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LAICISMO FUNDAMENTALISTA
La civilización occidental ha desarrollado ciencias que permiten
una mejor comprensión de la naturaleza, de la sociedad y del
hombre. Ha logrado resultados impresionantes en tecnología y ha
alcanzado riquezas inusitadas. Si esta civilización ha podido
ver cumplirse algunos de los grandes sueños del ser humano, no
por ello ha dejado de confirmar sus límites, cuando no los
fracasos, en los campos más esenciales del hombre. Así, ha
logrado saciar ciertos deseos instintivos y materiales, pero no
ha conseguido la satisfacción espiritual y, asimismo, se ha
mostrado incapaz de presentar una explicación convincente de su
existencia en el mundo y de su tarea en la vida. Es una
civilización renga. No se apoya más que en un sólo pie: el de la
materia y el placer, mientras que el espíritu y todo lo que a él
se remite como labor y devenir, representa al pie mutilado.
La civilización occidental ha logrado éxito pleno en su dominio
de lo material, pero ha fracasado en su reparto justo y
equitativo entre países e individuos. El mal reparto de la
riqueza es una característica de esta civilización, resultado
natural del espíritu individualista, del egoísmo sobre el que se
funda y de su falta de dimensión colectiva y solidaria.
La sociedad capitalista es una estructura de clase y no puede
garantizar su continuidad y progreso más que a través del
monopolio de una minoría dueña de la mayor parte de la riqueza
producida por la mayoría trabajadora. Sólo prima el interés.
Nada se resiste ante la voluntad de poder occidental, que
acapara todo por la fuerza y por medios destructivos, aunque
haya que sacrificar la naturaleza, los recursos naturales o la
libertad misma.
Así se presenta la civilización del hombre blanco, el cual
pretende detentar la verdad única y universal. Pero, ¿acaso
podemos admitir que se trate de la civilización ideal, de la
única entre todas las civilizaciones de todos los pueblos del
mundo que garantice, según sus predicadores –incluso por medio
de la coerción y el uso de la fuerza– el progreso y la
prosperidad? Si esta pretensión se da por válida, ¿no
significará que podríamos hacer de todos los hombres seres
semejantes a los blancos, a pesar de las diferencias de razas,
culturas, sensibilidades, creencias y ambientes?
Partiendo de esta visión, las civilizaciones no se exportan ni
se importan y aún menos se pueden imponer a otras. Decir que la
civilización occidental es la única capaz de proporcionar
progreso es una aseveración que ni siquiera puede aplicarse en
el ámbito del propio Occidente. Prueba de ello es que la
historia de la humanidad ha conocido grandes momentos de
progreso en diversas regiones del mundo y gracias a diferentes
civilizaciones.
En resumen, se debe reconocer que la civilización occidental
posee aspectos positivos y negativos. Constituye, en definitiva,
la expresión de la subjetividad del hombre blanco y siendo así,
nadie puede negar, excluir o ignorar la civilización de otro. No
existe mayor violencia que la de negar al otro intentando
deformar su identidad e imponiéndole una civilización que le es
extraña. Y sin embargo, este nuevo orden mundial no conoce más
sentido de la justicia entre los pueblos y naciones que el que
desprenden sus eslóganes engañosos. En realidad está fundado en
el principio de la segregación civilizacional, más abyecto y
nocivo que la segregación racial.
Uno de los aspectos culturalmente agresivos de esta civilización
consiste en su deliberada voluntad de querer imponer un sólo
modelo de Estado y de democracia, fundado en el principio de la
laicidad. Hay países occidentales que creen en la laicidad como
si de un integrismo se tratara, con gran violencia simbólica e
incluso material.
La visión francesa de la laicidad es de una radicalidad
exagerada y se refleja en actitudes "totalitaristas" y
globalizantes respecto a todo lo que al Islam y a sus nuevas
expresiones políticas se refiere. Esta tendencia absolutista se
manifiesta en la manera en que la Francia oficial se ha
implicado en lo que denomina la "especificidad cultural
francesa", en la que la lengua constituye el elemento casi
"sagrado".
Esto entra en total contradicción con lo que se supone que son
los valores laicos, teóricamente "tolerantes" y respetuosos de
la pluralidad cultural y de las especificidades étnicas.
La política oficial francesa se ha comprometido de manera
ostensible en el principio de "integración" y asimilación de
inmigrantes, sin respetar sus fundamentos culturales, y lo ha
hecho dentro de un clima político y mediático de terror e
intolerancia.
La decisión del presidente Jacques Chirac de discriminar a los
franceses cristianos, judíos y musulmanes de los franceses
laicos, prohibiendo sus derechos a manifestar públicamente su fe
en las escuelas públicas, no sólo constituye una censura
inadmisible a la libertad de expresión sino una discriminación y
una intolerancia a la religión.
Sin embargo, un 57% de los franceses se posiciona a favor de la
prohibición presidencial de todos los signos religiosos en los
centros escolares estatales, desde la cruz cristiana a la kippá
judía pasando por el pañuelo islámico, frente al 41% que se
muestra en contra.
El totalitarismo de la laicidad francesa se manifiesta también
en el hecho de imponer sus creencias "sagradas" a los alumnos
musulmanes en las escuelas, forzándoles a quitarse el velo, o lo
que de manera caricatural se ha dado en llamar "foulard
islámico", bajo pretexto de que el velo es un signo religioso
contrario a los fundamentos laicos de la sociedad.
La laicidad francesa supone una auténtica política de confusión
e intolerancia. En su política exterior, Francia no cesa de
proclamar los principios de libertad y de Derechos Humanos
cuando, al mismo tiempo, mantiene dictaduras en África y en la
orilla sur del Mediterráneo. Francia no consigue diferenciar
entre los musulmanes y engendros como los talibán afganos que
nada tienen que ver con el Islam y sí con agencias
internacionales de inteligencia.
Todo viene a ser lo mismo en la "lógica laica fundamentalista",
se trate de hombres armados sin escrúpulos que golpean a diestro
y siniestro o de musulmanes creyentes y tolerantes que
preconizan la reforma progresiva de las sociedades, la
pluralidad y los Derechos Humanos.
Esta confusión pone de manifiesto una voluntad deliberada de
dañar y deformar al Islam en Occidente. Luchar contra el
fundamentalismo es luchar contra el Islam. ¿Se trata realmente
de una incapacidad de distinción o, por el contrario, es una
campaña consciente de deformación del Islam y de sus valores?
Fundamentalismo y laicidad son conceptos orgánicamente ligados a
Occidente. El término "fundamentalismo" es inherente a la
evolución de la Iglesia protestante en EE.UU. y de alguna de sus
corrientes más ultramontanas. El fundamentalismo occidental se
asoció a métodos violentos de represión y terrorismo sangriento
para lograr sus fines. La historia política de América Latina,
Asia y África durante el siglo XX es una realidad insoslayable.
Comparar este fundamentalismo al Islam es un error grave, porque
las condiciones históricas del fundamentalismo en Occidente
difieren radicalmente de las que han engendrado a los
movimientos islámicos independentistas.
La laicidad es una especificidad occidental que se produjo como
una reacción económica, social y política al sistema
eclesiástico que se había aliado a la feudalidad en la Edad
Media y era contrario al progreso científico.
Por el contrario, gracias a la civilización del Islam clásico
(siglos IX-XII), las ciencias y la filosofía racional retornaron
a Europa (vía al-Ándalus y Sicilia), que las había descartado a
principios de la Alta Edad Media. En consecuencia, el llamado
Renacimiento no es un descubrimiento del Occidente latino sino
un legado del Oriente musulmán. El pluralismo, la convivencia y
la razón no surgieron en Roma, París o Londres, sino en Bagdad,
El Cairo, Córdoba, Damasco y Estambul.
En el propio marco de la historia de Occidente, ¿es la laicidad
occidental una "revolución" para lograr las ambiciones de la
burguesía?
Creemos que el laicismo no tiene la misión de constituir
espacios vaciados de lo religioso, sino de ofrecer un espacio en
el que todos puedan debatir sobre lo tolerable y lo intolerable,
sobre las diferencias a respetar y aquellas a evitar. |