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Encuentro Ecuménico en torno al Profeta Abraham (P)


En el marco del encuentro ecuménico se llevó a cabo el encuentro interreligioso: "Un espacio de diálogo acerca de la fe y el exilio, en torno a Abraham". Participaron el rabino D. Goldman, de la Comunidad Bet-El; el sacerdote Hugo Mujica, de la Iglesia Católica Romana; el obispo A. Etchegoyen de la Iglesia Metodista y el Sheij Abdul Karim Paz, miembro del Consejo de Entidades Islámicas de Buenos Aires y director de la Mezquita At-Tauhid. Un centenar de personas, entre las cuales se encontraban dirigentes religiosos, políticos y de organizaciones ecuménicas y sociales siguieron con atención las exposiciones del coloquio. A continuación presentaremos la exposición del representante islámico:

En el Nombre de Dios, El Clementísimo, El Misericordiosísimo

La Bendición de Dios Altísimo sea con los Mensajeros y Profetas de Dios, especialmente con el Profeta Moisés, el Profeta Jesús y el Profeta Muhammad y se Inmaculada Descendencia.

Un mundo sin religión y sin espíritu es un mundo desalmado, atomizado, expuestos a muchos abusos y en vías de franca decadencia y desintegración. Es cierto, por otra parte, que la religiosidad que pueda rescatar al mundo actual de su profunda crisis espiritual ha de ser una religiosidad auténticamente profética, sin dogmatismos, ni imposiciones ni compromisos con la injusticia y la opresión.

A los religiosos les cabe orientarse y orientar el alma de la sociedad a la fuente eterna de inspiración que son los modelos proféticos. La familia humana debe reencontrarse con sus verdaderos maestros: Noé, Abraham, Moisés, Jesús y Muhammad y aquellos verdaderos profetas que han iluminado el camino de la humanidad a lo largo de la historia en las distintas regiones. ¿Cómo es posible que más de la mitad de la humanidad se diga seguidora de estos profetas sin embargo sus ejemplos están totalmente ausentes en la educación, en los medios masivos, en la opinión pública, en los foros de poder.

Es necesario aclarar que la visión islámica de los Profetas en general y de Abraham en particular se halla en las antípodas de la visión "humanista" o materialista de filósofos o pensadores occidentales como, por ejemplo, Hegel o Freud.

En sus Escritos de Juventud, el filósofo alemán Hegel, en el capítulo titulado "Esbozo del espíritu del judaísmo", se refiere al Profeta Abraham como alguien que concibe la idea del Todo, del Uno, movido por un deseo de poder, de dominio. Describe al Profeta como alguien de mente tiránica, que se separa de todo para no quedar apegado a nada particular por su alienación o su incapacidad de comprender su unión con lo particular y la unión dialéctica de lo particular con el Todo. Renuncia a su tierra (según Hegel, Abraham se va de Babilonia sin que lo hayan expulsado), y se desprende del amor que siente por su hijo, por la fidelidad a la idea concebida. no queriendo ser dominado por nada, sino dominarlo todo. Tal es la pobre y fantasiosa idea que Hegel poseía sobre Abraham en su juventud. Freud, por su parte, tiene una idea parecida acerca del Profeta Moisés cuando en su obra "Moisés y el Monoteísmo", afirma que Moisés para disputarle el poder a Faraón que se proclamaba Dios de una región particular, Egipto, concibe un Dios Universal y por ende más poderoso.

La verdad sobre los profetas se halla muy alejada de la visión de estos pensadores de la Europa moderna tan árida en materia de sabiduría, y tan engreída para producir verdaderas alienaciones tales como el colonialismo, el racismo, y otros tantos males. Los profetas no eran hombres ávidos de poder, dogmáticos e intolerantes, como lo fueron algunos movimientos pseudoreligiosos en la historia o en nuestros días. Ellos fueron verdaderos víctimas de la barbarie e intolerancia de los tiranos idólatras y sus sistemas de poder explotadores de las masas en todas las épocas. Si Dios los eligió como paradigmas es por su enseñanza viva de adoración pura a Dios, de liberación y de lucha contra las distintas formas de idolatría, cultural, económica y política. Ellos derrotaron con la ayuda de Dios a los sistemas politeístas opresivos del Nimrod, el Faraón, el Cesar, los distintos tiranos (que se proclaman a sí mismos dioses o se hacen obedecer como tales), y derrotaron, al mismo tiempo, al propio ego y sus tendencias a la autoadoración. Todos ellos desmantelaron las estructuras opresivas de su época e hicieron triunfar la sumisión al Único Dios, con Su anuencia, como la garantía de Justicia, de amor y verdadera reconciliación de la familia humana. Por ello son paradigmas para la humanidad y como tales los presenta el libro sagrado inalterable del Islam: el Corán.

Veamos algunos de los rasgos de la vida del Patriarca Abraham (P) de acuerdo al Corán y a la tradición islámica del Profeta Muhammad (BPD).

La vida de Abraham, como la de todos los Profetas, es toda ella enseñanza permanente. En Babilonia en la corte del tirano Nimrod, sucedió que una noche éste tuvo un sueño que lo dejó perplejo y temeroso. Soñó que en el cielo aparecía un astro resplandeciente e iluminaba el firmamento opacando todas las demás luces de la tierra. Preguntó a su astrólogo y adivino por la interpretación de dicho sueño. El astrólogo era Azar (en la Biblia Taré), quien era además escultor de ídolos en la Corte. Le respondió que dicho sueño presagiaba el nacimiento de alguien con más poder que pondría fin a su dominio. Hay que aclarar que los sabios y creyentes de Babilonia en base a las profecías anteriores esperaban la pronta aparición de un Profeta restaurador de la revelación salvadora y vivificante. Sobre esta base Azar supo interpretar la visión de su amo. Hay que aclarar que en la menos evolucionada idolatría de entonces, Nimrod, al igual que más tarde el Faraón y el Cesar, no sólo actuaban como los amos y señores del mundo, sino que con una notable dosis de poco evolucionada hipocresía, se proclamaban a sí mismos, directamente y sin disimulos, como dioses a los que debía rendírseles adoración y ciega obediencia. El refinamiento actual de someter a las masas en nombre de la democracia era inimaginable para aquellos ingenuos tiranos.

Como es sabido, Nimrod manda a matar a todos los niños varones y separa a las mujeres de los hombres, pero como dicen los profetas y el Sagrado Corán: "Ellos conspiran, y Dios conspira, pero Dios es el mejor de los conspiradores". Dios ocultó el embarazo de la madre de Abraham y éste nació oculto en una cueva.

Cuando pasan los años, y el padre de Abraham ya ha fallecido, paradójicamente, va a tomar su tutoría el mismo adivino Azar que había advertido a Nimrod de su nacimiento. En ese ambiente tan cruel y tiránico Abraham va a comenzar su misión de transformar a la sociedad. Su prédica, cuando por entonces no tenía más que trece años, era benévola y racional, aún con alguien tan duro de corazón como Azar. El Sagrado Corán nos habla de este período en la sura Mariam (19: 40-50). (Por razones de espacio remitimos al lectror a la consulta del Corán).

En esta instancia vemos que el Profeta se muestra ansioso de corregir con sabiduría y bondad la vida descarriada y cruel de quien había sido nada menos que corresponsable de un verdadero genocidio. Luego de advertir en vano a la sociedad de entonces, el Profeta va a ejecutar una acción más efectiva pero no menos provista de sabiduría, la destrucción de los ídolos del templo, salvo del ídolo más grande, sobre el cual colocó el hacha con la que había destruido al resto, sugiriendo que era el gran ídolo el responsable de la destrucción. Cuando lo apresaron para juzgarlo, Abraham se defendió diciendo que preguntasen a la gran estatua, ella tenía el hacha. -Bien sabes que no habla, ni tiene poder para hacer algo semejante-, le respondieron. Abraham les mostró de esta manera que adoraban algo impotente, sin poder alguno y esculpido por ellos mismos. La decisión del tirano Nimrod, temiendo que la poderosa lógica del Profeta hiciese estragos en su falso sistema, fue la de sentenciarlo a ser quemado en la hoguera a la vista de todos como castigo ejemplar. El Sagrado Corán nos narra este episodio y cómo Dios hizo frío el fuego para Abraham, salvándolo milagrosamente ante la presencia espantada de Nimrod y su corte opresora.

Luego de presenciar este portentoso milagro, Nimrod invita a Abraham a su corte para intentar convencerlo que deje de atentar contra la religión de su pueblo, en la cual él se hacía adorar como Dios. Abraham comienza aquí la lucha contra un politeísmo animado, ya no la adoración de las estatuas de madera, sino la falsa autodivinización del propio Nimrod. El tirano, en debate público, le preguntó al Profeta: «¿Quién es tu Señor Abraham?». « Mi Señor es Quien da la vida y da la muerte». «Pues yo -dijo el Nimrod- doy la vida y la muerte». Para probarlo hizo traer a dos de sus prisioneros, uno condenado a muerte, al que perdonó y el otro al que condenó a morir y lo ejecutó. Abraham contestó: «Dios hace salir el sol por Oriente y lo hace ponerse por Occidente, hazlo tú salir por Occidente y que se ponga por Oriente». Nimrod quedó mudo y perplejo sin saber qué decir.

Pero el corazón de este paradigma de la tiranía e idolatría que era Nimrod ya estaba más endurecido que las piedras y sin esperanza de reacción vital, por lo que lejos de arrepentirse ante las evidencias decidió la expulsión y el exilio del Profeta , sus familiares y sus pocos seguidores. La historia del Patriarca Abraham es muy rica y larga para poder hablar de ella en este breve espacio. En nuestra visión islámica, coincidente con el Génesis, el Profeta Abraham tuvo dos hijos, Ismael e Isaac. De ambos descienden el resto de los profetas semíticos, Muhammad de Ismael y los Profetas de Israel hasta Jesús de parte de Isaac. Por eso Abraham es el Patriarca de las tres grandes religiones monoteístas. Los musulmanes rechazamos la versión que pretende mostrar la existencia de una rivalidad entre dos de los grandes profetas que fueron Ismael e Isaac. En la tradición islámica un ser humano no puede alcanzar el rango de Profeta y como tal ser elegido por Dios sin haber vencido a sus pasiones egoístas de envidias y celos.

La lucha abrahámica es un compromiso con el monoteísmo y una lucha contra el politeísmo como una forma de división, enajenamiento y opresión. Esta lucha y compromiso de Abraham son constantes y van a ser rubricados con el sometimiento a Dios del amor sublime de la propia alma por su hijo. Satisfecho por la fe de Abraham, Dios Altísimo que no quería la vida del hijo que le había otorgado sino la consagración pura del corazón abrahámico lo va a distinguir con la categoría más elevada y cercana a Dios posible: la categoría de ser Su representante y guía de los hombres. (Sagrado Corán 2:102).

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