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El Mundo del Islam
clásico

49. Los musulmanes inventaron el caramelo en
Creta
La palabra azúcar proviene del sánscrito sarkara. Los griegos
distorsionaron la pronunciación en saccharon, los romanos en
saccharum y los árabes en súkkar lo que originaría a su vez
azúcar en castellano, sugar en inglés, sucre en francés,
zucchero en italiano y zucker en alemán. Cuando los árabes
conquistaron Persia a partir del año 641 aprendieron a cultivar
la caña de azúcar y difundieron la novedad en Egipto, Sicilia,
Marruecos y España desde donde pasó a la Europa cristiana.
En Creta los musulmanes establecieron la primera refinería de
azúcar a mediados del siglo IX. Dentro de este procesamiento
industrial elaboraron distintas golosinas. Entre ellas el qandi,
un azúcar cristalizado que servía para mantener un largo tiempo
en la boca. Esto permitía saborearlo sin que se disolviera.
También en árabe se lo llamó kúra al-milh (‘bola de sal’) por su
apariencia. Esta frase originó el término caramelo. Por su
parte, qandi dio lugar a la palabra inglesa candy, sinónimo de
dulce y caramelo. Y la ciudad de la Creta musulmana donde se
encontraba la fábrica de caramelos se denominó por eso Candía
(hoy Heraklión).
50. Metamorfosis etimológica de la naranja
La naranja (del árabe: naranÿa, y éste del persa: naranguí) fue
originalmente importada de Asia oriental. No deja de llamar la
atención el proceso por el que la naranja deja su nombre en las
lenguas europeas, y a cambio transforma el suyo en árabe. En
portugués se dice laranja, y en varios idiomas europeos, como el
inglés y el francés (orange), sin la consonante inicial, pasó al
vocabulario de la alimentación y a la gama de los nombres de
color.
En cambio el nombre con el que pasa a conocerse, posteriormente,
en árabe es el de burtuqal, que proviene del país Portugal,
donde hubo grandes plantaciones de excelentes naranjas
especialmente en la región sureña de Algarve (del árabe: al-garb
“el oeste”) durante el período de Al-Ándalus.
51. ¡Marsala no es un vino!
El 14 de junio de 827, en Mazara del Vallo (Trapani), 119 km al
sur de Palermo, una flota de unos setenta navíos desembarca una
fuerza de mil infantes y 700 jinetes árabes y bereberes al mando
del jurista Abu Abdallah Asad Ibn al-Furat Ibn Sinan, dando
comienzo a dos siglos de dominación musulmana. Cerca del lugar
del desembarco, se funda un puerto llamado Mashallah (‘Dios así
lo quiso’) por los recién llegados, italianizado más tarde como
Marsala.

52. «El sultán
bautizado»
Federico II Hohenstaufen (1194-1250), «emir», «sultán
bautizado». Estos epítetos, lanzados como una ofensa a la cara
del suevo por parte de sus adversarios de la Curia pontificia y
por los propagandistas güelfos, han sobrevivido a lo largo de
los siglos. El extraordinario arabista italiano del siglo XIX,
Michele Amari (1806-1889), retomaba estos calificativos
usándolos como un cumplido. Los han repetido hasta nuestros días
todos los biógrafos del que, para las fuentes árabes, era
al-Imbiratur. Fuentes musulmanas al respecto atestiguan que, en
Palermo, había sido educado por los jefes de la comunidad
islámica; y fuentes occidentales aseguran que, demás de latín,
hablaba griego y árabe.
Cierto es que Federico había conocido desde muy joven la cultura
islámica y que sin duda la admiraba. En este aspecto continuaba
una tradición ya iniciada en la época normanda: Roger II había
favorecido los estudios geográficos y cartográficos de Idris, y
los dos Guillermos promovieron la traducción de obras de
astronomía y matemáticas. El suevo dirigió con vehemencia sus
intereses hacia el campo más especulativo, el de la filosofía y
las ciencias naturales.
En 1227; Michael Scot llegó a la corte de Federico II. Británico
de nacimiento, toledano por aprendizaje, no tardó en
naturalizarse siciliano y acaparar en su persona la extenuante
actividad de los traductores del árabe del siglo XII-XIII. Había
ya traducido entero el célebre Kitab al-hay’a, el «Tratado de la
esfera» de Abu Ishãq Nur ad-Din al-Bitrugi (que los occidentales
conocían como «Alpetragius»), en el que el movimiento del sol y
de los planetas se explicaban en concordancia con la física
aristotélica. (...) Gracias a Michael Scott la Sicilia sueva se
convirtió en el lugar elegido para el estudio del pensamiento
aristotélico filtrado principalmente a través de Avicena y
Averroes.
A mediados de los años treinta del siglo XIII ingresó en la
Magna Curia de Palermo otro erudito de alto nivel: Teodoro de
Antioquía, enviado al emperador por el sultán de Egipto, que
trabajó en la cancillería redactando la correspondencia en árabe
dirigida a las cortes musulmanas. (...) Teodoro, cristiano
monofisita de Siria («jacobita»), interpretó textos y
conocimientos del Oriente Próximo y del Magreb, tradujo para el
emperador un famoso tratado árabe de cetrería, elaborado por el
cetrero Moamin. Federico era un apasionado de este arte, que
había durante la cruzada. Sin embargo, no satisfecho con los
eruditos de los que se había rodeado en la Magna Curia y de los
que vivían en otros lugares de su reino —como en el nuevo centro
universitario de Nápoles o en la antigua y venerable escuela de
Salerno—, el soberano organizó una serie de investigaciones
acerca de los temas científicos más variados, que implicaron a
toda la cuenca mediterránea. Nos ha llegado un admirable
testimonio de ello en el códice Kitab al-masa’il as-siqilliyya
(«Libro de las cuestiones siciliana») redactadas por Ibn Sab’in,
originario de Murcia, místico sufi, al que su soberano —el emir
almohade Abd al-Wahid— había planteado una serie de cuestiones
que el emperador había enviado a todos los principales países
del Islam mediterráneo y de Oriente Próximo solicitando una
respuesta
(Véase Franco Cardini: NOSOTROS Y EL ISLAM. Historia de un
malentendido, Editorial Crítica, Barcelona, 2002, pp. 103-104).
53. La mejor fe
El Novellino que es obra de un ignoto compilador, probablemente
florentino, de los últimos treinta años del siglo XIII, encierra
un grupo distinto de cuentos provenientes de la corte de
Federico II, el emperador arabizado e islamizado.

También encontramos en el Novellino
a Salahuddín al-Ayyubí (1138-1193), más conocido como Saladino,
el sultán de la tercera cruzada, «muy noble señor, valiente y
liberal». Por él, el Islam cumple un gran papel al lado de
la religión cristiana; da también a su tiempo una lección de
piedad a los caballeros cristianos.
Un día de tregua, Saladino hizo una visita al campo de los
cruzados. Vio a los señores comiendo en las mesas «cubiertas
con manteles blanquísimos»; vio la comida del rey de Francia
y elogió mucho ese orden. «Pero viendo a los pobres
miserablemente en tierra, condenó eso enérgicamente diciendo que
los amigos del Señor Dios comían de una manera más vil que los
otros». Después llegó a los cruzados el turno de ir al campo
de Saladino. El sultán los recibió en su tienda, donde
pisotearon una alfombra con dibujos de cruces; «escupían
encima como sobre la tierra desnuda». Entonces él los
reprendió severamente: «Predicáis por la cruz, y venís a
ultrajarla ante mis ojos; no amáis a vuestro Dios más que con
palabras y en apariencia, no en acción» (Novellino, 71).
Otra de las historias trata de la fe judía. Saladino,
necesitando dinero para continuar la guerra santa contra los
cruzados, llamó a un rico judío para confiscarle parte de su
fortuna y destinarla para ese emprendimiento. Pero, el
indulgente soberano musulmán quiso concederle una alternativa al
comerciante y le propuso un acertijo. Le preguntó cuál era la
mejor fe; si el judío contestaba: la judía, era menospreciar la
fe del sultán; si decía: la musulmana, era una apostasía; en uno
y otro sentido, un pretexto de confiscación. Pero el judío tenía
reservado una historia edificante: «Excelencia, había un
padre que tenía tres hijos y un anillo adornado con una piedra
preciosa, la mejor del mundo. Los tres hijos rogaban al padre
que les dejara la sortija al morir, y el padre para contentar a
todos, llamó a un buen orfebre y le dijo: “Señor, hacedme dos
anillos semejantes a éste y colocadle a cada uno una piedra
parecida a ésta”. El maestro hizo los anillos tan parecidos que
nadie fuera del padre, podía distinguir el verdadero. Llamó
aparte a cada uno de sus hijos, y le dijo el secreto a cada uno,
y, cada uno, creyó recibir el verdadero anillo, que el padre
solo conocía bien. Es la historia de las tres religiones,
excelencia. El Padre que las ha dado sabe cuál es la mejor, y
cada uno de sus hijos, es decir nosotros, creemos que tenemos la
buena». El sultán quedó maravillado, y dejó que el judío se
marchara sin pedirle nada (Novellino, 112).
54. Un elefante en Alemania
Una de las primeras grandes travesías que tuvo como
protagonistas a viajeros musulmanes del Oriente se refiere a
aquella embajada enviada por el abbasí Harún ar-Rashíd (766-809)
a la coronación del Emperador de Occidente, Carlomagno
(742-814), en Aquisgrán (hoy Aachen, Alemania). Ésta arribó a
destino el 30 de noviembre del año 800 (la ceremonia estaba
prevista para la Navidad a cargo del Papa León III), luego de
recorrer varios miles de kilómetros desde Bagdad.
Los embajadores del Islam le llevaron al rey de los francos como
prueba de buena voluntad, un elefante, animal que no se veía en
esas latitudes desde los tiempos del estratega cartaginés Aníbal
(247-183 a.C.).
El paquidermo desfiló por las calles camino de palacio aclamado
por una alborozada multitud. Carlomagno quedó encantado con este
obsequio y otros magníficos presentes cedidos por el califa
bagdadí, como un juego de ajedrez, camellos, especias y
perfumes, un reloj hecho por sus relojeros que tañía una
campanada cada hora, y un órgano musical neumático, el primero
de su clase que entraba en Europa.
55. No me mueve, mi Dios, para quererte
Rabi’a al-’Adawiyya (713?-801) nació en Basora (Irak) en el seno
de una familia pobre. Fue una mujer piadosa que a pesar de su
belleza inusitada se despreocupó de la vida mundanal,
dedicándose exclusivamente al ascetismo y gnosticismo del Islam.
Poetisa, una de sus súplicas expresa su profundo pensamiento:
«¡Oh mi Señor!, si Te adoro por miedo del
Infierno,
quémame en el Infierno,
y si te adoro por la esperanza del Paraíso,
exclúyeme de él,
pero si te adoro por Ti mismo
no me apartes de Tu belleza eterna» (Margaret Smith:
Rabi’a the mystic and her Fellow-Saints in Islam, Cam¬bridge,
1928, p. 30).
El teologo y místico iraní al-Gazalí (1058-1111), en su Ihiá
‘Ulum al-Din (“Vivificación de las ciencias de la fe”) concuerda
con este pensamiento de Rabi’a y agrega: «... el que ama a
Dios solamente como benefactor y no lo ama por Dios mismo, es
evidente que lo amará con menos intensidad, pues que su amor
dependerá tan solo de los beneficios que de El reciba, los
cuales pueden ser muchos o pocos, y además, en el momento de la
tribulación no podrá amarlo como en el de la prosperidad y
bienestar; en cambio, si ama a Dios por Dios, es decir, porque
merece ser amado en razón de sus perfecciones infinitas, por su
hermosura, majestad y gloria, no aumentará ni amenguará su amor
en función de los beneficios, muchos o pocos, que de El reciba».
La islamóloga Luce López-Baralt de la Universidad de Puerto Rico
dedica un capítulo entero de su obra erudita Huellas del Islam
en la literatura española. De Juan Ruiz a Juan Goytisolo
(Hiperión, Madrid, 1985, Cap. V, pp. 99-117), para demostrar con
múltiples análisis que la oración de Rabi’a es la fuente directa
o indirecta del famoso soneto anónimo de fines del siglo XVI, o
principios del XVII, y que reza así (citado por Álvaro Galmés de
Fuentes: Ramón Llull y la tradición árabe. Amor divino y amor
cortés en el «Llibre d’Amic e Amat», Quaderns Crema, Barcelona,
1999, pp. 70-71:
«No me mueve, mi Dios, para quererte,
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte
Muéveme, en fin, tu amor en tal manera
que aunque no hubiera cielo yo te amara
y aunque no hubiera infierno te temiera». El padre
jesuita arabista e islamólogo Miguel Asín Palacios (1871-1944)
confirma su origen islámico en El Islam cristianizado.
Estudio del «sufismo» a través de las obras de Ibn ‘Arabi de
Murcia, Hiperión, Madrid, 1981.
56. Aviadores musulmanes del siglo XVII
Hezarfen Ahmed Çelebí, un joven historiador otomano, inspirado
por sus estudios sobre el vuelo del águila, luego de nueve
intentos experimentales diseñó un aparato que era una especie de
traje con alas y ciertos mecanismos. Su intento final tuvo lugar
en 1638 y su plataforma de lanzamiento fue la Torre Galata de 56
metros de altura en el barrio de Pera, en Estambul (Europa).

La Torre Galata (56 mts.) como se
encuentra hoy
en Estambul (Turquía)
El vuelo fue exitoso, y Hezarfen aterrizó en la orilla
asiática del Bósforo, en Uskudar (Scutari), a una distancia de
más de 800 metros, luego de haber pasado raudamente sobre el
palacio de Topkapi.
El nombre Hezarfen significa “experto en mil ciencias” y de
hecho mil monedas de oro fueron dadas por su extraordinaria
hazaña a Hezarfen por el sultán Murad IV. Pero luego, por los
celos y las habladurías de cortesanos y alfaquíes fue desterrado
a Argel donde falleció a la temprana edad de 31 años. Hoy el
aeropuerto de Estambul honra su nombre.

Un amigo de Hezarfen, Lagari Hasan
Çelebi está considerado la primera persona que voló propulsada
por un cohete. Poco tiempo después de la experiencia de
Hezarfen, Lagari compuso un artefacto que consistía en un cajón
que terminaba en un cono con un depósito que se rellenaba con
pólvora. El lanzamiento de Lagari fue desde el palacio de
Topkapi para celebrar el nacimiento de la hija del sultán Murad.
El insólito aviador cayó suavemente sobre las aguas del Bósforo
después de haber recorrido 300 metros en 20 segundos. Fue
recompensado por el sultán con una posición de prestigio dentro
del ejército otomano. Hezarfen fue el segundo y Lagari el
tercero en la lista de pioneros de la aviación. El primero fue
Ibn Firnas de Córdoba. De manera, que los tres primeros pilotos
de la historia fueron musulmanes. Un record ignorado por la
historiografía occidental.

57. Las empanadas de
la Chacha
Los argentinos consumimos diariamente alimentos que nos
imaginamos propios como las empanadas, las albóndigas, el dulce
de leche, los buñuelos y los alfajores. Sin embargo, esta
tradición gastronómica esta originada en las recetas de
Al-Ándalus, la España musulmana. Las primeras referencias a la
empanada se encuentran en la antigua Persia siglos antes de
Cristo.
Desde allí se puede imaginar su viaje hasta el pueblo árabe con
sus tradicionales fatay o esfiha, con carne de cordero y trigo
burgol, ya muy similar a nuestra empanada. Desde la España
andalusí fue traída por los conquistadores y colonizadores a
América.
Veamos todo lo que nos tiene que decir sobre la empanada María
Elvira Sagarzazu, una reconocida especialista argentina en
gastronomía morisca en el Río de la Plata: «Entre todos los
platos, la empanada quedaría como el más acabado representante
de la gastronomía árabe. Porque no lleva cerdo; porque la carne
se sazona principalmente con comino; porque se la desgrasaba
como para kebbe y se la endulza con pasas y algo de azúcar. El
método mismo, de encerrar porciones de relleno en una hoja de
masa individual, a menudo hojaldrada, remite a su más antigua
pariente, la sambusak (la palabra evoca una forma triangular)
persa».

La profesora Sagarzazu también enfatiza que la
cocina argentina original, al estar sumamente influenciada por
la tradición culinaria islamo-morisca ha desechado el cerdo como
componente de los diversos manjares:
«El chorizo, en la Argentina apellidado criollo, se hace con
carne vacuna, a diferencia del colorado o español de cerdo.
(...) La veda porcina también marca la diferencia entre platos
argentinos anteriores y posteriores a la inmigración. La
tortilla de papa es de amplia difusión en la Argentina pero a
diferencia de España, no contiene chorizo de cerdo; se hace con
huevos, papas y a veces con cebolla. La versión con chorizo es
llamada española, justamente para diferenciarla de la común sin
cerdo».
58. ¿Y el dulce de
leche?
Por su parte la historia del dulce de leche es más que
interesante.

Su origen es el arrope, del árabe
ar-rub, que expresa la idea de “jugo de fruta cocido”. Sagarzazu
nos dice que es «una versión derivada del hispanoárabe arrope
utilizado por los moriscos, entre otras cosas para pegar las
tapitas de los alfajores. (...) Postre identificatorio de la
Argentina es el dulce de leche, aunque no haya nacido aquí. Ni
en Chile, Méjico o los demás países que reclaman ser su cuna
porque también lo consumen desde tiempos coloniales con
diferentes denominaciones; en ninguna región, con todo,
sobrepasa la totalitaria popularidad que lo convertiría en
estrella de la repostería rioplatense, acompañando gran número
de recetas cuyos rellenos en otras latitudes aceptan dulces
alternativos. (...) El hilo civilizatorio que va del alfajor al
dulce de leche, se torna visible al examinar la receta: la leche
ha reemplazado al jugo de frutas, por lo que en realidad, nace
por analogía con los arropes. La preparación del arrope era
conocida por los andalusíes ya en el siglo XI y figura entre las
preferencias moriscas; involucra un proceso de cocciones y
descansos hasta lograr la reducción del líquido a un cuarto,
como expresa la raíz árabe de arrope, rub, del mismo origen que
cuatro. (...) Entre el mundo árabe y los argentinos circula una
corriente de simpatía hacia las cosas dulces de la que no
tomamos conciencia hasta que paladeamos conscientemente postres
de otras regiones del mundo y notamos que nuestro tenor de
azúcar es elevado en comparación al de España o Francia. (...)
Los árabes hicieron uso generoso del azúcar porque conocieron la
técnica del cultivo de caña desde muy temprano, introduciéndola
en España. (...) El azúcar ha desarrollado en nosotros lo que
los ingleses llaman sweet tooth (diente para los dulces) que no
es otra cosa que el hábito de endulzar los alimentos con más
azúcar que otros pueblos y por cierto que sin tal entrenamiento
es imposible disfrutar del dulce de leche a cucharadas, y como
se sabe, esa dulzura es sinónimo de local, de ahí el dicho de
“ser más argentino que el dulce de leche”. He aquí algo que no
se debe endilgar a los españoles. (...) El rechazo de la mayoría
de los españoles hacia la minoría hispanoárabe ha sido expresado
de manera a veces vociferante y a veces sutil, como podría ser
el caso del azúcar que por ser cosa de moros gozaría de menor
prestigio que el alcanzado en la gastronomía hispanoamericana en
general, famosa por sus dulces y golosinas desde los tiempos
coloniales. La fobia a los moriscos fue tan pronunciada entre
algunos españoles que hasta cuanto comían sería objeto de
escarnio. Un campeón del fanatismo, Pedro Aznar Cardona
(Expulsión de los Moriscos de España, Huesca, 1612), escribe:
“los moriscos comen cosas viles” y en la lista de ellas anota
albóndigas, pasas, higos, miel, arrope, melones, pepinos,
duraznos....»
Véase María Elvira Sagarzazu: La Argentina encubierta,
Ovejero Martín Editores, Rosario, 2000.
—La Conquista Furtiva. Los hispanoárabes en el Río de la Plata,
Ovejero Martín Editores, Rosario, 2001.
59. Cuando los
españoles eran románticos
La España Musulmana, llamada Al-Ándalus (711-1492), tuvo una
enorme influencia en la composición de los romances españoles de
gesta de los siglos XV y XVI. El siguiente romance popular,
impreso en el Romancero de 1550, nos presenta al rey Juan II de
castilla (1405-1454), a la vista de Granada, tomando informes
del moro Ibn Ammar (Abenámar):

El recinto
amurallado (alcazaba) de la Alhambra en Granada, vista desde la
falda de la colina que cae sobre el curso del río Darro, próximo
al barrio del Albaicín. Al fondo, la Sierra Nevada
«Abenámar, Abenámar,
moro de la morería,
el día que tú naciste
grandes señales había.
Estaba la mar en calma,
la luna estaba crecida;
moro que en tal signo nace,
no debe decir mentira».
Allí respondiera el moro,
bien oiréis lo que decía:
«No te la diré, señor,
aunque me cueste la vida,
porque soy hijo de un moro
y una cristiana cautiva;
siendo yo niño y muchacho
mi madre me lo decía:
que mentira no dijese,
que era grande villanía:
por tanto pregunta, rey,
que la verdad te diría.
«Yo te agradezco, Abenámar,
aquesta tu cortesía.
¿Qué castillos son aquéllos?
¡Altos son y relucían!»
«El Alhambra era, señor,
y la otra la Mezquita;
los otros los Alijares,
labrados a maravilla.
El moro que los labraba
cien doblas ganaba al día
y el día que no los labra
otras tantas se perdía.
El otro es Generalife,
huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas,
castillo de gran valía».
Allí habló el rey don Juan,
bien oiréis lo que decía:
«Si tú quisieras, Granada,
contigo me casaría;
daréte en arras y dote
a Córdoba y a Sevilla».
«Casada soy, rey don Juan,
casada soy, que no viuda;
el moro que a mí me tiene
muy grande bien me quería».
60. El pobre de Asís y el sultán
Una historia poco conocida fuera del mundo académico es el
encuentro del santo italiano Francisco de Asís (1182-1226) con
el sultán ayyubí Nasiruddín Malik al-Kamil (1180-1238), sobrino
del famoso Saladino.
Opuesto a la idea de las Cruzadas, Francisco escribió el
Capítulo XVI de la llamada Regla no Bulada que aparece con el
título de “Los que van entre sarracenos y otros infieles”.
En él ubica claramente la nueva perspectiva de los hermanos
franciscanos: no van a matar, en todo caso van a morir como
testigos del otro rostro del crucificado que no mata para
defender su honor sino que muere por amor.
En el capítulo 16 de la Regla no Bulada nos encontramos, por vez
primera en las prescripciones de las Ordenes católicas, una
invitación a la tolerancia con los creyentes de otras
religiones. Textualmente dice San Francisco:
«Cualquier hermano que quiera ir entre sarracenos y otros
infieles vaya con la licencia de su ministro y siervo. Y el
ministro déles licencia y no se la niegue, si los ve idóneos
para ser enviados... Y los hermanos que van, pueden comportarse
entre ellos espiritualmente de dos modos. Uno, que no promuevan
disputas y controversias, sino que se sometan a toda humana
criatura por Dios y confiesen que son cristianos. Otro, que,
cuando les parezca que agrada al Señor, anuncien la palabra de
Dios para que crean en Dios Omnipotente, Padre, e Hijo, y
Espíritu Santo, creador de todas las cosas, y en el Hijo,
redentor y salvador, y para que se bauticen y hagan cristianos»
(RnB 16,3-7).
Palabras que situadas
en la atmósfera de cruzadas y enfrentamiento religioso de la
Edad Media y en el estado de cristiandad al que pertenecía
Francisco no dejan de tener un tinte profético y de
adelantamiento en muchos siglos al tiempo que a Francisco le
tocó vivir.
Una crónica nos relata que en su primera ida a Roma fue muy mal
tratado por Inocencio III y no es de extrañar: las propuestas
evangélicas de su movimiento contradecían frontalmente no solo
la política papal sino el sentir prácticamente unánime de los
fieles:
El Papa, después de haber observado atenta y despectivamente
aquel personaje de hábito extraño, de rostro aciago, barba
larga, cabellos incultos, cejas negras y caídas, y del otro la
petición que le presentaba, tan ímproba e imposible según el
sentido común eclesiástico, lo despreció y le dijo:
«Vete, hermano, búscate unos puercos, que te asemejas más
a ellos que a los hombres. Revuélcate con ellos en el barro y,
consagrado como su predicador, preséntales a ellos la Regla (no
bulada) que has preparado».
Francisco no se
turbó, e inmediatamente salió con la cabeza inclinada. Tuvo
bastante dificultad en encontrar a unos puercos; pero cuando por
fin se topó con una piara, se revolcó con ellos en el barro
hasta quedar totalmente enlodado de pies a cabeza. Reducido a
este estado volvió a la sede pontificia y dirigiéndose al Papa
dijo:
«Señor, he hecho tal como lo ordenaste; ahora, te ruego,
escucha mi solicitud» …
Francisco pudo llegar
al delta del Nilo en Egipto en julio/agosto de 1219, más
precisamente hasta los cruzados que cercaban la ciudad de
Damietta, ciudad de una especial importancia estratégica y
espiritual. Los musulmanes creían que en esta ciudad santa
tendría lugar algún día el juicio final. Ambos bandos pensaban
que aquí se decidiría la guerra.
El aspecto que los cruzados ofrecieron al nuevo huésped de Asís
no fue nada edificante: Tensión y diferencias entre los soldados
de los diversos países y ciudades, borracheras, avaricia,
crueldad y desenfreno sexual. Un día, a ocho prisioneros
musulmanes les cortaron las orejas, narices, labios y brazos y
les sacaron los ojos.
En junio el sultán Nasiruddín al-Malik al-Kamil —según diversas
fuentes hombre sabio, justo y magnánimo— había ofrecido la paz a
los invasores europeos, haciendo la proposición ventajosa de
cederles Jerusalén a cambio de que se retirasen de Egipto.
Fue el delegado papal, el cardenal español Pelagio Galván quien
se opuso a tan atractivo ofrecimiento diciendo :
«El Concilio ha
querido la cruzada, es una clara expresión de la voluntad de
Dios; hay que llevarla, por tanto, hasta la victoria total».
Con ello se
significaba que no sólo se pretendía la conquista de los Santos
Lugares, sino el aniquilamiento de los musulmanes y la extensión
del dominio cristiano.
En tal ambiente Francisco no podía sentirse cómodo. Trató de
convencer a los soldados para que no lucharan. Le fue bien con
los italianos, que entendían su lengua. Otros le tomaron por
loco, utópico, pacifista peligroso que dañaba los intereses de
la cristiandad.
Varias veces trató de convencer al cardenal de la necesidad de
la paz; pero sin éxito. Se ofreció para ir hasta el sultán; pero
no se le permitió. Luego, el 29 de agosto, sucedió lo tan
temido: un ataque por sorpresa del ejército musulmán causó la
muerte de seis mil cruzados. Entonces el cardenal Pelagio se
decidió finalmente permitir a Francisco visitar al Sultán, pero
por su cuenta y riesgo, no como mensajero oficial de paz.
Junto con su hermano, fray Iluminado, atraviesa Francisco la
tierra de nadie… Pronto los dos viajeros son apresados por los
guerreros musulmanes. Francisco les aclara:
«Yo soy un
cristiano. Llevadme a vuestro señor». Como queriendo decir: “No
soy un cruzado, sino un auténtico cristiano; por tanto, ¡no un
enemigo, sino un hermano!”.
El encuentro con el sultán está relatado por san Buenaventura
(1221-1274), biógrafo de Francisco: «“El sultán le pregunta,
¿Por qué los cristianos predican el amor y hacen la guerra?”.
A Francisco se le saltan las lágrimas (Tampoco él entiende las
cruzadas de las armas) y responde: “Porque el amor no es
amado”».
En primer lugar, el sultán al-Malik al-Kamil, que hasta entonces
sólo conocía de lejos a los cruzados como enemigos, encontró en
Francisco a un auténtico cristiano, a un hombre de Dios, a un
hermano. Se dio cuenta de pronto que ser cristiano no
significaba necesariamente ser cruzado.
Dos hombres de distintas facciones se sintieron amigos.
Francisco no se dejó aprisionar ni cegar por una mentalidad de
partido, sino que, sin prejuicios, sin medios de poder, sin
pretensión de fuerza, sino simplemente de hombre a hombre, llega
hasta el Sultán, convencido de que también él, como cualquier
hombre, en el fondo buscaba honradamente el camino de la
salvación.
Y no discutió ni polemizó con él, sino que presentó simplemente
ante él su testimonio cristiano.
i
San Francisco de Asís y Malik al-Kamil
según un grabado del ilustrador francés Gustav Doré
En
segundo lugar, Francisco se encontró en el campamento de sus
hermanos musulmanes con una costumbre religiosa que le
impresionó grandemente y que él con gusto habría trasladado al
occidente cristiano. Se trata de la llamada a la oración que el
muecín proclama de madrugada, al mediodía, por la tarde, en el
crepúsculo y a la noche desde el minarete, y que el pueblo
entero respeta haciendo su oración con numerosas inclinaciones (salât).
Francisco trató de introducir de modo semejante una especie de
llamado a la oración en occidente. Así lo quieren ver los
autores cuando él escribe en su carta a los custodios de su
orden: “Debéis proclamar y predicar su alabanza a todas las
gentes de modo que a cada hora y cuando suenan las campanas,
todo el pueblo en toda la tierra tribute siempre alabanzas y
acción de gracias al Dios omnipotente.”
Francisco volvió a Asís con un profundo respeto hacia los
“sarracenos” a los que ha conocido como creyentes. Por eso luego
dirá: “La misión es escucha y comunicación; es vivir con los
otros; es abrir los ojos a la realidad de los “otros”; es creer
que el reino de Dios está ya en medio de nosotros, en
profundidad, en toda persona, aunque esta no sea cristiana; es
estar abiertos y disponibles para la justicia y para la paz; es
dar y recibir al mismo tiempo”.
Si
el ejemplo de Francisco hubiera formado escuela, habría sido muy
distinta toda la historia de las relaciones entre cristianos y
musulmanes.
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