|

Transformación de la juventud en
el mundo
islámico
Por Adrián Mac Liman
Escritor y periodista Miembro
del Grupo
de Consultas sobre Oriente
Próximo
Universidad de La Sorbona
Voces de alarma se alzan por la
progresiva toma de conciencia
que está operando en la juventud
del mundo árabe islámico con
relación al desengaño ante
décadas de falsas promesas
incumplidas de parte de la
"civilización de la libertad y
la democracia". A propósito
veamos cómo describe este
fenómeno un asesor en la
temática del Medio Oriente de la
Universidad de la Sorbona.
En los últimos meses, miles de
adolescentes de Oriente Medio
han decidido boicotear los
símbolos de la civilización
americana. Detalle interesante:
en la mayoría de los casos, se
trata de hijos de familias
"occidentalizadas", tanto
cristianas como musulmanas, que
suelen defender los valores y el
modo de vida de los países
industrializados.
A Hassan Jaber no le gusta el
mundo en que vive. No le gustan
las imágenes que desfilan desde
hace unas semanas en la pantalla
de su televisor, ni los
ditirámbicos discursos de los
ulemas de la Universidad
islámica de al-Azhar, los
zigzagueantes discursos de los
gobernantes árabes, los
inesperados cambios de humor de
sus compatriotas. "Se avecinan
tiempos difíciles", confiesa
amargamente este ejecutivo de El
Cairo educado en Cambridge.
Hace apenas un año, Hassan no
tenía inconveniente alguno en
hacer alarde de su condición de
musulmán moderno, su elegante
coche americano, su integración
en los círculos de expatriados
occidentales, su pertenencia a
varios clubes selectos de la
capital, su posición de
directivo de una gran
multinacional estadounidense.
Empezó a notar los cambios en
noviembre de 2000, cuando su
hija quinceañera se negó a
acompañarle a la inauguración
del festival de cine "made in
Hollywood" organizado por el
centro cultural americano.
"Papá, no te olvides de que esta
gente es cómplice de quienes
matan a nuestros hermanos
palestinos", advirtió Ruba, la
hasta entonces inocente "niña de
la casa". Pocos días después,
cuando se le ocurrió llevar a la
familia al "Burger King", la
criatura volvió a poner el grito
en el cielo. "A esos, ¡ni un
dólar! Sólo faltaría; éste es un
país árabe, padre. No los
necesitamos; ¡que se vayan!"
No se trataba de una reacción
aislada; en los últimos meses,
miles de adolescentes de Oriente
Medio decidieron boicotear los
símbolos de la civilización
americana. Detalle interesante:
en la mayoría de los casos, se
trata de hijos de familias
"occidentalizadas", tanto
cristianas como musulmanas, que
suelen defender los valores y el
modo de vida de los países
industrializados. Hassan Jaber
es el típico exponente de esta
minoría atípica, que se ha
convertido en un fenómeno
social.
Los "occidentalizados" egipcios,
jordanos, palestinos o saudíes
viven en sus carnes el conflicto
cultural. Se les han enseñado
las ventajas y virtudes de
civilizaciones ajenas, la
filosofía europea y la historia
del Nuevo Mundo, las matemáticas
modernas y los rudimentos de las
nuevas estrategias
empresariales. Persuadidos de la
supremacía del pensamiento
occidental, los Hassan Jaber de
la cuenca sur del Mediterráneo y
los emiratos del Golfo tratan de
prepararse para el inminente
choque de civilizaciones
anunciado en su momento por
Samuel Huntington, historiador y
politólogo estadounidense que
hizo suya la metáfora del
afamado arabista Bernard Lewis.
En efecto, al hablar del "choque
de civilizaciones", Lewis se
limitaba a lanzar una
advertencia al mundo occidental.
Una señal de alerta, destinada a
corregir el tiro, a prevenir una
posible hecatombe. No fue éste
el propósito de Huntington,
autor de teorías catastrofistas
sobre la rivalidad entre Oriente
y Occidente, sobre la inminencia
de un enfrentamiento.
Si bien los primeros síntomas de
cansancio del mundo
árabe-musulmán coincidieron con
el inicio de la Intifada de
Al-Aqsa, con los sangrientos
episodios de septiembre y
octubre de 2000, cuando en
ejército israelí dio muerte a
decenas de palestinos, los
temblores del auténtico
terremoto empezaron a notarse a
partir de los ataques
perpetrados el 11 de septiembre.
Esta vez, ya no se trataba de un
simple ejercicio filosófico, de
tomar partido a favor o en
contra de Occidente, a favor o
en contra de Islam. El mundo,
según el propio Presidente Bush,
quedaba dividido en dos:
"nosotros", los defensores de la
civilización, y "ellos", los
partidarios del terror y el mal.
La malherida Norteamérica exigía
una respuesta contundente, una
réplica que llegó a
materializarse el 7 de octubre.
A partir de aquel instante, los
"occidentalizados" que viven en
tierras del Islam tratan de
compaginar su amor y respeto por
la cultura trasplantada a otras
latitudes por misioneros y
emisarios de la cristiandad (más
lo más importante que son las
potencias colonizadoras), con el
pragmatismo de quienes pretenden
sobrevivir en el mundo árabe, su
mundo, un mundo el plena
mutación.
Algunos reconocen, al igual que
Hassan Jaber, que la mezcla de
soberbia y falta de visión
política de los estadistas
occidentales han llevado a la
radicalización de las masas, a
la acentuación de las
diferencias socio-culturales
entre Oriente y Occidente. Que
en las circunstancias actuales,
resulta cada vez más difícil
contemplar la convivencia,
hablar de paz en Oriente Medio,
aceptar las tergiversaciones del
Gobierno israelí, hasta ahora
"aliado privilegiado" de
Washington, los clichés
impuestos por los medios de
comunicación occidentales y, por
ende, la perspectiva de la
expansión del conflicto a otros
países de la región.
En la mayoría de los casos, ya
no se trata de aceptar o
rechazar la argumentación de
Osama bin Laden o de su
movimiento. Lo que se pretende
es adoptar una postura crítica
ante las cuestiones clave que
generan el equívoco actual: el
problema palestino, el diálogo
intercultural, los modelos
sociales enfrentados. La
aparente incompatibilidad de los
enfoques se ha puesto de
manifiesto a través de un sinfín
de reacciones "negativas" o, tal
vez, mal interpretadas por los
analistas occidentales,
incapaces de comprender la
abismal diferencia entre la
alianza estratégica de 1991,
cuando se trataba de liberar un
territorio islámico conquistado
por la fuerza, y las reticencias
de algunos regímenes árabes
moderados a la hora de sumarse a
una coalición que, según ellos,
se limita a librar batalla a un
país islámico "hermano".
El desconcierto se suma, en este
caso concreto, a la profunda y
sincera desilusión de los
gobernantes árabes, quienes
confiaban, allá por la década de
los 90, en la rápida solución
del conflicto palestino-israelí.
Fue ésta una de las promesas
formuladas por George Bush,
padre del actual Presidente
norteamericano, una de las
promesas incumplidas por el
"gran aliado".
Hoy en día, Oriente Medio está
atravesando por uno de los
momentos más delicados de su
historia. A la constante
fanatización de las masas (el
término radicalización empleado
por este autor, renglones más
arriba, era más adecuado), que
no disimulan su desengaño ante
la llamada "carencia de valores
espirituales" de Occidente, se
añade la incapacidad (o falta de
voluntad) de los políticos de
hallar repuestas válidas para
abandonar el callejón sin salida
del inacabable conflicto
israelo-árabe. |