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Nueve años lunares:

Una forma de crear identidad en un mundo globalizado

— Segunda Parte —


El rol que cumplen los padres en la educación de sus hijos es fundamental.

Esta educación no debe limitarse a la enseñanza de los buenos modales, el aprendizaje escolar, la higiene personal y la alimentación. Si bien son fundamentales, sólo son formales y serán instrumentos vitales para conducirse en la vida. Le permitirán al niño socializarse y estar sano en lo corporal. Pero la educación religiosa no debe ser abandonada o postergada a la decisión personal del niño para cuando sea mayor de edad, pues brinda una salud mental y espiritual que es aún más importante y vital para el ser humano y la sociedad toda.

Un individuo enfermo corporalmente pero con una sana formación espiritual, psíquica y mental nunca se sentirá enfermo y por el contrario tendrá la sabiduría y paciencia para superar la barrera que su enfermedad le representa. De este modo podrá encontrar un lugar que lo haga sentirse útil en este mundo. Tendrá una visión de la vida muy esperanzadora para sí mismo y para los demás. No hará de su enfermedad una desgracia que le quite la ilusión de vivir. Descubrirá otras realidades y maravillas de la vida. Emprenderá un camino infinito que lo conducirá a conocer su esencia más profunda, que trascienda sus límites corporales.

Este es el sentido y el aporte más relevante de la educación religiosa que la distingue de toda otra educación o enseñanza formal.

Como dijimos anteriormente la enseñanza formal le brindará los instrumentos para su desarrollo material. Estos son medios pero no le darán sentido a su vida. No son un fin en sí mismo.

Al respecto son interesantes las reflexiones que hace Roger Garaudy en relación a la filosofía del trabajo en alusión al marxismo pero que bien pueden ser aplicadas en este sentido:

"...El trabajo, aunque fuese organizado en la más perfecta justicia, no es un fin en sí mismo. Puede crear las condiciones de una liberación del hombre respecto a las exigencias

materiales; pero no nos dice qué hará de su tiempo libre este hombre así liberado".

Educar a los hijos en la religión los ayudará a conducirse en la sociedad, a interrelacionarse con los otros, pero con una conciencia tal que podrá reconocer las diferencias, los límites, lo bueno y lo malo; a pesar de que en el mundo de hoy todo se ha relativizado y dichos límites se encuentren diluidos.

Este relativismo y falta de límites responde, en gran medida, a una falta de identidad muy profunda por la que atraviesan las sociedades occidentales.

Al renunciar a sus raíces y tradiciones, especialmente la arábigo-islámica, Occidente se convirtió en "un accidente mortal para la humanidad", según lo define Roger Garaudy. Mortal para la humanidad porque sus pretensiones no tienen fronteras y porque desea convertir su moral en "La" moral universal, dominando a otros pueblos y siendo hostil al "otro", a las tradiciones del otro, a toda civilización que no sea su civilización.

El mito del "progreso" necesariamente conduce a negar al otro. El progreso que persigue el capitalismo salvaje es concebido dentro de la racionalidad formal donde lo que prevalece es el cálculo costo-beneficio, y donde las acciones se rigen con arreglo a fines y no a valores tal como las clasifica Max Weber.

Su objetivo es homogeneizar para dominar, antes que la diferencia y el beneficio del intercambio cultural. Promueve el choque de civilizaciones antes que el multiculturalismo.

Es en este contexto tan hostil y adverso cuando se hace relevante e imperioso fortalecer la educación de nuestros hijos.

Educar en el sentido de brindar bases sólidas para que el niño pueda manejarse con total libertad en su futuro. Educar espiritualmente es proporcionarle las alas para volar en esta inmensidad.

Algunos padres sostienen que la educación religiosa implica un determinismo y contribuye a que el niño se convierta en una persona muy estructurada y sin proyecciones ni imaginación, sin la posibilidad de elegir su propio futuro.

Ésta también es una idea muy propia de Occidente que surge como una reacción opositora a un determinado periodo histórico donde la religión institucionalizada de la Edad Media verdaderamente representó un obstáculo para la ciencia, y la voluntad del hombre se vio coartada.

Esto ha llevado a generar una concepción negativa de la religión en sí misma, generalizando los errores cometidos por determinados personajes de una época, a la religión como camino, fuente y guía para el ser humano.

La actual crisis y decadencia en la que se encuentra naufragando la sociedad es alarmante y conduce a un contundente retorno a la fe. De ahí la necesidad de recurrir a las fuentes genuinas de las tradiciones religiosas.

El caso más paradigmático lo encontramos en el resurgimiento de los templos de diferentes credos en la ex Unión Soviética después de la caída del Muro de Berlín.

Es una falacia pensar que la religión estructura al ser humano y que el no tener religión le permitirá al hombre la libre elección.

En realidad, con el abandono de la religión se ha pasado de la adoración a Dios a la adoración de los bienes y placeres materiales, privándole al hombre de satisfacer su espíritu de trascendencia.

Trascendencia que implica la prolongación del ser humano a través de su fitrat (esencia innata- alma), liberándose del límite que le impone el tiempo y el espacio.

Si continuamos profundizando concluiremos en que la libre elección del hombre no se logrará a partir de las múltiples posibilidades que se le presentan para elegir, sino a partir del mayor grado de conciencia que tenga sobre sí y sobre el mundo en el que se encuentra.

El Imam ‘Ali (P.) decía:

"No hay riqueza que se iguale a la razón ni pobreza que se iguale a la ignorancia".

Da lo mismo que las posibilidades sean múltiples o escasas, lo importante es el sentido que las mismas tienen en este mundo, el objetivo que persiguen y a dónde nos conducen.

Aquí es donde cobra importancia la religión como hilo conductor de nuestras acciones y aquí también es importante el modo en cómo se interpreta y transmite la misma.

Así vemos cómo el educar se convierte en un arte. El arte de saber combinar la cotidianeidad con lo trascendente.

Vienen a mi memoria las palabras de un teólogo y filósofo musulmán iraní, Ayatollah Mutahharí, quien decía en su artículo "Educación significa formación":

"En la enseñanza y la educación hay que ofrecer espíritu científico al estudiante, no se debe intentar culturizarlo tanto, sino crearle un sentimiento de búsqueda de la verdad; rechazando las actitudes y hábitos negativos que le hacen desviar del verdadero camino; como el fanatismo, la inflexibilidad, el orgullo... De esta forma, el estudiante crecerá con espíritu científico... El espíritu científico es lo mismo que la búsqueda de la verdad; la imparcialidad, el espíritu sin fanatismo, el espíritu carente de orgullo y fingimiento.

No se puede ser inflexible diciendo que lo que se ha determinado es así y no se puede cambiar, o que lo que uno cree es toda la verdad. Debemos reconocer que sabemos muy poco acerca de la verdad. En resumen, el espíritu científico busca la razón".(Extraído de Kauzar Nº 3, pág. 21, otoño 1993)

Estas palabras nos sirven como guía para poder transmitir a nuestros hijos las enseñanzas islámicas desprovistas de fanatismos, tradiciones ajenas al Islam, supersticiones, mitos y todo aquello que contribuya a la cerrazón del hombre.

El Corán debe servirnos de guía como bien reza la aleya coránica:

"No te hemos revelado el Corán para que padezcas sino como recuerdo para quien tiene piedad. Como revelación venida de Quien ha creado la tierra y los altos cielos. (Corán 20:3,4)

Cuando el Corán es guía, curación, misericordia, hay que entenderlo como tal y no como la verdad revelada donde el hombre pierde su voluntad.

Si el hombre pierde su voluntad, el Corán no puede ser guía. Ambas deben complementarse.

Por eso debemos ser responsables en la transmisión de la fe a nuestros hijos y ello requiere que previamente tengamos una visión introspectiva para despojarnos de aquellos errores que hayamos incorporado en el pasado y no prolongarlos a través de nuestros hijos. Y para ello es necesario que nosotros mismos nos preparemos espiritualmente y no cesemos en nuestro perfeccionamiento personal.

De este modo evitaremos una educación que reivindique el pasado, las costumbres, tradiciones y ritos desvinculadas del espíritu de búsqueda de Dios.

Una educación que se limite sólo a los rituales pero que no esté acompañada del desarrollo de la razón y el espíritu llevará al aborrecimiento de la religión.

Así como una educación netamente racional, que rechace lo místico llevará a privar al ser humano del desarrollo de su potencial espiritual innato, aun cuando éste se haya ido ocultando a través de las diferentes etapas del proceso de socialización.

Jaime Barylko, en su libro "Los hijos y la religión" reflexiona: "...en nuestro mundo globalizado flota una atmósfera de incertidumbre. Sembramos aparente libertad y cosechamos juventudes sin identidad, infelices, violentas, desorientadas. ¿En qué nos equivocamos?

A no engañarse: no fue libertad lo que sembramos sino abandono, indolencia, desamor. La verdadera libertad es siempre opción de elegir. Y para elegir es indispensable conocer. Quizás los hijos no elijan lo que quisimos para ellos. Pero eso no nos libera de nuestra obligación de educarlos. Sólo el que sabe nadar podrá nadar contra la corriente. Sólo el conocimiento protegerá a nuestros hijos de fanatismos sectarios, ídolos de barro, falsos mensajes mesiánicos.

"...El niño dispone de un alma, de una psique, que contiene entendimiento, practicidad y magia, es decir, poesía. Con el tiempo se lo educa, es decir se le va cortando todas aquellas alas que no corresponden a la práctica realidad; y termina siendo un siervo del calefón, del televisor, del viaje a Marbella.

La propuesta nuestra es dar pábulo a esas alas, dejar que crezca, y en todo caso cuando crezcan que se caigan solas.

Por eso, a la pregunta: ¿con qué derecho cría usted a su hijo en religión?, creo que corresponde otra pregunta : ¿Con qué derecho cría usted a su hijo sin religión?" (Jaime Barylko, Los hijos y la religión, ed. Emecé, pág. 20).

Es en este sentido que el Islam insiste en la responsabilidad que tienen los padres en la educación de sus hijos. El Islam dice que el niño nace puro, creyente en Dios, cerca de Dios, obediente a Dios, sensible a lo trascendente. Luego, según la educación que se le brinde y el estilo de vida que lleve se lo conducirá a acrecentar esa sensibilidad o poesía como dice Jaime Barylko o se la reducirá a su mínima expresión, y deformándose en vana fantasía. (Ver narraciones sobre el tema en la sección Hadices, pág. 2).

Bibliografía:

Revista Kauzar, Nro. 3

Nueve años lunares" Umma. Ed. Mezquita At-Tauhid.

La cruzada de los asesinos" Roger Garaudy, Urracas emaus

Los hijos y la religión" Jaime Barylko, ed. Emecé.

Un ramo de flores del Jardín de las Tradiciones del Profeta y Ahlul Bait (P), compilado por Aiatul-lah Saiied Kamal Faqih Imani. Ed. Centro de Investigación Islámica Amir Al Mu’minin Ali

 
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