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HISTORIA DE LA INDIA ISLÁMICA
Y LA CIVILIZACIÓN DE LOS
GRANDES MOGOLES (1526-1858)
En las tres grandes potencias islámicas de
los siglos XVI y XVII —la Turquía otomana, el Irán safávida y la India mogol—
pueden distinguirse tres rasgos comunes, además de la religión. En primer lugar,
las tres tenían como centro grandes capitales. Aún hoy despierta admiración el
esplendor de Estambul, Isfahán , Agra y Delhi. Pues el Islam, que constituye un
completo código religioso, social y político, era esencialmente urbano.
Un segundo rasgo común era la lengua. Los
otomanos y los mogoles tenían su origen en el Asia central, región de habla
turca. Los mogoles de la India todavía hablaban y escribían en turco chagatay,
mientras que los gobernantes safávidas del Irán, si bien no eran turcos (eran
iraníes, de estirpe kurda), debían su posición a soldados originarios de las
estepas turcomanas, cuyo lenguaje adoptaron. Además, el árabe era la lengua
corriente en la religión y el derecho, y el persa, la lengua de la cultura, la
cancillería, la conversación distinguida y la poesía. A pesar de las
divergencias propias de los diversos lugares y dialectos, se utilizaban los
mismos términos —árabes, para la religión, la administración y la ley; persas o
turcos, para la corte y el palacio— con idénticas connotaciones en Estambul,
Isfahán y Agra.
Por último, el tercer rasgo era la absoluta
falta de interés por desarrollar las ciencias y alcanzar nuevos conocimientos. A
pesar de contar en abundancia con los medios necesarios para encarar un
renacimiento científico y cultural, otomanos, safavíes y mogoles por igual,
cultivaron el proceso de anquilosamiento, quietismo y apatía fomentado desde los
ámbitos rigoristas ortodoxos.
El conocido islamólogo cristiano libanés
naturalizado norteamericano Philiph Khuri Hitti (1886-1978), nos brinda este
testimonio:
«Si el Islam en su mejor época alzó a la
sociedad árabe a una nueva altura de progreso humano, en la peor alcanzó un
punto de estancamiento muy bajo. El apego al pasado y el aislamiento del
Occidente cristiano influyeron notablemente en el avance de la cultura islámica.
El concepto de progreso fue reemplazado por el de autocomplacencia que se hacía
aun más peligroso por un sentimiento exagerado de superioridad. La medida de las
realizaciones estaba en proporción inversa a este sentimiento de superioridad...
Todo esto sucedía mientras... Occidente se había embarcado en un nuevo viaje
para descubrir verdades nuevas y lozanas, para encontrar explicaciones
racionales de los hechos sociales y los fenómenos físicos... Se había dado
cuenta de que en la ciencia el secreto del conocimiento inagotable está en la
experimentación, y que en los negocios humanos el secreto del progreso radica en
el cambio, en cambiar para mejorar» (P.K. Hitti: El
Islam, modo de vida, Gredos, Madrid, 1973 , págs. 257-59).
Los tres reinos musulmanes, atrincherados en
su sentimiento de superioridad, y sumidos en la molicie y sus disputas internas,
se interesaron tardíamente por las innovaciones occidentales, aun así tan
sólo despertaron su atención ciertos avances militares, como la implementación
en los ejércitos europeos de la bayoneta o las tácticas de las formaciones de
mosquetería en cuadro del siglo XVIII, que incluso no se atrevieron a
adoptar.(cfr. Marshall G.S. Hodgson: The Gunpowders Empires and Modern Times,
University of Chicago Press, Chicago, 1974.
La visión de Toynbee
El historiador británico Arnold Joseph Toynbee
(1889-1975), conocido por su visión del pasado como una sucesión de
civilizaciones más que de entidades políticas, hace un excelente paralelismo a
propósito del surgimiento de Babur y el poder musulmán en la India y el auge de
los descubrimientos geográficos occidentales: «En la época de Babur Colón
llegó por mar a América, proveniente de España, y Vasco de Gama a la India
proveniente de Portugal. Babur inició su carrera como príncipe de Ferghana, en
el valle superior del Yaxartes, pequeño país que había sido el centro de la
ecúmene (tierra habitada) desde el siglos II a. de C. Babur invadió la
India por tierra veintiún años después de haber llegado Vasco de Gama a ella por
vía marítima... No recuerdo que haya en las memorias de Babur mención alguna de
la cristiandad occidental, ni he encontrado ninguna en el exhaustivo índice
geográfico de la magnífica traducción inglesa de la señora Beveridge. Claró está
que Babur no ignoraba la existencia de los francos (el término general para
"europeo" entre los musulmanes), ya que era un hombre culto y conocía su
historia islámica..El arribo de los barcos francos a la India en 1498, veintiún
años antes del primer descenso de Babur sobre ella en 1519, parece haber
escapado a la atención de éste, a no ser que su silencio se explique no por la
ignorancia del suceso sino por un sentimiento de que las correrías de esos
gitanos del mar no merecían la atención de un historiador. ¿De modo, pues, que
este pretendidamente inteligente hombre de letras y de acción transoxano fue
ciego a la hazaña de la circunnavegación del Africa por los portugueses? ¿Fue
incapaz de percibir que esos navegantes océanicos francos habían flanqueado el
Islam y lo tomaban por la retaguardia? Sí; creo que Babur habría quedado atónito
si se le hubiera dicho que el imperio que estaba fundando en la India pronto
pasaría de sus descendientes a sucesores francos. No tenía sospecha alguna del
cambio que sobrevendría sobre la faz del planeta entre su generación y la
nuestra. Pero esto no disminuye —me permito añadir— la inteligencia de Babur; es
una indicación más de lo insólito que fue el acontecimiento mayor de la historia
del mundo en nuestro tiempo» (A.J. Toynbee: La civilización puesta a
prueba, Emecé, Buenos Aires, Buenos Aires, 1958, págs. 64-65).
EL AVANCE IRRESISTIBLE DE LOS EUROPEOS
Mientras tanto, Europa, que supo usufructuar y
llevar a la práctica los preclaros conceptos y descubrimientos de la Edad de Oro
del Islam, disponía de los medios políticos, comerciales, materiales y militares
que le habían de permitir imponerse en el mundo y colonizar y expoliar a los
pueblos musulmanes, africanos, asiáticos y americanos. Antes de comenzar con
nuestro tema sobre la Historia de la India Islámica, veamos la siguiente
cronología que detalla la penetración europea en el subcontinente indio en los
siglos XVI y XVII (cfr. Geoffrey Parker: La Revolución Militar. Las
innovaciones militares y el apogeo de Occidente, 1500-1800, Crítica,
Barcelona, 1990):
1498: Vasco de Gama
llega a Calicut (Kozhikode), en la costa malabar (hoy estado de Kerala, India).
1502: Vasco de Gama
funda la factoría de Cochín, al sur de Calicut, sobre la costa malabar.
1503: Alfonso de
Albuquerque (1453-1515) construye un fuerte en Cochín, la primera fortificación
europea en la India.
1507: Los
portugueses, al mando de Francisco de Almeida (1450-1510), destruyen en la isla
de Diu (al sur de la península de Kathiawar, en el actual estado indio de
Gujarat), una flota musulmana combinada indo-otomana.
1510: Albuquerque
arrasa la población musulmana de Goa (en sánscrito Govapuri o Gomant)
y se instala una colonia que junto con las de Damán y Diu estará en manos
lusitanas hasta 1961.
1512: Los
portugueses destruyen el puerto de Surat, en la costa del golfo de Jambhat. Lo
volverían a destruir en 1530 y 1531. Reconquistado por Akbar en 1573.
1531: Los portuguese
saquean Damán, ciudad musulmana situada en la costa del golfo de Jambhat, al
norte de Bombay.
1535: Los
portugueses ocupan Calicut.
1557: Los
portugueses ocupan Macao en China (según el acuerdo de 1987, Macao debería
volver a manos chinas en 1999).
1558: Los
portugueses ocupan Damán.
1600: Se funda la
English East Company con el concurso de 80 comerciantes londinenses, según
cédula real de Isabel I de Inglaterra del 31 de diciembre.
1608: Los ingleses
fundan una factoría en Surat con permiso mogol.
1610: Los holandeses
construyen un fuerte en Pulicat, sobre la costa de Coromandel. Conquistado por
los británicos en 1825.
1611: Los ingleses
establecen su primer asentamiento en la costa de Coromandel, en Masulipatam
(Machilipatnam).
1616: Los daneses
ocupan el puerto de Tranquebar en la costa de Coromandel, que sería tomado por
los británicos en 1814.
1639: Francis Day de
la English East India Company funda el fuerte St. George que dará origen a la
ciudad de Madrás, en la costa de Coromandel (actual estado indio de Tamil Nadu).
1660: Los holandeses
ocupan Negappattinam en la costa de Coromandel, vecina a Pondichéry. Tomada por
los británicos en 1799.
1674: Los franceses
fundan la colonia de Pondichéry en la costa de Coromandel, que retendrán hasta
1954.
1688: La Compagnie
des Indes orientales, creada por el político Jean Baptiste Colbert (1619-1683)
en 1664, funda la colonia de Chandernagor (Chandannagar) sobre el río Hughli en
Bengala, concesión de Aurangzeb.
1690: Los ingleses
establecen una factoría en Calcuta.
LOS PRIMEROS TIEMPOS DEL ISLAM EN LA INDIA
Hind es el nombre
por el cual es conocido el subcontinente en el mundo islámico. El hindi,
que es el idioma oficial que hoy se habla en la India, tiene numerosas palabras
árabes y persas. De Hind derivan términos como Hindustán (Indostán),
hindú, hinduismo, etc.
El Indostán histórico comprendía las actuales
repúblicas de la India, Pakistán, Bangla Desh, Sri Lanka y Maldivas, los reinos
de Bhután y Nepal y una porción de Afganistán.
Desde los primeros siglos de la expansión del
Islam, los musulmanes mostraron un especial interés por la India y sus antiguas
civilizaciones. Suleimán at-Tayir (esto es: "el mercader") llevó hacia 840 sus
mercancías a la China y la India desde el puerto iraní de Siraf en el Golfo
Pérsico. Un autor anónimo de 851 escribió un relato de viaje de Suleimán. Este
relato, el más antiguo en lengua arábiga, es anterior en 425 años a los Viajes
de Marco Polo (cfr. J O'Kane: The Ship of Suleiman, Londres, 1972).
En el mismo siglo, el primer gran geógrafo
musulmán Ubaidullah Ibn Jordadbeh (825-912) hizo una descripción de la India,
Ceilán, Java y Sumatra en su obra Kitab Masálik ua’l-mamálik
("Libro de los caminos y reinos"), aparecido en 846 y nuevamente, revisado,
hacia 886 (traducido por M.J. de Goeje, Leiden, 1967). En esta obra encontramos
el relato del viaje del intérprete Sallam a «la muralla de Gog y Magog»,
denominación con que el autor parece indicar la Gran Muralla china (cfr. F.E.
Peters: Allah's Commonwealth. Ibn Khurdadhbih, Nueva York, 1973). Otro
trabajo famoso es ‘Ayá’ib al-Hind ("Maravillas de la India") de
Buzurg Ibn Shahhriyar Ramhurmuzi.
Pero sin lugar a dudas, el historiador
musulmán de lengua persa Abu ar-Rahmán Muhammad ibn Ahmad al-Biruní (973-1048)
se convertirá en el especialista por excelencia en temas de la India, a través
de su monumental Kitab al-Hind ("Tratado de la India"), también
conocida como Ta’ríj al-Hind ("Historia de la India"), publicada
hacia 1030, que fue el resultado de más de doce años de permanencia en la India.
Algunos comparan esta obra con la Historia Natural de Plinio y el
Cosmos de Humboldt. Al-Biruní cita 24 libros de 14 autores griegos y apela a
40 fuentes de sánscrito. Aunque se ocupa poco de la historia política de la
India, dedica 42 capítulos a la astronomía y a la religión de los indios.
Mostrando un gran interés por el Bhagavad Gita (sánscrito: "Canto
del Señor"), el famoso poema filosófico que forma parte del Mahabharata (una de
las obras más antiguas de la literatura épica de la India, que gira en torno de
las guerras entre los Kuru y los Bharata), al-Biruni ve la similitud entre el
misticismo del Vedanta (la última de las escuelas del hinduísmo), el sufismo,
los neopitagóricos y los neoplatónicos. Igualmente, compara citas de pensadores
indios con pasajes parecidos de filósofos griegos.
Los musulmanes llegaron a Multán (hoy
Pakistán), en el Punjab occidental en 694. Es una gran coincidencia de que la
primera expedición musulmana hacia la India fue en 711, el mismo año en que
Tariq Ibn Ziad llegaba a España. Más adelante veremos como la India se
convertiría bajo el Islam en el al-Ándalus de Oriente, con idénticos parámetros
de auge de la ciencia y la filosofía, y la convivencia de culturas y religiones.
La primera dinastía islámica que tuvo dominio
sobre India fue la de los gaznavíes o gaznávidas, originada en la ciudad de
Gazna (hoy Afganistán), fundada por Abu Mansur Sebuktigin (942-997) hacia 977.
Su hijo y sucesor, conocido como Mahmud de Gazna (971-1030), extendió sus
dominios abarcando el Jorasán y gran parte del Irán, el Punyab, el Sind y
finalmente, casi toda la India, a la que conquistó a través de 17 expediciones
que duraron casi 32 años a partir de 997. Mahmud de Gazna fue un soberano muy
perspicaz e infatigable. En el subcontinente organizó su administración según el
modelo iraní, adoptando el persa como idioma de su corte. A partir de entonces,
el persa sería la lengua oficial en el subcontinente durante ochocientos años.
A los gaznávidas les sucedieron los guríes.
Estos bajo el liderazgo de Mu'izzuddín Muhammad al-Gurí (m. 1206) conquistaron
la India septentrional e instauraron el sultanato de Delhi. El primer sultán fue
Qutbuddín Aibak (m. 1210).
Complejo del minarete Qutab
Una de los más espléndidos minaretes del mundo
islámico es aquel que comenzó a construir Qutbuddín Aibak hacia 1193, llamado
Qutab Minar, que hoy todavía podemos apreciar en la capital de la India. Esta
torre extraordinaria de 72 metros de altura sirvió para un doble propósito, como
resplandeciente minarete y como recordatorio muy visible de los nuevos
gobernantes islámicos de la región. La original torre de piedra arenisca de
cuatro pisos fue construida por Qutbuddín y por su sucesor, Shamsuddín Iltutmish
(g. 1211-1236) fundador de la dinastía turca ilbarí (1210-1290). Después de que
el piso superior fue dañado por un rayo en 1368, lo reparó Firuz Shah Tugluq,
que añadió dis pisos de mármol y piedra arenisca de Rajastán. En la actualidad
el denominado Complejo del minarete Qutab contiene numerosos edificios islámicos
como la Mezquita Poder del Islam (Quwwat ul-Islam Masÿid), construida en 1193,
las tumbas de los sultanes Alauddín Muhammad Jalÿí (m. 1316) y Shamsuddín
Iltutmish, y la puerta monumental Ala'i Darwaza (1311).
La primera sultana del Islam
El más original y brillante de los ocho
sucesores de Shamsuddín Iltutmish fue su hija Radiyya, quien gobernó entre 1236
y 1240, convirtiéndose en la primera mujer en dirigir un estado islámico en la
historia. Durante este brillante período Delhi pasó a ser el refugio y reunión
de sabios, teólogos y científicos procedentes de otros puntos del mundo islámico
que huían de la invasión de los mongoles.
La dinastía ilbarí fue sucedida por seis
soberanos jalyí, durante cuyos reinados el poder del Islam se expandió hacia el
sur, Deccan adentro. En el siglo XIV surgió la poderosa dinastía afgana Tugluq,
pero esta fue barrida por las hordas de Tamerlán Timur Lenk (1336-1405).
El sanguinario jefe mongol cruzó el Indo
(1398) y derrotó a las fuerzas del sultán Mahmud Tuglak, ocupó Delhi, mató a
cien mil prisioneros a sangre fría, quitó a la ciudad todas las riquezas y las
llevó a Samarcanda con una multitud de mujeres y esclavos, dejando tras de sí la
anarquía, el hambre y la peste.
Entre 1333 y 1342 recorrió grandes extensiones
de la India el incansable viajero musulmán tangerino Ibn Battuta (1304-1377),
experiencia que describió detalladamente en su rihla o libro de viajes
(cfr. Ibn Battuta: A través del Islam. Alianza, Madrid, 1988, págs.
487-661).
LOS GRANDES MOGOLES
Hacia 1504, el sultán afgano Sikandar Lodí
estableció una nueva dinastía, la de los Lodí, y una nueva capital en Agra. Pero
su sucesor Ibrahim Lodí, fue derrotado por el caudillo Zahiruddín Muhammad
(1482-1530), apodado Babur, (en persa, "el tigre"), en la primera batalla de
Panipat, en las cercanías de Delhi, en 1526. Babur no se contentó con adueñarse
del sultanato de Delhi. Al año siguiente hizo lo que ningún caudillo musulmán se
había atrevido hasta el momento: desafiar a la Confederación Rajput. El 16 o 17
de marzo de 1527 el ejército de Rana Sanga, rey de Mewar y líder de la
Confederación Rajput, compuesto por ochenta mil briosos jinetes, chocó en
Khanua, cerca de Agra (al sudoeste de las actuales ruinas de Fatehpur Sikri),
con los veinte mil experimentados soldados de Babur, entre ellos una brigada
turca armada de mosquetes. El coraje de Rana Sanga y su caballería rajputani
poco pudo hacer ante la acción combinada de los jinetes afganos y persas
apoyados por la mosquetería turca. Ese día se fundó el Imperio mogol de la
India. Esta dinastía musulmana duraría con efectivo esplendor hasta la muerte de
Alamgir II en 1759 (cfr. Michael Prawdin: Los creadores del Imperio mongol,
Juventud, Barcelona, 1965; David Nicolle: Mughul India 1504-1761, Osprey,
Londres, 1993).
Babur era descendiente, en la quinta
generación, de Tamerlán Timur. Sería el fundador de la dinastía de los Grandes
Mogoles o Mughal (Bamber Gascoigne: The Great Moghuls, Jonathan Cape,
Londres, 1973; hay versión castellana). Estos mogoles eran realmente turcos;
pero los hindúes llamaban y continúan llamando mogoles a todos los musulmanes
del norte (excepto a los afganos).
Babur era un hombre que sufría de un exceso de
energía en cuerpo y espíritu; combatía, cazaba y viajaba insaciablemente. «A
los doce años —dice al comienzo de sus Memorias (Babur Nameh)— fui
señor del país de Ferghana». A los quince asedió y capturó a Samarcanda y a
los veintidós tomó Kabul. Una vez en dos días recorrió trescientos cincuenta
kilómetros, cruzando dos veces el Ganges por añadidura. En sus últimos años
decía que desde la edad de once años no había observado el ayuno de Ramadán dos
veces en un mismo sitio.
A la muerte de Babur, que fue prematura, fue
sucedido por su hijo Nasiruddín Muhammad (1508-1556), conocido como Humayún.
Este era demasiado débil y vacilante para continuar la obra de Babur y su reino
fue conquistado por el caudillo afgano Sher Shah, luego de dos sangrientas
batallas. Humayún se vio obligado a refugiarse en la corte safávida de Persia
(1539). Allí organizó un ejército, entró en la India y recuperó el trono (1555),
pero murió poco después (cfr. W. Erskine: Babur and Humayun, 2 vols.,
Londres, 1826; S.M. Ikram: Muslim Civilization in India, Nueva York,
1964).
Akbar
El hijo de Humayún, Ÿalaluddín Muhammad
(1542-1605), conocido como Akbar ("el Grande"), sería el gran organizador del
dominio musulmán del Indostán.
El tercer emperador mogol llegó al trono a los
trece años. Contemporáneo de Isabel I (1633-1603) de Inglaterra, supo expandir
el dominio musulmán en la India y crear un verdadero sistema administrativo,
introduciendo pesos y medidas estandarizados, estructuras fiscales y una fuerza
de policía operativa. Akbar es un personaje paradigmático. Se le dieron maestros
en abundancia, pero los rechazó y rehusó aprender a leer. En vez de lecturas, se
dedicó a practicar peligrosos deportes; llegó a ser un jinete perfecto, jugaba
al polo regiamente y conocía el arte de dominar los más feroces elefantes;
estaba siempre dispuesto a emprender una cacería de tigres, soportar cualquier
fatiga, arrostrar todos los peligros personalmente. Pero el polo era su pasión.
Le gustaba tanto el polo que inventó una pelota luminosa para que pudiera
jugarse de noche.
Soberano indulgente y muy tolerante, abolió
los impuestos que sobrecargaban a los no musulmanes (hindúes y budistas) y
promovió los matrimonios mixtos entre los musulmanes y las diversas comunidades
indostanas, una actitud que nos hace recordar al Gran Alejandro y las bodas
entre doncellas persas y soldados griegos. El mismo dio la pauta al casarse con
una princesa hindú rajput de Jaipur que siguió practicando su fe (Akbar estuvo
casado con tres mujeres de religión distinta). Esto no significó, como algunos
sostienen, que hubiese descuidado su práctica islámica sino todo lo contrario.
El mejor ejemplo de lo que afirmamos es su legado arquitectónico representado
por Fatehpur Sikri.
Desde el siglo XIV, en la aldea de Sikri, a 37
kilómetros al sureste de Agra, se había establecido una asociación de sufíes que
pertenecían a la cofradía conocida como la Chistiyya, nombre derivado de la
localidad de Chist, en Afganistán, de donde era oriundo su fundador, el Sheij
Muin al-Din Hasan al-Chistí. Entre ellos, en la época de Akbar, había adquirido
fama el venerable Sheij Salim al-Chistí y muchos buenos musulmanes iban a Sikri
para verlo y consultarlo. En los primeros años de su reinado, también Akbar fue
atraído por el carisma del hombre santo, y quiso hacer a pie la peregrinación,
desde Agra. El Sheij Salim predijo al soberano que muy pronto sería padre de su
primer hijo varón, deseo que tardaba en cristalizar y que preocupaba al joven
emperador. Pero la predicción se cumplió: la madre fue enviada a Sikri para
aguardar el parto, y allí nació el heredero. Akbar quiso que el jefe de la
hermandad gnóstica fuera padrino del recién nacido, y le dio su nombre: Salim
(más tarde conocido como Ÿahangir, en persa: "Conquistador del Mundo"; cfr. Beni
Prasad: History of Jahangir, Londres, 1922).
Desde aquel momento, el monarca mogol siempre
fue devoto del anciano sufí y de la Chistiyya; volvió a menudo a visitarlo, y
después de su muerte, ocurrida en 1571, mandó que se levantara a su memoria un
precioso mausoleo (dargah) de mármoles finamente labrados, verdadera joya de
escultura e incrustaciones, terminado en 1580. Adoptada la decisión de fundar
una nueva ciudad, Akbar eligió la localidad de Sikri. Después de la conquista
del Gujarat, en 1573, decidió que se llamara Fatehpur (en persa: "Ciudad de la
Victoria"), celebrando el acontecimiento.
El emperador se ocupó personalmente de vigilar
la construcción de la ciudadela entre 1570 y 1582, a la que dedicó sus energías
y entusiasmo. Quiso que respondiera a sus cánones estéticos, a sus ideas en
materia de urbanística y aun de religión y de culto. En su origen, la cultura de
Akbar fue esencialmente persa. No sólo por el hecho de que su infancia
transcurrió en la corte safávida del Shah Tahmasp I (1514-1576), durante el
exilio de su padre Humayún, sino también por la razón principal de que en
aquellos años toda la civilización islámica de Asia tenía sello persa. Desde los
primeros siglos de la Hégira, el elemento persa había suministrado al Islam
eruditos, poetas, arquitectos, artistas y científicos. El aporte cultural persa
fue determinante en la formación del arte, las costumbres, en una palabra de la
«fisonomía» del mundo islámico.
Durante dieciséis años Fatehpur Sikri fue una
de las ciudades más brillantes y originales del mundo, pero debido a la escasez
de agua, y a las guerras que el emperador mogol debió emprender en otras
regiones, la ciudad fue abandonada. Su poco uso y el haber estado alejada de las
zonas de conflicto hizo que desafiara exitosamente los rigores del tiempo y que
hoy día se convirtiese en el más extraordinario de los museos al aire libre. Un
viajero español contemporáneo la describe como «la Pompeya del Asia»: «Cuatro
veces he visitado Agra y otras tantas me he desplazado a Fatehpur Sikri. ¿Quien
puede resistir esa tentación? Una ciudad muerta, una ciudad sin alma, una ciudad
desierta, pero tan evocadora, tan espléndida en su silencio y en su soledad, tan
rebosante de belleza» (Ramiro A. Calle: Sobre la India, Arias
Montano, Madrid, 1991, pág. 97).
Fatehpur Sikri es un lugar imponente, con
cientos de edificios construidos con arenisca roja. Nueve puertas y un cinturón
amurallado de más de seis kilómetros de longitud protegen esta ciudad fortaleza
situada en el Estado de Uttar Pradesh. Hay dos secciones: el complejo de la
mezquita mayor (con capacidad para albergar a diez mil creyentes) y el palacio,
que incluye la Buland Darwaza ("Puerta de la victoria") y una complicada serie
de pabellones y patios, entre ellos la Sunahra Mahal, que era la residencia de
Mariam Makani, la madre de Akbar, el Palacio de Jodhbai (la esposa hindú de
Akbar), la Panch Mahal (una sala provista de un mirador conocido como "la torre
del viento") y el Anup Talao o Patio del «Estanque Incomparable».
El Pachesi Corte Shak, adyacente al Panch
Mahal, es un enorme salón donde Akbar practicaba el Pachesi (un antiguo juego
indio similar al ajedrez) con los dignatarios de la corte y sus esposas. El
historiador Abu l-Fazl al-Alamí (1551-1602) —consejero y primer ministro de
Akbar— nos relata que a veces participaban hasta doscientas personas
representando las piezas y que una partida podía durar tres meses. Este juego
servía el propósito de Akbar de medir la paciencia de sus funcionarios y de
enseñarles afabilidad.
Todas las calles de esta urbe fantasmal se
intersectuan formando ángulo recto. En una de las arcadas de la misteriosa
ciudad prontamente abandonada podremos encontrar el siguiente proverbio, mudo
testigo de la mística de sus constructores: «La vida es un puente. Crúzalo,
pero no construyas una casa encima».
Príncipe del ecumenismo
Akbar abolió la costumbre tradicional de los
indios y mongoles de esclavizar a los prisioneros de guerra, y en 1563 eximió a
los hindúes de diversos impuestos aplicados por sus antecesores. Entre los años
1568 y 1574, Akbar se anexionó muchos reinos rajputas, gracias a su políticas de
conciliación. Muchos de los nuevos súbditos se islamizaron y se sumaron al
ejército islámico que en 1572 conquistó el Gujarat. Esta expedición puso en
contacto a los musulmanes indios con los colonialistas portugueses.
Más profunda que estos intereses políticos era
su afición a la especulación filosófica. Akbar anhelaba en secreto ser filósofo.
Después de convertirse en el soberano indiscutible de uno de los tres imperios
musulmanes de la época, Akbar era desdichado porque no podía comprenderlo.
Decía: «Aunque soy dueño del tan vasto reino y tengo en mi mano todos los
instrumentos de gobierno, como la verdadera grandeza consiste en cumplir la
voluntad de Dios, mi espíritu no está tranquilo en esta diversidad de sectas y
de credos». Luego agregaba: «La superioridad del hombre descansa en la
joya de la razón».
Como correspondía a un filósofo, estaba
profundamente interesado en todas las religiones y creencias celestiales. Su
cuidadoso examen del Mahabharata (en sánscrito, "Gran Bharata"), el más
extenso poema épico de la literatura india antigua, escrito hacia el 300 a.C.,
—que hizo traducir al persa y al árabe—, y su intimidad con los poetas y sabios
hindúes, le atrajeron al estudio del hinduismo. Tenía la gracia de saber
contentar a todas las creencias: complació a los zoroastrianos llevando bajo la
ropa la camisa y cíngulo sagrados y dejó que los jainistas lo persuadieran a que
abandonase la caza y prohibiese, en ciertos días, la matanza de animales. Cuando
supo de la religión llamada cristianismo, que había llegado a la India con la
ocupación de Goa por los portugueses, mandó un mensaje a los misioneros
paulistas que allí había y los invitó a enviarle dos de sus hombres más doctos.
Más adelante llegaron algunos jesuitas a Delhi y lo interesaron tanto en la
historia de Jesucristo que ordenó a sus escribas la traducción del Nuevo
Testamento. Dio a los jesuitas plena libertad de predicar y les permitió educar
a uno de sus hijos. Mientras los católicos estaban asesinando protestantes en
Francia y los protestantes, bajo la reina Isabel, estaban asesinando católicos
en Inglaterra, y la Inquisición mataba y robaba a los moriscos y judíos en
España y el filósofo Giordano Bruno (1548-1600) ardía en la hoguera de Campo dei
Fiori en Roma, Akbar invitaba a los representantes de todas las religiones de su
imperio a una conferencia, los comprometía a la paz, promulgaba edictos de
tolerancia para todo culto y creencia, y fomentaba el Din Illaihi ("religión
divina"), ideado por él, que sería la suma de las religiones monoteístas e
hinduistas y permitiría la unidad y convivencia de todos los pueblos y culturas
indostanas.
Ÿahangir
Al morir Akbar, fue sucedido por su hijo Salim
(1569-1627), que sería célebre por su apodo de Ÿahangir ("Conquistador del
Mundo"). Este tuvo que enfrentar distintas amenazas, como los ataques
provenientes del Deccan, liderados por el etíope Malik Ambar, que ocupó la
importante plaza de Ahmadnagar en 1610. Más tarde, en 1621, el sha safaví Abbás
el Grande (1571-1629) de Persia, arrebató la ciudad de Kandahar (hoy Afganistán)
a los musulmanes mogoles.
El príncipe Jurrám (1592-1666), hijo favorito
de Ÿahangir, que había algún éxito en las campañas del Deccan, acabó rebelándose
contra su padre cuando éste le ordenó iniciar una campaña contra Kandahar. Más
tarde, Jurrám hizo la paz con su padre, y al morir éste en 1627, subió al trono
con el nombre de Shah Ÿahán ("Soberano del Mundo"). La madre de Jurrám fue
Mihrun Nisa, conocida como Nur Mahal ("Luz del Palacio") y Nur Ÿahán ("Luz del
Mundo"), la esposa favorita de Ÿahangir.
Durante el reinado de Ÿahangir llegaron al
Imperio mogol, los primeros enviados británicos: el capitán William Hawkins, que
permaneció entre 1609-1611, y sir Thomas Roe (1581-1644), embajador en Agra
(1615-1618).
Shah Ÿahan
Shah Ÿahán logró reconquistar Ahmadnagar y
Kandahar, pero fracasó en la conquista de Balj (hoy Afganistán) y Bujara (hoy
Uzbekistán). Su reinado fue brillante y es considerado el último de los grandes
soberanos mogoles. Hacia 1567, Shah Yahán cayó gravemente enfermo. Por esta
razón designó a su hijo mayor Dará Shikoh (1615-1659) como su heredero. Pero el
poder fue usurpado por su tercer hijo, Muhiuddín Muhammad (1618-1707), que sería
conocido por su apodo, Aurangzeb Alamgir. Este siniestro personaje hizo asesinar
a sus hermanos, uno tras otro, y encarceló a su padre Shah Ÿahán, quien murió en
cautividad en 1666. Aurangzeb se convirtió en un espantoso tirano. Durante su
reinado, dejó de lado a la exquisita tolerancia que caracterizó a sus
predecesores, promulgando decretos e impuestos discriminatorios contra los
hindúes. Estas y otras medidas, así como una interminable guerra contra los
marathas, socavó el poder del Islam en la India y abrió las puertas para la
conquista del subcontinente por parte de los europeos, particularmente por los
británicos. Al morir Aurangzeb en 1707, a los 89 años de edad, el Dominio Mogol
degeneró en la más absoluta anarquía. La invasión del conquistador persa Nader
Shah, iniciada en 1739, y el consecuente saqueo de Delhi, atomizaron el dominio
mogol en una multitud de sultanatos y nababatos independientes (algo así como
las "taifas de la India", si lo comparamos con la historia andalusí), que
facilitaron el avance y hegemonía de los colonialismos de Inglaterra y Francia.
EL ORIGEN DEL IMPERIALISMO BRITÁNICO
Es irreversible el daño infligido por las
potencias al legado cultural de los pueblos conquistados, pero el depósito
colectivo de la memoria popular no pueden erradicarlo ni el tiempo ni la
historia. En México y Perú los españoles conquistaron a principios del siglo XVI
las vastas y refinadas civilizaciones inca y azteca. Tras hacerse amos de los
millones de seres humanos, y provistos de bulas papales, los convirtieron por la
fuerza al cristianismo y les impusieron su idioma. Lo mismo hicieron los
portugueses en Brasil. En Africa los británicos, los holandeses y portugueses
capturaron, cargaron de cadenas, bautizaron y embarcaron a veinte millones de
hombres adultos, mujeres y niños para venderlos como esclavos en las Américas,
adonde sólo llegaron vivos doce millones de ellos. Y también impusieron sus
leyes y sus idiomas en las tierras conquistadas.
Cuando los europeos llegaron a Oriente, éste
era un mundo islámico. Los ingleses arribaron a la India musulmana a comienzos
del siglo XVII, y siguiendo los pasos de los portugueses, llegados a Calicut en
1498 buscando «cristianos y especias», así como a los holandeses, que habían
enviado una flota a Oriente en 1595. Bajo el régimen relativamente benévolo e
ingenuo de los emperadores musulmanes mogoles, como Akbar, Ÿahangir y Shah
Ÿahán, los británicos fueron edificando las bases de su futuro imperio,
desarrollando su comercio y compitiendo con sus rivales los portugueses, los
franceses y los holandeses. Sus colonias se reducían a unos cuantos kilómetros
cuadrados en la isla de Bombay y la ciudad de Madrás y algunas factorías en la
bahía de Bengala hacia 1625.
Hasta cincuenta años después de la muerte de
Aurangzeb (1707) los mercaderes ingleses se abstuvieron de políticas y de
guerras. Aunque hábiles para el comercio, los funcionarios de la Compañía
Inglesa de las Indias Orientales no tenían formación política ni militar. Pero
después de la batalla de Plassey (Palasi), el 23 de junio de 1757, cuando Lord
Clive (1725-1774), gracias a la traición del general Mir Ÿafar, venció al
ejército del nabab musulmán de Bengala, Siraj ud Daulah (1731-1757), la Compañía
cambió su perfil mercantil para convertirse en una potencia militar colonizante
(cfr.Donald Featherstone: Plassey 1757. El gran día de Clive en la India,
Ediciones del Prado/Osprey, Madrid, 1996).
Al taimado Lord Clive, tristemente célebre por
sus crímenes y estafas (quien se suicidó en Londres víctima de sus
remordimientos), sucedióle Warren Hastings (1732-1818), igual a Clive en arrojo
y osadía, superior en delincuencia y bandolerismo. Para someter a las masas
humanas de la India y saquearlas, emplearon los ingleses los mismos métodos
crueles que los españoles con los habitantes de México y Perú. Sin embargo,
Warren Hastings dejó muy atrás a Cortés y a Pizarro. Después de haber cometido
mil execrables fechorías, vendió al soberano mogol Shah Alam II (que gobernó
efímeramente entre 1759-1806), en 25 millones de rupias dos provincias que no
pertenecían a Inglaterra y, además, le alquiló por otros 10 millones una brigada
inglesa para someter a los vendidos que, indignados, protestaban por la venta.
Sabedor Hastings de que las princesas musulmanas de Auda, madre y viuda de un
poderosísimo nabab, poseían un tesoro de 75 millones de rupias, se apoderó de
ellas, las torturó, las violó personalmente, y las tuvo sin comer hasta que ya
moribundas le entregaron 30 millones. Por éstos y parecidos procedimientos
extrajo a los hindúes unos 600 millones al año. El tratado de Mangalore de 1784,
vencidos los marathas y el caudillo musulmán mysoreano Haidar Alí (1722-1782),
entregó la India a Inglaterra, quedando Francia fuera de la competencia. Al año
siguiente, en 1785, el gobierno británico llamó a Hastings a dar cuenta de sus
actos. La Compañía Inglesa de las Indias Orientales, agradecida con su
benefactor, pagó los gastos del juicio que duró diez años, que ascendieron a
cien mil libras esterlinas, le regaló otras cien mil, y le fijó una pensión de
setenta mil libras esterlinas anuales para premiar sus servicios. El Parlamento
de Westminster le absolvió, "porque si bien era verdad que había sido un
criminal, sus crímenes habían sido provechosos para Inglaterra". Murió poco
después, riquísimo, respetado y elevado por el Estado a la más alta categoría.
Para hacer comparaciones, por esa misma época un desconocido capitán de fragata
de la marina real, llamado Horatio Nelson (1758-1805), percibía por mes 28
libras esterlinas de salario, un simple marinero de su barco una libra y media
por mes lunar, y los pajes o grumetes cuya edad oscilaba entre 10 y 13 años (que
servían con pólvora y balas a la artillería) ganaban un total de cuatro libras
anuales...
Solamente entre 1757 y 1780, por su
explotación de sus posesiones en la India, la Compañía Inglesa obtuvo ganancias
por 38 millones de libras esterlinas. Compárese estas cifras con la suma de un
millón de libras esterlinas del préstamo concedido por la corona británica al
presidente argentino Rivadavia a través de la casa Baring Brothers en 1824, y
que Buenos Aires recién pudo saldar en 1904 (cfr. José María Rosa, Defensa
y pérdida de nuestra independencia económica, Peña Lillo Editor, Buenos
Aires, 1980, págs. 63-68).
La opinión de Chomsky
Dice el sociólogo y escritor norteamericano
Noam Chomsky, en su obra Año 501. La conquista continúa,
Libertarias, Madrid, 1993, pág. 21:
«Dos historiadores ingleses de la India,
Edward Thompson y G. T. Garrett, describieron la historia temprana de la India
británica como "quizás el punto culminante de la corrupción a nivel mundial":
"una avidez de oro sin igual desde la histeria que se adueñó de los españoles de
los tiempos de Cortés y de Pizarro colmó la mente inglesa. Bengala, sobre todo,
no volvería a conocer la paz hasta que se le hubo extraído hasta la última gota
de sangre". Es indicativo, comentan, que una de las palabras indostaníes que ha
pasado a formar parte de la lengua inglesa es "loot" (pronunciar lut), esto es,
saqueo o pillaje.
El destino de Bengala pone de manifiesto
elementos esenciales de la conquista mundial. Hoy día, Calcuta y Bangladesh
simbolizan la miseria y la desesperación. Los guerreros mercaderes europeos, por
el contrario, vieron en Bengala una de las presas más valiosas del mundo. Un
visitante inglés temprano la describió como "una tierra maravillosa, cuyas
riquezas y abundancia ni la guerra, ni la pestilencia ni la opresión podrían
destruir". Mucho antes, el viajero marroquí Ibn Batuta había descrito a Bengala
como "un país de gran extensión, en el cual el arroz es extraordinariamente
abundante. De hecho, no he visto región alguna en la tierra donde las
provisiones sean tantas". En 1757, el mismo año de Plassey, Clive describió el
centro textil de Dacca como "tan amplio, populoso y rico como la ciudad de
Londres"; para 1840, su población se había reducido de 150.000 a 30.000
habitantes, según declaró Sir Charles Trevelyan ante el Comité de la Cámara de
los Lores, "y la jungla y la malaria avanzan rápidamente... Dacca, el Manchester
de la India, ha pasado de ser una población floreciente a convertirse en otra,
muy pobre y pequeña". En la actualidad es la capital de Bangladesh».
El historiador francés Pierre Meile en su
trabajo Historia de la India (Eudeba, Buenos Aiers, 1962, págs.
92-93), señala igualmente:
«La destrucción del artesanado hindú,
comenzada con los malos tratos a los tejedores, y la baja compulsiva de precios
se completaron por la competencia de las fábricas de Manchester. Los inventores
habían trabajado febrilmente para imitar los diversos tejidos índicos, sobre
todo los estampados (tela de Jouy) y en esos años cruciales del final del siglo
XVIII los procedimientos mecánicos estuvieron a punto en Manchester; desde
entonces, gracias al vapor, comenzó la producción en gran escala. El deseo de
liberarse de las importaciones de la India —contra las cuales no bastaba el
proteccionismo— había estimulado los comienzos del maquinismo.
Pero este maquinismo no hubiera sido posible
sin aporte de capitales: los empleados de la Compañía, vueltos de las Indias,
enriquecidos, para vivir de sus rentas en Inglaterra, buscaron oportunidades
para colocarlos; sus familias, sus herederos, quedaron como rentistas, formando
una burguesía acomodada.
De estas comprobaciones se desprende que, si
Inglaterra estuvo a la cabeza de la revolución industrial y tuvo sobre los otros
países un adelanto que conservó casi más de un siglo, lo debió por varias
razones a la India. Por lo tanto, callar el aporte de la India es falsear la
perspectiva de los hechos europeos y el fundamento mismo de las teorías
económicas: pues, si Inglaterra pudo erigirse en campeón del liberalismo
económico, fue porque se había asegurado ya ese desahogo y ese avance técnico;
sólo en 1786, en el momento en que digería sus millones de Bengala, ‘ofrece’ a
Francia un tratado de libre cambio, destinado solamente a inundar el mercado
francés con sus algodones.
Partidaria de la libertad económica en Europa,
Inglaterra practicaba al mismo tiempo en la India no solamente el trabajo
forzado, sino, sobre todo, la cotización monetaria forzada. Es singular que se
haya pasado por alto este hecho. En el curso del siglo XIX, no contento con los
mercados europeos, Manchester impuso sus tejidos en el mercado índico (el
algodón de la India emprendía un curso de ida y vuelta), exigió tarifas
aduaneras preferenciales, y más tarde luchó contra la industria índica naciente.
El trastorno introducido en la economía de la
India fue considerable: el abate Dubois (1825) ha pintado en términos punzantes
la miseria y la desaparición de los tejedores indos. Siguió a esto toda una
redistribución de clases sociales, un flujo abusivo de mano de obra en la
agricultura, un empobrecimiento general del país».
Aunque satisfechos con sus primeros éxitos,
los británicos temían el fuego escondido del Islam, avivado por el movimiento
revolucionario de Shahh Waliullah (1703-1762). Este gran hombre de letras y
teólogo de Delhi, autor de la obra Asrar al-Din (Los secretos de
la fe) y de una célebre traducción del Corán al persa, que había visitado el
Hiyaz, en la península arábiga, donde se encuentran las ciudades santas del
Islam, La Meca y Medina, en 1730, y estudiado las condiciones de Europa, Africa,
Turquía e Irán, vio las sombras de la decadencia que se cernían sobre el mundo
musulmán, a principios del siglo XVIII. A su regreso al Indostán en 1732 dio la
voz de alarma frente al peligro de las potencias europeas, a las que llamaba
«estrellas que brillan en la oscuridad como ojos de serpientes».
La resistencia islámica en la India finalmente
fue quebrada con la derrota y muerte del sultán Tipu, el Tigre de Mysore
(1750-1799), el hijo de Haidar Alí, ocurrida en la ciudad de Seringapatam, cuya
gesta y biografía detallada recomendamos consultar en el artículo de R.H.
Shamsuddín Elía: La epopeya de Tipu Sultán, el Tigre de Mysore, en la
revista El Mensaje del Islam número 12, Buenos Aires, mayo de
1996, págs. 4 a 26.
Desde 1799 hasta 1947, la bandera inglesa
ondearía desde Cachemira a Ceilán, desde Bengala a Baluchistán, un inmenso
territorio de cinco millones de kilómetros cuadrados. Lo que había sido el reino
de la concordia, la paz y la integración de culturas y religiones tan diversas,
como hinduístas, zoroastrianos, budistas, fetichistas, cristianos católicos y
hasta ortodoxos armenios, bajo los gobiernos islámicos de los Grandes Mogoles,
en los siglos XVI y XVII, y de los sultanatos de Bengala y Mysore en el siglo
XVIII, se convirtió en el reino del terror, la represión y la colonización
cultural bajo los británicos en los siglos XIX y XX.
Con el advenimiento del benthamita William
Bentick (1774-1839) al cargo de Gobernador General de la India (1825-1835), se
completó el cuadro de la «britanización» con la implantación del ideario
occidental a través de la enseñanza, a fin de realizar, con la típica arrogancia
e hipocresía imperialista inglesa (que olvidaba las situaciones de ignorancia e
inmoralidad imperantes en su propio país) «nuestro deber moral con la India»,
según palabras del propio Bentick. Así, el inglés fue proclamado idioma oficial,
quedando abolido el persa, lo mismo que el árabe y el sánscrito, lo que fue
resistido por los musulmanes e hindúes por igual.
Por entonces ya se había oficializado la
palabra india Raj (pronunciar radch o raÿ) para designar al dominio británico en
el Indostán. Raj significa «gobierno» (equivalente al término inglés rule).
Los británicos adoptarían diversas palabras indias y hablarían una especie de
dialecto anglo-hindú en que serían sobresalientes términos como sahib
(señor europeo considerado superior al indio), memsahib (dama europea
casada), etc. Véase el exhaustivo trabajo de C. A. Bayly: The Raj. India and
the British 1600-1947. National Portrait Gallery Publications, Londres,
1991.
LA GRAN INSURRECCIÓN DE 1857
Cuando la Compañía Inglesa de las Indias formó
su ejército colonizador a mediados del siglo XVIII, lo hizo reclutando
principalmente a voluntarios hindúes y musulmanes provenientes de regiones tan
distanciadas como Bihar, Oudh, Afganistán, Bengala y Rajastán. Estos soldados
mercenarios recibieron el nombre de cipayos, de la palabra persa sepahi,
soldado (sepah: cuerpo de ejército). Los británicos tradujeron sepoy,
y los franceses spahi, y de allí fue castellanizado cipayo. El término
con el tiempo se comenzó a utilizar para identificar a cualquier persona que
defiende los intereses del invasor o colonialista.
Aunque el núcleo del ejército de la Compañía a
comienzos del siglo XIX estaba constituido por regimientos británicos
específicamente alistados para servir en la India, rara vez hubo más de cuarenta
mil soldados británicos en todo el subcontinente. La India poblada por más de
150 millones de seres humanos por esa época, quedó al servicio de la Compañía
Inglesa gracias a 200 mil soldados hindúes, los cipayos.
Los problemas entre los cipayos comenzaron
cuando éstos comenzaron a ser utilizados para reprimir o colonizar territorios
de ultramar. En 1824 estalló un serio motín entre los regimientos de cipayos que
iban a ser transportados por mar a Rangún, para combatir a los rebeldes
birmanos. En 1842, durante la primera guerra de los británicos contra los
afganos, más de 16 mil invasores fueron exterminados en las batallas de Kabul (6
de enero) y Gandamak (13 de enero). De un total de cuatro mil británicos y 12
mil cipayos indostanos hubo un solo sobreviviente, el cirujano Brydon, que llegó
ciego al puesto de Jalalabad, escena evocada por el famoso óleo de Lady Butler,
The Remnants of an Army (Los restos de un ejército), en 1881, exhibido
actualmente en la Tate Gallery de Londres.
Esta rotunda victoria de los musulmanes
afganos caló hondo en los regimientos cipayos de la India y allanó el camino
para el levantamiento que ocurriría quince años después.
En 1843 se montó una nueva campaña a fin de
conquistar la región del Sind, pero varios regimientos cipayos se negaron
terminantemente a emprender la marcha. A pesar de todo, el Sind fue arrasado por
los británicos. Los crímenes y fechorías allí cometidos fueron tales que el
propio general inglés Sir Charles James Napier (1782-1853), conquistador del
Sind, que había combatido contra Napoleón en Waterloo, confesó en sus memorias:
«En la India, los ingleses siempre han sido los agresores... Nuestro objetivo
al conquistar la India, el objeto de todas nuestras crueldades, no fue otro que
el dinero. Se dice que de la India se han obtenido unos mil millones de libras
esterlinas en los últimos noventa años (1755-1845). Cada uno de estos chelines
se ha extraído de un charco de sangre; se ha limpiado a conciencia y ha ido a
parar a los bolsillos de los asesinos. Sin embargo, por mucho que se limpie y se
seque ese dinero, esa maldita mancha no saldrá nunca» (Edward Rice, El
Capital Richard F. Burton, Siruela, Madrid, 1990, pág. 106).
La chispa que encendió en febrero de 1857 la
yesca del descontento entre los cipayos fue la introducción en el ejército
anglo-hindú del nuevo rifle Enfield, que contaba con un nuevo cartucho. Y es que
este nuevo sistema unía la pólvora y la bala en un cartucho de papel engrasado,
a fin de conservar seco su contenido. Para cargar el arma, el soldado abría el
cartucho con los dientes y embutía el contenido por la boca del cañón. Los
cipayos al cabo de corto tiempo descubrieron que la grasa del nuevo cartucho
estaba hecha de una mezcla de sebo vacuno y de cerdo. La vaca, como sabemos, es
sagrada para los hindúes, y el consumo de cerdo está prohibido por la ley
islámica, de modo que difícilmente podría haberse inventado una mezcla más
ofensiva para un ejército que constaba por entero de musulmanes e hindúes. Es
muy probable que los británicos no tuvieran la intención de ultrajar a los
cipayos, ya que anteriormente se habían utilizado otras clases de grasas, como
la extraída de la cera de abeja, y el nuevo cartucho era un experimento que no
se había distribuido en otras partes. Sin embargo, esto era otro ejemplo de la
torpeza británica y su incapacidad para tomarse en serio las creencias
religiosas de los cipayos.
Los británicos, confiando en su superioridad
racial y cultural, no se dieron tampoco cuenta de que beber alcohol, comer carne
de cerdo y de vaca, así como muchos otros de sus hábitos, como pasearse desnudos
ante sus subordinados, horrorizaban y repugnaban a los hindúes y musulmanes por
igual. A medida que el clima iba haciéndose caluroso y la paciencia de los
cipayos estaba a punto de agotarse, todo el resentimiento almacenado por décadas
de ultrajes y humillaciones llevó a los cipayos al borde de la rebelión.
El 10 de mayo estalló la insurrección en
Meerut y luego se propagó a toda la India. Cuando los insurrectos llegaron a
Delhi, se plantaron bajo la ventana del palacio del emperador Bahadur Shahh II
(1775-1862), que hasta entonces había sido prisionero de los ingleses en el
histórico Fuerte Rojo. Le pidieron a gritos que se asomara y que aceptara sus
saludos en calidad de soberano musulmán, siendo que era el último descendiente
de los mogoles. Entonces Bahadur Shah (1775-1862), el último mogol, que era
además poeta, pronunció en persa esta descriptiva estrofa:
«Ni la guerra con Irán ni el Zar de Rusia
hicieron tanto para derrotar a los ingleses
como sus propios cartuchos».
Los feroces combates se sucedieron durante
casi tres años y hubo cerca de ocho millones de muertos, víctimas de la
represión británica, la hambruna y las pestes que ocasionó el conflicto. Y aquí
es necesario fijar un parámetro para medir la magnitud de la expoliación y los
crímenes del imperialismo anglosajón en el siglo XIX. Los dominios de Victoria I
(1819-1901), reina de Gran Bretaña e Irlanda y Emperatriz de la India (entre
1876 y 1901), se extendían a lo largo y a lo ancho de 32 millones de kilómetros
cuadrados (130 veces la superficie actual del Reino Unido). Las rebeliones de
los países sometidos dentro de tan vasto imperio (Afganistán, Australia,
Birmania, Egipto, India, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Sudán, etc.), y los
conflictos instigados por Londres, como las dos Guerras del Opio y la Guerra de
los Boxers en China, provocaron más de cien millones de muertos en un período de
sesenta años (1840-1900). Compárese estas cifras con los 120 millones de muertos
que produjo la conquista y colonización de las Américas por los españoles,
portugueses, ingleses, franceses y holandeses durante casi 400 años, incluidos
los indios masacrados por los norteamericanos entre 1800-1890, y veremos que los
británicos fueron los imperialistas más genocidas y depredadores de la historia,
dejando muy atrás a otros criminales notorios, como los asirios, los romanos,
los mongoles y los nazifascistas. Y lo más grave de todo esto es que esa misma
civilización, que hace dieciséis años continuó asesinando fríamente a seres
humanos en las Islas Malvinas y el Atlántico Sur, es la que proclama ser la cuna
de la democracia, el respeto de los derechos humanos y la libertad de expresión.
Sin lugar a dudas, no se equivocó el poeta español León Felipe Camino
(1884-1968) cuando en sus versos calificó a Inglaterra de raposa. Véase sobre el
particular, el excelente estudio del historiador y diplomático indio Kavalam
Madhava Panikkar (1895-1963): Asia y la dominación occidental. Un examen de
la historia del Asia desde la llegada de Vasco da Gama (1498-1945), 2ª
parte: "La edad de la conquista 1750-1858". I. Indias y las islas, Eudeba,
Buenos Aires, 1966, págs. 85-116).
Volviendo al alzamiento de 1857, éste estuvo
liderado por hindúes y musulmanes como Nana Sahib (1820-?), Firuz Shah (muerto
en La Meca en 1877), las heroínas musulmanas Hazrat Mahal y la Begum de Oudh,
Ramachandra Panduranga, más conocido como Tantia Topi (1819-1859), Muhammad
Bakht Khan (1797-1859) y Lakshmi Bai, la guerrera Rani de Jhansi, muerta
heroicamente en combate en Kitahki-Serai, cerca de Gwalior (Madhya Pradesh), en
1858.
Las espantosas matanzas llevadas a cabo por
los británicos para poner fin a la rebelión horrorizaron a los propios europeos.
Los patriotas indios sobrevivientes fueron condenados a trabajos forzados en las
islas Andamán, donde murieron de penalidades y enfermedades. Los testimonios de
algunos ingleses con reputación son por demás elocuentes. Por ejemplo, Sir
Alfred Lyall escribió a su padre: «Estoy bastante bien ahora y me dispongo a
salir hacia Delhi mañana por la mañana a las 4, a fin de disfrutar el
espectáculo de la ciudad imperial de los musulmanes en ruinas...» (citado
por Mortimer Durand en The Life of Rt. Honorable Sir Alfred Lyall,
Londres, 1918, pág. 70); y en el Diario de Sir William Howard Russell
(1820-1907), corresponsal de guerra del Times en la India entre 1858 y 1859:
«Se ha propuesto con encarecimiento que destruyamos la Mezquita Mayor (en
Delhi)... La realidad es que son los elementos musulmanes de la India quienes
nos causan más dificultades... Nuestro antagonismo con los seguidores de Mahoma
es mucho más fuerte que el de los adoradores de Shiva y Visnú. Indiscutiblemente
son más peligrosos para nuestra soberanía... Si pudiéramos erradicar mediante un
vigoroso esfuerzo las tradiciones y destruir los templos de Mahoma,
indudablemente prestaríamos un gran servicio a la Corona de Inglaterra»
(Véase My Diary in India, Warner & Routledge, Londres, 1860, págs.
77-79).
Los victoriosos británicos celebraron una
orgía de sangre y terror que sus historiadores omiten, pero que ha sido
recordada por un testigo presencial, Bahadur Shah II, el último gobernante
musulmán de la India, encarcelado y paradójicamente acusado de ‘traición’ en una
farsa judicial montada por los usurpadores de su patria, quienes lo desterraron
a Birmania junto con todos los descendientes masculinos sobrevivientes. El
historiador musulmán indio Mahdi Husain, en su obra Bahadur Shah II and the
War of 1857 (Delhi, 1958), rescata uno de sus patéticos poemas:
«Violadas las gentes de Hind
nadie envidiará su suerte.
A quienes halló justos y libres
pasó por la espada
el amo del día presente».
EL LEGADO CIENTÍFICO
Los grandes adelantos y descubrimientos que
alcanzados por los indios musulmanes permitieron la evolución de la ciencia en
los terrenos de la ingeniería, la mecánica, la hidrostática y la tecnología.
Tanto los sultanes de Delhi como los grandes mogoles se ocuparon de mejorar los
ingenios mecánicos. Trece ilustraciones del Sirat-i Firuz Shahhi, escrito en el
reinado Firuz al-Tugluq (1308-1388), explican ingenios mecánicos como malecones
y las poleas que se usaron para trasladar un enorme pilar de piedra hecho por el
rey Asoka en el siglo III antes de Cristo, desde la ciudad de Topra hasta
Firuzabad.
El padre jesuita Monserrate vio a Akbar
trabajando personalmente con máquinas y dirigiendo nuevos inventos mecánicos.
Todos los primeros días del mes de Muharram (primer mes del calendario lunar
islámico), y en otras ocasiones solemnes, Hakim Fath Allah, importante
astrónomo, científico y filósofo de la ciudad persa de Shiraz, que murió en 1589
en la corte de Akbar, solía mostrar sus últimos inventos mecánicos. Este sabio
notable escribió también libros en los que se examinaban inventos y conceptos
mecánicos, así como también la fuerza del movimiento. En la ciudadela de
Fatehpur Sikri y en el mausoleo Taÿ Mahal se elevaba mecánicamente el agua hasta
tanque situados a una altura de más de noventa metros por encima de su fuente
para distribuirla a continuación por los jardines.
Para no hacer esta evaluación muy prolongada,
dado el escaso tiempo disponible, concluiremos citando una obra importantísima
de anatomía publicada en el siglo XIV por otro persa, Mansur Ibn Muhammad,
fincado en Cachemira (Kashmir), llamada Kifaya-i muÿahidiyya.
Yusuf Ibn Muhammad de Herat (hoy Afganistán), secretario de Humayún, compiló una
obra que contiene prescripciones y remedios para todas las enfermedades.
La medicina islámica persa se difundió en la
India desde el siglo XIV con la "Anatomía ilustrada" (1326) de Muhammad Ibn
Ahmad Ilias. Ya en el siglo XV, Mansur Ibn Faqih Ilias escribió un famoso
tratado de anatomía en persa, el Tashrih-e Mansurí ("La anatomía de
Mansur"), dedicado al príncipe musulmán indio Pir Muhammad Bahadur Jan. Ain
al-Mulk de Shiraz, dedicó su «Vocabulario de las drogas» (al-Alfaz
al-adwiya) al soberano mogol Shah Ÿahán; del mismo modo ostenta el nombre de
un príncipe mogol la obra Tibb-e Dara Shikohi ("Medicina de Dara
Shikoh"), última gran enciclopedia médica musulmana. Dara Shikoh (1615-1659),
hijo de Shah Ÿahán, fue un erudito que intentó conciliar las filosofías y
místicas del Islam y el Hinduismo.
EL LEGADO ARQUITECTÓNICO
Los edificios de la India musulmana son
mayoritariamente de influencia irania, aunque combinada con motivos hindúes. El
resultado de arte mestizo es extraordinario por su singularidad y belleza. Babur
introdujo en el diseño de jardines un estilo convencional y ceremonioso. En Agra
se conservan aún restos de su Aram Bagh, dominado por un pabellón.
La tumba de Akbar, en Sikandra de Agra, fue
comenzada por él mismo y terminada por su hijo Ÿahangir. Levantada sobre una
alta base, esta tumba consta de tres galerías porticadas en progresión
decreciente y con pequeños pabellones, algunos de los cuales tienen tejados
piramidales.
El Taÿ Mahal
Con Shah Ÿahán culmina arquitectónicamente el
arte mogol. Se levanta el edificio más significativo de este período, el Taÿ
Mahal ("Corona del Palacio"), en la ciudad de Agra (196 kilómetros al sur de
Delhi), en la orilla occidental del río Ÿamuna. Fue construido entre 1632 y 1654
en honor de la amadísima esposa de Shah Ÿahán, Arjumand Banu Baigam, a la que el
soberano llamaba Mumtaz Mahal o «Perla del Palacio», madre de catorce de
sus hijos y ensalzada por su caridad y belleza, que falleció en 1631.
La presencia de artistas de la India, Irán y
Asia Central en la construcción de este conocido mausoleo, que por sí solo
identifica a la India ante los ojos del más simple de los habitantes del
planeta, hizo que en él se combinaran armoniosamente las tradiciones de estas
tres áreas culturales.
A pesar de haberse manejado el nombre de
varios arquitectos, el verdadero creador del edificio es el propio soberano
mogol. En su construcción participaron más de veinte mil personas. Se edificó
sobre un rectángulo de 508 x 304 metros.
Su modelo respeta la tradición persa. del
chahar bagh (jardín cuatripartito o crucero dividido mediante canales que
simbolizan los cuatro ríos del Paraíso islámico), cuya parte central está
ocupada por una construcción del tipo hasht behesht (literalmente en
persa, «Ocho Paraísos»: pabellón radialmente simétrico generalmente octogonal,
con una estancia central de dos pisos), pretendiendo emular el Paraíso islámico.
Se cubre con doble cúpula, bulbosa al exterior, que alcanza los 56 metros de
altura, enmarcada por cuatro chattri (pabellón decorativo de estilo indio
mogol; término que deriva del persa, con el significado de "sombrilla") y otros
tantos alminares que completan la perfecta armonía del trazado geométrico del
edificio y de sus espectaculares superficies de mármol blanco translúcido.
El conjunto va flanqueado por dos
construcciones que sirven al mismo tiempo de contraste por su arenisca roja: una
casa para los visitantes al este y una mezquita al oeste. Singularmente
importantes, para comprender el Taÿ Mahal, son los jardines y estanques que lo
preceden, por el valor simbólico de los mismos.
Los cenotafios de la emperatriz Mumtaz Mahal y
de su esposo Shah Ÿahán, de mármol delicadamente recortado, están rodeados por
un elegante tabique del mismo material calado.
Y es muy significativo que el edificio más
extraordinario de la civilización indomusulmana esté dedicado a una mujer, lo
que habla muy bien de la posición digna y privilegiada que las damas siempre han
tenido en el Islam.
El escritor norteamericano Mark Twain,
seudónimo de Samuel Langhorne Clemens (1835-1910), que realizó un extenso viaje
por Asia, Africa y Europa entre 1895 y 1896, compenetrándose de la mística del
Islam y la sabidurías orientales, describió al principal monumento islámico de
la India como «una burbuja de mármol» (Mark Twain: Viaje alrededor del
mundo siguiendo el Ecuador, 3 vols., II. India, Laertes, Barcelona, 1992).
Un ocasional visitante del Taÿ Mahal escribió
el párrafo siguiente que transmite la sensación indescriptible que tuvo al
contemplar el maravilloso mausoleo: «Es la misma Mumtaz Mahal, radiante, de
juvenil hermosura, que vaga por las orillas del Yamuna al amanecer, expuesta al
ardor de los rayos solares o bañada por la claridad plateada de los rayos de la
luna».
Shahÿahanabad
Hacia 1639, Shah Ÿahán decidió trasladar su
capital de Agra a Delhi. La ciudad tenía muchas asociaciones para los musulmanes
piadosos. Durante mucho tiempo Delhi había sido un gran centro religioso. El
paisaje a su alrededor estaba sembrado de tumbas, mezquitas y santuarios, que
atraían a miles de peregrinos en los aniversarios de los santos musulmanes. Los
cimientos de la nueva ciudad, que debía llamarse Shahÿahanabad (en persa, "la
ciudad del rey del mundo"), empezaron el 29 de abril de 1639. Nuevo años más
tarde el nuevo palacio fortificado de Shah Ÿahán, el Fuerte Rojo, estaba listo
para ser ocupado. Shah Ÿahán construyó también en Delhi la Mezquita Ÿami‘ o
mayor, la mezquita comunitaria más grande de toda la India. Junto a ella
construyó hospitales y escuelas. En 1653, casi 2.600 hectáreas habían sido
cercadas dentro de las nuevas murallas de piedra arenisca roja de la ciudad.
Once puertas gigantescas por las que podían cruzar erguidos con su torrecilla (hauda)
los elefantes, proporcionaban puntos de entrada a la nueva ciudad, y las
murallas estaban rematadas por 27 torres. Shahÿahanabad (la Vieja Delhi de hoy)
se había convertido en una magnífica ciudad de 400 mil almas. Y fue allí en el
momento de mayor grandeza y progreso de la civilización islamo-india cuando
apareció la torva figura de Aurangzeb, sus intrigas y ambiciones, que acabaron
con todo lo bueno y lo noble que había construido con tanto esfuerzo su padre,
Shah Ÿahán. Prisionero de su maligno hijo, acabó sus días en la gran fortaleza
de Agra, construida por Akbar entre 1565 y 1571, contemplando con nostalgia y
embeleso la silueta del Taÿ Mahal, su obra incomparable, ubicada en la orilla
opuesta del Ÿamuna.
EL LEGADO ARTÍSTICO-CULTURAL
La civilización islámica de la India dejó
igualmente magníficas aportaciones en pintura, reflejadas principalmente en las
ilustraciones de libros y miniaturas.
La mogola fue la segunda de las escuelas
tributarias de la miniatura persa, aunque en su caso originó una estética
diferente, mucho más naturalista, hasta incluso realista. A lo largo del reinado
de la dinastía (1526-1858), las composiciones mogolas se caracterizan por su
vivacidad y en ellas los elementos constitutivos de las escenas son puestos en
relación los unos con los otros, más allá de la mera yuxtaposición. Las
miniaturas del Babur Nameh (Libro de Babur; véase Sir Lucas King: Memoirs of
Zehir-ed-Din Muhammad Babur, Oxford University Press, Londres, 1921) o las
del Akbar Nameh (Libro de Akbar) constituyen magníficos ejemplos de todo ello.
En el mundo islámico, la India fue asimismo la región donde arraigó el arte del
retrato. Como en Irán, los cánones del arte occidental (introducidos por los
grabados que difundieron, entre otros, los jesuitas) fueron integrados y
asimilados, especialmente en lo que respecta a la ejecución de la luz y la
atmósfera. En el siglo XVII, durante el reinado de Ÿahangir (1569-1607), la
miniatura se liberó de las limitaciones que le imponía el manuscrito y apareció
como obra independiente. Bajo esta forma fue reunida en álbumes.
Hacia 1567, Akbar ordenó a sus artistas que
preparasen un ejemplar ilustrado del Hamzanameh, la historia de las proezas
legendarias del aventurero Hamza Ibn Abdallah, de Sistán (Irán), que vivió en el
siglo VIII. Se encargó de la tarea un equipo de cien pintores, doradores y
encuadernadores bajo la supervisión de los pintores persas Saied Alí y Abd
as-Samad, que pertenecían a la escuela del ustad (en árabe, "profesor")
Kamaluddín Behzad (1455-1536), el famoso miniaturista timúrida que pasó sus
últimos años en la corte safaví. La obra, en doce volúmenes, tenía no menos de
1.000 pasajes ilustrados. Otros manuscritos ilustrados están llenos de vívidas
representaciones de plantas, flores, animales y gente. El estilo persa sirvió
únicamente de base para la pintura mogola de miniatura, la cual adquirió su
carácter distintivo gracias al talento de pintores indiomusulmanes que Akbar
supo seleccionar con mucha habilidad.
Igualmente, el arte mogol dejó magníficos
tallistas de piedras duras y semipreciosas, esmaltadores, damasquinadores,
trabajadores del marfil, incrustadores de nácar en ébano y también en la
fabricación de alfombras y tapices, estampados, telas de algodón, tejedores de
brocado de seda, cuero, pieles bordadas y los famosos chales de Cachemira.
Desde la hispánica Alhambra al Taÿ Mahal de la
India, el arte islámico cruzó todos los límites de lugar y tiempo, echó por
tierra las distinciones de raza y sangre, creando un carácter único y, sin
embargo, variado, y expresando todo con una profusa delicadeza jamás superada.
CONCLUSIÓN
Como palabras finales nos gustaría evocar
aquellas que utiliza el escritor escocés Thomas Carlyle (1795-1881) para el
epílogo de su ensayo Mahoma. El héroe como profeta, el cual dice así:
«La Arabia surgió a la vida por la fe de Mahoma: vino a ser para ella como una
resurrección de las tinieblas a la luz. Un pueblo de pastores enteramente
desconocido, vagando por sus desiertos desde tiempos inmemoriales, atiende la
voz de un profeta, la voz de un héroe, y cree en ella. Ese pueblo desconocido
llega después a llamar la atención del mundo entero; iguala y se impone a los
demás poderes, aún los más altos, pasa un siglo y veis a la Arabia en Granada,
de una parte, y de otra, en Delhi, resplandeciendo con la aurora del genio y con
los brillantes atributos del valor» (Thomas Carlyle: Los Héroes,
Porrúa, México, 1986).
R.H. Shamsuddín Elía
Profesor del Instituto Argentino
de Cultura Islámica
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