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Usama Ibn Múnqidh
un caballero musulmán de la época de
las cruzadas
Por R. H. Shamsuddín Elía
Un emir, caballero, militar y hombre
de letras musulmán llamado Usama Ibn
Múnqidh, vivió en Shaizar, Siria,
durante casi todo el siglo XII, y es
uno de los cronistas más brillantes
de la época de las cruzadas. Con
palabras breves y claras, escribió
diversas anécdotas y relató sus
propias experiencias en lo que
conforma su «Autobiografía», llamada
en árabe Kitab al-Itibar, el «Libro
de las Reflexiones».
El manuscrito fue descubierto en la
Biblioteca Árabe de El Escorial por
el académico y arabista Hartwig
Derenbourg (1844-1908), y lo publicó
en francés por primera vez en 1889.
Rápidamente cobró fama, se agotaron
las ediciones sucesivas (1893 y
1895) y hubo traducciones en casi
todos los idiomas europeos, hasta en
ruso. No hay ninguna versión
castellana directa del árabe.
La primera traducción inglesa fue
hecha en la segunda década de la
presente centuria por el islamólogo
de origen libanés Philip Khuri Hitti
(1886-1978). En 1983, el prestigioso
islamólogo y arabista André Miquel
ha editado una nueva versión
francesa, traducida por él mismo del
árabe, conexplicaciones
pormenorizadas y magníficamente
ilustrada (Des enseignements de la
vie. Kitab al-It’ibar. Souvenirs
de’un gentilhomme syrien du temps
des croisades, Imprimerie Nationale,
París, 1983, 452 págs.).
Vida y obra
Abu l-Mudaffar Usama Ibn Múnqidh
nació el 25 de junio de 1095 en
Shaizar, un pequeño castillo (aún en
pie) en el valle del río Orontes
(Nahr al-’Asi), al norte de Hamah,
en Siria. Cinco meses después, el
jueves 27 de noviembre de 1095, en
un descampado a extramuros de la
catedral de Clermont-Ferrand
(Auvernia), ocurriría algo que
jalonaría los días y las noches de
su longeva existencia. Ese día, el
papa franco Urbano II (1040-1099)
proclamó el comienzo de una serie de
invasiones contra el mundo musulmán
al grito de Deus le volt —¡Dios lo
quiere!—. Las Cruzadas durarían 200
años, hasta el 18 de mayo 1291,
cuando los europeos fueron
desalojados por el ejército del
sultán mameluco al-AshrafJalil de su
último baluarte, Acre.
Usama era sobrino del emir Abu’l
Asakir Sultan Ibn Múnqidh de
Shaizar. Hacia 1138 fue desterrado
debido a una intriga familiar. Desde
entonces residió largas temporadas
en Damasco, en Egipto, y en
Diyarbakir, donde se transformó en
un consumado guerrero. Estuvo al
servicio del emir Muin ed-Din Unar
(m. agosto de 1149), gobernador de
Damasco. Entre 1150 y 1153 combate a
los cruzados en Ascalón (Palestina).
En 1154 hace la santa peregrinación
a La Meca; a fines de mayo de ese
mismo año se salva milagrosamente de
un ataque de los francos del
castillo de Montreal, en el desierto
del Sinaí. En 1162 acompaña a
Nuruddín, hijo de Zenguí (1118-1174)
en su campaña contra los francos.
Instalado en Hisn-Kaifa a orillas
del Tigris (a medio camino entre
Diyarbakir y Cizre, hoy Turquía),
trabaja en sus obras literarias.
Fallece en Damasco el 6 de noviembre
de 1188, a los 93 años de edad.
Usama es el primer escritor que
cultivó el género de la
autobiografía.
Autor de obras de poesía, retórica,
historia y religión, además de su
Autobiografía, escribió tratados
como el Kitab ul-Badí, sobre las
figuras de retórica en poesía, «El
Libro del bastón», y una monografía
de los bastones célebres a lo largo
de la historia que fue extractada
por Derenbourg en Souvenirs
historiques et recits de chasse por
un emir syrien du douzième siècle,
París, 1895. También nos ha llegado
una antología de versos sobre los
campamentos militares, parte de la
cual se ha perdido.
LAS NARRACIONES DE USAMA
La bizarría de su carácter se
trasunta en el estilo simple y
enérgico con el que narra sus
aventuras. El profesor egipcio
Mustafá El-Abbadi (El Cairo, 1928),
catedrático emérito en la
Universidad de Alejandría—, cita un
episodio que involucró a Usama y lo
marcó de por vida: «Otro
acontecimiento de menor importancia
indica lo que podía llegar a ocurrir
en esos tiempos turbulentos (de las
Cruzadas). Osama Ibn Munquiz, un
célebre general y poeta musulmán,
había conseguido un salvoconducto
del rey de Jerusalén que le permitía
a él y a su familia dirigirse por
mar desde Egipto a Siria, pero ante
San Juan de Acre unos cruzados,
soldados del rey, detuvieron el
barco y confiscaron todos sus
bienes, incluida su biblioteca,
compuesta por 4.000 magníficos
libros, lo cual "dejó en mi corazón
una herida que no cicatrizará
mientras viva".» (M. El Abbadi: La
Antigua Biblioteca de Alejandría,
Madrid, 1994, pág. 193).
Los incidentes que siguen, tomados
de la versión de Derenbourg,
muestran ciertos perfiles de los
cruzados y las opiniones de los
musulmanes sobre ellos: «Visité a
Jerusalén y entré en la mezquita de
al-Aqsa. Al lado de ella había una
mezquita pequeña que los francos
habían convertido en iglesia. Los
Templarios, que ocupaban al-Aqsa,
eran amigos míos. Mientras visitaba
su residencia, me señalaron la
pequeña mezquita, diciéndome que
allí podía rezar. Un día entré en
ella y glorifiqué a Alá. Me hallaba
a mitad de mis oraciones, cuando un
franco se acercó a mí, me agarró y,
volviéndome la cara hacia el este,
me dijo: "¡Así es cómo hay que
rezar!". Algunos Templarios le
sujetaron y le hicieron salir. Yo
comencé de nuevo mis oraciones. Pero
el mismo hombre, cuando vió que no
le miraban, corrió hacia mí de nuevo
y, volviéndome el rostro hacia el
este, gritó: "¡Así es como se
reza!". Los Templarios le sujetaron
y le hicieron salir otra vez. Luego
me pidieron disculpas, diciendo: "es
un extranjero que acaba de llegar de
la tierra de los francos. No ha
visto rezar nunca a nadie con la
cabeza vuelta hacia el oeste (Usama,
siguiendo la tradición islámica, se
hallaba rezando en dirección hacia
La Meca, que se encuentra más bien
al sur que al oeste de Jerusalén)".
Yo repuse: "Por hoy ya he rezado
bastante". Salí y me quedé asombrado
al ver lo digustado que estaba aquel
demonio, cómo temblaba y cuánto le
había afectado el ver que alguien se
arrodillaba hacia la Quiblah. Y vi
que uno de los Templarios se
acercaba al emir Muin ed-Din (que
Alá le tenga en su misericordia),
cuando se hallaba dentro de la
Cúpula de la Roca. "¿Le gustaría —le
preguntó— contemplar a Dios de
niño?" Muin ed-Din respondió: "Sí,
desde luego". El Templario le
condujo ante una imagen de María con
el Mesías (bendito sea) en su
regazo. "Ahí —dijo el Templario—,
tenéis a Dios de niño"» (fragmentos
publicados por Harold Lamb: Historia
de las Cruzadas, 2 vols., Vol 1:
"Guerreros y santos", Notas X: "Las
narraciones de Ousama", Editorial
Juventud, Buenos Aires, 1954, págs.
304-308).
El escritor libanés Amin Maalouf es
uno de los muchos que reproduce las
famosas narraciones de Usama. Veamos
algunas de éstas y sus comentarios
sobre el paradigmático caballero
musulmán del siglo XII: «Si el emir
Usama no vacila en llamar a los
templarios "mis amigos", es porque
piensa que sus costumbres bárbaras
se han pulido en el contacto con
Oriente. Entre los franÿ —explica—,
hay algunos que han venido a
afincarse entre nosotros y que han
cultivado el trato con los
musulmanes. Son, con mucho,
superiores a los que se les han
unido recientemente en los
territorios que ocupan. Para él, el
incidente de la mezquita al-Aqsa es
"un ejemplo de la grosería de los
franÿ". (...) A un emir culto y
refinado como Usama no pueden
gustarle esas bromas, pero su mohín
condescendiente se convierte en
mueca de asco cuando observa lo que
es la justicia de los franÿ. (...)
Nada más natural que esta
indignación del emir pues, para los
árabes del siglo XII, la justicia
era algo serio. Los jueces, los
cadíes, eran unos personajes
sumamente respetados que, antes de
dictar sentencia, tenían la
obligación de atenerse a unos
procedimientos muy concretos que
fija el Corán; requisitoria,
defensa, testimonios. El "juicio de
Dios" al que los occidentales
recurren con frecuencia, les parece
una farsa macabra. (...) La opinión
del emir sirio sobre los "bárbaros"
sigue siendo prácticamente la misma
cuando habla de sus conocimientos.
En el siglo XII, los franÿ estaban
muy atrasados en relación con los
árabes en todos los campos
científicos y técnicos. Pero es en
medicina donde la diferencia es
mayor entre el Oriente desarrollado
y el Occidente primitivo. Usama
observa la disparidad: Un día
—cuenta—, el gobernador franco de
Muneitra (Moinetre, en el condado de
Trípoli, al noreste de Beirut), en
el monte Líbano, escribió a Sultan,
emir de Shayzar, para rogarle que le
enviara un médico para tratar
algunos casos urgentes. Mi tío
escogió a un médico cristiano de
nuestra tierra llamado Thabet. Éste
solo se ausentó unos días y luego
regresó entre nosotros. Todos
sentíamos gran curiosidad por saber
cómo había podido conseguir tan
pronto la curación de los enfermos y
lo acosamos a preguntas. Thabet
contestó. "Han traído a mi presencia
a un caballero que tenía un absceso
en la pierna y a una mujer que
padecía de consunción. Le puseun
emplasto al caballero; el tumor se
abrió y mejoró. A la mujer le
prescribí una dieta para refrescarle
el temperamento. Pero llegó entonces
un médico franco y dijo: ‘¡Este
hombre no sabe tratarlos!’ Y,
dirigiéndose al caballero, le
preguntó: ‘¿Qué prefieres, vivir con
una sola pierna o morir con las
dos?’ Como el paciente contestó que
prefería vivir con una sola pierna,
el médico ordenó: ‘Traedme un
caballero fuerte con un hacha bien
afilada.’ Pronto vi llegar el
caballero con el hacha. El médico
franco colocó la pierna en un tajo
de madera, diciéndole al que acababa
de llegar: ‘¡Dale un buen hachazo
para cortársela de un tajo!’ Ante mi
vista, el hombre le asestó a la
pierna un primer hachazo y, luego,
como la pierna seguía unida, le dio
un segundo tajo. La médula de la
pierna salió fuera y el herido murió
en el acto. En cuanto a la mujer, el
médico franco la examinó y dijo:
‘Tiene un demonio en la cabeza que
está enamorada de ella. ¡Cortadle el
pelo!’ Se lo cortaron. La mujer
volvió a empezar entonces a tomar
las comidas de los francos con ajo y
mostaza, lo que le agravó la
consunción. ‘Eso quiere decir que se
le ha metido el demonio en la
cabeza’, afirmó el médico. Y,
tomando una navaja barbera, le hizo
una incisión en forma de cruz, dejó
al descubierto el hueso de la cabeza
y lo frotó con cal. La mujer murió
en el acto. Entonces, yo pregunté:
‘¿Ya no me necesitáis?’ Me dijeron
que no y regresé tras haber
aprendido muchas cosas que ignoraba
sobre la medicina de los franÿ"»
(Amin Maalouf: Las cruzadas vistas
por los árabes, Cap. VII: "Un emir
entre los bárbaros", Alianza,
Madrid, 1997, págs. 149-152).
Matawi, un historiador árabe
contemporáneo, se pregunta «¿Qué
beneficio podía sacar el mundo
islámico de las cruzadas?¿Qué
provecho obtener de los contactos
con un mundo (europeo) inferior y
atrasado? (Naqash, Qalaji, Matawi,
Habachi y A. Zaqlama: Los mamelucos
en Egipto, El Cairo, 1947, pág. 21,
en árabe). Emmanuel Sivan, profesor
de la Universidad Hebrea de
Jerusalén, especialista en estudios
árabes e islámicos, nos recuerda «la
respuesta del caballero sirio del
siglo XII, Usama Ibn Munqidh, cuando
un amigo suyo, caballero templario
cristiano, le propuso llevarse a su
hijo a estudiar a Francia. "¿Qué
puede aprender un joven musulmán de
una Europa ignorante, cuando tiene
todos los centros de saber a su
alcance, aquí, en Oriente?",
preguntó Usama» (E. Sivan: Mitos
políticos árabes, Biblioteca del
Islam Contemporáneo, Edicions
Bellaterra, Barcelona, 1997, págs.
54-55).
Otra narración de Usama, que brinda
un perfil de su carácter, es
rescatada por Michael Foss,
especialista británico nacido en la
India en 1937. En la misma, nuestro
cronista aparece acompañado por su
jefe y amigo, el emir Muin ed-Din
Unar, gobernador de Damasco, de
visita en el reino latino de
Jerusalén: «... la experiencia del
reino latino hizo que algunos se
preguntaran qué hubiera pasado, al
margen de la esfera de la religión,
si este pequeño mundo no hubiese
empezado con un arrogante invasión
religiosa y continuado en una guerra
de fes. Es apropiado que la última
palabra la diga Usama ibn Munqidh,
hombre de curiosidad abierta e
inteligencia cordial que sabía más
que la mayoría lo que hubiera podido
ser y lamentaba que no se hubiera
hecho realidad: "Hice una visita a
la tumba de Juan, llamado el
Bautista, el hijo de Zacarías —¡Alá
bendiga a los dos!— en el poblado de
Sebastea, en la provincia de Nablus.
Después de rezar mis oraciones, salí
a la plaza que por un ladolinda con
el Sagrado Recinto. Encontré una
puerta semicerrada, la abrí y entré
en una iglesia. Dentro había unos
diez hombres viejos con la cabeza
descubierta y tan blanca como el
algodón peinado. Estaban de cara al
este y llevaban sobre el pecho unas
rayas que terminaban en rayas
transversales levantadas como la
parte de atrás de una silla de
montar. Prestaban juramento sobre
este signo y daban hospitalidad a
los que la necesitaban. La visión de
su piedad conmovió mi corazón, pero
al mismo tiempo me desagradó y
entristeció, pues nunca había visto
tanto celo y devoción entre los
musulmanes. Durante un tiempo cavilé
sobre esta experiencia. Luego, un
día cuando Muin ed-Din y yo
pasábamos por el monasterio de
Dar-at-Tawawis (la Casa del Pavo
Real), él me dijo: ‘Quiero desmontar
aquí y visitar a los ascetas, los
ancianos’. Accedí de buen grado, de
manera que desmontamos y entramos en
un edificio largo que formaba ángulo
con la calle. Durante un momento
pensé que no había nadie allí. Luego
vi alrededor un centenar de
esterillas para rezar, y en cada una
de ellas había un sufí cuyo rostro
expresaba pacífica serenidad y su
cuerpo, humilde devoción. El
espectáculo era tranquilizador y di
gracias a Alá el Grande al ver que
entre los musulmanes había hombres
cuya devoción era aún más celosa que
la de aquellos sacerdotes
cristianos."» (M. Foss: Cruzados. La
aventura de los soldados de Dios,
Ediciones Martínez Roca —Colección
Así vivían—, Barcelona, 1998, págs.
285-286).
La opinión de un especialista
italiano
El arabista e islamólogo italiano
Francesco Gabrieli hace este juicio
de valor sobre Usama Ibn Múnquidh:
«Guerrero y cazador, literato y
poeta, Usama parece reunir en sí las
cualidades del antiguo jeque árabe
con las del cortesano y hombre de
pluma y en sus memorias
autobiográficas, que superan en
mucho la importancia de sus varias
obras de "ádab", dio un cuadro fiel
y colorido de su inquieta
existencia, donde el mundo árabe y
latino en Tierra Santa se mezclan en
pintoresca confusión. Norandino y
Saladino, emires musulmanes y
barones cruzados, princesas
cristianas y caballeros del Temple y
del Hospital pasan por sus páginas,
que a veces podrían formar auténtico
fondo para el Jardin sur l’Oronte de
Barrès (el novelista Auguste Maurice
Barrès, 1862-1923)... La riqueza del
material, la singularidad del
ambiente, la agudeza de observación,
hacen de estas memorias una lectura
fascinante para quien tenga sentido
de la historia, y revelan en su
autor a una de esas personalidades
de alto relieve, cual querríamos ver
más frecuente y conscientemente
retratadas por la biografía
arábigo-musulmana» (F. Gabrieli: La
literatura árabe, Editorial Losada,
Buenos Aires, 1971, pág. 212). |