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MILAGROS DEL CORÁN
Verdaderamente él (el Corán) es una
revelación que hizo descender el Señor de los mundos.
(Corán 26:192)
Milagros Históricos del Corán
La palabra "Haman" en el
Corán
La información que da el Corán sobre el
antiguo Egipto revela muchos hechos históricos que habían
permanecido ignorados hasta épocas recientes. Esto nos indica
que cada palabra en el Corán ha sido revelada con una sabiduría
precisa.
Haman es un personaje al que se menciona en
el Corán junto al faraón. Su nombre aparece en seis lugares
diferentes del Corán designando a uno de los hombres más
cercanos al faraón.
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El nombre “Haman” era
desconocido hasta que se decodificaron los
jeroglíficos egipcios en el siglo XIX. Cuando
los jeroglíficos fueron traducidos se supo que
Haman era un funcionario muy cercano al Faraón,
y que era “el jefe de los trabajadores de las
canteras de piedra” (Arriba se muestran antiguos
trabajadores egipcios de la construcción). Lo
realmente notable es que Haman es mencionada en
el Corán como la persona que dirigía los
trabajos de construcción bajo las órdenes del
Faraón. Esto significa que el Corán proporcionó
información que nadie podía conocer en esa
época.
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Es sorprendente que su nombre jamás sea
mencionado en aquellas secciones de la Torá vinculadas a la vida
de Moisés. Sin embargo puede encontrarse una referencia a Haman
en los últimos capítulos del Antiguo Testamento, en este caso
como un auxiliar del rey de Babilonia que sometió a duras
crueldades a los israelitas aproximadamente 1100 años después de
Moisés.
Algunos no musulmanes, que sostienen que el
Profeta Muhammad (BP) escribió el Corán copiándolo de la Torá y
la Biblia; aseguran también que durante ese proceso él
transfirió incorrectamente al Corán algunos de los personajes
mencionados en esos libros.
Lo absurdo de estas posturas quedó demostrado
solamente después que se descifrara el alfabeto jeroglífico
egipcio, hace unos 200 años, y se descubriera el nombre "Haman"
en escritos antiguos.
Hasta el siglo XVIII los escritos e
inscripciones del antiguo Egipcio no podían entenderse. Están
escritos con el alfabeto jeroglífico, que la cultura egipcia
abandonó hacia los siglos 2 y 3 d.C. junto con sus antiguas
creencias cuando comenzó la expansión del cristianismo. El
último ejemplo conocido del uso de la escritura jeroglífica es
el de una inscripción datada en el 394 d.C. Ese lenguaje en
consecuencia fue olvidado no quedando nadie que pudiera leerlo y
entenderlo. Y esta situación se mantuvo hasta hace unos 200 años
atrás...
El misterio de los jeroglíficos del antiguo
Egipto fue resuelto en 1799 con el descubrimiento de una lápida
de basalto negro con inscripciones llamada "Piedra de Rosetta"
datada en el año 196 a.C. La importancia de esta inscripción
radica en que está escrita en tres diferentes alfabetos:
jeroglífico, demótico (una forma simplificada de la escritura
hierática del antiguo Egipto) y griego. Con la ayuda de la
versión en griego fue posible decodificar las diferentes formas
de escritura del antiguo Egipto. La traducción de la inscripción
fue completada por un francés llamado Jean-Françoise
Champollion. De esta forma una escritura olvidada y los eventos
relatados en la inscripción volvieron a ver la luz. De esta
forma se pudo acceder a mucho conocimiento sobre la
civilización, la religión y la vida social del antiguo Egipto.
A través de la decodificación de los
jeroglíficos se revelaron muchos datos: el nombre "Haman" estaba
por cierto mencionado en inscripciones egipcias. Se hace
referencia al nombre en un monumento que se encuentra en el
Museo Hof en Viena (22).
En el "Diccionario de la Gente del Imperio
Nuevo", que fue preparado a partir de la colección completa de
inscripciones disponibles, se menciona a Haman como el "jefe de
los trabajadores de las canteras de piedra" (23).
Esto saca a la luz una verdad muy importante.
A pesar de las falsas aseveraciones de los adversarios del
Corán, Haman fue una persona que vivió en Egipto en época de
Moisés, que estaba muy cerca del Faraón, y estaba involucrado en
las tareas de construcción, exactamente como se indica en el
Corán.
Más aún, el versículo coránico que describe
la escena en la cual el Faraón le pide a Haman que construya una
torre concuerda perfectamente con estos hallazgos arqueológicos:
"Faraón dijo: '¡Consejo de nobles! No sé que
tengáis otro dios que yo, así pues Haman cuece arcilla para mí y
hazme una torre para que pueda subir hasta el dios de Moisés,
pues realmente lo tengo por mentiroso'" (Corán 28:38).
En conclusión, la existencia del nombre
"Haman" en los registros del antiguo Egipto no sólo volvió
inútiles los alegatos fabricados por los adversarios del Corán,
sino que confirmó una vez más que este Libro proviene de Dios.
De una forma milagrosa el Corán nos comunica información
histórica que nadie podía poseer ni comprender en la época del
Profeta.
Títulos de los
gobernantes egipcios en el Corán
En el Antiguo Testamento los gobernantes
egipcios durante el período del Profeta Ibrahim (Abraham -P.-) y
del Profeta Yusuf (José -P.-) son llamados "faraón". No obstante
el título "faraón" comenzó a utilizarse mucho después de la
época de ambos profetas.
Al referirse al gobernante egipcio en la
época del Profeta Yusuf (P) en el Corán se utiliza la palabra
árabe al-malik, que significa "gobernante", "rey", "sultán":
"El rey dijo: '¡Traédmelo!...'" (Corán Sura
Yusuf, 12:50).
En
cambio el gobernante de Egipto en la época de Moisés es
designado como "faraón". Esta distinción que efectúa el Corán no
la hacen ni el Antiguo ni el Nuevo Testamentos ni tampoco los
historiadores judíos, que sólo utilizan la palabra "faraón".
En realidad el uso de la palabra faraón en el
historia egipcia pertenece a un período tardío. El título de
faraón comenzó a ser utilizado en el siglo 14 a.C., durante el
reino de Amenhotep IV. El Profeta Yusuf vivió al menos 200 años
antes de esa época.
La Enciclopedia Británica dice que la palabra
faraón era un título de respeto que comenzó a ser utilizado a
partir del Imperio Nuevo (comenzando con la 18ª dinastía,
1539-1292 a.C., hasta la 22ª dinastía, 945-730 a.C.), después se
cambió a la palabra "rey", añadiendo que la palabra "faraón" no
era utilizada con anterioridad al período mencionado. Mayor
información sobre el tema se obtiene de la Enciclopedia de la
Academia Americana que afirma que el título de faraón comenzó a
ser usado durante el período del Imperio Nuevo.
Como vemos el uso de la palabra faraón se
remonta a un período específico de la historia. Por esta razón,
la correcta distinción que efectúa el Corán -que habla de "rey"
para referirse al gobernante en la época del Profeta Yusuf y de
"faraón" para designarlo en la época del Profeta Moisés- es otra
prueba de que el Corán es verdaderamente la Palabra de Dios.
El Profeta Moisés y el
ahogamiento de Faraón en el mar
Los reyes del antiguo Egipto, conocidos como
faraones, se consideraban a sí mismos como dioses en el ámbito
de la religión politeísta y supersticiosa que profesaban. En esa
época, en que el pueblo de Egipto prefería la superstición a la
verdad y en que los hijos de Israel se encontraban esclavizados,
Dios envió al Profeta Musa (Moisés) como Su mensajero a los
egipcios. Pero el pueblo egipcio en general, y el faraón y su
corte en particular, rechazaron abandonar sus creencias
idólatras cuando el Profeta Musa los invitó a la verdadera
religión divina. Moisés señaló a faraón y sus cortesanos las
cosas que debían evitar advirtiéndoles sobre la Ira de Dios. En
respuesta a esto se rebelaron, acusaron al Profeta Musa de
locura, hechicería y falsedad. El faraón y su pueblo rehusaron
someterse, pese a las plagas que los azotaron, y se negaron a
aceptar a un Dios Unico. Sostuvieron incluso que el Profeta Musa
era el responsable por lo que se había abatido sobre ellos y
buscaron exiliarlo de Egipto. Pero Dios salvó al Profeta Musa y
a los creyentes que estaban con él e infligió un severo desastre
al faraón y su pueblo. El Corán describe esta ayuda de Dios en
los siguientes términos:
"E inspiramos a Musa: 'Golpea con tu vara en
el mar', y se abrió y cada lado era como una enorme montaña. Y
atrajimos allí a los otros, y salvamos a Musa y a todos los que
estaban con él. Luego ahogamos a todos los demás. Verdaderamente
en eso hay un signo. La mayoría de ellos no eran creyentes. Tu
Señor en verdad es el Poderoso, el Misericordioso" (Corán Sura
Ash-Shu'arâ [Los Poetas], 26:63-68).
El siguiente relato sobre este tema ha sido
descubierto recientemente en un papiro de la época de Faraón:
"Del guardián del salón blanco del palacio,
el encargado de los libros Amenamoni, al escriba Penterhor:
Cuando recibas esta carta y la leas
puntualmente, tomando conciencia del desastre que herirá tu
corazón y de las catástrofes que te sumirán en el escarnio,
sometiendo a tu corazón a la mayor de las aflicciones como si
fuera una hoja en medio de un huracán...
...el desastre, terribles dificultades lo
atraparon. Dormir en las aguas hicieron del acusado alguien por
el cual sentir piedad... Describe la muerte de los caudillos de
las naciones y la caducidad de las canciones de los reyes. ¿Con
qué noticias puedes comparar éstas que te he enviado?" (24).
Sin duda que es un importante milagro del
Corán esta confirmación, por parte de la evidencia histórica
contemporánea, de acontecimientos del pasado en él revelados.
El período de las calamidades y la necedad
del faraón
El faraón y sus súbditos estaban tan
obstinados en su idolatría que ni siquiera los milagros del
Profeta Musa (P) los hicieron arrepentirse de sus doctrinas
impías. Y lo que es peor aún, expresaban esto explícitamente:
"Dijeron: 'Sea cual fuera el signo que nos
traigas para hechizarnos con él, no te creeremos'" (Corán
7:132).
Debido a su conducta Dios les infligió
severas calamidades como "signos claros y distinguibles" (cfr.
Corán 7:133) para que probaran también el tormento en este
mundo. La primera de esas plagas fue la sequía que provocó una
considerable caída de la producción agrícola. Este es el
versículo del Corán que relata ese hecho:
"Y castigamos al pueblo de faraón con años de
sequía y escasez de frutos. Quizás así prestaran atención"
(Corán 7:130).
El sistema agrícola egipcio se apoyaba en el
caudal del río Nilo y por ende no resultaba afectado por cambios
en las condiciones naturales. No obstante, dado que Faraón y su
círculo íntimo seguían con su actitud arrogante y soberbia hacia
Dios, un desastre que les resultaba inesperado se abatió sobre
ellos. Y pese a esto, en lugar de "prestar atención", el pueblo
impío consideró estos desastres como una desgracia que Musa y
los hijos de Israel habían atraído sobre ellos. Después de esto
Dios les infligió una serie de calamidades que están descriptas
en el Corán de esta forma:
"Enviamos contra ellos la inundación, las
langostas, los piojos, las ranas y la sangre, como signos claros
y distinguibles, pero se mostraron soberbios, era un pueblo
pecador" (Corán 7:133).
El relato coránico de estas calamidades
infligidas al pueblo de Egipto fue confirmado, en primer lugar,
a principios del siglo XIX, por el descubrimiento de un papiro
en Egipto datado en la época del Imperio Medio. Luego de
descubierto este papiro fue llevado al Museo de Leiden en
Holanda y traducido allí por A. H. Gardiner. El papiro refiere
de desastres en Egipto tales como hambre y sequías y la huida de
los esclavos. Se desprendía además que el redactor del papiro,
Ipuwer, había sido testigo de esos acontecimientos.
La cadena de plagas que cayeron sobre el
pueblo de Egipto coinciden casi al detalle con los desastres
descriptos en el Corán, tales como el hambre y la pestilencia (25).
Estos castigos de Dios son descriptos en estos términos en el
papiro de Ipuwer:
"La plaga se extiende por el país. La sangre
se ve por doquier (26).
Toda el agua del río se ha vuelto sangre (27).
En verdad que ha perecido lo que ayer podía
verse. La comarca ha quedado arrasada como cuando se siega el
lino (28).
El Bajo Egipto llora... El palacio no recibe
sus réditos. A él le pertenecen (por derecho) trigo y cebada,
gansos y peces (29).
Ciertamente el grano ha perecido en cada
orilla (30).
La tierra, en toda su extensión hay confusión
y un alboroto terrible... Durante nueve días no ha habido salida
del palacio y nadie ha podido ver la cara de su compañero...
Ciudades fueron destruidas por terribles mareas... El Alto
Egipto ha sufrido la devastación... hay sangre por doquier... y
pestilencia en todo el país... Nadie realmente navega hacia el
norte a Biblos hoy. ¿Cómo haremos por el cedro para nuestra
momias?... El oro está faltando... (31).
Los hombres se apartan estremecidos de tener
que probar seres humanos, y hay sed pese al agua (32).
¡Esa es nuestra agua! ¡Esa es nuestra
felicidad! ¿Qué haremos sobre eso? Todo está en ruinas (33).
Las ciudades están destruidas. El Alto Egipto
se ha vuelto árido (34).
La residencia está a punto de derrumbarse" (35).
La información concordante entre el Corán y
el papiro respecto de los castigos sufridos por el Faraón y su
pueblo, de lo cual recién hemos sido informados en el siglo XX,
revela una vez más que el Corán proviene de Dios.
Hallazgos arqueológicos
de la ciudad de Iram
A comienzos de 1990 aparecieron titulares en
importantes periódicos con frases como "Ha sido descubierta una
legendaria ciudad árabe perdida", "Se ha encontrado la ciudad
árabe de la leyenda", "Ubar, la Atlántida de las arenas". Lo que
ha vuelto más sorprendente este hallazgo arqueológico es el
hecho de que esta ciudad estaba también mencionada en el Corán.
Muchas personas que pensaban que el pueblo de 'Ad mencionado en
el Corán era una leyenda o que su localización jamás sería
encontrada, no podían ocultar su asombro ante este
descubrimiento. El hallazgo de esta ciudad, que sólo era
recordada en las tradiciones orales de los beduinos, despertó
gran interés y curiosidad.
Fue Nicholas Clapp, un arqueólogo aficionado,
quien encontró esta legendaria ciudad mencionada en el Corán.
Como amante de la civilización árabe y premiado director de
documentales, Clapp se había topado con un libro muy interesante
durante sus investigaciones en historia de los árabes. Ese libro
era "Arabia Felix" escrito por el investigador inglés Bertram
Thomas en 1932. "Arabia feliz" era el nombre que los romanos le
daban al extremo sur de la Península Arabe que hoy incluye al
Yemen y parte de Omán. Los griegos llamaban a esta región
"Eudaimon Arabia" y los eruditos árabes del medioevo la
denominaban "Al-Yaman As-Sa'ida" (36).
Todos estos nombres significan "Arabia
afortunada" porque la gente que vivía en esa región en los
tiempos antiguos era conocida como la gente más afortunada de su
tiempo. Ahora bien, ¿cuál era la causa de esta designación?
Su buena fortuna se debía en parte a su
estratégica ubicación, que les permitía oficiar como
intermediarios en el comercio de las especias entre la India y
el norte de la Península. Por otro lado el pueblo que vivía en
esa región producía y distribuía incienso, una resina aromática
proveniente de raros árboles. Muy apreciado por las antiguas
comunidades, este producto era utilizado como sahumerio en
varios ritos religiosos. En aquellos tiempos ese producto era
casi tan valioso como el oro.
El investigador británico Thomas describía a
esas "afortunadas" tribus in extenso, y afirmaba que había
encontrado rastros de una antigua ciudad fundada por esos
pueblos (37).
Era la ciudad conocida como "Ubar" por los beduinos. En uno de
los viajes que él hizo a la región, los beduinos que vivían en
el desierto le habían mostrado unas sendas muy deterioradas
afirmando que ellas conducían hacia la antigua ciudad de Ubar.
Thomas, quien mostraba un gran interés en el tema, murió antes
de poder completar su búsqueda.
Clapp, que examinó lo que había escrito el
investigador inglés, estaba convencido de la existencia de la
ciudad perdida descripta en el libro. Sin perder tiempo comenzó
su búsqueda.
Clapp utilizó dos caminos para probar la
existencia de Ubar. Primero, encontró las sendas que los
beduinos decían que existían. Recurrió a la NASA para obtener
imágenes satelitales del área. Después de una larga lucha,
consiguió persuadir a las autoridades para que tomaran fotos de
la región (38).
Clapp
siguió con el estudio de antiguos manuscritos y mapas de la
Biblioteca Huntington en California. Su objetivo era encontrar
un mapa de la región. Después de una breve búsqueda encontró
uno. Era un mapa trazado por el conocido geógrafo greco-egipcio
Ptolomeo en el 200 d.C. En el mapa figuraba la ubicación de una
antigua ciudad en la región y los caminos que conducían a ella.
Entretanto, recibió noticias de que la NASA
había tomado las fotos solicitadas. En las fotos se distinguían
algunos senderos de caravanas que era difícil identificar a ojo
desnudo y que sólo podían apreciarse en su totalidad desde el
cielo. Comparando estas fotos con el viejo mapa que tenía en sus
manos, Clapp finalmente llegó al resultado que anhelaba: los
senderos del mapa se correspondían con los que se veían en las
fotos tomadas desde el satélite. El destino final de estos
senderos era un amplio solar en donde se presumía que alguna vez
hubo una ciudad.
Finalmente se había descubierto la ubicación
de esa legendaria ciudad que se mencionaba en las tradiciones
orales de los beduinos. En poco tiempo empezaron las
excavaciones y comenzaron a emerger de las arenas los restos de
una antigua ciudad. Por eso fue que esta ciudad perdida fue
descripta como "Ubar, la Atlántida de las arenas".
Ahora bien, ¿qué fue lo que probó que esta
urbe era la ciudad del pueblo de 'Ad mencionada en el Corán?
A partir del momento mismo en que comenzaron
a desenterrarse las ruinas quedó claro que las mismas
pertenecían al pueblo de 'Ad y eran los pilares de Iram
mencionados en el Corán, porque entre las estructuras
desenterradas se encontraron las torres allí mencionadas. Un
miembro del equipo de investigadores que conducía la excavación,
el Dr. Zarins, dijo que al ser las torres la característica
distintiva de Ubar, y siendo que Iram es mencionada como
poseyendo pilares o torres, esto constituye la prueba más
contundente de que las ruinas descubiertas pertenecían a esa
ciudad del pueblo de 'Ad descripta en el Corán. El Corán
menciona a Iram como sigue:
"¿No has visto lo que hizo tu señor con (el
pueblo de) 'Ad, de la ciudad de Iram, la de las columnas, como
no se creó otra igual en todo el país?" (Corán 89:6-8).
Como puede verse, el hecho de que la
información suministrada por el Corán sobre acontecimientos del
pasado confirme los datos históricos recientemente obtenidos, es
una evidencia más de que es la Palabra de Dios.
El pueblo de Saba y la
inundación de Arim
La comunidad de Saba fue una de las mayores
civilizaciones que poblaron el sur de Arabia. Las fuentes
históricas suelen referir que, como la de los fenicios, era una
cultura principalmente dedicada al comercio. De cualquier manera
siempre se los ha considerado en los anales históricos como uno
de los pueblos más civilizados y avanzados de su época. En las
inscripciones de los gobernantes de Saba hay frecuentes
referencias a términos tales como "restauración",
"construcción", etc. La Represa de Ma'rib, uno de los más
importantes monumentos de este pueblo, indica a las claras el
nivel tecnológico que alcanzaron. El estado de Saba tenía uno de
los ejércitos más poderosos de la región, y ello le permitió
adoptar una política expansionista. Con su avanzada cultura, su
nivel tecnológico, y su poderoso ejército el estado sabeo era
una de las "superpotencias" de la región en esa época.
Este
poderoso ejército de los sabeos está también descripto en el
Corán. Una expresión de los comandantes del ejército de Saba,
referido allí, muestra la confianza que esa fuerza armada tenía
en sí misma. Los comandantes le manifestaron a su reina: "Dijeron:
'Poseemos la fuerza y una poderosa ofensiva, pero tú tienes el
comando. ¡Mira pues qué vas a ordenar!'" (27:33).
La capital del estado sabeo era Ma'rib, una
ciudad muy rica gracias a su privilegiada ubicación geográfica.
La ciudad capital estaba cerca del río Adhanah. El punto en que
el río alcanzaba Jabal Balaq era el más adecuado para construir
un dique. Aprovechando esto los sabeos construyeron una represa
en ese lugar en la época en que recién despuntaba su
civilización, y ello les facilitó emprender tareas de irrigación
artificial. Esto les permitió alcanzar una prosperidad increíble
e hizo de su capital Ma'rib una de las ciudades más
desarrolladas de la época. El escritor romano Plinio, que había
visitado la región y la ensalza grandemente, menciona también el
notable verdor de la comarca (39).
La represa de Ma'rib tenía una altura de 16
metros, 60 metros de ancho y 620 metros de longitud. Se calcula
que el área total que permitía irrigar la represa era de 9600
hectáreas, de las cuales 5300 pertenecían a la llanura del sur,
y lo restante a la del norte. a estas feraces planicies se las
denomina en las inscripciones sabeas "Ma'rib y dos llanuras" (40).
La expresión del Corán, "dos jardines, uno a la derecha y otro a
la izquierda" (cfr. Corán 34:15), hace referencia a los
imponentes vergeles y viñedos en ambos valles. Gracias a esa
represa y sus sistemas de irrigación la región se hizo famosa
como la mejor regada y fecunda del Yemen. El francés J. Holevy y
el austríaco Glaser probaron, a partir de documentos escritos,
que la represa de Ma'rib existía desde tiempos antiguos.
Documentos redactados en el dialecto himer consignan que esa
represa hizo muy productivo el territorio.
Cuando examinamos el Corán a la luz de los
datos históricos que acabamos de suministrar observamos que
existe allí una sustancial coincidencia. Tanto los hallazgos
arqueológicos como los datos históricos verifican lo relatado en
el Corán. Tal como se menciona en los versículos ese pueblo, que
no escuchaba las exhortaciones de sus profetas y rechazaba la fe
con ingratitud, fue finalmente castigado con una mortal
inundación. Esta inundación es descripta en el Corán en los
siguientes pasajes:
"Los de Saba tenían ya un signo en su
territorio: dos jardines, uno a la derecha y otro a la
izquierda. '¡Comed del sustento de vuestro Señor, y agradecedle!
Tenéis un buen país y un Señor indulgente'. Pero se desviaron y
enviamos contra ellos la inundación del dique [sayl al-'arim]. Y
les cambiamos aquellos dos jardines por otros dos que producían
frutos amargos, tamariscos y unos pocos azufaifos. Así les
retribuimos por su ingratitud. No castigamos sino a los
desagradecidos" (Corán 34:15-17).
El
castigo enviado a los sabeos se denomina en el Corán "sayl
al-'arim" que significa "la inundación de 'arim", y nos informa
también de la forma en que se produjo ese desastre. La palabra
'arim significa dique o barrera. La expresión sayl al-'arim
designa entonces una inundación que se produce por el colapso de
esa barrera o represa. Los comentadores islámicos resolvieron lo
relativo a la época y el lugar guiados por los términos
utilizados en el Corán acerca de la inundación de Arim. Mawdudi
escribe en su comentario:
"Tal como se utiliza en la expresión 'sayl
al-'arim', la palabra 'arim se deriva de árimen que era
utilizada en el dialecto del Sur de Arabia y que significa
'represa', 'barrera'. En las ruinas desenterradas en las
excavaciones realizadas en el Yemen se encontraron inscripciones
en donde esta palabra se utilizaba a menudo con este
significado. Por ejemplo en las inscripciones ordenadas por
Ebrehe (Abraha), el monarca etíope del Yemen, después de la
restauración de la gran muralla de Ma'rib en los años 542 y 543
d.C., la palabra es usada con el sentido de una barrera (dam) en
el tiempo... Por lo tanto, la expresión sayl al-'arim significa
'una inundación producida por la destrucción de una represa'. 'Y
les cambiamos aquellos dos jardines por otros dos que producían
frutos amargos, tamariscos y unos pocos azufaifos' (Corán
34:16). Es decir, después del colapso de la represa, todo el
país se inundó. Los canales que habían sido cavados por los
sabeos y las murallas que habían sido construidas como barreras
entre las montañas resultaron destruidos y el sistema de
irrigación colapsó. Como consecuencia de ello toda la comarca,
que antes era un vergel fecundo, se convirtió en una jungla, no
quedando más frutos que los que producen algunos arbustos" (41).
El arqueólogo cristiano Werner Keller, autor
del libro "La Biblia tenía razón" (Und Die Bible Hat Doch
Recht), acepta que la inundación de Arim se produjo según la
descripción del Corán, y escribe que la existencia de tal
represa y la destrucción de todo el país por su colapso prueba
que el ejemplo dado en el Corán acerca del pueblo de los
jardines en verdad tuvo lugar (42).
Después del desastre de la inundación de Arim
la región comenzó a convertirse en un desierto y el pueblo de
Saba perdió su principal fuente de ingresos con la desaparición
de sus tierras agrícolas. Recibieron así, finalmente, un
terrible castigo por no agradecer a Dios y no haber respondido a
su llamado a la fe.
Hallazgos arqueológicos
sobre el pueblo de Zamud
De los pueblos antiguos mencionados en el
Corán el de Zamud es aquel del cual poseemos mayor información
actualmente. Los registros históricos dan cuenta de que
verdaderamente existió un pueblo llamado Zamud.
Se piensa que la comunidad de Al-Hiyr (ashâb
al-hiyr) mencionada en el Corán es el mismo pueblo de Zamud.
Este último término designaría al pueblo y "Al-Hiyr" a una de
las ciudades fundadas por el mismo. La descripciones del
geógrafo romano Plinio coinciden con esto; él indica que Domatha
y Hegra eran las localidades donde residían los zamudíes, y esta
última sería la actual ciudad de Hiyr (43).
Las fuentes más antiguas que se conocen que
se refieren a Zamud son los anales sobre las victorias del rey
de Babilonia Sargón II (siglo VIII a.C.) quien derrotó a este
pueblo en una campaña en el Norte de Arabia. Los griegos se
referían a este pueblo como "Tamudaei". Antes de la aparición
del Profeta Muhammad (BP), aproximadamente entre el 400 y el 600
d.C., desaparecieron totalmente.
En el Corán los pueblos de 'Ad y Zamud son
mencionados juntos. Más aún, los versículos aconsejan a los
zamudíes sacar una lección de la destrucción del pueblo de 'Ad.
Esto muestra que el pueblo de Zamud tenía información detallada
sobre el de 'Ad.
"Y recordad cuando os hizo sucesores después
del pueblo de 'Ad y os estableció en la tierra. Edificasteis
palacios en las llanuras y excavasteis casas en las montañas.
Recordad pues los beneficios (que habéis recibido) de Dios, y
absteneos del mal y la corrupción en la tierra" (Corán 7:74).
(22)
Walter Wreszinski, Aegyptische Inschriften aus dem K.K. Hof
Museum in Wien, J. C. Hinrichs' sche Buchhandlung, 1906.
(23) Hermann
Ranke, Die Ägyptischen Personennamen, Verzeichnis der Namen,
Verlag Von J. J. Augustin in Glückstadt, Band I, 1935, Band II,
1952.
(24) Museo
Británico, papiro egipcio Nº 6.
(25) Rabbi
Mordechai Becher, “The Ten Plagues Live from Egypt” (Las diez
plagas de Egipto),
http://www.ohr.org.il/special/pesach/ipuwer.htm .
(26) “The
First Nine Plagues” (“Las primeras nueve plagas”), The Plagues
of Egypt, Admonitions of Ipuwer (Las Plagas de Egipto,
Advertencias de Ipuwer) 2:5-6;
http://www.mystae.com/restricted/streams/thera/plagues.html
.
(27) “The
First Nine Plagues” (“Las primeras nueve plagas”), The Plagues
of Egypt, Admonitions of Ipuwer (Las Plagas de Egipto,
Advertencias de Ipuwer) 2:10;
http://www.mystae.com/restricted/streams/thera/plagues.html
.
(28)
Admonitions of Ipuwer (Las advertencias de Ipuwer) 5:12;
http://www.students.itu.edu.tr/~kusak/ipuwer.htm .
(29)
Admonitions of Ipuwer (Las advertencias de Ipuwer) 10:3-6;
http://www.students.itu.edu.tr/~kusak/ipuwer.htm .
(30)
Admonitions of Ipuwer (Las advertencias de Ipuwer) 6:3;
http://www.students.itu.edu.tr/~kusak/ipuwer.htm .
(31)
Admonitions of Ipuwer (Las advertencias de Ipuwer);
http://www.mystae.com/restricted/streams/thera/plagues.html
.
(32)
Admonitions of Ipuwer (Las advertencias de Ipuwer) 2:10;
http://www.students.itu.edu.tr/~kusak/ipuwer.htm .
(33)
Admonitions of Ipuwer (Las advertencias de Ipuwer) 3:10-13;
http://www.students.itu.edu.tr/~kusak/ipuwer.htm .
(34)
Admonitions of Ipuwer (Las advertencias de Ipuwer) 2:11;
http://www.geocities.com/regkeith/linkipuwer.htm .
(35)
Admonitions of Ipuwer (Las advertencias de Ipuwer) 7:4;
http://www.geocities.com/regkeith/linkipuwer.htm .
(36) Kamal
Salibi, A History of Arabia (Historia de Arabia), Caravan Books,
1980.
(37) Bertram
Thomas, Arabia Felix: Across the “Empty Quarter” of Arabia
(Arabia Felix: A través de la “región vacía” de Arabia), New
York: Schrieber’s Sons 1932, p. 161.
(38)
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