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Islam y Democracia
Referencia al libro de Françoise Burgat,
“El islamismo cara a cara”, Ed. Bellatera,
Barcelona, 1996
Gannuchi, el
líder tunecino del Hizbu Nahda, Partido del
Renacimiento, dijo: “En realidad no hay más vía para
acceder a la modernidad que nuestra propia vía, la
que nos ha trazado la religión, nuestra historia y
nuestra civilización” (Francois Burgat, El Islamismo
cara a cara, Barcelona, 1996, Bellaterra)
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El argumento de la
supuesta incompatibilidad entre el Islam y le
democracia es algo que debe ser analizado
porque no es la conclusión de un estudio objetivo de
las fuentes del Islam y del análisis de la situación
actual del mundo islámico.
La incompatibilidad
se basaría -según quienes sostienen esta idea- en lo
estructural, por la imposibilidad de comunicación
entre la doctrina de la Europa industrial del siglo
XIX y el pensamiento islámico clásico; y en lo
circunstancial, debido a las “confesiones” de
algunos dirigentes; empírica, en vista de las
prácticas de los islamistas en el poder (caso Irán y
Sudán).
En la doctrina
islámica prevalecería la voluntad de Dios por encima
de la voluntad de la gente; en las palabras de los
fundadores del Islam moderno (sunnita) como Mawdudi
y Hasan Al Banna y sobre todo en sus seguidores.
Pero veamos si
aquello de lo que se apartan los musulmanes es de la
democracia, entendida como la participación del
pueblo en la formación de su destino y en el manejo
de los asuntos de su sociedad, o de la dominación
occidental que se hace en nombre de esos valores
democráticos. La declamación vacía de las potencias
occidentales de su modernidad, entendida en términos
de tolerancia, democracia y derechos humanos,
contrasta con la práctica sistemática de apoyar a
regímenes dictatoriales en el mundo islámico, como
monarquías, gobiernos militares o elites que se
recuestan en las fuerzas extranjeras para reprimir
en el orden interno y por último, las prácticas de
las potencias en apoyo a la ocupación israelí, a las
invasiones y a las aberraciones como la de la cárcel
de Abu Ghraib.
El Islam es quien
garantiza la República y no al revés, dicen en Irán.
Ali Benhadi en
Argelia dice: ...Somos partidarios del ideal
democrático según el cual es el pueblo quien tiene
que elegir a su gobierno y destituir al equipo, la
clase o la ideología que no le convenga. Alternancia
democrática en el poder, de acuerdo. [...] Pero
haremos oídos sordos a las sirenas propagandísticas
que cantan los méritos de una democracia a lo
occidental como único sistema que garantiza el
cumplimiento del “deseo racional”, como única
esperanza para que los desheredados puedan salir del
subdesarrollo.
“La tesis de la
incompatibilidad de las fuerzas islamistas con los
valores democráticos adolece de carencias de fondo”.
(Burgat)
De la misma manera
como conceptos como laicismo, democracia, tolerancia
eran en Europa del siglo XVIII y XIX , conceptos
revolucionarios, los conceptos islámicos son hoy
conceptos revolucionarios contra slogans vacíos de
modernidad, democracia derechos humanos, tolerancia
esgrimidos por las potencias arrogantes de occidente
y de sus regímenes dictatoriales aliados en la
región del mundo islámico.
Los islamistas son
reprimidos y torturados por los regímenes que se
dicen demócratas y que son catalogados como tales
por las potencias occidentales e incluso por algunos
gobiernos del tercer mundo.
¿Acaso en Occidente
no hay que democratizar los medios de información,
el sistema financiero y las fuerzas seguridad?
Gannuchi dice: “Lo
molesto es que, en cuestión de democracia y derechos
humanos, el historial de la mayoría de los
acusadores deja mucho que desear...No han hecho más
que perseguir las libertades , amañar elecciones y
monopolizar la información. Es el colmo de lo
absurdo... La verdad es bien sencilla: nuestros
adversarios siempre han tenido dificultades para
adaptarse a la democracia y el pluripartidismo.
Durante mucho tiempo los rechazaron abiertamente, de
forma explícita, y hoy lo hacen vergonzosamente, de
forma disimulada. Sólo aceptan el juego democrático
con la condición de que , pase lo que pase, sean
ellos los ganadores. Iré más lejos: supongamos que
los antidemócratas inveterados somos nosotros y
ellos son los demócratas irreprochables. Si fueran
sinceros, nos pondrían forzar a participar en el
juego democrático. En Francia los sentimientos
democráticos de la extrema derecha y los de la
extrema izquierda son evidentes, pero a nadie se le
ocurre excluirlos de la democracia francesa...
Gracias al juego democrático todos los partidos
políticos con ideologías autoritarias han sido
integrados, cuando no marginados, en todos los
países. De modo que aunque solo sea para
reeducarnos, nos deberían dejar un sitio en la
«democracia ».
La civilización
islámica ha dado evidencia histórica de ser más
tolerante que la «cristiana » europea.
¿Qué
representatividad tienen hoy los islamistas que se
declaran en contra de la democracia y qué
representatividad tendrán mañana?
Dicen no respetar a
las minorías pero eso no es verdad, hay
representación parlamentaria de las minorías en
Irán, por ejemplo. Pero, además los que acusan al
Islam no respetan siquiera a las mayorías en los
países de esas mayorías!! Eso, sin entrar en el tema
del fraude electoral de las últimas elecciones en
Estados Unidos que consagraron a Bush con fraude en
el estado de Florida.
Para Burgat, no es
incompatible el respeto a la guía divina con el
pluralismo porque si bien hay un solo texto y una
sola verdad, de esto no se deduce necesariamente que
el hombre sea capaz de leer y hallar esta verdad de
forma infalible y en consecuencia ningún musulmán
puede monopolizar la interpretación de un texto o de
una verdad. (Esto es así, salvo en presencia del
Imam, quien sin embargo no impone su guía por la
fuerza).
Burgat afirma que así
como en el plano religioso, la Umma tolera varias
corrientes de pensamiento, en el plano político,
también puede tolerar el multipartidismo. Si bien
los principios son uno, la adaptabilidad es una
cuestión debatible.
Para Gannuchi la
democracia es el Islam, porque la democracia es un
modo de organización pacífica de las luchas
políticas e intelectuales. Si en la región puede
haber tensiones, tanto más en la política. La
democracia no es kufr (incredulidad) como también
sostiene Abbas Madani del FIS en Argelia, quien ante
una eventual derrota dijo: “Nuestra posición será
respetar y aceptar la voluntad del pueblo”.
Ali Benhadi también
moderó su discurso y aceptó la plataforma pluralista
de Roma.
Para Benhadi los
dirigentes que los musulmanes eligen en total
libertad no se les pueden imponer «ni por la fuerza
militar o la afiliación tribal ni por el llamado
derecho divino».El derecho a la oposición «objetiva»
es reconocido en la medida en que está «inscrito en
la sharia», declara Benhadi citando una declaración
del califa Abu Bakr pidiendo que le ayuden cuando
esté en el buen camino y que le corrijan cuando esté
en el error. Por último recuerda que el modelo
político del Islam distingue entre «lo que es
constante y lo que es evolutivo», entre «los
mandamientos de Dios, que son invariables y los
intereses de la comunidad islámica, que pueden
evolucionar».
Los Hermanos
musulmanes e incluso los partidos nacionalistas
tienen una tendencia pluralista y aceptan que el
marco general de regulación del juego político
debería ser el Islam.
¿Acaso la supremacía
de la Voluntad Divina supone no tener en cuenta la
voluntad popular e imponerla? Ningún musulmán afirma
esto.
Israel tiene un
sistema teocrático según ellos afirman y sin embargo
nadie les dice que es incompatible con la democracia
y, por otra parte, ellos sí violan fuertemente el
derecho de las minorías árabes por no decir el
derecho de la mayoría de los palestinos.
Los derechos del
hombre expresados en la «Declaración Universal de
los Derechos del Hombre, los principios generales
del Derecho, (incluso la fe religiosa en USA, “En
Dios creemos”) y el «derecho natural» han seguido
imponiendo a los constituyentes unos principios que
se consideran superiores a la voluntad de las
mayorías parlamentarias. Por lo tanto en las
democracias «laicas» la voluntad de los hombres,
incluso cuando es la de una gran mayoría, sigue
estando sometida a un corpus de referentes
universales que permanecen fuera del alcance de su
impugnación por parte del «pueblo soberano».
Otra cosa que está
por encima de la voluntad de los pueblos es el
remanido derecho a decreto de los presidentes que lo
aplican indiscriminadamente, como el llamado decreto
de necesidad y urgencia en Argentina. O el sistema
que gobierna a las Naciones Unidas que otorga a
cinco grandes potencias el derecho a veto desde los
acuerdos de Yalta en la Segunda Guerra Mundial hasta
hoy.
“Sin duda (afirma
Burgat), el hecho de que no sean denominadas divinas
y que en última instancia puedan modificarse las
hace distintas a las formulaciones de origen divino
según la creencia de los musulmanes, pero no hay que
olvidar la autonomía de los exegetas musulmanes y de
la metodología abierta del iytihad de los juristas
islámicos para interpretar el texto sagrado”.
Como ejemplo de estas
producciones exegéticas podemos citar la lectura muy
restrictiva de las condiciones de aplicación de los
hudud, las condenas penales canónicas con las que
Occidente suele identificar a todo el Islam,
distanciamiento de la poligamia y aceptación de las
reglas del pluralismo político.. Estas
interpretaciones solo necesitan el apoyo de una
mayoría sociopolítica para convertirse en «normas
islámicas».
¿Qué garantías está
dispuesto a dar el Islam a quienes lo rechazan?
Tampoco las
democracias occidentales dan mucha oportunidad a
quienes presentan un sistema alternativo, ejemplo
Allende en Chile, Perón, Chavez o Castro con el
bloqueo?
Eso es porque algunos
dirigentes musulmanes dicen que no toleran una
oposición a la sharia o en el parlamento de Irán no
se aceptan las leyes que no estén de acuerdo con las
sharia. Tampoco los intelectuales de izquierda
tenían libertad en Norteamérica en el tiempo
maccartista...
¿Qué libertad
disfruta el que es presentado como “enemigo de la
libertad”? Lo que sucede es que las potencias
occidentales se sienten más seguras, entonces pueden
tolerar un poco más, pero si estuvieran en el lugar
de las sociedades islámicas tan amenazadas,
tolerarían lo mismo? En posición de tanta fuerza las
sociedades islámicas también tolerarían mucho más,
de todas maneras no se puede decir que las
sociedades musulmanas tengan intromisión en las
sociedades occidentales desestabilizante o que ponga
en riesgo la decisión de las mayorías en estos
países.
En todo caso se
escucha en ambos bandos, “no puede haber ninguna
garantía de la democracia libertad para los enemigos
de la democracia libertad y en el otro bando se
escucha a algunos dirigentes islámicos decir que no
hay garantías del Islam para los enemigos del
Islam”.
Estas comparaciones
no nos pueden conformar, pero sí ayudarnos a
relativizar las cosas.
Sin embargo, la
historia del Islam muestra al profeta perdonando
desde una posición de fuerza a sus más acérrimos
enemigos. Por otra parte nos podemos preguntar si
las potencias occidentales aceptarían a un partido
islámico con posibilidades de acceder al poder si no
lo aceptan siquiera en las sociedades de éstos y se
entrometen para que no lo logren apoyando a los
regímenes criminales.
Para Burgat la
respuesta a la pregunta de si el islamismo y la
democracia son compatibles no van a ser por eso
clara y perentoria. Solo pueden ser moderadas,
múltiples y vacilantes. De alguna manera habrá que
estar en guardia en cada situación y ante los
distintos actores. Los actores islamistas han estado
reprimidos durante muchos años y tendrán que
desarrollar sus experiencias de tolerancia y
construcción de espacios pacíficos para el
desenvolvimiento político pero lo tendrán que hacer
ellos sin intromisión forzada de nadie más. Quién
dice termine siendo cierto que el Islam posibilita
en mayor grado el juego democrático y pluralista de
lo que lo hace la sociedad laicista «moderna»!
Contra aquellos que
piensan que la modernización y democratización
dependen de la detención y la marginación del juego
político a los islamistas, nosotros creemos, dice
Burgat, que no hay nada incompatible entre los dos
procesos principales que encontramos hoy en el mundo
árabe: por un lado la reconciliación de la doctrina
política con las categorías de la cultura musulmana,
y por el otro, la lenta y difícil aparición de
conductas pluralistas y tolerantes acordes con el
mundo de la democracia. Desde luego, las
posibilidades que se impongan unas conductas
modernistas que respeten los logros del pensamiento
democrático no está garantizada, pero tampoco
condenada por el avance islamista.
En realidad esta
manifestación está sí de hecho más que amenazada,
imposibilitada por la fosilización de las clases
dominantes y la criminalización de la producción
intelectual de los dirigentes de la oposición.
Por supuesto, no
basta con decir que se respeta la regla mayoritaria,
como hacen cada vez más dirigentes islamistas, para
convertirse ipso facto en exigentes «demócratas».
Pero tampoco basta con ser antiislamistas , como lo
fue Saddam Husein o anti Saddam como el Emir de
Kuwait, militar o francófono (Argelia), para formar
parte de el supuesto campo democrático cuyo
monopolio otorga Occidente a unos regímenes
desacreditados o a las oposiciones laicas marginadas
por el avance islamista.
Por el contrario,
dado que uno de sus componentes intrínsecos , la
participación de los islamistas es una condición
sine que non de una verdadera transición
democrática. Ésta no tendría sentido en ausencia de
toda una generación política –y menos aún contra
ella.❁
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