiar de avión, dos manzanas para comer y otras quince horas
de viaje, siempre con las manos atadas a la espalda. Y entonces,
llegaron a Guantánamo. Eran las dos de la tarde y caía un sol de
justicia. «Me volvieron a hacer las mismas preguntas que en
Kandahar y volví a darles las mismas respuestas. Entonces el
militar cogió un papel en blanco y escribió 'Al Qaida'. Me lo
enseñó y lo metió en la carpeta de mi expediente. Después me
dijo: 'Te vas a pasar aquí metido toda tu puta vida'».
Los interrogatorios fueron diarios las dos
primeras semanas. Después se fueron espaciando en el tiempo,
hasta hacerlos quincenales. «Guantánamo está pensado para
volverte loco. Todo está construido para minarte la moral. La
celda es claustrofóbica, en las jaulas de paseo no hay espacio
ni para correr un poco. Estás todo el tiempo solo y no está
permitido hablar, aunque lo hacíamos a escondidas.
Los métodos de tortura son de los que no dejan
huella, pero te hunden. Como meterte en una habitación con el
aire acondicionado muy muy frío y luego subírtelo de repente a
un calor insoportable. Aquello es tan duro que hasta los
guardias americanos nos preguntaban cómo podíamos aguantarlo,
porque ellos no podrían». Las humillaciones sexuales, a las que
tan sensibles son los musulmanes, también estaban presentes.
«Ellos sabían lo que a nosotros nos hacía más daño y no dudaban
en usarlo», dice. Brahim cuenta que entre los prisioneros se
oían testimonios de abusos e incluso de violaciones, pero él
dice que no sufrió ninguno. «Lo que sí ocurría a veces es que
las militares que tenían la regla -algo que en el Islam tiene
connotaciones muy pecaminosas- venían delante de tí, se quitaban
la compresa y la tiraban a la cara», dice.
Brahim pasó dos años y tres meses en
Guantánamo. Salió de allí el 31 de julio del año pasado, después
de que una oficial llamada Ana le comunicara que no tenían nada
contra él. «Les llevó dos años y medio de interrogatorio darse
cuenta de que los paquistaníes les habían engañado», comenta.
Fue entregado a las autoridades de Marruecos, que lo
encarcelaron hasta finales de marzo. En todo este tiempo nunca
hubo una acusación formal contra él. |