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La Revolución Científica del
Islam
Por R.H
Shamsuddin Elia
Aleccionados por el Sagrado
Corán y las recomendaciones del
Profeta que urgen la búsqueda
del saber y el conocimiento, e
inspirados por la sabiduría de
las antiguas civilizaciones, los
musulmanes crearon entre los
siglos IX y XV una sociedad que
fue el centro científico del
mundo, la modernidad de la
época.
El idioma árabe fue sinónimo de
ciencia y sabiduría durante 600
años, una edad de oro que puede
contar entre sus créditos a los
precursores de las modernas
universidades, el álgebra, los
nombres de las estrellas e
incluso la noción de la ciencia
como una investigación empírica.
Roger Arnaldez, arabista e
islamólogo, profesor de la
Facultad de Letras de Lyon
(Francia) destaca que «El mérito
fundamental de los árabes
consiste en haber sido los
primeros en dar a la Ciencia ese
carácter internacional que en
nuestros días parece ser un
rasgo peculiar suyo. Ni las
conquistas de Alejandro, ni
siquiera la conquista romana,
penetraron en los pueblos tan
profundamente como las
invasiones árabes. Ello se debe
a que los guerreros del desierto
llevaban consigo una fe
religiosa viva; su lengua, la
lengua de la "revelación
coránica", fue el agente
principal del renacimiento y de
la revolución científica. Pronto
tuvo que ser redactado en árabe
todo escrito que quisiera tener
valor y alcance científicos» (R.
Arnaldez: "La ciencia árabe", en
Varios Autores: La ciencia
antigua y medieval. De los
orígenes a 1450, Ediciones
Destino, Barcelona, 1971, pp.
497-498).
Fue la infusión de este
conocimiento en la Europa
cristiana lo que generó el
Renacimiento y la revolución
científica. Los sabios
musulmanes de al-Ándalus, de
Egipto, de Siria, de Persia, de
la Transoxiana y de tantos otros
lugares colmarían su misión como
industriosos intermediarios de
la cultura y transmitirían a la
Europa medieval la olvidada
sabiduría del mundo antiguo,
además de sus propias
contribuciones, posibilitando el
Renacimiento y la Edad Moderna.
Cuando en los siglos VII y VIII,
los ejércitos musulmanes
avanzaron desde la Península
Arábiga anexaron territorios
desde Persia a España, también
anexaron los trabajos de Platón,
Aristóteles, Euclides,
Pitágoras, Arquímedes,
Eratóstenes, Dioscórides,
Hipócrates, Galeno y otros
sabios griegos. El Occidente
latino tenía una reducida
versión del saber griego, en
cambio el Islam logró tener la
versión casi completa.
Judíos, cristianos y musulmanes
por igual participaron en este
florecimiento de las ciencias,
el arte, la medicina y la
filosofía que se mantuvo durante
más de seis siglos y se extendió
desde España a la China. La
primera gran cumbre de su apogeo
se alcanzó a principios del
siglo X cuando tres brillantes
científicos surgieron en el
Oriente musulmán: Abu Alí
al-Hasan Ibn al-Haizam
(965-1039), conocido como
Alhazen por los latinos y
llamado "el padre de la óptica";
el astrónomo, geógrafo e
historiador Abu ar-Raiham
Muhammad Ibn Ahmad al-Biruni
(973-1050); y el médico-filósofo
Abu Ali al-
Husain Ibn Sina (980-1037),
nuestro famoso Avicena.
Otros tres grandes sabios
provenientes del Occidente
musulmán revolucionarían el
pensamiento a fines del siglo
XII inspirando con sus trabajos
a Tomás de Aquino, Dante,
Spinoza, Descartes, Kant, Defoe
y Rousseau: son los
filósofos-médicos Abu Bakr
Muhammad Ibn Tufail al-Qaisi
(c.1110-1085), mejor conocido
como Abentofail, y Abu al-Walid
Muhammad Ibn Ahmad Ibn Rushd
(1126-1198), nuestro celebérrimo
Averroes; y el místico Abu Bakr
Muhammad
Ibn Alí Ibn Muhammad al-Hatimi
Ibn al-Arabi (1165-1240), el
Abenarabí de los españoles.
«Qué habría sido de la filosofía
en la Edad Media latina y
occidental si ésta no hubiese
conocido el quehacer científico
y filosófico que se produjo en
el mundo islámico? No es posible
saberlo, pero sin el Avicena y
sin el Averroes que Europa
conoció, la filosofía moderna no
habría sido lo que es y sí otra
cosa muy distinta» (Rafael Ramón
Guerrero: Filosofías Árabe y
Judía, Editorial Síntesis,
Madrid, 2001).
Una de las razones de esta
revolución científica es que el
Islam es una de las pocas
religiones en la historia humana
en la que los procedimientos
científicos son imprescindibles
para llevar a cabo el ritual
canónico.
La fe islámica y la ciencia
El requerimiento islámico de
rezar en dirección a La Meca
desde los cuatro puntos
cardinales, por ejemplo, exigió
conocer el tamaño y la forma de
la Tierra. Los científicos
islámicos alcanzaron altas cotas
en la Astronomía y se
adelantaron en varios siglos a
los europeos. Las razones hay
que buscarlas considerando en
que la Astronomía solucionaba
problemas importantes del ritual
religioso del Islam. A saber, la
quibla (orientación) de las
mezquitas, la regulación de las
horas del día para la oración y
el determinar el comienzo y
final del mes de Ramadán, el mes
sagrado dedicado al ayuno
obligatorio. Los científicos
musulmanes ubicaron a la
astronomía dentro de las
ciencias matemáticas y la
denominaron ‘Ilm al-hai’a
(Ciencia del aspecto del
universo) e ‘Ilm al-aflak
(Ciencia de las esferas
celestes). La astronomía
islámica fue la heredera natural
de los estudios griegos y
ptolemaicos en la materia. Sin
embargo, con el tiempo, los
astrónomos musulmanes
corregirían gradualmente
determinadas observaciones
helenísticas. Al respecto, es
importante consultar el tratado
del sabio de Asia central Sadr
al-Shari’a al-Bujari (siglo
XIV), que analiza el trabajo de
investigación realizado por los
astrónomos de Maraga (Irán)
durante el siglo XIII, el cual
cuestiona seriamente la
astronomía ptolemaica (cfr.
Ahmad S. Dallal: An Islamic
Response to Greek Astronomy.
Kitab Ta’dil Hay’at of Sadr
al-Shari’a, E.J. Brill, Leiden,
1995).
Astrónomos musulmanes del
observatorio de Samarcanda,
fundado hacia 1420 por Muhammad
Turgai Ibn Ruj, llamado Ulug Beg
(1394-1449), calcularon la
posición de las estrellas con la
exactitud de un grado. Una
ensayista macedonia, Jasmina
Sopova nos cuenta una jugosa
anécdota sobre ese príncipe y
sabio tátaro: «Ulug Beg poseía
una vasta erudición. Sabía de
memoria casi todos los
versículos del Corán y tenía el
don de citarlos en el momento
oportuno. Escribía muy bien en
árabe y se expresaba con suma
elegancia, ya que la retórica
era una de sus actividades
predilectas. Concurría
regularmente a los seminarios de
la madrasa y sorprendía a menudo
a la asistencia con sus
comentarios pertinentes y su
rapidez en el cálculo mental.
Una anécdota prueba además su
memoria excepcional. La caza era
uno de los pasatiempos favoritos
del monarca. Y con la
meticulosidad propia de un
científico anotaba en un
cuaderno todos los datos sobre
las piezas cobradas, la fecha,
el lugar... Un día su
secretario, contrariado le
anunció que el cuaderno había
desaparecido. "No tiene
importancia, lo consoló el rey,
conozco su contenido de memoria
y, acto seguido, dictó su diario
de caza de la primera a la
última línea. Cuando tiempo
después, apareció el original y
se compararon ambos textos, pudo
advertirse que sólo diferían en
cuatro o cinco datos... Poeta,
historiador y mecenas, logró
reunir en su corte a las
personalidades más destacadas de
la época. Pese a su muerte
prematura, su obra superó
ampliamente las fronteras del
mundo islámico e influyó en la
ciencia astronómica europea» (J.
Sopova: "Ulug Be o el rey
astrónomo", en El Correo de la
Unesco, París, abril 1994, p.
47).
El astrónomo polaco Nicolás
Copérnico (1473-1543), quien
echó por tierra los principios
del universo de Ptolomeo en 1530
al proponer que los planetas
giran alrededor del Sol y no en
torno a la Tierra (como afirmaba
el científico alejandrino),
expresó ideas similares de
astrónomos musulmanes que
vivieron entre 600 años y 300
antes que él. Esto ha llevado a
los historiadores a sugerir que
existe una conexión entre
Copérnico y astrónomos como
al-Battani (858-929), Ÿabir Ibn
al-Aflah (m. hacia 1150),
Nasiruddín al-Tusi (1201-1274) e
Ibn al-Shatir (m. en 1375).
Ibn al-Shatir, oriundo de
Damasco, influyó con sus "Tablas
del sol, de la luna y de los
planetas" los trabajos y
descubrimientos del danés Tycho
Brahe (1546-1601) y de su
alumno, el alemán Johannes
Kepler (1571-1630). El último
gran astrónomo y científico
musulmán fue Taqi al-Din
Muhammad Ibn Ma’ruf, que fue
juez en El Cairo. Entre
1571-1577 instaló un gran
observatorio en Estambul que
además comprendía una biblioteca
y departamentos científicos.
La medicina es, sin duda, mucho
más que la ciencia médica, y
enumerar las contribuciones que
los musulmanes hicieron en esta
esfera, considerada a la vez
como ciencia, como arte de curar
y como servicio social, sería
tarea interminable. Sin embargo,
cabe destacar que el Islam
impone tradicionalmente a los
creyentes una serie de reglas de
comportamiento individual y
colectivo destinadas a preservar
la salud. El Sagrado Corán y los
dichos (ahadiz) del Profeta
contienen gran número de
instrucciones precisas sobre
higiene personal (en particular
las abluciones y la preparación
para la oración), hábitos
alimentarios ("Nosotros, como
pueblo, no comemos sino cuando
tenemos hambre, y cuando
comemos, nos detenemos antes de
estar saciados", dice el hadiz),
ejercicios físicos ("Enseñad a
vuestros hijos a nadar, a
manejar el arco y a montar a
caballo", prescribe otro hadiz
de Profeta) y muchas otras
instrucciones para asegurar la
salud física y mental.
Abu Marwan Ibn Zuhr
(c.1091-1162), latinizado
Avenzoar, nacido en Sevilla, fue
un médico que discrepaba
abiertamente de algunas
enseñanzas galénicas. Su talento
clínico le permitió realizar
agudas descripciones de la sarna
y la pericarditis (inflamación
del pericardio), enfermedad que
él mismo padeció. En sus
trabajos se ocupa de las
técnicas de preparación de los
fármacos y describe la técnica
de la realización de la
traqueotomía (haciendo una
incisión en la tráquea) con la
exactitud de un hombre experto
en cirugía. Avenzoar recomienda
a los facultativos que confíen
más en su propia experiencia que
en las doctrinas tradicionales.
Ejerció una importante
influencia en la enseñanza de la
medicina y la alquimia en la
Europa medieval, a través de la
traducción de sus textos al
hebreo y al latín.
Las recomendaciones del
Profeta
El origen de la educación y la
civilización en el Islam fue la
imitación de las costumbres,
consejos y tradiciones (Sunna)
del Santo Profeta del Islam que
eran una extensión de los
principios y mandatos contenidos
en el Libro por Excelencia, el
Sagrado Corán, emanados de la
Revelación del Graciabilísimo,
Misericordiosísimo. Entre sus
dichos alusivos a la educación y
la enseñanza figuran aquellos
que dicen:
«Hacer la ciencia accesible a
todos es alentar a cada uno a
instruirse» e «Instruirse en la
juventud es grabar sobre la
piedra».
Igualmente recomendó: «¡Id en
busca de la ciencia a todas
partes, hasta en la China!»,
«¡Echad mano de la sabiduría y
no mires el recipiente que la
encierra!» y «Buscad la ciencia
desde la cuna hasta la tumba».
Señalando además: «El que deja a
su hogar en busca de
conocimientos, sigue el sendero
de Dios hasta el día de su
regreso» y «El que viaja en pos
de conocimiento, viaja en la
senda de Dios hacia el Paraíso»,
enfatizando del mismo modo que
«La tinta de los sabios es más
preciosa que la sangre de los
mártires».
En numerosas aleyas coránicas se
recomienda al creyente que
contemple y estudie los cielos y
la tierra y todo cuando
encubren. Por ejemplo, podemos
leer:
«No le es dado al sol alcanzar a
la luna ni a la noche
adelantarse al día. Cada uno
navega en su órbita» (El Sagrado
Corán: Sura 36, Aleya 40).
«Dios sometió para vosotros lo
que está en los cielos y lo que
está sobre la tierra, todo ello
procede de Él. En verdad, ¿no
hay en esto señales para quien
reflexiona?» (El Sagrado Corán:
Sura 45, Aleya 13).
«¿No ves que las naves navegan
por la gracia de Dios, para que
Él os muestre algunos de Sus
signos? Hay en ello, sí, signos
para todo aquél que tenga mucha
paciencia, gratitud» (El Sagrado
Corán: Sura 31, Aleya 31).
«Él es Quien ha hecho que los
dos mares fluyan: uno es
agradable al gusto, dulce; otro,
salado, amargo. Ha colocado
entre ellos una barrera y límite
infranqueable» (El Sagrado
Corán: Sura 25, Aleya 53).
«No hay animal sobre la tierra,
ni ave que vuele con sus alas,
que no formen comunidades
semejantes a las vuestras» (El
Sagrado Corán: Sura 6, Aleya
38).
Cuando escribía que el Corán
invita a los hombres a observar
la naturaleza y a buscar el
conocimiento racional, Ibn Rushd
(Averroes) expresaba la opinión
de todos los sabios musulmanes:
la Tierra le ha sido dada al
hombre para que no cese de
estudiarla ni de contemplarla.
«Averroes abarcó todas las ramas
del saber: desde la Medicina a
la Lógica y desde el Derecho a
la Astronomía. Utilizó unos
10.000 folios en sus escritos y
únicamente dejó de estudiar la
noche de su boda y la de la
muerte de su padre» (Idoia Maiza
Ozcoidi: La concepción de la
filosofía de Averroes. Análisis
crítico del Tahãfut al-tahãfut,
Editorial Trotta, Madrid, 2001,
p. 23).
Cómo se ganó y se perdió la
ciencia
En contraste con ciento
cincuenta aleyas de carácter
legislativo, unas setecientos
cincuenta aleyas —es decir casi
la octava parte del Sagrado
Corán—, estimulan a los
creyentes a estudiar la
naturaleza, a reflexionar, a
utilizar de manera óptima la
razón y a hacer de la ciencia
una parte integrante de la vida
social. Inspirados en esos
mandamientos, apenas cien años
después de la muerte del Profeta
los musulmanes se dedicaron a la
conquista y el dominio de las
ciencias por entonces conocidas,
alcanzando una situación de
predominio en la creación
científica que duró los
seiscientos años siguientes.
En la época del Islam Clásico,
todas las regiones del
territorio musulmán estaban en
el
más estrecho contacto cultural y
comercial entre sí, por lo que
cualquier producción cultural de
importancia en un país o región
pasaba pronto a ser propiedad
común de los creyentes en otros
territorios.
Una tercera razón del éxito del
quehacer científico en el Islam
fue su carácter internacional.
No solamente fue la comunidad
islámica de la Edad de Oro "la
globalización bien entendida"
sino que además la sociedad
musulmana primitiva fue
extremadamente tolerante con
quienes no pertenecían a ella y
con sus ideas. Como escribía el
filósofo al-Kindi (796-873) hace
más de mil cien años: «No
debemos avergonzarnos de
reconocer la verdad y de
asimilarla, cualquiera que sea
su procedencia. Para quien busca
la verdad nada hay de mayor
valor que la verdad misma; no
rebaja ni humilla jamás a quien
la busca».
Completadas las fases
principales de la expansión
islámica, el tremendo estímulo
colectivo de los musulmanes por
crear entonces nuevas
expresiones, fructificaron en
una rica cosecha de
realizaciones técnicas,
científicas, industriales,
económicas, sociales y sobre
todo literarias, artísticas y
filosóficas. Establecieron así
los fundamentos de una parte muy
importante de la actual cultura
y civilización en el Occidente.
Las invasiones y devastaciones
de los cruzados y mogoles, que
se iniciaron en 1085 con la
conquista de la ciudad de
Toledo, capital de las ciencias
de la España musulmana, serían
uno de los factores externos que
producirían la decadencia de la
civilización islámica. Pero los
factores internos producirían
los mayores males y calamidades
que todavía asolan y deprimen al
mundo musulmán. Algunos,
evidentemente ofuscados y/o
extraviados, olvidaron las
enseñanzas coránicas y
proféticas, y vieron en las
ciencias y el conocimiento
enemigos en lugar de amigos y
aliados.
El islamólogo francés,
especialista en sufismo y
shiísmo, Henry Corbin
(1903-1978) nos dice que «una
tradición no está viva y no
transmite vida sino a condición
de que sea un perpetuo
renacimiento». Andrés Martínez
Lorca, profesor de Historia de
la filosofía en la Universidad
de Málaga y titular de Filosofía
Antigua y Medieval en la UNED
(Madrid), señala igualmente que
«Uno de los peligros que
permanentemente acechan a la
vida intelectual es la
petrificación del pensamiento.
Resulta más cómoda, ciertamente,
la pereza mental, pero conduce
siempre a lo mismo, al
estancamiento de la cultura».
«La historia cautiva el oído del
sabio y el del ignorante; el
simple y el inteligente se
encantan con sus relatos y los
solicitan. La historia comprende
todas clases de temas.. Su
superioridad sobre las otras
ciencias es evidente, y todos
los ingenios le conceden la
supremacía. Con razón dicen los
sabios que el amigo más seguro
es un libro... Te ofrece al
mismo tiempo el comienzo y el
fin, poco o mucho; reúne lo
lejano a lo que está cerca de
ti, el pasado al presente;
combina las formas más diversas,
las especies más distintas. Es
un muerto que te habla en nombre
de los muertos, y que te hace
accesible el lenguaje de los
vivos. Es una persona íntima que
se alegra con tu alegría, que
duerme con tu sueño y que sólo
te habla de lo que gustas». Esta
cita del polígrafo shií
al-Mas’udi (900-957), extraída
de su monumental enciclopedia
denominada en árabe Muruÿ
ad-dahab wa ma’adin al-ÿawahir
(Campos de oro y minas
preciosas), debería ser un
acicate para revisar el pasado,
enmendar el presente y forjar el
futuro, y algo más: para leer,
leer, leer... y llevar a la
práctica el aprendizaje...
insha’Allah. |