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Qué tuvieron que ver Ibn Arabi y un volcán de la Melanesia con la caída de Constantinopla

En 1453,la triple muralla de Constantinopla contenía una de las más magnificas y codiciadas ciudades del mundo que habla guardado el Bósforo a lo largo de 2.100 años. Durante los últimos 1.100 años había sido la capital del Imperio Bizantino, corazón del mundo cristiano de Oriente y centro internacional de la riqueza, la belleza, el poder y el comercio. Constantinopla recibió su nombre en 330 en honor del emperador Constantino el Grande; en la antigüedad la urbe era conocida como Bizancio (había sido fundada por colonos griegos de Megara hacia 660 a.C.) y hoy se llama Estambul.

Hacia 1333, el infatigable viajero musulmán tangerino lbn Battuta (1304-1377) visitó Constantinopla. Su relato habla sobre cómo fue recibido por un religioso griego: «Me llegué a él, me cogió de la mano y dijo al rumí que sabía árabe: "Di a este sarraceno que estrecho la mano que ha entrado en Jerusalén, y el pie que ha penetrado en la Mezquita de la Roca, en la gran iglesia del Santo Sepulcro y en el pueblo de Belén". Dicho y hecho, me puso la mano encima del pie y se la pasó por la cara. Me extrañó la fe que tienen en los que han estado en estos sitios, aunque sean de otra religión...

En Bizancio estuve un mes y seis días» (lbn Battuta: A través del Islam, Alianza, Madrid, 1988, págs. 435-447). Hasta 1453 había sido sitiada en muchas ocasiones por los más diversos conquistado- res: persas, bávaros, árabes, búlgaros, rusos, pechenegos y turcos. Durante la era bizantina, Constantinopla fue conquistada una única vez. La ocupación del Viernes Santo de 1204 por aquel acto de piratería, conocido todavía con el sarcástico nombre de Cuarta Cruzada, despojó a Constantinopla de sus tesoros y la condenó a 55 años de mal gobierno por los francos que usurparon el trono de los emperadores bizantinos. La ciudad quedó debilitada, desesperadamente empobrecida, y en un estado de indefensión ante sus potenciales adversarios, los turcos otomanos.

La única posibilidad de salvación radicaba en una alianza con la iglesia de Roma, pero eso era muy dudoso. Las iglesias oriental y occidental estaban en cisma desde 1054, y no parecía probable que el Papa promulgase una cruzada para rescatar a unos cismáticos que ni siquiera reconocían su primacía.

Más aún, los príncipes católicos de Occidente, consideraban las conquistas turcas como un castigo divino a quienes habían rechazado «la verdad cristiana». El Concilio de Florencia bajo la presidencia del pontífice Eugenio IV, tras meses de inútiles discusiones sobre la cuestión del filioque, el pan ácimo en la eucaristía, el purgatorio y la supremacía papal obtuvo que los emisarios de Juan VIII Paleólogo se vieran obligados a aceptar la fórmula de unión con Roma en 1439; así, el cisma entre Oriente y Occidente quedó teóricamente zanjado. Pero en la práctica la división se profundizaba.

«Antes el turbante del sultán que la mitra papal», declaró el ministro bizantino Lucas Notarás; la mayoría del pueblo llano y el clero estaba con él. Cuando a fines de agosto de 1452, los turcos terminaron de construir la fortaleza de Rumelí Hisar en la orilla europea del Bósforo, a escasos kilómetros al norte de Constantinopla, y en noviembre hundieron a cañonazos a un navío veneciano desde esa posición, la amenaza sobre la capital bizantina se transformó de Pesadilla en realidad desesperante.

«El 29 de enero de 1453 la ciudad se regocijó con las noticias de la llegada de un famoso soldado genovés Gíovanni Giustiniani Longo... Trajo consigo setecientos soldados bien armados., cuatrocientos que habla reclutado en Génova y trescientos alistados en Quíos y Rodas... Tenía fama de muy experto en la defensa de ciudades amuralladas...» (Steven Runciman: La caída de Constantinopla, Colección Austral, Editorial Espasa-Calpe, Madrid, 1973, págs. 98-99). A fines de marzo, cuando el inmenso ejército otomano de 100 mil hombres comenzó a avanzar desde Adrianópolis (Edirné) hacia el estrecho del Bósforo que separa a Europa del Asia, estaba claro que los días de otrora megalópolis inexpugnable estaban contados.

Dos líderes carismáticos

El emperador Constantino Xl Paleólogo tenía 49 años y era un individuo singular, poco imaginativo, quizá, pero recto y honrado, capaz y, sobre todo, valiente. Su desafiante, el sultán Muhammad II —Mehmet en turco— (1432-1481) era un joven de 21 años dotado de una energía inagotable y un carácter temible. Intelectual, hablaba seis lenguas, entre ellas la griega y la latina, excelentemente, y era introvertido, pero esta reserva ocultaba a un estratega genial. Ante el avance otomano, Constantino ordenó un rápido censo de todos los hombres aptos, incluidos los monjes capaces de tomar armas.

El resultado fue todavía peor de lo que había temido; tras nueve visitas sucesivas de la peste negra en el siglo precedente, Constantinopla habla perdido el 40 por 100 de su ya menguada población. En 1453 sus habitantes oscilaban entre 40 y 50 mil. Constantino contaba con menos de siete mil hombres para defender unos 22 kilómetros de murallas. El lunes 2 de abril, cuando la primavera boreal estaba en plena floración con sus árboles frutales y ruiseñores cantores, luego de un tormentoso y helado invierno, los vigías bizantinos descubrieron las vanguardias del ejército del sultán Muhammad.

El emperador Constantino ordenó inmediatamente que se cerraran todas las puertas de la ciudad, que se destruyesen todos los puentes sobre los fosos, y que se echara la inmensa cadena sobre las aguas para obturar el Cuerno de Oro. En tres días, los otomanos formaban a lo largo de todas las murallas del lado de tierra. En el centro se hallaba la tienda roja y dorada del sultán, rodeada por el cuerpo de élite de los jenízaros y sus bandas de música marcial (mehterhané) que atronaban el espacio con sus fanfarrias de címbalos y chirimías y sus baterías de tambores.

Un musulmán húngaro con tecnología

Los defensores vieron por primera vez lo que se les venia encima, y al día siguiente lo experimentaron. Muhammad estaba orgulloso de su artillería, arma relativamente nueva que se proponía utilizar a escala sin precedentes. Sus 12 grandes cañones de sitio habían sido construidos especialmente por Orbón, un ingeniero húngaro converso al Islam, y entre ellos había uno monstruoso, de ocho metros y pico de longitud, capaz de disparar proyectiles de media tonelada a una distancia de dos kilómetros.

Durante los 53 días siguientes, la artillería de Orbón —que contaba con otras 50 piezas de variado calibre—, demolería sistemáticamente murallas y torres consideradas indestructibles. La larga batalla había comenzado también en el mar. La armada otomana que sumaba 120 naves navegó hacia el norte a través de los Dardanelos y el mar de Mármara. Sin embargo, sus repetidos esfuerzos para forzar la cadena habían sido rechazados por una efectiva combinación de flechas y «fuego griego», elemento incendiario inventado por los bizantinos y que ardía en la superficie de la agua.

El viaje terrestre de la flota del sultán

Este revés hizo que el sultán Muhammad líevara a la práctica un plan ambicioso: la construcción de un gigantesco malecón, valle arriba, que ascendía desde las orillas del Bósforo sobre la colina de Pera, por detrás de la colonia genovesa, y volvía a descender hacia las aguas del Cuerno. El sábado 22 de abril, Constantinopla fue testigo de lo que puede llamarse la escena más extraordinaria de su historia, cuando incontables yuntas de bueyes arrastraron unas 70 embarcaciones sobre bastidores rodantes a lo largo de un espolón de unos 60 metros, y luego las dejaron descender lentamente por el Otro lado, hacia el puerto. El asombro de los griegos debió de quedar oscurecido por la desesperación; ya no podían confiar en un abrigo seguro para su flota.Y, lo que era más importante, ahora tenían que defender otros 16 kilómetros de muralla.

La erupción de un volcán en el mar de Coral

El 24 de mayo se produjo un aparente eclipse lunar seguido de una furiosa granizada. Al despertar en el nuevo día, todos vieron a Constantinopla envuelta en una densa niebla; además un frío invernal había invadido las calles, fenómeno jamás ocurrido a fines de mayo. «Aquella noche, al disiparse la niebla, se observó un resplandor extraño sobre la cúpula de la gran iglesia de Santa Sofía. Se vio también desde el campamento turco lo mismo que por los constantinopolitanos, los turcos se inquietaran igualmente. El mismo sultán tuvo que ser tranquilizado por sus sabios...» (5 Runciman. O. cit., pág. 137). Esto, que muchos interpretaron como un signo de que tambiér Cristo había abandonado a Constantinopla, tiene una explicación más terrenal. Hoy, 540 después, Kevin Pang, un astrónomo norteamericano de Pasadena (California), ha aportado pruebas sustanciales de que esa extraña y excepcional climatología se debió a la erupción del volcán Kuwae de las Nuevas Hébridas (República de Vanuatu), en el Pacífico sur, a 1900 kilómetros al noreste de Australia. La espesa nube volcánica de Kuwae dio vuelta a la tierra y oscureció la luna sobre Constantinopla bajo la apariencia de un eclipse lunar «Igualmente, la nube de partículas suspendidas puede haber sido responsable del tiempo frío, con lluvia y nieve, fuero de temporada, y de los fantásticos efectos visuales descriptos por varios cronistas de la época, todos ellos fenómenos que ahora son reconocidos y asociados con erupciones volcánicas... Kuwae expulsó cerca de 35 kilómetros cúbicos de roca fundida y ceniza con una violencia das millones de veces más poderosa que la producida por la bomba atómica que destruyó a Hiroshima» (cfr. LynnTeo Simarski: 1453: Kuwae and Constantinople, en Aramco World, Vol. 47 Nº 6, Houston, Texas, noviembre/diciembre, 1996, págs. 8-13). La cuestión fue que el meteoro descorazonó a los sitiados y apresuró la caída de la «reina de las ciudades».

El asalto final

A la una y media de la mañana del 29 de mayo de 1453, el sultán Muhammad dio la orden de atacar El estruendo que resonó de súbito en el silencio provocado por la artillería (cañones, culebrinas y arcabuces), los gritos de guerra, los pífanos, trompetas y tambores de los turcos que se lanzaban al asalto fue contestado inmediatamente por todas las campanas de la ciudad, llamando a la defensa de los baluartes. Sucesivos ataques de los voluntarios bashi bazuks, los derviches de las órdenes sufíes de Anatolia como la Bektashí, y los jenízaros abrumaron a los maltrechos defensores. Súbitamente cayó Giustinianí, herido mortalmente. El pánico se apoderó de los genoveses, que se desbandaron dejando a los griegos solos ante el enemigo. Un hecho decisivo ocurrió casi simultáneamente. Una minúscula poterna del periplo amurallado, llamada Kylókerkos, había quedado mal atrancada; los musulmanes la abrieron e irrumpieron en la ciudad. Constantino murió en el combate peleando como un héroe. «La tradición dice que la bandera turca mostraba la media luna con una estrella en el centro porque el sultán entró en la ciudad bajo una luna semejante; lo cual explica por qué la media luna es menguante y no creciente» (S. Runciman. O. cit., pág. 240). 400 años después, el pintor orientalista polaco Stanislas von Chlebowski (1835-1884), evocaría la escena en un cuadro famoso: «Muhammad II entrando en Estambul» (Museo de Cracovia). A propósito de Estambul o Istanbul, los turcos llamaron así a Constantinopla por la sencilla razón de haber escuchado durante años una expresión griega: stinpolis ("en la ciudad"), que luego arabizaron.

La predicción de lbn Arabí

El Dr Solimán EI-Attar, profesor en la Facultad de Letras de la Universidad de El Cairo, y ex director del Instituto Egipcio de Estudios Islámicos de Madrid, nos brinda un dato poco conocido sobre la multifacética historia de la conquista de Constantinopla: «... hay que considerar la significación de "un pronóstico-sueño" de un santo árabe muy famoso hasta hoy día en todo el Occidente.

Este santo, llamado el Vivificador de lo Religión (Muhiiuddín) y el jeque Mayor (Sheij al-Akbar) lbn Arabí de Murcia (1165-1240), había previsto, con dos siglos de anticipación, el día, el mes y el año de la conquista de Constantinopla y, además, había mencionado el nombre y el apellido del sultán otomano que iba a cumplir esta tarea soñada.

Este sultán, llamado Muhammad el Conquistador, agradecido por el pronóstico de este santo enterrado en Damasco, construyó una cúpula grande sobre la tumba, y al lado fundó un inmensa refugio para los pobres, el que permanece hasta hoy día. Sorprendido de este pronóstico, tal vez único en la historia, el gran orientalista español (Miguel) Asín Palacios (1871-1944) propone nombrar santo a lbn Arabí, según el reglamento canónica de la Iglesia Católica, a pesar de que era musulmán, como vemos en las últimas páginas de la obra maestra de este orientalista, "Abenmasarra y su escuela. Orígenes de la filosofia hispano-musulmana" —Madrid, 1914—» (S. EI-Attar: Contemplaciones iniciales sobre el tema bizantino en la cultura árabe, en el Anuario N0 7-8, del Centro de Estudios Griegos, Bizantinos y Neohelénicos "Fotios Malleros" de la Universidad de Chile, Santiago, 1985, pág. 219).

La propuesta de Asín Palacios está fundamentada en que lbn Arabí tenía como guía e inspiración al Profeta Jesús ;el hijo de María llamado en árabe Isa —la Paz sea con él— cfr M Asín Palacios: El Islam cristianizado. Estudio del «sufismo» a través de las obras de Ibn ‘Arabi de Murcia, Hiperión, Madrid, 1981; Francisco García Albaladejo: Jesucristo en lbn aI-’Arabi, en C.Addas, M. Cruz Hernández, M. Chodkiewicz y otros: Los dos horizontes. Textos sobre lbn AI-’Arabi, Editora Regional de Murcia, Murcia, 1992. págs. 201-210).

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