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Roger Garaudy
En la segunda quincena de abril
visitó a Chile el pensador francés
Roger Garaudy, próximo a cumplir 88
años, invitado al país trasandino
por la Comunidad de Emaus, cuya sede
central en Francia fuera fundada por
el Abate Pierre. En el país
trasandino dictó algunas
conferencias en las universidades
públicas y centros culturales y
comunitarios.
Roger Garady es filósofo, doctor en
letras de la Sorbona, fue diputado
por el partido comunista, estuvo
preso en un campo de concentración
tres años por integrar la
resistencia contra el régimen
colaboracionista de los nazis en
Francia, posteriormente ocupó un
cargo en el Comité Central del
Partido Comunista francés y
actualmente es director del
Instituto para el Diálogo de las
Civilizaciones, además de fundador
del Centro Cultural de la Torre de
la Calahorra, en Córdoba, donde se
encuentra el único museo en España
enteramente consagrado a la
presencia musulmana en ese país.
Fue expulsado del Partido Comunista
por criticar a la Unión Soviética y
hace ya aproximadamente treinta años
abrazó el Islam abriendo una puerta
esencial, la del universo islámico,
a la crítica situación de la
intelectualidad europea y occidental
en general.
Los temas que abordó Garaudy en su
gira por Chile son los que se hayan
impresos en su profusa obra en la
que la que combate contra los males
de nuestra época denunciando a todos
aquellos que se oponen al diálogo
enriquecedor y que insisten en
querer imponer por la fuerza un
sistema capitalista demencial e
inhumano al que él define como una
nueva vieja religión, la del
monoteísmo del mercado. Esta nueva
modalidad del viejo imperialismo se
haya en el polo opuesto de las
enseñanzas de los grandes profetas
de la humanidad.
Creo que Roger Garaudy ha dado un
paso muy trascendente que ha sido
saber sobreponerse a la estrechez
del pensamiento ateo y agnóstico,
abriéndose a la revelación infinita
del Islam, destruyendo todo el
esfuerzo falso y fútil del
imperialismo y su propaganda que
pretenden separar de forma
infranqueable a la razón de la
revelación y la fe. Garaudy es uno
de los grandes pensadores europeos y
su intelecto fuerte ha sabido
trasponer muchas fronteras para
saber abrazar a las expresiones más
grandes de la cultura universal.
Además supo entrever que las grandes
revelaciones del Dios Unico y las
enseñanzas de Sus Profetas deben ser
muy tenidas en cuenta para conocer
en toda su profundidad a la realidad
y para derrotar definitivamente a la
forma más colosal de tiranía
desarrollada alguna vez entre los
hombres a escala tan planetaria.
Como bien dice este pensador, la
justicia social no es un fin en sí
mismo, si todos tuviesen el pan, aún
quedaría el tema del sentido más
profundo de la vida que no se colma
sino con el conocimiento y la
cercanía a Dios, el Principio y Fin
de todas las cosas.
Dice Garaudy en Hacia una guerra de
religión el debate del siglo (págs.
16, 17): Roger Garaudy
"Nuestra época no es atea. El
monoteísmo del mercado engendra el
culto de numerosos ídolos, como el
dinero, el poder, los nacionalismos
o los integrismos.
La tarea más urgente para hacer
frente a este monoteísmo omnipotente
en la actualidad, es congregar a
todos aquellos para los que la vida
tiene un sentido y que son
conscientes de que son personalmente
responsables de descubrirlo y de
ponerlo en práctica.
...La vida sólo puede tener sentido
si el mundo es uno y no un mundo
como el actual, en el que algunos
son cada vez más ricos a costa de
que los demás se hagan cada vez más
pobres".
La unidad de la que tenemos que
volvernos conscientes según Garaudy
no es la que quiere imponer a
cualquier costo la globalización
actual del dominio de los capitales,
sino la que emana del Dios Unico
creador de todo el universo y
presente en todas las grandes
tradiciones de la humanidad desde el
taoísmo chino hasta el Gran Espíritu
de los Indios de América, pasando
por los Upanishads y las grandes
religiones monoteístas como el
judaísmo, el cristianismo y por
último el Islam donde se la
sacralidad cobra una intensidad,
multidimensionalidad y equilibrio
óptimos.
Dice Garaudy: (ibídem, pág. 19) "no
una unidad hegemónica e
imperialista, una unidad de
dominación, sino una unidad
sinfónica, a la que cada pueblo
aporte su contribución propia de
trabajo, de cultura y de fe... El
obstáculo principal, hoy, respecto a
este objetivo, es la imposición del
liberalismo económico que pretende
identificarse con la libertad humana
y la democracia, cuando es todo lo
contrario: la libertad que tienen
los más ricos y los más fuertes para
devorar a los más pobres y a los más
débiles".
Otro gran aporte a la cultura
universal de este pensador es que
reta a Occidente a dejar de ocultar
su tercer gran herencia y
reconocerla como el mejor modo de
superar, antes de que sea demasiado
tarde, la crisis en que se halla
inmersa y que a la que somete al
resto del mundo. Así como en la Edad
Media el Islam ayudó a Europa a
salir del estancamiento, ésta fue
muy ingrata para con la civilización
islámica y el resultado es que hoy
ha caído en una crisis peor y más
peligrosa que la anterior.
Dice Garaudy en su libro Promesas
del Islam (Ed. Planeta, 1982, pág.
15) que hace trece siglos que
Occidente ha negado la herencia
arábigo-islámica, que hubiera
podido, y todavía puede, no sólo
reconciliarle con las demás
sabidurías del mundo, sino ayudarle
a tomar conciencia de las
dimensiones divinas y humanas de las
que se automutiló al desarrollar
unilateralmente su voluntad de
poderío sobre la naturaleza y los
hombres.
Porque el Islam no sólo integró,
fecundó y difundió, desde el mar de
China hasta el Atlántico y de
Samarcanda a Tombuctú, las culturas
más antiguas y más elevadas, las de
China e India, de Persia y Grecia,
de Alejandría y de Bizancio. Aportó
a los imperios desintegrados y a las
civilizaciones agonizantes el alma
de una nueva vida colectiva,
devolvió a los hombres a sus
sociedades sus dimensiones
específicamente humanas y divinas de
trascendencia y de comunidad y, a
partir de esta fe sencilla, fuerte,
el fermento de un resurgir de las
artes y las ciencias, de la
sabiduría profética y de sus leyes.
El primer renacimiento de Occidente
se esbozó en la España musulmana,
cuatro siglos antes que en Italia.
Podría haber sido un renacimiento
universal.
Por el rechazo a la tercera herencia
(sólo reconoce la greco-latina), que
podía unir a Oriente y a Occidente
(y darles el equilibrio que no
tienen), por una secesión que,
durante siglos, le privaría del
aporte fecundo de todas las
culturas, la aventura mortal de la
hegemonía iba a conducir a
Occidente, y con él al mundo que
dominaba, hacia un modelo suicida de
crecimiento y de civilización.
Lo que ha llegado a ser el mito y el
dogma del progreso, ha conducido a
la más deshumanizada regresión de la
historia.
Hasta aquí vemos aspectos del aporte
que a mi juicio constituyen lo más
positivo del filósofo galo. Pero, en
lo que respecta al Islam encontramos
lo más valioso pero también lo más
endeble de este pensador. Valioso
porque invoca al Islam y lo
reintroduce en el horizonte
intelectual de occidente con gran
valentía y honestidad, pero endeble
porque no lo ha podido comprender en
su profundidad espiritual y mística.
Quizás porque, como me ha sugerido
un académico musulmán, su mirada al
Islam no pudo despojarse de una
suerte de extrapolación de lo que
fue el protestantismo en el seno de
la cristiandad europea y Garaudy no
pudo descubrir, aún, la necesaria
mediación existente del Profeta, su
Familia y sus auténticos seguidores,
entre la revelación coránica y
nuestra capacidad actual para
comprenderlo y aplicarlo a nuestra
realidad. El pensador francés cae en
un exceso cuando pretende erigirse
como un intérprete del Sagrado Corán
en nuestra época sin interponer más
que la lógica limitación de su
conocimiento sobre la realidad del
libro revelado al Profeta Muhammad
(BPD).
Garaudy sostiene que la enfermedad
del Islam (ibídem, págs. 36, 37)
"consiste en confundir la sharia, el
camino eterno y universal iniciado
en nombre de Dios por todos los
profetas, con la legislación que se
puede inspirar en ella en cada
época.
Esta pretensión de aplicar la sharia
confundiendo la sharia divina, tal
como es definida en el Corán, con el
fiqh, es decir (según su
interpretación), con las
aplicaciones humanas que se
sucedieron a lo largo de la historia
—y mezclando las interpretaciones de
los juristas más o menos obnubilados
por las presiones del poder—, es hoy
la principal enfermedad del Islam".
El filósofo francés cree que: "cada
uno de nosotros es personalmente
responsable de contribuir a la
solución de los problemas de nuestro
tiempo y, por lo tanto, de llevar
adelante esta búsqueda de la que lo
grandes juristas del pasado nos
dieron ejemplo haciendo el esfuerzo
necesario (iytihad) para resolver
los problemas de su tiempo". Además
concluye que para aplicar la ley
islámica (sharia), no nos podemos
contentar con razonar por deducción
sino debemos hacerlo por analogía"
(pág. 43).
Coincidimos con Garaudy en la
importancia trascendental del
iytihad para no caer en dogmatismos
e inmovilismos que fosilizan a la
religión convirtiéndola en un fin en
sí misma, cuando no es más que el
mejor medio para llegar al Fin
Ultimo que es Dios mismo, al que
además por ser absoluto no se
termina de alcanzar nunca. El Corán
mismo se opone a una interpretación
literal. Esta crítica es válida para
quienes insisten en mantener
cerrada, sobre todo por cuestiones
de tipo político, las puertas del
iytihad en materia de jurisprudencia
islámica, pero en el ámbito en que
la puerta del esfuerzo intelectual
por interpretar y deducir las leyes
nuevas para las situaciones nuevas o
cambiantes de nuestra época está
abierta, la cosa es diferente y es
necesario tener más cuidado en la
objeción y distinguir con precisión
las cosas.
Diferimos porque el iytihad tiene
condiciones de conocimiento que no
lo habilitan a cualquier musulmán
para realizar con éxito seguro este
ejercicio de gran rigor intelectual
y responsabilidad. Además las leyes
proféticas no son cambiantes, las
situaciones para su aplicación
varían y puede suspenderse la
aplicación de una ley en una
situación especial, el discernirlo
compete a los muytahidin, quienes
mediante la guía de la sunna
profética y los detalles que de ella
dieron los Imames de la Descendencia
Profética (la Paz sea con todos
ellos), más la suficiente
preparación del sabio que alcanza el
rango del iytihad, pueden hacerlo,
cuidando la integridad del mensaje
islámico y la unidad de criterio de
los musulmanes. Sería menester que
los sabios islámicos debatan en
profundidad este tema con este
importante pensador que es Garaudy,
sea en Francia o en las periódicas
visitas que realiza a la República
Islámica u otros lugares del mundo
islámico y que el pensador francés y
quienes siguen su pensamiento tengan
esta apertura para profundizar el
diálogo con los sabios musulmanes.
Al diálogo entre las civilizaciones
lo debe acompañar un intenso, libre
y profundo diálogo de los sabios
islámicos y los intelectuales
musulmanes para que se beneficien
todos los creyentes |