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LA SICILIA MUSULMANA
Por Shamsuddin Elía
Desde principios del siglo IX,
Sicilia, la isla más grande del mar
Mediterráneo se convirtió en un foco
de civilización islámica. Los
musulmanes sicilianos llevarían su
saber, costumbres y tradiciones al
resto del mundo tirreno y, con el
tiempo, provocarían una verdadera
revolución en la vida política,
económica y cultural de la península
itálica. Sus sucesores cristianos,
los soberanos normandos del siglo
XII y los suabos del XIII reinaron
en cortes islamizadas donde los
pensadores, científicos y poetas
andalusíes, magrebíes y egipcios,
junto a sabios judíos españoles y
franceses, disfrutaron del mayor
mecenazgo y reconocimiento.
De manera análoga a la solicitud de
auxilio y colaboración extendida por
el legendario conde Don Julián
(vocero de los cristianos arrianos)
a Musa Ibn Nusair, gobernador
musulmán de Qairauán, hacia 710,
para que éste cruzara a España y les
ayudara a librarse del yugo
visigodo, un oficial bizantino de
nombre Eufemio invitó al sultán
aglabí Ziyadat Allah (g. 817-838) a
intervenir en Sicilia. Con un número
que va de setenta a cien navíos y
con dieciocho mil hombres, el
comandante Assad Ibn al-Furat zarpó
de Susah (Túnez) el 14 de junio de
827 y, tres días después, desembarcó
en Mazara del Vallo, en la costa
occidental de Sicilia inaugurando
dos siglos y medio de presencia
islámica en la isla (llamada
Trinacria por los sículos, sus
primitivos habitantes, y
posteriormente Sikellía por los
griegos que fundaron su primera
colonia allí en el año 735 a.C).
La perla del Mediterráneo
Los musulmanes llamaron a la isla
Siqillía, derivada de la
denominación helénica. Para
comprobar la importancia que tuvo en
aquellos primeros tiempos el
quehacer islámico en esas latitudes,
apelamos al juicio académico del
arquitecto-jardinero catalán Nicolás
María Rubió i Tudurí (1891-1981),
que confiesa con franqueza: «El
Islam fue, en aquellos tiempos de
bárbara oscuridad, el jardinero de
Occidente... El contacto jardinero
árabe latino se realiza directa y
naturalmente bajo el cielo
mediterráneo... Los puntos en que se
realizó directamente el contacto
fueron las islas mediterráneas de
Sicilia y Baleares y, en la
península hispánica, Andalucía,
Murcia y Valencia principalmente...
Por los mismos años, Sicilia conocía
notables obras del arte del jardín
árabe. En Palermo, los jardines de
la Ziza eran famosos» (N. M. Rubió i
Tudurí: Del paraíso al jardín
latino, Los 5 sentidos, Barcelona,
1981).
Pero la aportación musulmana a la
isla no se limitó, por supuesto, a
la jardinería y a la plantación de
las más diversas flores y árboles
frutales que, como el naranjo, nunca
antes habían florecido bajo el cielo
siciliano.
Científicos como Abu l-Qasim
Muhammad Ibn Hauqal, que estuvo al
servicio fatimí y fue comerciante,
residió largas temporadas en la
isla. Este geógrafo, historiador y
trotamundos pasó su adolescencia en
Irak y luego viajó por el Egipto,
norte de Africa, al-Andalus, Ghana,
Armenia, Azerbayán e Irán. Hacia
975, Ibn Hauqal describe una especie
de pagaré por 42.000 dinares
dirigido a un mercader de Marruecos
por él desde Sicilia, con la palabra
árabe saqq; correspondiente a esta
forma de crédito deriva la palabra
cheque. Escribió el Kitab Surat
al-ard «Libro de la configuración de
la tierra» (traduc. J.H. Kramers,
Leiden, 1938), y el Kitab al-masalik
wa al-mamalik «Libro de los caminos
y de los reinos» (traducido por M.J.
de Goeje, Leiden, 1967). Según Ibn
Hauqal, tenía Palermo, a mediados
del siglo X, más de trescientas
mezquitas, entre ellas una capaz de
contener siete mil personas (cfr.
Michele Amari: Biblioteca
Arabo-Sicula, 2 vols., Turín/Roma,
1880-1881).
El poeta famoso poeta Ibn Hamdís
nació en Siracusa en 1056. Cuando
Sicilia fue invadida y conquistada
por los normandos (de origen
vikingo) entre 1078/1091, se vio
obligado a exilarse en la corte de
Muhammad Ibn Abbad al-Mutamid
(1040-1095), régulo de la taifa de
Sevilla. Allí, y más tarde en el
Magreb y la isla de Mallorca,
siempre expresó a través de la
poesía su amor nostálgico por la
Sicilia perdida. Sus poemas hablan
de sus hondos pesares por la patria
lejana donde se encuentran
sepultados sus padres: (cfr. Adolf
Friedrich von Schack: Poesía y arte
de los árabes en España y Sicilia,
Hiperión, Madrid, 1988, pág. 233).
Ibn Hamdís murió ciego hacia 1133 en
Bugía.
Al-Idrisí y Roger II
Abu Abdallah Muhammad Ibn Idrís,
apodado al-Hamudí, al-Hasaní,
al-Qurtubí ("el Cordobés") y
al-Siqillí ("el Siciliano"), y
generalmente citado como al-Idrisí,
nació en Ceuta en 1099 y murió en
Palermo en 1166. También se lo llama
al-Sharíf ("el honorable"), título
reservado a los descendientes de
Fátima az-Zahra (615-632), la Paz
sea con ella, pues entre sus
antepasados figura aquel Idrís,
biznieto de Fátima (P), y de quien
derivaron los Idrisí, que gobernaron
en Africa del Norte desde 788 hasta
984. Pasa su juventud en Córdoba,
donde estudia con los principales
sabios del momento. Sin embargo sus
trabajos no los realiza en
al-Andalus, ni siquiera en
territorio islámico, sino en la
corte de los normandos, en la isla
de Sicilia, que había estado en
manos de los musulmanes entre los
años 878 y 1092 (véase Michele
Amari: Storia dei Musulmani di
Sicilia, 3 vols., Catania,
1933-1939; U. Rizzitano: Storia e
cultura nella Sicilia saracena,
Palermo, 1975; Aziz Ahmad: A History
of Islamic Sicily, Edinburgo, 1975;
John Julius Norwich: The Normans in
Sicily, Penguin Books, Londres,
1992), hasta ser conquistada por
aquéllos. Roger II (1095-1154), y lo
mismo sus sucesores, Guillermo I
(1120-1166) y Guillermo II
(1154-1189), mostrarán un amplio
interés hacia el Islam y elmecenazgo
de las artes y las ciencias, y para
el primero de ellos, al-Idrisí
escribió su gran obra geográfica
Kitab nuzhat al-mustaq fi ihtiraq
al-afaq ("Libro del placer de quien
esta poseído por el deseo de abrir
horizontes"), también conocido como
Kitab al-Ruÿarí ("Libro de Roger"),
por ser dedicado al soberano
normando. Es ésta la más extensa
obra geográfica islámica y, en
contraste con las otras, tiene
valiosas informaciones sobre los
países cristianos. Existen numerosas
traducciones desde el siglo XVII:
Las más recomendables son la
española de Antonio Blásquez
(Madrid, 1901) y la italiana por
Michele Amari y Celestino
Schiaparelli (Roma, 1883).
En 1154, al-Idrisí dibujó un gran
mapa mundial sobre una lámina de
plata, y en el que abandona las
formas geométricas usadas
anteriormente, siendo sustituídas
por otras que representan más
fielmente el contorno de las costas,
el curso de los ríos, la ubicación
de las ciudades, las montañas, etc.
En este mapa, al-Idrisí divide la
tierra habitada en siete climas.
Además cada clima está dividido en
diez partes, por medio de líneas
paralelas, correspondientes a los
meridianos. Se obtiene así una
especie de proyección que asemeja a
la que luego se denominó de Mercator
—por el nombre de su realizador, el
geógrafo holandés Gerhard Kremer
(1512-1594), conocido como Gerard
Mercator—, base del primer mapa para
uso de navegantes, que apareció en
1569.
Por el estudio de los primitivos
textos de Geografía islámica,
sabemos que al-Idrisí en gran parte
aprendió de sus predecesores. Pero
el hecho de que el rey normando
Roger II confiara la descripción del
mundo conocido a un erudito musulmán
indica claramente hasta qué punto se
reconocía entonces la superioridad
de los estudios islámicos. La
primera traducción conocida de
al-Idrisí se publicó en Roma el año
1619, tomada de un extracto
incompleto del «Libro de Roger».
El testimonio de Ibn Ÿubair sobre
las mujeres sicilianas
La tolerancia y buen tino de los
reyes normandos hizo florecer un
movimiento similar al mudejarismo
patrocinado por sus pares
castellanos y aragoneses. Con la
inspiración, creación y dirección de
arquitectos y artesanos musulmanes
se llevaron a cabo la construcción
de gran número de edificios y
mansiones en casi todas las ciudades
sicilianas.
El viajero andalusí Ibn Ÿubair
(1145-1217), apodado al-Balansí ("el
Valenciano"), al hacer escala en
Palermo de vuelta de la
peregrinación a La Meca, en
diciembre de 1184, nos brinda este
valioso testimonio: «La más hermosa
de las ciudades (de Sicilia) es la
sede de su rey (Guillermo II), los
musulmanes la llaman al-Madina (la
Ciudad) y los cristianos la conocen
como Balarma (Palermo). En ella está
la residencia de los musulmanes
urbanos, tienen allí mezquitas, y
los mercados que les están
reservados en los arrabales son
numerosos (...) La actitud de este
rey es admirable en lo concerniente
a la bondad de su conducta y al
empleo de musulmanes (...) El tiene
plena confianza en los musulmanes,
confía en ellos sus negocios e
importantes oficios, hasta el punto
que su intendente (nazir) de su
cocina es un hombre musulmán. Tiene
una tropa de negros musulmanes bajo
el mando de un jefe (qa’id) salido
de entre ellos. Sus visires y
chambelanes también son musulmanes
(...) Una de las admirables
condiciones que de él se cuentan es
que lee y escribe el árabe (lalengua
de los normandos era el francés) y
que, según lo que nos manifestó uno
de sus servidores privados, su
fórmula de validación es: Alabado
sea Dios, Señor de los Universos
(Alhamdulillah Rabbil ‘Alamin). En
cuanto a las doncellas de honor y
favoritas su palacio son todas
musulmanas. Una de las cosas más
extraordinarias que nos ha contado
el sirviente susodicho —Yayha Ibn
Fityan, el bordador, que borda con
oro en el taller real (tiraz)—, es
que si una franca cristiana es
introducida en su palacio se vuelve
musulmana, pues las mencionadas
damas la convierten al Islam» (Ibn
Ÿubair: A través del Oriente. El
siglo XII ante los ojos, trad. al
castellano de Felipe Maíllo Salgado,
Ediciones del Serbal, Barcelona,
1988, págs. 377-378).
Más adelante nos revela ciertos
aspectos de la vida cotidiana en
Palermo y sus cercanías : «En esta
ciudad el vestido de las cristianas
es el mismo que el vestido de las
mujeres musulmanas. Las lenguas
alerta, envueltas y veladas, salen
en esta fiesta susodicha (de la
Natividad) vistiendo ropajes de seda
bordados de oro, envueltas en mantos
magníficos, veladas con velos de
varios colores, calzadas con botines
ornados de oro se pavonean yendo a
sus iglesias llevando el conjunto de
los atavíos de las mujeres de los
musulmanes: alhajas, tintes y
perfumes (...) Pasamos por una serie
de pueblos y aldeas colindantes.
Contemplamos labores y cultivos en
una tierra que no hemos visto
semejante en cuanto a bondad ,
generosidad y extensión; la
comparamos a al-Qanbaniya (la
Campiña) de Córdoba; pero ésta es
mejor y más fértil. Pasamos una
noche en el camino, en una ciudad
llamada Alqama (Alcamo, entre
Palermo y Trapani), grande y vasta,
en ella hay un mercado y mezquitas.
Sus habitantes, así como los
habitantes de las aldeas que se
hallan en este camino, son todos
musulmanes» (Ibn Ÿubair: O. cit.,
págs. 387-388). |