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LOS OTOMANOS
Esplendor y declive de una civilización
El Imperio Otomano duró aproximadamente desde 1299 hasta 1922,
y durante su mayor extensión territorial abarcó tres continentes, desde Hungría
al norte hasta Adén al sur, y desde Argelia al oeste hasta la frontera iraní al
este, aunque su centro de poder se encontraba en la región de la actual Turquía
A través del Estado vasallo del kanato de Crimea, el poder otomano también se
expandió por Ucrania y por el sur de Rusia.
Su nombre deriva de su fundador, el guerrero
musulmán turco Osmán (o Utmán I Gazi), que estableció la dinastía que rigió el
Imperio durante su historia (también llamada dinastía Osmanlí). Pero el
verdadero responsable del origen de los otomanos fue Ertugrul, padre de Osmán (1).
Expansión otomana
El primer Estado otomano era un pequeño
principado al noroeste de Anatolia, uno de los muchos insignificantes estados
que surgieron tras el hundimiento del anterior sultanato Selÿukí de Rum (ver
segunda nota del apunte sobre "Las Cruzadas"). Los historiadores disienten
sobre la relativa importancia de sus dos características principales: las
tradiciones tribales de los guerreros turco-mongoles que dominaron el Estado y
la influencia del Islam. El erudito Paul Wittek (véase la bibliografía), quien
destaca la influencia del Islam, afirma que el surgimiento del Estado otomano se
debió a la atracción de los gazis, o guerreros de la guerra santa en
defensa del Islam (ÿihad en árabe, gaza en turco), quienes se
unieron a los otomanos porque estaban dispuestos a desempeñar un papel
importante en la lucha contra el Imperio bizantino.
Las guerras incesantes y las alianzas
acertadas supusieron el éxito de los otomanos. Hacia 1325 capturaron Bursa, que
se convirtió en su capital y hacia 1338 habían expulsado a los bizantinos de
Anatolia. En ese mismo momento, los otomanos extendieron sus territorios hacia
el sur y el este a expensas de otros principados turcos, y en 1354 tomaron
Ankara en la Anatolia central. El mismo año los otomanos ocuparon Gallípoli
(actual Gelibolu) en el lado europeo del estrecho de los Dardanelos, que se
convirtió en la base de su avance posterior en el sureste de Europa. En 1361 los
otomanos tomaron Adrianópolis (Edirne) que se convirtió en su nueva capital, y
hacia 1389, cuando Murad I derrotó a los serbios en la batalla de Kosovo (2),
los otomanos tomaron Tracia, Macedonia y gran parte de Bulgaria y Serbia.
La derrota otomana a manos del conquistador
mongol de Asia Central Tamerlán Timur en 1402, demostró ser el único
contratiempo para los otomanos, quienes rápidamente reconstruyeron, consolidaron
y aumentaron su poder. En 1453 el sultán Mehmed II conquistó Constantinopla
—luego llamada Estambul (3)— y la
convirtió en la tercera y última capital otomana. Las conquistas continuaron
durante el siglo XVI. Bajo el reinado del sultán Selim I (1512-1520), llamado
"el Severo" fueron derrotados los Safavíes persas de Irán (en la llanura de
Chaldirán, el 23 de agosto de 1514), región que, junto al este de Anatolia fue
añadida al Imperio; en 1516-1517 los mamelucos de Siria y Egipto corrieron igual
suerte y sus territorios acabaron también anexionados. Con las posesiones
mamelucas, los otomanos llegaron a los lugares sagrados musulmanes de Arabia y
también heredaron el interés mameluco por el mar Rojo y el océano Índico.
El hijo y sucesor de Selim, Solimán el
Magnífico (4), normalmente es
considerado como el mejor de los gobernantes otomanos. Durante su reinado Irak
fue añadido al Imperio (1534), se estableció el control otomano al este del
Mediterráneo, y, a través de la anexión de Argel y de las actividades de los
corsarios de Berbería, el poder otomano fue empujado hacia el oeste del
Mediterráneo. También Solimán llevó a los ejércitos otomanos hasta Europa:
Belgrado fue capturada en 1521 y los húngaros fueron derrotados en la batalla de
Mohács (5) en 1526. En 1529 Solimán
llevó a cabo el sitio de Viena (6) sin
éxito, ya que fue derrotado por Fernando I de Habsburgo, quien conservó algunas
fortalezas húngaras. Pero la invulnerabilidad del Imperio otomano quedó puesta
de manifiesto en 1571 con la importante derrota de su flota en Lepanto, a manos
de la Liga Santa formada por el Papado, Venecia y la Monarquía Hispánica (cuyo
rey era en ese fecha Felipe II).
Instituciones otomanas
La principal ocupación del Estado otomano era
la guerra, según sugiere la relación anterior de conquistas, y su institución
más importante era su Ejército. Las primeras fuerzas otomanas estaban compuestas
por una caballería turca (espahíes o sipahis) pagada a través de
concesiones de ganancias del gobierno (normalmente ganancias en tierras)
conocidas como timares. Cuanta más tierra era conquistada, más ingresos
tenían los gazis turcos musulmanes. Pero la caballería ligera gazi
no era suficiente para la guerra constante, y desde mediados del siglo XIV los
otomanos comenzaron a reclutar otras tropas asalariadas de mercenarios,
esclavos, prisioneros de guerra y (desde mediados del siglo XV) una leva (devshirme)
de jóvenes cristianos de los Balcanes. A partir de estas nuevas fuerzas (las
kapikulli) surgió la famosa y muy disciplinada infantería otomana, cuyos
miembros eran conocidos como los jenízaros (7),
que fue el factor principal de los éxitos militares otomanos desde finales del
siglo XV en adelante. Los otomanos también crearon un cuerpo especialista de
artillería e ingenieros.
La administración otomana operaba en función
de las necesidades de estas fuerzas. La administración provincial era
fundamentalmente un sistema de distritos militares regidos por oficiales cuya
principal obligación era reunir timariotas para las campañas. Gran parte
del trabajo de la administración central era la obtención de los fondos y
suministros necesarios para las fuerzas kapikulli. Se construían
carreteras y puentes para facilitar el movimiento de tropas. En su apogeo, la
administración fue muy eficiente. La administración central estaba compuesta por
tres partes fundamentales: la extensa casa del sultán; los departamentos
gubernamentales agrupados bajo el control del gran visir, suplente del sultán en
todos los asuntos de Estado; y la institución religiosa musulmana compuesta por
funcionarios musulmanes preocupados por la educación y la legislación, agrupados
bajo la jefatura suprema del sheij al-islam. Los más importantes de éstos
eran los cadíes (qadi singular, qudat plural), que se ocupaban de
la administración local y del derecho penal. Antes del siglo XVII, los
musulmanes libres servían principalmente como sipahis o en la institución
religiosa; el resto de la administración del Estado estaba compuesta
principalmente por cristianos convertidos al Islam que eran reclutados en forma
de fuerzas militares kapikulli. Su situación jurídica era la de esclavos
del sultán, aunque la palabra «esclavo» no tenía las connotaciones de esclavitud
doméstica o de asignación que tiene en Occidente. Para los europeos
contemporáneos parecía que el Estado otomano carecía de aristocracia y estaba
regido por hombres elegidos por sus méritos y su lealtad total al sultán. La
administración utilizaba un idioma (la lengua turca otomana) con gramática turca
y vocabulario principalmente árabe y escrito en caracteres arábigos (8).
La mayoría de las demás funciones realizadas
por los estados modernos se dejaban a instituciones no gubernamentales. La
población del Imperio otomano era una mezcla cultural, lingüística y religiosa.
La mayoría de la población de las provincias europeas era cristiana y pertenecía
a la Iglesia ortodoxa, muchos de los cuales aceptaron el dominio otomano porque
era menos oneroso que la dominación católica. En Tracia, Macedonia, Bulgaria y
Albania había un extenso asentamiento musulmán, y en Bosnia se produjo una
conversión en masa al Islam. Los musulmanes también predominaban en algunas
ciudades. En las provincias asiáticas sucedía lo contrario: la mayoría de la
población era musulmana aunque había muchos cristianos en las ciudades; en
Anatolia había cristianos griegos al oeste y armenios al este, y grupos
numerosos de cristianos en Siria y Egipto. El pueblo estaba organizado de dos
modos. Con fines económicos se agrupaba en tribus, villas así como en gremios en
las ciudades. El mayor número estaba compuesto por campesinos, quizá el 15% de
la población eran habitantes de las ciudades y una proporción bastante superior
nómadas o seminómadas. Con fines sociales la población se organizaba en
comunidades religiosas que posteriormente se denominarían millets. Muchos
musulmanes pertenecían a órdenes místicas sufíes El gobierno trataba con los
jefes de las distintas comunidades religiosas y dejaba a las comunidades
ventilar sus propios asuntos. Los jefes de las comunidades religiosas, por
tanto, constituían una clase de intermediarios entre el gobierno y el pueblo.
Los grandes terratenientes, los jefes tribales y otras personas actuaban de
forma similar y se les conoció como notables (a’yan). Durante sus
primeros tres siglos, el Imperio otomano fue próspero, y esta prosperidad se
reflejó en el desarrollo de una brillante cultura: música, literatura
(especialmente historia, geografía y poesía), pintura y, sobre todo,
arquitectura, cuya mejor representación está en la mezquita de Solimán en
Estambul, construida por el gran arquitecto de Solimán, Sinán.
Decadencia otomana
Durante la mayor parte del siglo XVII el
Imperio otomano fue territorialmente estable pero durante los últimos años del
siglo, comenzando con el rechazo otomano en el segundo sitio de Viena (1683), el
Imperio sufrió una sucesión de derrotas militares, primero a manos de Austria y
posteriormente de Rusia en las Guerras Turco-rusas (9).
Con el Tratado de Iasi (1792), los otomanos, que ya desde 1774 habían perdido el
kanato de Crimea en favor de Rusia, perdían sus territorios al norte del Danubio
y todos los territorios al este del Dniéster también a manos rusas. En los demás
territorios europeos, y en Asia y África, había muchos gobernantes más o menos
autónomos sobre los que el gobierno central tenía poco control.
Hubo dos respuestas a esta decadencia por
parte de los otomanos. Por un lado, mantenían que la raíz del problema era que
las instituciones otomanas, comenzando por el Ejército, habían permitido la
merma del esplendor que había prevalecido en el siglo XV y la respuesta era
volver a la antigua situación. Por otro, el sector poderosamente representado
por la burocracia civil, creía que el problema era que los estados europeos
habían hecho avances militares que era necesario que los otomanos igualaran.
Durante el siglo XIX esta segunda opción dominó y el resultado fue el movimiento
de reforma otomana que comenzó durante el reinado de Mahmud II (1785-1839). Sin
embargo, se descubrió que la reforma militar necesitaba de cambios mucho más
trascendentales en el gobierno y, en última instancia, en la sociedad, a largo
plazo.
Reforma otomana
Mahmud II intentó abolir el antiguo Ejército y
sustituirlo por una nueva fuerza al estilo europeo. En 1826 acabó con los
jenízaros; se permitió que el ejército sipahi se derrumbara y los
timariotas fueron licenciados por el Estado hacia 1831. En su lugar fundó
una fuerza pagada, disciplinada y reclutada que se convirtió en el principal
instrumento de centralización política durante el último siglo del Imperio
otomano, y también en la principal inspiración para la modernización de otras
instituciones otomanas. Un ejército moderno era caro, debían pagarse impuestos y
era necesaria una burocracia más numerosa y eficaz para recaudarlos. Además, se
precisaba un sistema educativo moderno para suministrar oficiales al Ejército y
funcionarios al Estado. También se realizaron importantes reformas jurídicas e
importantes desarrollos en comunicaciones (telégrafo y ferrocarril). Todas estas
reformas costaban dinero y debían transferirse más recursos de instituciones no
gubernamentales al Estado. La oposición fue vencida por el nuevo Ejército.
Todavía no había suficiente dinero y desde mediados del siglo XIX los otomanos
comenzaron a solicitar préstamos en grandes cantidades al extranjero. Finalmente
(1875) el Imperio no puso interés en sus deudas y tuvo que aceptar cierto
control financiero europeo (1881).
Así, la centralización fue el principal asunto
tratado durante el Tanzimat, nombre dado al movimiento de reforma entre 1839 y
1878. También había otro segundo y contradictorio problema englobado en dos
famosos edictos (el Noble Edicto de la Cámara Rosa o jatt-i-sarif, de
1839, y el Edicto Imperial, de 1856). Dicho problema no era otro que el concepto
de liberalización, con el que se pretendía conceder a los ciudadanos derechos y
libertades más amplias, y en particular dar a los no musulmanes los mismos
derechos y deberes que a los musulmanes. En gran medida este segundo aspecto fue
impuesto a los otomanos por la presión de las grandes potencias europeas en
nombre de los cristianos otomanos como parte de la denominada Cuestión Oriental.
Las tensiones causadas por las reformas del
Tanzimat provocaron críticas tanto de quienes no querían el cambio,
considerándolo anti-islámico, como de quienes creían que las reformas no
llegarían lo suficientemente lejos y deberían acompañarse por una mayor
participación popular en el gobierno. En la década de 1860, un grupo de hombres
jóvenes conocidos como los Nuevos Otomanos, solicitaron una variedad de
reformas, incluida la petición de una constitución. En 1876, los ministros
reformistas promulgaron una Constitución, aunque fue anulada en 1878. Siguieron
una serie de conspiraciones revolucionarias por grupos conocidos normalmente
como Jóvenes Turcos, que culminaron en una revolución militar en 1908, con la
caída del gobierno despótico del sultán Abdulhamid II (1842-1918) y la
reinstauración de la Constitución. Los conspiradores militares estaban
relacionados con un grupo de oposición denominado Comité de Unión y Progreso,
que en 1913 tomó el control del Imperio y comenzó a introducir nuevas reformas
más radicales.
Colapso otomano
Durante el último siglo de su existencia, la
cuestión ante la que se encontraba el Imperio otomano era si a través de la
coerción y la conciliación podía mantenerse unido, hasta que los frutos de la
modernización satisficieran a los ciudadanos no musulmanes para que continuaran
formando parte del Imperio. En sus provincias europeas fracasó porque los
cristianos no acataban el poder otomano y las potencias europeas no permitían
que éste les coaccionara. Gradualmente las provincias se hicieron autónomas:
Grecia (1829), Serbia (1830) y los principados de Moldavia y Valaquia (actual
Rumania) que se unificaron en 1859. Grecia se independizó en 1830, Serbia,
Rumania y Montenegro en 1878, así como parte de Bulgaria. Hacia 1885 los
territorios otomanos en Europa se redujeron a Macedonia, Albania y Tracia, y
todos ellos, exceptuando Tracia, dejaron de pertenecer al Imperio como resultado
de las Guerras Balcánicas de 1912-1913. También los otomanos perdieron el
control del norte de África: Argelia fue tomada por Francia en 1830 y Túnez en
1881. Inglaterra ocupó Egipto en 1882 e Italia se anexionó Libia en 1912. Pero
los otomanos conservaron las provincias asiáticas e incluso aumentaron su poder
en Arabia. Aunque había algunas muestras de oposición nacionalista en las
provincias árabes, se limitaron a una pequeña minoría, y en 1914 no había
razones que hicieran pensar que el poder otomano no perduraría en Asia.
Paulatinamente, el otrora orgulloso Imperio se
convirtió en un mercado indispensable para Inglaterra y Francia. De hecho, tan
indispensable, que durante la Guerra de Crimea (1854) los otomanos fueron
salvados por Inglaterra y Francia, cuando fueron atacados por Rusia (10).
Por esa época. las potencias europeas comenzaron a llamar al Imperio otomano "el
Hombre Enfermo de Europa" (11).
El colapso y la extinción del Imperio otomano
fue consecuencia de la Primera Guerra Mundial. El gobierno cometió el error de
entrar en la guerra del lado de los Imperios centrales
, y la derrota de Alemania significó el final de los otomanos. Éstos no
tuvieron demasiados problemas durante los dos primeros años de la guerra, aunque
sufrieron derrotas a manos de Rusia al este de Asia Menor. Pero en 1917-1918,
cuando comenzaron en Irak y Siria nuevas ofensivas británicas, las fuerzas
otomanas comenzaron a declinar y tras la firma del Armisticio de Mudros (octubre
de 1918) los otomanos habían perdido todo menos Anatolia. Los otomanos se vieron
obligados a firmar el Tratado de Sèvres (1920), a través del cual no sólo
perdían las provincias árabes sino también sufrían la división de Anatolia. En
oposición a los planes aliados, y en concreto a la invasión de Izmir por Grecia
en mayo de 1919, surgió un movimiento nacionalista bajo el liderazgo de Mustafá
Kemal Atatürk (1881-1938); este movimiento llevó a cabo la resistencia armada
hasta que en 1922 los griegos fueron derrotados y expulsados de Anatolia y del
este de Tracia. El sultán se había comprometido por su aquiescencia con la
política de los aliados, y el 1 de noviembre de 1922 se abolió la dinastía
otomana y el Imperio llegó a su conclusión. Un año después fue sustituido por la
República de Turquía.
Conclusión
Es necesario mencionar las consecuencias de la
caída del Imperio otomano. Los estados balcánicos lo recordaban como un brutal
opresor, los liberales europeos lo denunciaron durante mucho tiempo como el
gobierno de una horda extranjera, los nacionalistas árabes lo acusaron de haber
frustrado el potencial árabe durante siglos, y los nacionalistas turcos lo
consideraban un recuerdo peligroso que amenazaba el movimiento progresivo hacia
la nueva república de neto corte prooccidental. Sus ideologías islámicas y
otomanas fueron desacreditadas.
Sin embargo, pese a estas apreciaciones
groseras de la historia, vale considerar que un sistema político que duró 600
años, más que el Imperio romano o el Imperio Británico, y controló una extensa
área, debió de tener algunas virtudes. Para los musulmanes era una cuestión de
orgullo y comodidad: el orgullo por sus primeras victorias, y la comodidad que
disfrutó como defensa frente al mundo no musulmán. Para los hombres de talento
representaba un foro a través del cual podían moverse con facilidad (y así lo
hacían) en la búsqueda de una vida mejor. Y para una gran variedad de pueblos
(en 1914 todavía 25 millones), de distintos idiomas, culturas y religiones, una
forma de vivir juntos con cierto grado de armonía. El movimiento de reforma que
intentaba asegurar la supervivencia del Imperio pudo haber sido la causa
principal de su destrucción. Pero los nuevos estados que sucedieron al Imperio
descubrieron que las ideologías de nacionalismo con las que se habían opuesto al
otomanismo, eran instrumentos difíciles con los que regir estados
multinacionales y causas de guerras y confictos interminables.
El legado otomano fue importante durante los
años siguientes. Había hombres educados tanto en el sistema otomano como en las
ideas del movimiento de reforma que regían los asuntos de la república turca y
eran líderes políticos de los estados árabes. Los movimientos de población y las
conversiones que se habían producido bajo el Imperio dejaron considerables
problemas a los estados sucesores, principalmente con respecto a los musulmanes
que vivían en los estados de los Balcanes. Sin embargo, el Imperio ha sido poco
estudiado y poco comprendido, principalmente debido a que se abandonó su idioma.
El turco otomano, para quienes lo leen, sigue siendo una clave, como el latín y
el griego clásico, para el estudio no sólo del Imperio sino también de una
civilización islámica muy característica.
LA ALIANZA FRANCO-OTOMANA CONTRA LA AMENAZA DE LOS HABSBURGOS
Francisco I (1494-1547), rey de Francia, era
de la dinastía de los Valois. En 1519 era uno de los candidatos al trono del
Sacro Imperio Romano, pero los electores imperiales eligieron a Carlos de
Habsburgo (Carlos V). Tras la expulsión de los franceses del ducado de Milán por
las tropas de Carlos V, apoyado por el papa León X y por Enrique VIII de
Inglaterra, Francisco volvió a embarcarse en una guerra contra Carlos en Italia,
pero fue derrotado y capturado en Pavía, el 25 de febrero de 1525. Encarcelado
en España, fue rescatado y regresó a Francia en 1527. Entre 1536 y 1538 y entre
1542 y 1544 tuvieron lugar otra serie de guerras contra Carlos V, que
finalizaron con la paz de Crépy (septiembre de 1544), por la que Francisco I
abandonaba Nápoles y Sicilia y renunciaba a Flandes y Artois. En este período
Francisco, aun cuando era católico, no dudó en aliarse con príncipes alemanes
protestantes y con turcos musulmanes.
En marzo de 1536 se firmó la Alianza formal
entre Solimán el Magnífico y Francisco I contra los Habsburgo. Esta alianza
venía preparándose desde 1525 y había llegado a un cierto grado de cooperación.
La alianza franco-otomana en realidad era contra la Liga Santa que reunía a los
Habsburgo, el Papa y Venecia, y su aliado oriental, los Safavíes
(paradójicamente de raza turca). Es cierto que el avance otomano contra Irán a
principios del siglo XVI había sido perjudicial para los persas. Pero también es
muy cierto que los safavíes, antes de esta respuesta aleccionadora, alentaron
desde época temprana a fanáticos sectarios como los Qizilbash ("cabezas rojas")
para desestabilizar la administración otomana y no hicieron nada para entablar
un diálogo islámico en pos de la unidad de acción contra los enemigos comunes de
los musulmanes en la región, especialmente de los portugueses. Por el contrario,
el Imperio otomano nunca conspiró en detrimento de los pueblos musulmanes y
defendió como pudo el Dar al-Islam ("las tierras del Islam"). Más tarde,
a fines del siglo XVI y principios del XVII, los safavíes con Abbás el Grande
(1571-1629) intentarían infructuosamente una alianza con los ingleses contra la
Sublime Puerta. Unos hermanos aventureros, Thomas Shirley (1564-1630), Anthony
Shirley (1565-1635) y Robert Shirley (1581-1628) viajarían a Isfahán y se
pondrían al servicio safaví pero con relativa fortuna. Pero para Isabel I de
Inglaterra (1533-1603) el enemigo número uno era España y los Habsburgo y
convirtió a su reino en un estado aliado de los otomanos, concertando una
alianza con el sultán Murad III (1546-1595), aquél que recuperó Fez de los
portugueses (1578) y tuvo una larga guerra contra Austria (1593-1606).
El flamenco Ghiselin de Busbecq (1522-1592),
embajador del emperador Fernando I de Habsburgo (1503-1564) en la Sublime
Puerta, testimonia el gran temor que tenía la Liga Santa de una hipotética
alianza de los musulmanes persas y turcos: «Sólo Persia se interpone a
nuestro favor, pues el enemigo, cuando se dispone a atacarnos, debe permanecer
atento a esta amenaza situada a sus espaldas... Lo único que hace Persia es
retrasar nuestro destino final; pero no puede salvarnos. Cuando los turcos
pacten con Persia, se lanzarán sobre nuestras gargantas, apoyándose en el poder
de todo el Oriente. No me atrevo a decir hasta qué punto llega nuestro
desamparo» (The Turkish Letters of Ogier Ghiselin de Busbecq, trad.
inglesa de Edward Seymour Forster, Oxford, 1922, pág. 112).
Otro embajador bien distinto, el de Francisco
I en Istanbul en 1543, el erudito francés Guillaume Postel (1510-1581), adquirió
allí diversos manuscritos islámicos y a su regreso redactó la primera gramática
del árabe clásico y creó la primera cátedra de árabe en París en 1549. Postel
aprendió a leer y a escribir el árabe, el hebreo, el etíope, el armenio y el
georgiano, y se convirtió en un estudioso de cuestiones místicas y esotéricas
(cfr. Guillaume Postel: Las claves de las cosas ocultas, Indigo,
Barcelona, 1997).
LA MARINA OTOMANA (1470-1669)
Si investigamos y analizamos concienzudamente
la historia del Islam encontraremos que siempre fueron los occidentales y no los
musulmanes quienes gestaron las guerras y conflictos, desde las Cruzadas
(1095-1291) hasta la invasión del Líbano (1983) y la Guerra del Golfo (1991),
pasando por la ocupación y expoliación de los territorios islámicos desde el
siglo XVI al XX. Un ejemplo típico fue un masacre perpetrada a comienzos del
siglo XV, cuando doce galeras al mando del «capitanio» veneciano Pietro Loredan
(m. 1439) —luego ascendido a almirante—atacaron a una escuadra otomana ante
Gallipoli, entre los Dardanelos y el mar de Mármara. Los prisioneros musulmanes
capturados en la refriega fueron ejecutados sobre la marcha.; incluso los
griegos e italianos que servían libremente a bordo de los navíos otomanos
resultaron hechos pedazos a golpes de hacha y maza. Hacia 1470, medio siglo
después, el sultán Mehmed II —conquistador de Constantinopla en 1453—se
desquitará de semejante afrenta, cuando envía trescientas galeras, «una selva
sobre el mar», al asalto de la gran base veneciana de Negroponto, en la isla de
Eubea, en la costa oriental de Grecia, la cual fue capturada por los efectivos
islámicos. La primera guerra Turco-veneciana (1463-1479) tiene como resultado
que los venecianos pierdan definitivamente Eubea y deban pagar una suma
considerable como indemnización de guerra. A partir de entonces, la talasocracia
otomana será una realidad durante doscientos años y el Mediterráneo se
convertirá una vez más en un lago musulmán como en la época de los fatimíes.
La segunda guerra turco-veneciana (1499-1503)
acabó con resultados catastróficos para Venecia luego del revés sufrido en
Zonchio, en el mar Jónico. La República de San Marcos fue desplazada del espacio
griego continental (excepto de Nauplion y Monemvasía que fueron capturadas por
los otomanos en 1540), perdiendo Durazzo, Naupacto, Methoni y Koroni, cuatro
puertos importantes para su comunicación con el Oriente y Egipto, valiosas bases
estratégicas para dominar el Mediterráneo oriental. En manos otomanas cae por
añadidura el lucrativo comercio con los países del Oriente hegemonizado hasta
entonces por los venecianos, que será compartido con los mercaderes judíos y
armenios, aliados incondicionales de la Sublime Puerta.
A principios del siglo XVI, varios corsarios
musulmanes toman el control de Argel, de Trípoli y de otros puertos de Berbería,
en el Magreb (amenazado por los españoles y los portugueses desde comienzos del
siglo XV), desde donde hacen incursiones de hostigamiento sobre las costas de
Sicilia, Cerdeña y de Italia, y toman el control del Mediterráneo occidental.
Entre ellos sobresalen dos marinos griegos
conversos al Islam originarios de Mitilene (Lesbos), fundadores del estado de
Argel (cfr. J. Monlaü: Les Etats barbaresques, París, 1973). Son ellos
Baba Aruÿ (1474-1518) y Jidr, llamado también Jairuddín (1476-1546) y apodado
«Barbarroja» por los cristianos. En 1529 Jairuddín desalojó a las tropas
imperiales de Carlos V del islote del Penón situado en la rada de Argel, y
construyó allí el puerto fortificado. En 1533, Jairuddín logró evacuar miles de
moriscos expulsados de España. El 27 de mayo de ese mismo año, el adalid de las
galeras berberiscas hace su entrada triunfal en Estambul donde es nombrado al
día siguiente
beylerbey ("comandante en jefe") de las islas mediterráneas, por el sultán
Solimán el Magnífico. El 6 de abril de 1534 sería nominado kapudán-i dariá
("gran almirante del mar") de la armada otomana (cfr. André Clot: Solimán el
Magnífico, Emecé, Buenos Aires, 1985, págs. 125-129; Soliman le
Magnifique, catálogo de la exposición del 15 de febrero al 14 de mayo de
1990 en Galeries Nationales del Grand Palais, París, 1990, pág. 43).
Jairuddín entonces reconquistó Túnez (1534) y
obtuvo una serie de resonantes victorias sobre el almirante genovés Andrea Doria
(1466-1560), logrando expulsar del Mar Egeo a la República de Venecia,
arrebatándole veinticinco islas (cfr. P. Preto: Venezia e i Turchi,
Florencia, 1975). Jairuddín y sus comandantes navales Dragut (Torgut Re'is) —un
griego converso al Islam—, y Salah Re'is y Sinán Pashá, ambos musulmanes de
origen judío, derrotaron con veintidós naves a una poderosa escuadra comandada
por Andrea Doria —81 galeras venecianas, 36 pontificias y 50 españolas—. La
batalla naval tuvo lugar en Preveza, en el mar Jónico frente a la costa epirota,
el 28 de septiembre de 1538. Hacia 1541, los bajeles de Jairuddín alcanzaban las
Baleares, Cádiz, la Riviera francesa (Niza) y surcaban las aguas del Danubio.
Nunca, ni antes ni después de la flota de Barbarroja, llegó el Islam a disponer
de semejantes nautas y poderío naval (cfr.Miguel A. Bunes y Emilio Sola: La
vida y la historia de Hayradin, llamado Barbarroja, Ed. Universidad de
Granada, Granada, 1997).
Mientras tanto, gracias a los esfuerzos del
gran visir de Solimán, Ibrahim Pashá (1493-1536), los otomanos capturaron la
isla de Rodas en 1522, que se había convertido en el cuartel general de los
piratas catalanes y malteses, quienes con la ayuda de los caballeros de San Juan
de Jerusalén, amenazaban cortar las comunicaciones turcas con Egipto. Ibrahim
fue el artífice de la alianza político-militar entre Solimán I y Francisco I de
Francia en marzo de 1536 dirigida contra los Habsburgo, Venecia y el Papado
(cfr.I.Ursu:
La politique orientale de François Ier, París, 1908; R.B. Merriman:
Suleiman the Magnificent, Cambridge, Mass., 1944). Durante la tercera guerra
turco-veneciana (1570-1573), en la cual los otomanos le arrebatan Chipre a los
venecianos, se formó una fuerte coalición entre venecianos, españoles y el Papa
Pío V (20 de mayo de 1571), la Sacra Liga. Estas potencias al mando del
hermanastro del rey Felipe II y represor de los moriscos granadinos, Juan de
Austria (1545-1578) derrotaron a la armada otomana en la batalla naval de
Naupacto o Lepanto (Grecia), el 7 de octubre de 1571. La diferencia a favor de
los cristianos se debió principalmente al empleo de un nuevo tipo de
embarcación, la galeaza, más veloz y mejor artillada. Sin embargo, aunque el
combate duró sólo cuatro horas, debido en parte a que los turcos agotasen la
munición, éstos no se amilanaron ante la adversidad, según testimonios de los
propios cristianos: «se vio a un grupo de jenízaros luchando, cuando su
derrota parecía inevitable, "y cuando no tenían ya más armas con las que
atacarnos, reunieron naranjas y limones y empezaron a arrojárnoslos..."... A
pesar de todo, y para horror de los vencedores, los turcos habían reemplazado
todas sus pérdidas en siete meses y pudieron enviar a Occidente una gran flota
de guerra... e incluso resultó posible copiar el "arma secreta" de los
venecianos, pues para abril de 1572 estaban listas para entrar en servicio 200
galeras y 5 galeazas» (Geoffrey Parker: La Revolución Militar. Las
innovaciones militares y el apogeo de Occidente, 1500-1800, Crítica,
Barcelona, 1990, pág. 126).
Durante el siglo XVII, otra provocación
occidental condujo a un acto de represalia y los otomanos desalojaron a los
venecianos de Creta. Todo comenzó cuando los caballeros de San Juan con base en
la isla, junto con piratas francos, dálmatas, catalanes y mallorquines,
comenzaron a asaltar barcos musulmanes indefensos que transportaban peregrinos a
La Meca asesinando impunemente a las tripulaciones. Por tanto, los otomanos
inician en 1645 sus operaciones contra Creta, conquistándola al cabo de varios
años de encarnizados combates (1645-1669). Sin embargo, en esa época el poder
naval de la Sublime Puerta se encontraba en franca decadencia. Mientras las
potencias europeas (Inglaterra en primer lugar) renovaban constantemente sus
flotas perfeccionado la artillería y las técnica de construcción y navegación,
el quietismo embargaba los ámbitos navieros otomanos. Veamos la siguiente
descripción escrita por el historiador turco Selaniki Mustafá Efendi que
registra en su crónica la llegada del segundo embajador inglés a Estambul en
1593, Edward Barton, y el interés que demuestra por el poderoso navío en que
arribó, superior a cualquier barco de la época (los ingleses había vencido a los
130 bajeles y los 28.000 hombres de la «Armada Invencible» de Felipe II entre el
31 de julio y el 3 de septiembre de 1588, lo que los convertía en aliados
naturales de los otomanos; cfr. Carlos Gómez Centurión: La Armada Invencible,
Anaya, Madrid, 1990): «El soberano del país de la isla de Inglaterra, que se
encuentra a 3,700 millas marinas del Cuerno de Oro de Estambul, es una mujer
(Isabel I, 1533-1603, la hija de Enrique VIII) que gobierna su reino heredado
y mantiene su soberanía con absoluto poderío...Un barco tan extraño como éste
nunca ha entrado en el puerto de Estambul. Cruzó 3.700 millas marinas y
transportando 83 cañones, además de otro armamento... Era una maravilla de la
época digna de ser mencionada» (Selaniki: Nuruosmaniye 184, citado por A.
Refik, Türkler ve Kraliçe Elizabet, Estambul, 1932, pág. 9).
El último episodio donde estuvo empeñada la
marina otomana fue en la batalla de Navarino del 20 de octubre de 1827, cuando
la flota turcoegipcia (3 buques de línea, 19 fragatas y otros 50 veleros de
diverso porte) al mando de Tahir Pashá fue derrotada por la escuadra combinada
(11 buques de línea y 9 fragatas) de Francia, Inglaterra y Rusia. La acción se
recuerda como la última en la que participaron naves construidas enteramente en
madera.
Véase sobre este tema las siguientes obras:
Jurien de la Gravière: Les corsaires barbaresques et la marine de Soliman le
Grand, París, 1887; Paul Achard: La vie extraordinaire des frères
Barberousse, corsaires et rois d'Alger, París, 1939; R.C. Anderson: Naval
Wars in the Levant, 1559-1853, Princeton, 1952; Salvatore Bono: I corsari
barbareschi, Turín, 1964; A.C. Hess: The Evolution of the Ottoman
Seaborne Empire in the Age of Discoveries, 1453-1525, The American Hist.
Rev., vol. LXXV-7 (1970), págs. 1892-1919; M. Lesure: Lépante. La crise de
l'empire Ottomane, París, 1971; G. Benzoni: Il Mediterraneo nella seconda
metà del '500 alla luce di Lepanto, Florencia, 1974; M. Çizakça:
Ottomans and the Arsenal registers of Istanbul, 1529-1650, en R.
Ragosta, ed., Le genti del mar mediterraneo, II, Nápoles, 1981, págs.
773-787; Néstor Hugo Orsi: Trípoli de Berbería. Magia e historia de la tierra
libia, Ediciones Cristal, Buenos Aires, 1988; Fernand Braudel: El
Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, 2 vols., FCE,
México, 1992; Palmira Brummet: Ottoman Seapower and Levantine Diplomacy in
the Age of Discovery, State University of New York, Albany, 1993; Alia
Baccar Bournaz:
Le Lys, le Croissant, la Méditerranée, L'Or du temps, París, 1995.
LAS CONSTRUCCIONES DE SINÁN
La Edad de Oro de la arquitectura otomana está
presidida por la figura del gran arquitecto (en árabe mimar) Sinán y
supone la concreción del vocabulario artístico otomano, mostrando sus propias
particularidades.
Mimar Sinán (1495?-1588) nació en el seno de
una familia armenia, en Ajrianos, en la región de Capadocia, Asia Menor. Fue
reclutado en el cuerpo de jenízaros, en la guardia de corps del sultán Selim I
(1512-1520), y combatió en las grandes campañas de las décadas de 1520 y 1530.
El renombre de Sinán se cimentó en la campaña del sultán Selim en Valaquia,
donde construyó un puente sobre el Danubio. Igualmente, llamó la atención de
Solimán I el Magnífico por sus proezas como ingeniero militar en las campañas de
Belgrado (1521), Rodas (1522), Hungría (1526), Viena (1529), Bagdad (1534),
Corfú (1537) y Moldavia (1538). Nombrado arquitecto imperial en 1539, Sinán
trabajaría para los sultanes otomanos durante medio siglo.
Sinán veía a la basílica de Santa Sofía,
construida por el emperador Justiniano en Constantinopla (Estambul), como el
gran reto de su vida. Y decidió superarla (cfr. Fotios Malleros K.: El
Imperio Bizantino 395-1204, Centro de Estudios Bizantinos y Neohelénicos,
Facultad de Filosofía, Humanidades y Educación, Universidad de Chile, Santiago,
1987, págs. 101-102; Ofelia Manzi: Constantinopla ante propia y ajenos.
Aproximación a un análisis documental, Facultad de Filosofía y Letras, UBA,
Buenos Aires, 1994;). Construyó dos complejas mezquitas, que son sus obras
maestras, la Suleimaniye para Solimán I, erigida entre 1550 y 1557, y la
Selimiye Ÿami levantada para Selim II (1569-1574), construida diez años
más tarde en Adrianópolis (Edirne). Sinán escribe en su «Autobiografía» lo
siguiente: «Los arquitectos de cierta importancia en países cristianos se
sienten muy superiores a los musulmanes, porque hasta la fecha éstos jamás han
realizado nada comparable a la cúpula de Santa Sofía. Gracias a la ayuda del
Todopoderoso y al favor del sultán he conseguido construir para la mezquita del
sultán Selim una cúpula que supera a la de Santa Sofía en cuatro zira (varas) de
diámetro y seis de altura».
El estilo magnífico de Sinán abarcó múltiples
construcciones, militares, civiles y religiosas. Edificó obras hidráulicas
fabulosas como un sistema de captación de agua realizado entre 1554 y 1584 que
mediante 55 kilómetros de conducto y más de una treintena de acueductos,
alimentaba a unas 600 fuentes y baños públicos de Estambul. Uno de los
acueductos es el de Uzunkemer, comenzado en 1563 y finalizado al año siguiente;
despliega sobre 711 metros su doble ordenación de arcos, anchos y estrechos, sus
contrafuertes y su camino de ronda, que se abrió en el grosor de los arcos. Su
altura es de 25 metros. Otro es el de Kovukkemer, también llamado Egrikemer
("acueducto acodillado"), que pasa por encima del río de Kaghitane. Esta
construcción monumental tiene 408 metros de largo y 35 de alto y se compone de
tres pisos de arcos. Su aspecto actual es el que le dio Sinán.
Los registros otomanos le atribuyen a Sinán
447 edificios, entre los que se pueden identificar 107 mezquitas, 52 mezquitas
pequeñas, 45 mausoleos, 74 escuelas, 56 baños públicos (hammams), 38
palacios y 31 caravansarai (posadas). Veinte de estos edificios aun existen, la
mayoría de ellos en Estambul, y hacen de la obra de Sinán la más abundante de
las que se pueden admirar y estudiar. Por esa razón fue llamado el «Arquitecto
de la morada de la felicidad». Fue, sin duda, el arquitecto más grande de la
civilización islámica y uno de los más importantes de la historia de la
arquitectura.
Sinán trabajó con una vitalidad admirable
hasta la víspera de su muerte en 1588, con más de noventa años. Su mausoleo
(ubicado en el extremo oeste de la calle del Mercado de Drogas), es la antigua
casa donde vivió desde que terminó la Suleimaniye. Sinán está enterrado en el
seno de un modesto y agradable jardín. Sobre el sarcófago de mármol, descansa un
gran turbante similar al que llevaba el difunto en su calidad de gran
arquitecto. El muro sur del jardín lleva una inscripción del poeta Mustafá Sa'i
en honor de la labor de su amigo Sinán. Mustafá Sa'i habla también de Sinán en
su Tezkere-ul Ebniye, donde pasa repaso a la lista completa de las obras del
célebre arquitecto.
Véase Godfrey Goodwin: A History of Ottoman
Architecture, Thames and Hudson, Londres, 1971; O. Aslanapa: Turkish Art
and Architecture, Faber, Londres, 1971; Arthur Stratton: Sinan,
Londres, 1972; Life in Istambul 1588: Scenes from a Traveller's Picture Book,
Bodleian Library, Oxford, 1977; Esin Atil: The Age of Suleyman the
Magnificent, Nueva York, 1987; A.E. Burelli: La Moschea di Sinan,
Cluva Editrice, Venecia, 1988; Thérèse Bittar: Soliman. L'empire magnifique,
Découvertes Gallimard, París, 1994; Aptullah Kuran: Sinán. El maestro de la
arquitectura otomana, Ed. Universidad de Granada, Granada, 1997.
El discípulo aventajado de Sinán, el Mimar
Nahmut Agá, continuó la obra de su maestro y a las órdenes del sultán Ahmad I
(1590-1617) construyó la bellísima Mezquita Azul entre 1609 y 1616. Este
complejo tiene seis alminares o minaretes, 260 ventanas y dependencias para
escuelas, hospital, caravansares y comedores —külliye o "centro social
completo" en el sentido islámico— (cfr. Pilar Tejera: Estambul. La Mezquita
Azul, Revista Rutas del Mundo, Nº 89, Madrid, diciembre de 1997).
LE CORBUSIER EN ESTAMBUL
El arquitecto urbanista, pintor y escritor
suizo nacionalizado francés Charles-Edouard Jeanneret (1887-1965), llamado Le
Corbusier, realizó en 1911 un viaje a Turquía de siete semanas y escribió estos
sentidos testimonios en su libro de viajes (La Voyage d'Orient), que
constituyen un alegato sobre la inefable belleza de la civilización islámica
otomana: «Sobre cada cima de colinas que es la colina de Estambul, las
"grandes mezquitas" se hinchan y relucen blancas, figuran en sus patios
espaciosos rodeados de bonitas tumbas en los alegres cementerios. Los "hans"
(vastas construcciones de piedra que rodean la mayor parte de las mezquitas)
hacen de ellas un apretado ejército de pequeñas cúpulas y los aislados cipreses
en los atrios desiertos, aúnan en su movimiento, a la alegría de los minaretes,
la austeridad negra de su estatura rígida y sufriente; las arrugas de sus
troncos expresan cuán venerables son. Ahí hay una serenidad sin límites. Lo
llamamos fatalismo para deslucirla: llamémosla "Fe". Una vez más que llamaré
rosa —rosa azul—; azul porque azul es la horizontal del mar, y azul es el cielo.
Ahora bien, aquí, no se ve nunca donde empieza uno y termina el otro. Es pues
una fe ilimitada y sonriente... ¡Les he oído en su misticismo punzante, ante
Alá, la esperanza! Y he adorado todo lo que era suyo, ese mutismo y sus rígidas
máscaras —esa súplica a lo Desconocido y su credo doloroso en sus bellas
plegarias. Y después, mi oreja se hartó de sus pasmos de alma, en noches de luna
y en noches completamente oscuras de Estambul. ¡Y esas melopeas ambulantes de
todos los "muezzins" sobre todos los minaretes, cuando llaman y cantan! Inmensas
cúpulas se cierran sobre el misterio de puertas cerradas, minaretes se disparan
en el triunfo del cielo; cipreses verde-negro sobre la cal de las paredes,
sacuden rítmicamente su cabeza, tal como lo han hecho desde hace siglos, graves,
inderrotables. Se ve siempre un retazo de mar. Unas águilas planean, trazando
por encima de la geometría de las mezquitas un círculo perfecto... Dentro de
cada mezquita se reza y se canta. Te has lavado la boca, la cara, las manos y
los pies; y te postras ante Alá, las frentes golpean las esteras; salen roncas
quejas, ritmadas según un rito admirable. Sobre su tribuna, dominando la llanura
de la nave, acurrucado, de pie, de cara a tierra, con las manos en gesto de
adoración, el imán responde al imán del mihrab que conduce la plegaria. A los
extranjeros se les ha echado fuera... Sin embargo, he podido asistir a eso,
acurrucado en la sombra de una hornacina y quizás debido al aspecto
perfectamente dichoso que no podía disimular. Son millones en todo el Islam, los
que en el mismo minuto miran hacia la negra Kaaba en la Meca, abriendo los
brazos...Las grandes mezquitas se mantienen irreductibles en su cinturón de
"hans". ¡Bajo la caricia de las llamas relucen como de alabastro, más místicas
que nunca, invulnerables templos de Alá!... Terminado en Nápoles el 10 de
octubre de 1911 por Charles-Edouard Jeanneret. Releído el 17 de junio de 1965,
en el 24 de Nungesser et Coti, por Le Corbusier» (Charles-Edouard Jeanneret:
El Viaje de Oriente, Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos,
Murcia,1993, págs. 87-90 y 188).
EL FENÓMENO DE LA TURCOMANÍA
Con la multiplicación de los intercambios
diplomáticos entre la corte de Luis XIV (1638-1715), «le Roi-Soleil», y
los soberanos mogoles, persas y turcos, el Islam se presentó como un universo
encantado y misterioso para la imaginación europea. Fue la época en que
comenzaron las costumbres, la moda y la música «a la turca». El dramaturgo y
actor francés Jean Baptiste Poquelin, llamado Molière (1622-1673)—inspirado en
las características de dos embajadas otomanas llegadas a París en 1640 y 1669—,
se complacerá en poner en escena a «El burgués gentilhombre» (1670), fascinado
por el «Gran Mamouchí», a quien intentará imitarle el vestuario. (cfr. C.D.
Rouillard: The Turk in French History, Thought and Literature, 1520-1660,
París, 1941).
Es muy original la historia del noble y
militar francés Claude-Alexandre, Conde de Bonneval (1675-1747). Entre 1691 y
1704 revistó en el ejército francés, siendo ascendido a coronel de artillería
(1701). Luego de ser juzgado injustamente en una corte marcial, por una supuesta
ofensa contra la favorita del rey Luis XIV, Françoise d'Aubigné, Madame de
Maintenon (1635-1719), abandonó Francia y hacia 1729 llega a Estambul y se
convierte al Islam con el nombre de Ahmad. Entra a servir en el ejército otomano
con la jerarquía de pashá y el rango de comandante de artillería. Se destacó en
la guerra contra Rusia (1737-1739) y Persia (1743-1746).
Desde fines del siglo XVII, numerosos pintores
como Jean Baptiste Van Mour (1671-1737), Nicolas Lancret (1690-1747);
Jean-Etienne Liotard (1702-1789), Jacques André Joseph Aved (1702-1766);
François Boucher (1703-1770); Carle André Van Loo (1705-1765), Antoine de Favray
(1706-1798), Joseph-Marie Vien (1716-1809) y Jean-Honoré Fragonard (1730-1806)
sucumbieron ante la fiebre de la turcomanía, tan en boga en Francia durante todo
el siglo XVIII, y plasmaron todo tipo de turqueries (cfr. Auguste Boppe:
Les Peintres du Bosphore au XVIIIe Siècle, ACR, París, 1989).
El pintor pastelista, dibujante y grabador
suizo Jean Etienne Liotard (1702-1789), adopta para su uso cotidiano ropas
musulmanas luego de sus viajes a Atenas y Estambul (1738-1743). Entre sus obras
figura aquella que muestra a la princesa María Adelaida de Francia vestida a la
turca, que se conserva en la Galería de los Ufizzi de Florencia. Es célebre su
«Autorretrato» que lo muestra luciendo una espesa barba y atavíos otomanos.
Un personaje de excepción fue el general
francés Jean Baptiste Annibal Aubert-Dubayet. Nacido en Nueva Orleans
(Louisiana) en 1757, participó en la Revolución Americana como teniente a las
órdenes del marqués de Lafayette (1757-1834) y luego en la Revolución Francesa
desde el comienzo, siendo elegido diputado de Isère en la Asamblea Legislativa.
Luego de combatir contra los austríacos y los monárquicos de la Vendée y ser
ascendido a general, en 1795 fue nombrado ministro de la Guerra. El 8 de febrero
1796 fue enviado por el Directorio a Estambul como embajador plenipotenciario y
asesor militar. Aubert-Dubayet llegó a la «Sublime Puerta» (Bab-i Alí)
con un grueso contingente de oficiales de ejército y marina y en poco tiempo
abrió varias escuelas y centros de entrenamiento militar para reorganizar las
obsoletas fuerzas armadas otomanas, teniendo como hipótesis de conflicto la
guerra contra Inglaterra. Aubert-Dubayet aprendió el turco y se dedicó al
estudio de diversos temas islámicos; también fundó una biblioteca con 400 libros
europeos entre los que se contaba la Grande Encyclopédie, y exigió que
los militares otomanos aprendieran el francés. El 17 de diciembre de 1797,
Aubert-Dubayet falleció en Estambul, dejando inconclusos sus numerosos planes y
proyectos, que teniendo en cuenta la expedición de Bonaparte a Egipto y la India
del año siguiente, y el rol preponderante del Imperio Otomano en esa estrategia,
muy probablemente hubiesen cambiado el curso de la historia.
La música «a la turca»
El Imperio otomano fue el primer estado de
Europa en contar con una organización de música militar permanente: la
Mehterhané o banda militar, desde 1289. La Mehter era una unidad del cuerpo de
élite de los jenízaros cuyo trabajo principal era erigir la tienda del sultán
durante las expediciones y de disponer de una orquesta que simbolizaba el poder
del soberano.
La Mehterhané incluía tambores, chirimías
(zurnás), clarinetes, triángulos, platillos (zil), crótalos (campana de
bola), timbales de guerra (kös y naqqara) —que se colocaban sobre
los lomos de los camellos—, sombrero chino (chogun) y bombo (davul).
Con el tiempo, cada cuerpo del ejército otomano disponía de por lo menos una
mehterhané. Los otomanos fueron también los primeros en utilizar la banda
militar en medio de las batallas con un doble fin; estimular el espíritu de
combate y al mismo tiempo amedrentar al enemigo con sus vibrantes candencias.
Según documentos históricos, sabemos que a fines del siglo XV había más de dos
mil trescientas cuarenta «Mehter» solamente en Estambul.
Para los desfiles, los jenízaros mehters
transportaban sus timbales sobre caballos, camellos o elefantes. Cuando no
ejecutaban piezas instrumentales, solían formalizar procesiones corales con
breves fórmulas musulmanas: «¡Dios Misericordiosísimo!» (Rahim Allah),
«Dios Generosísimo» (Karim Allah). Esta marcha con el ritmo de estos refranes se
convertía en una suerte de danza ritual al estilo sufí tomada de la Bektashí —la
hermandad mística a la cual todo jenízaro se enorgullecía de pertenecer—,
puntualizada por un suave vaivén de izquierda a derecha.
Los instrumentos eran fabricados y mantenidos
por entre 150 a 200 especialistas, en su mayoría griegos y armenios acantonados
cerca del Palacio Topkapi.
La influencia de la Mehter en la música
militar europea duró hasta bien entrado el siglo XIX. Napoleón Bonaparte
organizó sus bandas militares al modo otomano dotándolas de instrumentos típicos
turcos como los címbalos y los timbales y lanzándolas al frente de guerra en el
momento preciso.
Esta música jenízara, llamada música alla
turca, tuvo una influencia importantísima en compositores como Christoph
Willibald Gluck (1714-1787) —"El peregrino de La Meca", "Ifigenia en Táuride"—,
Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) —Marcha de los Jenízaros de "El rapto del
serrallo", "Rondó alla turca de la sonata para piano en La mayor K. 331"—,
Michael Haydn (1737-1806) —"Zaire", "Marcha turca", "Sinfonía Militar"—, y
Ludwig van Beethoven (1770-1827) —Marcha turca de "Las ruinas de Atenas" y el
finale de la Novena sinfonía—.
Giuseppe Donizetti, un hermano del compositor
Gaetano Donizetti (1797-1848), fue enviado a Estambul en 1827 por un acuerdo
entre las autoridades otomanas y sardas para que un músico europeo se hiciera
cargo de la enseñanza musical de un grupo de instrumentistas turcos. Donizetti
en poco tiempo fue designado como encargado de la escuela imperial otomana de
música y creó un nuevo estilo en las bandas militares otomanas incorporando
tambores y trompetas. Por sus méritos el lombardo logró el título de miralay y
más tarde de pashá. Donizetti organizó una orquesta para tocar frente al sultán
Mahmud II (1785-1839). En un libro publicado en 1832, un viajero inglés
da su impresión sobre este conjunto: «... fue un inesperado obsequio para mí,
en los bancos del Bósforo, escuchar la música de Rossini, ejecutada honrosamente
por el profesor, Signore Donizetti. Al llegar al embarcadero de palacio,
encontramos a la banda que estaba tocando. Me sorprendió cuán jóvenes eran los
instrumentistas, y más aun que fueran todos ellos miembros de la corte, educados
para entretener al sultán. Su capacidad de aprendizaje, la cual Donizetti me
informó que hubiera sido excepcional incluso en Italia, demuestra que los turcos
son músicos por naturaleza» (A. Slade: Records of Travel in Turkey,
Greece..., Londres, 1832, págs. 135-36).
Diversos especialistas señalan las cosas en
común que tienen las bandas de jenízaros y las del carnaval de Nueva Orleans:
címbalos, clarinetes, grandes bombos, en una palabra, un gusto sano por el
volumen y el ritmo. Incluso el estilo de las bandas del director norteamericano
John Philiph Sousa (1854-1932) —que compuso cerca de 140 marchas como «Semper
Fidelis», «Barras y estrellas para siempre», «El rey del algodón» y «El
capitán», que son las más famosas de las fuerzas armadas estadounidenses—, y las
del compositor y militar británico, el mayor Frederick Joseph Ricketts, más
conocido por Kenneth Alford (1881-1945) —autor de las no menos célebres «Coronel
Bogey» (de la banda sonora de "El puente sobre el Kwai") y «La voz de los
cañones» (utilizada en la película "Lawrence de Arabia"), son un calco de las
mehterhané otomanas.
LADY MONTAGU
Lady Mary Wortley Montagu (1689-1762) fue una
poetisa y escritora inglesa del siglo XVIII. Intrépida viajera, tuvo la fortuna
de acompañar a su esposo, el embajador británico Lord Edward Wortley Montagu (m.
1761), por países de Europa y Africa y describir sus travesías en un epistolario
que fue publicado póstumamente. Políglota —hablaba fluídamente griego, latín,
alemán, francés e italiano—, hizo una magnífica definición de la función del
libro: «Ningún entretenimiento es tan barato como la lectura, ningún placer
es tan duradero. Si una mujer puede disfrutar de una obra literaria, no buscará
nuevas modas, ni diversiones costosas, ni companías variadas». En 1717 llegó
a Estambul y escribió esto entre muchos otros apuntes: «Es muy fácil ver que
ellas (las mujeres musulmanas turcas) tienen más libertad que nosotras...
El sistema judicial inglés es demasiado rígido y a menudo injusto, pero en
cambio la Ley otomana es más apropiada y mejor ejecutada que la nuestra...».
Comentando una reunión en la que fue agasajada con regalos, música y manjares,
dice: «Me retiré con las mismas ceremonias de antes, y no pude menos que
creer que había estado algunas horas en el paraíso de Mahoma, tan sorprendida
estaba de lo que había visto» (cfr. The Complete Letters of Lady Mary
Wortley Montagu, vol. 1, 1708-1720, Robert Halsband, Oxford, 1965; Lily Sosa
de Newton: Lady Montagu a campo traviesa, Otros Países y Continentes Nº
12, Buenos Aires, oct-nov-dic 1995, pág. 12).
EL CAFÉ Y LAS MEDIALUNAS
Una historia de Arabia del siglo VIII cuenta
que un camellero yemenita caía en el más profundo sueño cada vez que intentaba
poner su vista en el Sagrado Corán, luego de su agobiante jornada de labor.
Pensando en su desgracia, mientras observaba a los dromedarios comprobó que
cuando éstos comían los frutitos colorados del café, comenzaban a padecer una
intensa agitación. Decidió entonces probar los misteriosos frutos que resultaron
un éxito para sus veladas nocturnas. Y así lo convirtió en costumbre, imaginando
que se trataba de un mensaje divino para que no se durmiera a la hora de leer el
Corán. La noticia se divulgó por toda la península arábiga y especialmente en la
vecina ciudad de Moja o Mokha, a orillas del Mar Rojo, cuyo manera de preparar
el café se hizo célebre. De allí partirían las primeras exportaciones hacia
todas partes del mundo.
La voz árabe qahwa, a través del turco
kahvé, originó la palabra «café», que en los siglos XVII-XVIII fue
incorporada al castellano y a otras lenguas europeas: caffé en italiano, café en
francés; coffee en inglés; kaffee en alemán.
El cafeto (Coffea arabica) comenzó a
cultivarse en el Yemen y en los asentamiento árabes de las altiplanicies de
Etiopía, en la otra orilla del Mar Rojo. Ya en el siglo X, el gran médico
musulmán Razes (ver aparte) señaló las virtudes profilácticas de la
infusión.
En el Yemen, a fines del siglo XIII, los
sufíes ingerían una cocción de vainas de cafeto cuando necesitaban mantenerse
despiertos por la noche para llevar a cabo sus súplicas y jaculatorias. A
finales del siglo XV, los peregrinos musulmanes que regresaban de Arabia
difundieron el café por todo el Medio Oriente y el Magreb.
En Irán, en la época safaví, se hicieron una
costumbre las qahvéjaneh ("cafeterías"). Los historiadores otomanos dan
cuenta que su introducción en Estambul tuvo lugar hacia 1555 por obra de dos
sirios, que abrieron las primeras cafeterías, establecimientos que de inmediato
tuvieron un éxito sensacional.
Noemí Schöenfeld de Moguillansky cuenta en su
libro «Repostería europea y algo más» (Edit. Albatros, Buenos Aires, 1994, pág.
249) que los vieneses fueron los primeros en aprender a preparar el café a la
turca en Europa, lección aprendida cuando la ciudad fuera sitiada por el
ejército otomano de 200 mil soldados comandados por Kara Mustafá, entre el 17 de
julio y el 12 de septiembre de 1683: «...tras el largo fracasado cerco de
Viena, las tropas otomanas abandonaron buena parte de las provisiones que
llevaban para el asedio. Entre ellas, una auténtica riqueza en café, que en
grandes cantidades resultaba uno de los alimentos básicos para el ejército. La
historia de la vida cotidiana, de un modo un tanto pintoresco, pone ese hecho en
relación con la creación del croissant, la media luna o creciente, fabricada por
el heroico gremio de los panaderos de la ciudad para conmemorar su participación
en la defensa de la ciudad. La media luna islámica, sujeta por la mano de los
vieneses, pronto resultó un producto normal de la pastelería» (Pedro
Martínez Montávez y Carmen Ruíz Bravo-Villasante: Europa Islámica. La magia
de una civilización milenaria, Anaya, Madrid, 1991, pág. 149).
Efectivamente, fueron los panaderos de Viena
quienes inventaron el croissant o cruasán (en francés, "creciente"),
llamado en alemán kipfel, durante el asedio otomano de 1683. Copiaron la
forma de este pastel hojaldrado del emblema tradicional de los estandartes
otomanos en forma de medialuna creciente.
Un astuto empresario armenio, llamado Johannes
Diodato, tras haber descubierto que los granos de café abandonados por los
osmanlíes no era pienso para los camellos, como se había llegado a pensar, abrió
la primera cafetería en Viena llamada «La Botella Azul», en 1685.
Desde entonces el café se transformó en un
motivo de orgullo y no existe cafetería vienesa que no ofrezca menos de diez
variedades. Así se puede elegir un «Grosser Einspäner» (café negro caliente con
un copete de crema batida), un «Eiskaffe» (café negro frío, con hielo, una bola
de helado de vainilla y crema batida, servido en vaso), un «Melange» (café con
leche y copete de crema batida), un «Kurzer» (expresso negro y fuerte), un
«Kapuziner» (Capuccino) o un «Türkischer Kaffe» (el típico café a la turca, al
que también llaman Mokka). Hoy se da la paradoja de que Viena es uno de los
centros urbanos centroeuropeos con una mayor población de inmigrantes turcos.
El café entró en Francia hacia 1669, de la
mano de un embajador otomano que lo ingresó exprofeso por valija diplomática.
Debió quedar bastante sorprendido cuando las señoras parisinas que asistieron a
su recepción añadieron azúcar al humeante brebaje servido en preciosas tacitas,
ya que por entonces los musulmanes lo bebían puro. En el siglo XVIII los
europeos sentían pasión por el «desayuno a la parisién»... el café con leche
azucarado con medialunas. Eso sí, casi ninguno sabía el origen de semejante
excentricidad. Este hábito, con el tiempo, se haría universal como una forma de
empezar activamente la jornada o despejar la somnolencia durante la tarde o la
noche. Recientemente, diversos investigadores han asegurado que el café,
consumido moderamente, es el mejor remedio para evitar el aumento del colesterol
en la sangre (cfr. Michel Vanier: El libro del amante del café, Olañeta,
Palma de Mallorca, 1983).
LA HISTORIA DE DRÁCULA
Desde el siglo XV, muchos escritores
orientalistas han tratado de presentar la historia islámica y otomana haciendo
descripciones de las supuestas perversidades de los musulmanes, atribuyéndolas a
una innata característica. De lo que nada dicen estas mismas fuentes es de las
atrocidades cometidas por los cruzados contra el Islam, que fueron continuadas
por los hospitalarios, catalanes y venecianos en el Mediterráneo contra los
otomanos entre los siglos XV y XVII.
Una historia verídica arteramente ignorada es
el de dos príncipes rumanos de la dinastía Basarab que reinó en Valaquia entre
1330-1658. Son ellos Vlad Dracul o Vlad «el Diablo» (g. 1436-1447), y Vlad
Tepesh o Vlad «el Empalador» que llevaron al escritor irlandés Bram Stoker
(1847-1912) para escribir su cuento de terror «Drácula» en 1897, inspirada en
sucesos reales acaecidos en Valaquia, Moldavia y Transilvania, en la región de
los Cárpatos. Ambos, Vlad Dracul y Vlad Tepesh fueron notorios depravados que
violaban a los muertos musulmanes y bebían su sangre, un caso de necrofilia y
vampirismo poco común en la historia de Occidente pero tan real como el
canibalismo demostrado por los francos de la primera cruzada que vimos con
detalle en la primera clase. Vlad Tepesh, por ejemplo, llegó a empalar a dos mil
musulmanes turcos — de allí el apodo de "el Empalador"— a lo largo de la margen
derecha del Danubio, que no fue azul precisamente sino que se tiñó de rojo. El
hecho que los occidentales se refocilen con esas tendencias humanas repugnantes
no es muy edificante y civilizador que digamos. La abundante filmografía sobre
el particular es notoria, desde el Drácula de Bela Lugosi de 1931 al Drácula de
Francis Ford Coppola de 1992. Ni que hablar si seguimos la lista con otras
realizaciones similares como «La danza de los vampiros» (1967) de Roman Polanski
o «Nosferatu el Vampiro» (1979) de Werner Herzog.
ASTRÓNOMOS Y MATEMÁTICOS
El primer gran observatorio astronómico fue
establecido en Estambul por el sabio de origen sirio Taqi al-Din Mehmed
(1525-1585) en 1575, con los parámetros del construido en Samarcanda en 1428 por
el sabio musulmán mogol Ulug Beg (1394-1449) en Samarcanda en 1428. Vale acotar
que este observatorio no tenía nada que envidiarle al que el astrónomo danés
Tycho Brahe (1546-1601) instaló en la isla de Ven, en Bohemia, — teniendo al
alemán Johannes Kepler (1571-1630) como asistente—, considerado el más avanzado
de la Europa cristiana.
El matemático otomano Musa Pashá, llamado
Kadizadeh, sucedió a Ulug Beg como director del observatorio. Otro discípulo de
Ulug Beg, Alí Kushçu (m. 1474) fue invitado a venir a estambul por el sultán
Mehmed II e inauguró una era brillante de la astronomía y matemáticas en la
civilización otomana. Los discípulos de Kushçu, Mollah Lutfí (m. 1494) y Mirim
Çelebi (m. 1525). También bajo el patronazgo de Mehmed II descolló el astrónomo
y matemático Mehmed al-Fanarí.
GEÓGRAFOS Y VIAJEROS
Piri Reis
Pir Muhiiuddín Reis (1465-1554), más conocido
como Piri Reis, fue uno de los más famosos cartógrafos del Islam y uno de sus
más experimentados almirantes (kapudán-i dariá de la marina otomana, ver
aparte). Su Kitab-i Bahriyya ("Libro del Mar"), escrito en 1521, y
aumentado en 1525, es un portulano (carta marítima de fines de la Edad Media y
comienzos del Renacimiento, que precisaba la ubicación de los puertos y el
contorno de las costas). En este trabajo aparece un mapa de América (incluido en
su mapamundi), que es una copia del mapa confeccionado por Cristóbal Colón en
1498 (cfr. Argentina en un mapa del almirante Piri Reis, revista "El
Mensaje del Islam" Nº 11, Buenos Aires, abril 1995, págs. 48-55). Piri Reis y
Sidi Alí Reis (otro gran almirante otomano) se dedicaron incluso a profundizar
en los estudios de geografía y astronomía náutica. Véase A. Vambery (trad. y
ed.):
Travels and Adventures of the Turkish Admiral Sidi Ali Reis, Londres,
1899; P. Kahle: Piri Re'is Bahriye, Das türkische Segelhandbuch für das
Mittelländische Meer vom Jahre 1521, Berlín-Leipzig, 1926; Piri Reis:
Kitab-i Bahriye, Estambul, 1935
Katib Çelebi
El polímata otomano Katib Çelebi (1609-1657),
llamado Haÿÿi Jalifa, fue un notable enciclopedista y políglota, autor de
trabajos geográficos, que incluyen datos históricos, lingüisticos y
sociológicos, como Irshad al-hayara ila tarij al-Yunan ua'l-Rum ua'l-Nasara,
Fezleke (Estambul, 1276 A.H.), y Mizán al-haqq fi ijtiyar al-ahaqq
(publicado en Estambul en 1268 A.H.; cfr. traducción inglesa de G.L. Lewis:
The Balance of Truth, Londres, 1957). Véase Hajji Khalifeh: The History
of the Maritime Wars of the Turks, trad. James Mitchell, Londres, 1831.
Evliya Çelebi
La tradición de la rihla prosiguió en diversas
partes del mundo musulmán y, bajo los otomanos, fue cultivada por Ibn Darwish
Mehmed Zilli, conocido como Evliya Çelebi (1611-1684), autor del Seyahatnamé,
también llamado Tarihi seyyah, importante fuente sobre los pueblos del
imperio otomano, de historia y aspectos geográficos y sociológicos que comprende
diez volúmenes (cfr. Korkut M. Bugday: Evliya Çelebis Anatolienreise aus dem
dritten Band des Seyahatname, Leiden, 1996).
Evliya Çelebi viajó por Hungría y Austria, y
visitó la esplendorosa ciudad de Viena (la antigua Vindobona "la ciudad blanca")
«con el ojo avizor de un guerrero de frontera». El siglo XVII se caracterizó por
los enfrentamientos entre otomanos y austríacos que culminó con el infructuoso
segundo sitio (el primero fue entre el 27 de septiembre y el 15 de octubre de
1529) de la capital a orillas del Danubio entre el 17 de julio y el 12 de
septiembre 1683 por parte del ejército del visir Kara Mustafá (1634-1683), el
cual se dejó sorprender por la columna aliada franco-germana-polaca de socorro
al mando de Carlos de Lorena (1643-1690) y Juan III Sobieski (1629-1696) —véase
M. Smets: Wien in und aus der Türken Bedrängis, 1529-1683, Viena, 1893;
Richard Kreutal: Kara Mustafa vor Wien: Das Turkische Tagebüch der Belägerung
Wiens 1683, verfasst von Zeremonienmeister des Hohen Pforte, Graz, 1960;
David G. Chandler: Atlas of Military Strategy. The Art, Theory and Practice
of War, Islam versus Christianity, Arms and Armour Press,
Londres, 1996, págs. 54-59.
Evliya Çelebi fue sin duda un gran viajero y
un gran romántico, a veces fantasioso cuando se refiere a una obvia mítica
expedición de cuarenta mil jinetes tataros a través de Austria, Alemania, y
Holanda hacia el Mar del Norte. Su estilo literario es excelente y destacan la
minuciosidad y precisión de sus descripciones geográficas, de personas y grupos
sociales. Por ejemplo, sobre la Casa Real de Austria opina lo siguiente: «Por
la Voluntad de Dios Todopoderoso, todos los emperadores de esta casa son
igualmente repulsivos en su aspecto. Y en todas las iglesias y casas, así como
en las monedas, el emperador es representado con su feo rostro, y ciertamente,
si cualquier artista osara retratarlo con un bello semblante sería ejecutado,
pues él considera que así lo desfiguran. Estos emperadores están orgullosos de
su fealdad». Sin embargo, otros juicios de Evliya Çelebi sobre la sociedad
austríaca son altamente favorables e incluso halagadores. Sobre las mujeres
vienesas dice que «gracias a la pureza del agua y al buen aire son hermosas,
altas, de esbelta figura y rasgos nobles». También pondera las excelencias
de la vasta y bien cuidada biblioteca de la catedral de San Esteban.
Evliya en sus narraciones, a diferencia de
otros viajeros y escritores musulmanes, evita cuidadosamente cualquier
comparación explícita entre aquello que vio en Austria y lo que él y sus
lectores conocen en casa. En las historias magistrales con las cuales entretiene
a su público, importantes y detallados señalamientos pueden apreciarse acerca
del ejército, el sistema judicial, la agricultura, así como sobre las
características topográficas y edilicias de la ciudad capital. Véase Evliya
Çelebi: Narrative of Travels in Europe, Asia and Africa, (2 vols.).
traducción parcial de J. von Hammer, Londres, 1834; Evliya Çelebi: Viajes,
(10 vols.), Editado por N. Asím, Kilisli Rifat y H.N. Orkun, Estambul, 1896-1938
(en turco); A.A: Pallis: In the Days of the Janissaires, Selections from
Evliya Çelebi, Londres, 1951; R.F. Kreutel: Im reiche des Goldenen Apfels,
Graz, 1957; K. Teply: Evliya Çelebi in Wien, Der Islam, Viena, 1975.
HISTORIADORES
Kemal Pashazadeh
Shamsuddín Ahmad Ibn Solimán Ibn Kemal
Pashazadeh (1468-1534), es uno de los primeros historiadores otomanos. Fue
alumno del gran teólogo Mollah Lutfí (m. 1494). Poeta y teólogo, fue comisionado
por el sultán Bayaceto II (1447-1512) para escribir una historia llamada
Tevarihí Al-i Osman, que abarca el período otomano entre 1481 y 1526
(Bayaceto o Bayazid fue el sultán que le abrió las puertas y brindó protección a
los judíos que emigraron de la Granada islámica, conquistada en 1492 por los
Reyes católicos). Más tarde, fue designado Sheij al-Islam por el sultán Solimán
el Magnífico. Véase A.J.B. Pavet de Courteille: Histoire de la campagne de
Mohacz par Kemal Pacha Zadeh, París, 1859.
Tashkopruluzadeh
Ahmad Tashkopruluzadeh (1495-1561) es uno de
los primeros historiadores otomanos. Es autor de cuatro grandes trabajos
escritos en árabe. Uno es el Nauádir al-Ajbar ("Curiosidades de la
historia"), que es un diccionario, clasificado alfabéticamente, de los hombres
ilustres del Islam. Shaqaiq an-Numania ("Las anémonas"), es una obra
consagrada a la biografía de 522 hombres ilustres, ulemas y místicos del imperio
otomano. El tercero es el Miftah as-Sa’ada ua Misbah as-Siada ("Llave de
la felicidad y linterna de la maestría"). Esta es una enciclopedia terminada
hacia 1560, sobre el objeto de las ciencias. El cuarto es Maudu'at at
al-'ulum, una enciclopedia de las ciencias. En este período también
destacaron dos importantes pensadores e historiadores de origen libanés,
adherentes a la escuela shií: Nuruddín Alí al-Karakí (1466-1534), y
Zain al-Din al-Amilí
(m. 1539). Véase Tashköpruluzadeh: Es-Saqaiq en-no'manijje, enthaltend die
Biographen der türkischen un im osmanischen Reiche wirkenen Gelehrten,
Derwisch-Scheikh's und Artzte, traducido por O. Rescher,
Constantinopla-Gálata, 1927.
Peçeví
Otro historiador otomano importante fue
Ibrahim-i Peçuy, generalmente conocido como Peçeví (1574-1649), cuya historia
cubre el período de 1520-1639. Nació en la ciudad húngara de Pecs y su madre era
de una familia serbia islamizada. La crónica de Peçeví contiene elementos pocos
conocidos en detalle como los pormenores de la gran batalla de Mohács (29-30 de
agosto de 1526), en la que los veinte mil caballeros y campesinos del rey Luis
de Hungría (muerto en la refriega) fueron derrotados por las tropas de Solimán
el Magnífico; la alianza entre otomanos y franceses para realizar operaciones
navales conjuntas contra España en 1552 y además una reseña de la insurrección
morisca en España entre 1568-1570 y del decisivo combate naval de Lepanto (7 de
octubre de 1571).
En 1635 Peçeví escribe: «Los ingleses
infieles trajeron en el año 1009 H. (1601) el fétido y nauseabundo tabaco
y lo vendieron como un remedio para curar —según ellos— ciertas enfermedades
producidas por la humedad» (cfr. F. von Kraelitz-Greifenhorst: Der
osmanische Historiker Ibrahim Pecewi, Der Islam, Viena, 1918, págs., 252-60;
Bernard Lewis: Istanbul and the Civilization of the Ottoman Empire,
Norman, Oklahoma, 1963; Tarij Peçevi, Estambul, 1283 A.H.;
Naima
Mustafá Naima (1655-1716) es uno de los más
grandes historiadores otomanos. Su crónica llamada Tarij-i Naima cubre el
período del año 1000 a 1070 de la era islámica (1591 a 1659 de la era
occidental). Véase M. Naima: Annals of the Turkish Empire from 1591 to 1659,
traducido por C. Fraser, Londres, 1832.
En este mismo período se destacan otros dos
cronistas como Husain Ibn Ÿa'far Hezarfen (m. 1691), conocido por su trabajo
titulado Tenkih al-Tevarih (completado en 1673; véase H. Wurm: Der
osmanische Historiker Huseyn b. Ga'fer, gennant Hezarfenn, Freiburg im
Breisgau, 1971), y Ahmad Dede Ibn Lutfullah, llamado Muneÿÿimbashí
(1631-1702), astrólogo en jefe del sultán Mehmed IV (g. 1665-1687), y autor de
una gigantesca historia universal (Ÿami ad-duwal) que fue titulada en
turco Sahaif-ul-Ajbar (Estambul, 1869).
MÉDICOS
El primer gran médico otomano fue Hayyí Bashá
Jidr al-Ayidiní (siglo XV), que vivió en El Cairo y escribió el Kitab
shifá al-asqam wa dawa al-alam ("Libro de la curación de la enfermedad y del
remedio de las penas"). Otro gran facultativo otomano fue Muhamad al-Qausuní
(siglo XVI), médico de los sultanes Solimán I el Magnífico (1494-1566) y Selim
II (1524-1574), que redactó un tratado sobre las hemorroides llamado Kitab
zad al-masir fi ‘ilaÿ al-bawasir ("Libro de la Provisión para la Curación de
las Hemorroides"). En el siglo XVII sobresalió Salih Ibn Sallum, médico de Murad
IV (1612-1640), que estudió la obra del controvertido médico y alquimista suizo
Philippus Aureolus Theophrastus Bombastus von Hohenheim, llamado Paracelso
(1493-1541).
El primer tratado otomano sobre la sífilis fue
presentado al sultán Mehmed IV en 1655, basado en un famoso trabajo de Girolamo
de Verona (1483-1553), con algunos préstamos de las investigaciones de Jean
Fernel (1497-1558) sobre el tratamiento de esta enfermedad. Sin embargo, como
fácilmente se puede comprobar, la medicina otomana estaba atrasada sobre éste y
otros temas en más de un siglo con respecto a la de los europeos.
En el imperio otomano junto a los facultativos
musulmanes se destacaron griegos como Panagiotis Nicussias (m. 1673), graduado
en la Universidad de Padua, y Alexandros Mavrocordátos —no confundirlo con el
patriota homónimo de la independencia helénica que vivió entre 1791-1865—, y el
cretense convertido al Islam Nuh Ibn Abdulmennan.
Médicos judíos al servicio del Islam
También numerosos médicos judíos, aportaron
conocimiento y experiencias a los musulmanes otomanos, como es el caso de Manuel
Brudo, llamado a veces Brudus Lusitanus, «Brudo el Lusitano», un criptojudío
portugués que escapó de Portugal en 1530 y al llegar a Estambul pudo practicar
el judaísmo con entera libertad. Moshé Hamón y Musa Ÿalinus al-Israilí (Moisés,
el Galeno judío) fueron dos eminentes médicos judíos que se destacaron en la
época del sultán Solimán el Magnífico.
Hayatizadeh Feizí (m. 1691), famoso por sus
obras médicas escritas en turco basadas en fuentes occidentales, fue un judío
converso al Islam que fue el jefe de los médicos de la corte otomana bajo el
gobierno de los sultanes Muhammad IV (1648-87) y Solimán Ibrahim II (1687-1691).
La inoculación de la viruela
La viruela era una de las principales causas
de mortalidad en el siglo XVIII. Se trataba mediante la inoculación, en personas
sanas, de sustancias extraídas de las pústulas de quienes padecían la enfermedad
de forma leve. En el Imperio otomano, sin embargo, la inoculación de la viruela
había sido parcticada, por lo menos, en ciertos medios, mucho antes que en
cualquier otro lugar de Europa. De hecho, fue desde Estambul desde donde la
inoculación llegó a Londres en 1721 juntos con otros elementos orientales como
los pantalones bombachos y el fez, por Lady Mary Wortley Montagu, de la que ya
hicimos una breve reseña. Más tarde, Edward Jenner(1749-1823), un médico
británico, descubrió la vacuna contra la viruela y allanó el terreno para la
aparición de la inmunología.
MINIATURISTAS
La miniatura persa constituyó el modelo de
referencia de dos escuelas que, sin embargo, evolucionaron de manera opuesta. La
primera de ellas fue la escuela otomana, cuyo centro estaba situado en Estambul.
Sus miniaturas presentan una gran preocupación por el detalle, tanto en el plano
físico como en el social, y se distinguen por su escrupulosa búsqueda de lo que
constituye la identidad del tema representado. Sin embargo, las composiciones
permanecen estáticas, incluso hieráticas. Los numerosos volúmenes consagrados a
la crónica de los reinados de los sultanes constituyen la perfecta ilustración
de esta tendencia. En el siglo XVII, con las aportaciones del pintor Abdulÿelil
Çelebi, conocido como Ressam Levní (m. 1732), se insinuó una mayor desenvoltura
en la pintura otomana. Con todo, un aspecto original de ésta se desarrolló a
través de las reconstrucciones geográficas efectuadas con motivo de las
numerosas campañas militares de los sultanes. Véase G.M. Meredith-Owens:
Turkish Miniatures, Londres, 1963; Richard Ettinghausen: Turkish
miniatures from the thirteenth to the eighteenth century, Unesco, Nueva
York, 1965; E. Binney: Turkish Miniature Paintings and Manuscripts, Nueva
York, 1973; Michael Levey: The World of Ottoman Art, Thames and Hudson,
Londres, 1975; And Metin: La peinture miniature turque. La periode ottomane,
Editions Dost, Ankara, 1976; Géza Fehér: Miniatures Turques des croniques sur
les campagnes de Hongrie, Librairie Gründ, París, 1978; Norah M. Titley:
Miniatures from Turkish Manuscripts, Londres, 1981.
POETAS
La influencia de la prosodia persa se hizo
sentir en la poesía escrita por los turcos desde el siglo XI. La literatura
turca en lengua ÿatagay contó con el terreno de la prosa con las notables
Memorias de Babur (Babur Nameh), cuyo verdadero nombre era Zahiruddín
Muhammad (1483-1530), el primero de los Grandes Mogoles, y en cuanto a la poesía
se desarrolló en la corte timurí de Herat en el siglo XV.
En el ámbito otomano, el persa fue durante
mucho tiempo la lengua de la administración y de las buenas letras de los
sultanatos turcos —los selÿukíes, entre otros—, y después en el Imperio otomano.
La poesía otomana culta del diván, que siguió las pautas de la prosodia persa
—gazal, maznaví—, fue cultivada por numerosos poetas desde el siglo XIV al
XVIII.
Yunús Emré
Yunús Emré (1238?-1320), místico que formó
parte de los derviches errantes, es uno de los grandes poetas musulmanes turcos.
Fue un cantor de la fraternidad y del amor místico en la época del
reagrupamiento de los pueblos turcos en Asia Menor. Autodidacto, dominó el árabe
y el persa. Su obra máxima es «El Libro de los preceptos», de gran religiosidad,
donde evoca el sucederse de las alegrías humanas, de la duda y el dolor, junto
al sentimiento de la nada y la eternidad. Algunos de sus poemas hablan con
elocuencia de tolerancia y universalidad:
«Nuestro único enemigo
es el resentimiento.
No guardemos rencor a nadie;
para nosotros la humanidad es indivisible».
Su obra evoca el éxtasis de la comunión con la
naturaleza y con Dios. Así escribió estos versos memorables:
«Cualquiera que posea una gota de amor
posee la existencia de Dios».
Su preocupación por el destino de todos los
hombres, y en particular de los más desfavorecidos, da a su poesía una intensa
emotividad. Yunús Emré afirma la existencia del amor universal, proclamando su
fe en la fraternidad que trasciende todas las barreras y todos los sectarismos:
«No nos oponemos a ninguna religión.
El verdadero amor nace cuando todas
las creencias se unen».
Hombre del pueblo que escribió para el pueblo,
adalid de la justicia social, Yunús Emré se rebeló valientemente contra todos
aquellos gobernantes, propietarios, dignatarios políticos y seudorreligiosos que
oprimen a los débiles y humildes. Su mensaje poético en favor de la paz y la
fraternidad universal fue proclamando desde el Islam, hace más de setecientos
años, cuando en el mundo occidental no existían derechos humanos, convenciones
como las de Ginebra ni organizaciones como las Naciones Unidas:
«Venid, seamos amigos siquiera una vez.
Hagamos la vida más fácil.
Amemos y seamos amados.
Cuando surge el amor
desaparecen deseos y defectos».
La obra de Yunús Emré fue traducida por un
transilvano que fue prisionero de los turcos durante un largo tiempo (1438-1458)
e influyó notablemente en el pensamiento de tres prominentes humanistas
occidentales, como el católico holandés Desiderio Erasmo (1466?-1536) y los
reformistas alemanes Martín Lutero (1483-1546) y Sebastian Franck (1499-1542).
Véase Poèmes de Younous Emre, trad. G.
Dino y M. Delouse, P.O.F., París, 1973; T. Halman: Yunus Emre and his
Mystical Poetry, Indiana University, Indiana, 1981; M. Bozdemir: Yunus
Emre, message universel, I.N.A.L.C.O., París, 1992.
Nava’í
Mir Alí Sir Nava’í (1441-1501), que nació y
murió en Herat (hoy Afganistán), es una de las figuras más polifacéticas de la
historia del Asia central. En su ciudad natal fue visir del sultán timurí Husain
Baiqara (que gobernó entre 1470 y 1506), mecenas cuya brillante corte amparó a
escritores y artistas como el poeta persa Ÿami y el miniaturista Behzad. Mir Alí
Sir Nava’í es autor de cuarenta mil coplas, en las que trató de las leyenda
amorosas preislámicas. Árabes (Laila y Maÿnún) y persas (Farhad y Shirín). Su
obra ejerció una profunda influencia en el desarrollo ulterior de las
literaturas turcófonas: azerí, uigur, tátara y otomana, y es el exponente por
excelencia de la literatura turca chagatai. Sus obras incluyen una versión del
romance islámico de Farhad y Shirín, y la prosa de Muhakamat al-lugatain,
Maÿalis an-nafais y Mizán al-Awzán.
Fuzuli
Turco de origen azerí y de confesión shií,
Mehmed Solimán Fuzuli (1495-1556), que era hijo de un ulema, nació en Karbalá
(Irak) y murió a consecuencia de la peste en la misma ciudad. Simple guardián de
la tumba de Alí Ibn Abi Talib (la Paz sea con él) en al-Naÿaf, fue el más
destacado poeta otomano de su tiempo, junto con Baki, y también uno de los más
grandes versificadores, tanto en turco como en persa, lenguas que dominó además
del árabe. Su diván en persa, denota una inspiración personal, pero en la que
verdaderamente se distinguió fue en la lengua turca, que utilizó para cantar el
amor místico a la manera sufí. Sus obras principales son «Diván» y «Laila y
Maÿnun».
Bakí
Mahmud Abdul Bakí (1526-1600) pese a que era
hijo de un modesto muecín. Logró estudiar y, tras aprender el persa y el árabe,
pasó a formar parte del cuerpo de los ulemas. En 1553, a raíz de una oda a
Solimán el Magnífico, se hizo amigo de este sultán que también cultivaba la
poesía. Al morir Solimán en 1566, escribió una «Oda fúnebre», la más vigorosa de
sus composiciones. Conocido ya en vida como «el sultán de los poetas», Bakí ha
pasado a la posteridad como el más grande de los poetas otomanos clásicos.
Dentro de esta escuela, también sobresalieron Neÿati (m. 1509) y Omer Nef’i (m.
1635). Más tarde, con la boga del florido estilo indopersa, destacaron Ahmad
Nedim (1681-1730) y Mehmed Es’ad, más conocido como Galib Dede (1757-1799).
RAZONES DE LA DECADENCIA
Los turcos otomanos, que se constituyeron a
partir del siglo XV en el principal centro de poder del Islam, a pesar de contar
en abundancia con los medios necesarios para encarar un renacimiento científico
y cultural, cultivaron el proceso de anquilosamiento, quietismo y apatía
fomentado desde los ámbitos rigoristas ortodoxos.
«Si el Islam en su mejor época alzó a la
sociedad árabe a una nueva altura de progreso humano, en la peor alcanzó un
punto de estancamiento muy bajo. El apego al pasado y el aislamiento del
Occidente cristiano influyeron notablemente en el avance de la cultura islámica.
El concepto de progreso fue reemplazado por el de autocomplacencia que se hacía
aun más peligroso por un sentimiento exagerado de superioridad. La medida de las
realizaciones estaba en proporción inversa a este sentimiento de superioridad...
Todo esto sucedía mientras... Occidente se había embarcado en un nuevo viaje
para descubrir verdades nuevas y lozanas, para encontrar explicaciones
racionales de los hechos sociales y los fenómenos físicos... Se había dado
cuenta de que en la ciencia el secreto del conocimiento inagotable está en la
experimentación, y que en los negocios humanos el secreto del progreso radica en
el cambio, en cambiar para mejorar» (Philiph Khuri
Hitti: El Islam, modo de vida, Gredos, Madrid, 1973, págs. 257-59).
Los otomanos, atrincherados en su sentimiento
de superioridad, se interesaron tardíamente por las innovaciones occidentales,
aun así tan sólo despertaron su atención ciertos avances militares, como la
implementación en los ejércitos europeos de la bayoneta o las tácticas de las
formaciones de mosquetería en cuadro del siglo XVIII, que incluso no se
atrevieron a adoptar.(cfr. Marshall G.S. Hodgson: The Gunpowders Empires and
Modern Times, University of Chicago Press, Chicago, 1974; Andrew Wheatcroft:
The Ottomans. Dissolving Images, Penguin Books, Londres, 1995, pág. 99;
Virginia H. Aksan: An Ottoman Statesman in War and Peace. Ahmed Resmi Efendi,
1700-1783, Brill, Leiden, 1995).
Mientras tanto, Europa, que supo usufructuar y
llevar a la práctica los preclaros conceptos y descubrimientos de la Edad de Oro
del Islam, disponía de los medios políticos, comerciales, materiales y militares
que le habían de permitir imponerse en el mundo y colonizar y expoliar a los
pueblos musulmanes.
«La historia del mundo desde el año 1500
puede concebirse como una carrera entre el poder creciente de Occidente para
oprimir al resto del mundo y los esfuerzos cada vez más desesperados de los
otros pueblos para rechazar a los occidentales»
(William H. McNeill: The Rise of The West, University of Chicago Press,
Chicago, 1963; Europe’s Steppe Frontier, 1500-1800, Chicago, 1964; The
Pursuit of Power, Oxford, 1983). Véase Hugh Trevor-Roper: La época de la
expansión de Europa y el mundo desde 1559 hasta 1660, Labor, Barcelona,
1974.
Es muy sorprendente, por ejemplo, el hecho de
que en el Imperio Otomano la imprenta fuese autorizada desde sus comienzos en
provecho de las minoritarias Gentes del Libro (judíos, griegos y armenios). En
1494 un inmigrante judío estableció la primera imprenta no-musulmana en
Estambul, imprimiendo obras hebraicas. En 1555, el ya citado embajador Busbecq,
informa que los otomanos consideraban un pecado imprimir el Corán y los libros
religiosos.
La «hazaña» de Müteferika
En cambio, tuvieron que pasar un total de
doscientos setenta y un años —desde la primera imprenta instalada por Johannes
Gutemberg (1390-1468) en Mainz en 1446—, hasta 1727, para que pudieran
imprimirse obras turcas en caracteres árabes, y esto gracias al ingenio e
idoneidad de un transilvano converso al Islam, como Ibrahim Müteferika
(1670-1745), diplomático que también logró la alianza otomana-francesa de
1737-1739.
Al contrario de lo que sucedía en las
universidades islámicas de los siglos VIII, IX y X, desde Bagdad hasta Córdoba,
donde el estudio y la investigación eran un deleite, los estudiantes se aburrían
en las aulas de los centros de enseñanza otomanos. La vida del estudiante estaba
formada por la «repetición incansable, en la cual no hallaba nada nuevo del
principio al fin del año... en el curso de sus estudios escuchaba reiteraciones
y charlas que no conmovían su corazón ni despertaban su apetito ni nutrían su
mente, que no agregaba nada a lo que sabía» (cfr. Taha Husain: A Passage
to France, Leiden, 1976, págs. 1 y 2).
LAS ESCUELAS DE SUFISMO Y MÍSTICA ISLÁMICA
La mayor contribución de los otomanos al
Islam fue el sufismo, basado en formas místicas de adoración. Toda taríqa
o hermandad sufi (plural turuq) busca la unión mística del ser humano con
Dios Todopoderoso, alabado sea.
La administración y sociedad otomanas estaba
profundamente inmersa en el sufismo. Las cofradías sufíes operaban en pequeñas
comunidades (dergas) o grandes monasterios (tekkes). Ahora veremos
las tres hermandades sufíes más importantes y que siguen siendo las más
populares en la actualidad. La escuela islámica jurídica (madhab)
predominante en el Imperio otomano y la Turquía actual es la Hanafi, que siguió
las enseñanzas del sabio de origen persa Abu Hanifa an-Numan Ibn Thabit
(699-767). Los hanafíes constituyeron la primera de las cuatro escuelas sunníes,
y la menos rigorista de todas ellas.
La orden Jalwatiya
Fundada por Umar al-Jalwati (muerto en Tabriz
hacia 1397-1398), fue la predominante en la administración y los círculos
oficiales. «Su ortodoxia, más político-religiosa que puramente religiosa (los
doctores de la Ley criticaron con frecuencia a los jalvetíes), les colocó en una
posición hegemónica con respecto a las demás turuq otomanas y propició su fuerte
expansión, sobre todo en Estambul y el suroeste europeo, hasta las fronteras más
septentrionales del imperio» (cfr. Alexandre Popovic y Gilles Veinstein:
Las sendas de Allah. Las cofradías musulmanas desde sus orígenes hasta la
actualidad, Ediciones Bellaterra, Barcelona, 1997, Nathalie Clayer: La
Jalwatiya, pág. 601).
La orden Mevleví
Esta orden de derviches está formada por un
grupo místico cuyos miembros son seguidores del sabio persa Ÿalaluddín Rumí
(1207-1273) que la fundó en Konia, ciudad de Anatolia donde murió. Los mevlevíes
(de la voz árabe maulana, mevlana en turco, "nuestro maestro",
sobrenombre de ar-Rumí), alcanzan el éxtasis místico (uaÿd) en virtud de
la danza (samá’), símbolo del baile de los planetas. Los derviches (del
persa darwish: "visitador de puertas") mevlevíes giran sobre sí mismo
hasta conseguir el éxtasis. La danza es acompañada de flautas, atabales,
tamboriles, esa especie de violines llamados kamanché, y laúdes de mástil largo
como el saz turco. Esta tradición musical se desarrolló a través de la ceremonia
maulawiyya llamada Ain Sharif, que ha tenido compositores famosos como
Mustafá Dede (1610-1675, Mustafá Itri (1640-1711), o el derviche Alí Siraÿaní
(m. 1714). Rumí dijo: «El samá’ es el adorno del alma que ayuda a ésta a
descubrir el amor, a experimentar el escalofrío del encuentro, a despojarse de
los velos y a sentirse en presencia de Dios» (cfr. Eva de
Vitray-Meyerovitch:
Mystique et poésie en Islam, Djalal Uddin Rumi et l'ordre des derviches
tourneurs, Desclée De Brouwer, París, 1972).
La orden mevleví celebra todos los años en
diciembre un festival de conmemoración de su fundador, siendo una importante
atracción turística en Konia (Turquía), donde está la tumba del santo (ualí
en árabe). La Mevleví encontró adeptos entre intelectuales y artistas urbanos.
La orden Bektashí
Los miembros de esta cofradía son seguidores
de Haÿÿi Bektash Ualí (1209-1271), místico musulmán. La orden tiene su base en
Haci Bektash, en la provincia de Kirsehir, donde está enterrado el fundador. La
hermandad considera a Alí Ibn Abi Talib (600-661) sucesor legítimo del Profeta
Muhammad (BPD). Este movimiento atrae a los shiíes y alevíes de Turquía.
Originalmente, sus derviches o miembros
comunes de la hermandad (en árabe faquires o murides) fueron los responsables de
islamizar al campesinado cristiano de Anatolia y de los Balcanes (como los
bosnios y albaneses).
Los jenízaros adoptaron a Haÿÿi Bektash como
líder espiritual —incluso se hacían llamar «hijos de Haÿÿi Bektash»—, y tomaron
de los bektashíes ciertas ceremonias y algunos de los elementos de su
indumentaria y ritual, como la «mano de Fátima» y la «espada Dhulfiqqar de Alí»
(cfr. David Nicolle: The Janissaries, Osprey, Londres, 1995).
Los alevíes o alauitas, que hoy forman el 20%
de la población de Turquía y también se encuentran en Bulgaria, se consideran
bektashíes —o alevíes bektashíes—.
NOTAS
(1)
El emir turco Ertugrul Gazi (1190-1282), hijo de Soleimán Sha, estuvo al
servicio de los sultanes selÿukíes de Konia. Una historia muy interesante cuenta
que un contingente exhausto de selÿukíes en retirada, al mando de Aladino de
Konia, fue sorprendida y arrinconada por un destacamento de mongoles procedentes
del Este. Cuando los musulmanes tenían sus vidas pendientes de un hilo, apareció
Ertugrul y sus 444 caballeros y venció a los salvajes invasores. Así comienza la
primera crónica del Imperio otomano.
(2)
La batalla de Kosovo fue una victoria del ejército otomano, al mando del sultán
Murad I, sobre los serbios liderados por el
príncipe Estefan Lazar, en la llanura de Kosovo, Serbia, en el año 1389. Los
turcos habían cruzado el Helesponto con el propósito de invadir Europa en 1356.
Cinco años más tarde, Murad había conquistado Tesalónica y Adrianópolis, las dos
ciudades griegas más importantes después de Atenas. Sólo Serbia ofreció seria
resistencia. En Kosovo, Lazar había reunido un gran ejército que incluía
búlgaros, bosnios, albaneses, polacos, húngaros y mongoles, además de serbios.
Durante la batalla, un noble serbio Milosh Obravitch, yerno de Lazar, que simuló
ser un desertor, penetró en el campamento turco e hirió mortalmente a Murad I
con una daga envenenada. A pesar de ello, los turcos se rehicieron e infligieron
una total derrota al ejército serbio. Lazar fue capturado y ejecutado. Serbia se
vio obligada a pagar tributo a los turcos y los serbios tuvieron que servir en
el ejército otomano. En el año 1448, un ejército cristiano, al mando del húngaro
János Hunyadi, hizo frente a los turcos, de nuevo en Kosovo, en lo que fue el
intento final para salvar Constantinopla, pero en el momento crucial de la
batalla los valaquios desertaron y se pasaron a los turcos, los cuales
obtuvieron de nuevo otra decisiva victoria. Cinco años más tarde los turcos
conquistarían Constantinopla.
(3)
Hay dos versiones válidas que tratan de acreditarse el origen de esta
denominación. Una es la expresión griega is ten pólis "hacia la ciudad"
(luego arabizada). La otra es la que afirma que a pocos días de la caída de
Constantinopla, el 29 de mayo de 1453, la urbe fue llamada Islambul ("ciudad del
Islam").
(4)
Solimán I el Magnífico (1494-1566),
sultán de Turquía (1520-1566), durante cuyo reinado el Imperio otomanoalcanzó su
cenit de poder y esplendor. Solimán nació el 6 de noviembre de 1494, en Trabzon
(Trebisonda), hijo de Selim I. En 1521, al comienzo de su reinado, Solimán
capturó la ciudad húngara de Belgrado(actualmente capital de Serbia). Al año
siguiente expulsó a los Caballeros de San Juan de Jerusalén, orden militar y
religiosa, de la isla de Rodas en el mar Egeo. En 1526 de nuevo invadió Hungría,
mató a Luis II, rey de Hungría, y venció al ejército húngaro en la batalla de
Mohács. Regresó a Hungría en 1529 como partidario de Juan I Zápolya, quien había
sido elegido rey por la nobleza húngara, pero cuya elección fue rechazada por el
archiduque Fernando de Austria (futuro emperador Fernando I). Juan I tomó
posesión de su cargo, y Fernando fue obligado a volver a Viena, a la cual
Solimán entonces intentó sitiar. No tuvo éxito, limitando de este modo el
alcance de su invasión a Europa central. Solimán después dirigió su ejército
contra el Irán safaví. En 1534 conquistó las ciudades de Tabriz y Bagdad. En
1535 firmó una alianza con Francisco I, rey de Francia, contra el emperador
Carlos V. El tratado abrió el comercio del oriente mediterráneo tan sólo a la
bandera francesa, y, como resultado del acuerdo, las relaciones diplomáticas
entre Francia y Turquía duraron siglos. En 1541 Solimán de nuevo invadió
Hungría, capturando Buda e incorporando la Hungría central a su Imperio. Los
turcos en este momento tenían la supremacía en el Mediterráneo; en 1551,
Trípoli, en el norte de África, cayó en sus manos. Los principales
acontecimientos durante los últimos años del reinado de Solimán fueron la
segunda y tercera guerra con Irán, que entonces era un estado casi dominado, el
asedio frustrado de Malta (donde los Caballeros de San Juan se habían retirado)
en 1565, y también una expedición en Hungría en 1566. Murió sitiando Szigetvár
en este país, el 7 de septiembre de 1566. Sus hijos Selim y Bayaceto lucharon
después por el trono hasta que Bayaceto fue derrotado y asesinado. Solimán es
considerado como el sultán turco más importante. Sobresalió como administrador,
ganando el título de kanuni (’legislador’), y como destacado mecenas de
las artes y de las ciencias. A su fallecimiento, el Imperio otomano controlaba
gran parte de los Balcanes, el norte de África y Oriente Próximo, y era el poder
dominante en el mar Mediterráneo. En una sala del Congreso de los Estados
Unidos, en Washington, junto con los cuadros de Hammurabi, Moisés, Solón y
Jefferson, hay un retrato del sultán Solimán en reconocimiento a su talla
política como gobernante, que promulgó todo un sistema de jurisprudencia. Entre
los logros de Solimán que han prevalecido está su poesía, y a pesar de que no se
le puede catalogar como maestro de versos clásicos, fue sin duda un buen
practicante de este arte. Su Diván (colección de poemas) nos da una
visión de sus pensamientos en mayor profundidad y alcance que sus diarios, que
consisten básicamente en notas diarias de batallas, viajes y asuntos políticos.
Algunas de las líneas poéticas de Solimán el Magnífico se han convertido en
proverbios aun en uso en Turquía, por ejemplo:
"La gente considera a la riqueza y el poder como la
mejor de las suertes, pero en este mundo, la salud es la mayor riqueza".
(5)
La Batalla de Mohács supuso la derrota del ejército húngaro, a las órdenes del
rey Luis II, a manos del ejército otomano, bajo el mando de Solimán el
Magnífico, y tuvo lugar el 29 de agosto de 1526 en Mohács, 170 km al sur de
Budapest. Solimán había exigido el pago de tributos a Hungría y cuando ésta se
negó a ello, avanzó hacia el norte con un ejército formado por 100.000 hombres,
tomando Belgrado y alcanzando la frontera húngara. En respuesta, Luis reunió a
un ejército mucho más pequeño, formado por 20.000 soldados, y en vez de esperar
los refuerzos de Croacia y Transilvania, avanzó hacia el sur desde Buda. Sus
fuerzas fueron prácticamente aniquiladas y él mismo murió en la batalla. Las
consecuencias para Hungría fueron desastrosas. Después de doce años de guerra
civil, todo el país fue absorbido por el Imperio otomano; sólo el tercio
oriental, incluyendo Transilvania, mantuvo cierta autonomía. La monarquía
húngara fue destruida y los otomanos permanecieron en el país hasta 1699.
(6)
El asedio se produjo a principios del otoño de 1529, entre el 27 de septiembre y
el 15 de octubre. A pesar de que los defensores de Viena sólo recibieron el
apoyo poco entusiasta de sus vecinos alemanes, el ejército otomano estaba mal
equipado para un asedio y su tarea fue obstaculizada por la nieve y las
inundaciones. Solimán se retiró a finales de octubre y no pudo reanudar el sitio
a su regreso en 1532, cuando encontró a los defensores apoyados por un gran
ejército bajo el mando del hermano de Fernando I, el emperador Carlos V
(1500-1558).
(7)
Los Jenízaros (del turco, yeniçeri, "nuevas tropas") fue un cuerpo de
élite organizado por el sultán Murad I (1326-1389) en la segunda mitad del siglo
XIV, pero creado por su padre Orján Gazi (1288-1360). Los ejércitos otomanos se
habían formado hasta entonces mediante levas tribales turcomanas leales a los
líderes de su clan, pero a medida que el desarrollo político otomano adquirió
las características de un Estado, se hizo necesario tener tropas pagadas,
únicamente leales al sultán. Después, se instituyó el sistema de atraer a
jóvenes cristianos (devshirme); convertirles al Islam y darles el mejor
adiestramiento, transformándoles en la élite del Ejército. Su vida diaria estaba
regida por leyes especiales, que les apartaban de la vida civil; incluso se les
prohibía el matrimonio. La devoción a esa disciplina convirtió a los jenízaros
en la mejor división de ejército del mundo de entonces. Sin embargo, estas
normas cambiaron con el tiempo; el reclutamiento se relajó y debido a los
privilegios de que disfrutaban, su número ascendió de aproximadamente 20.000 en
1574 a unos 135.000 en 1826. Para aumentar sus sueldos, los jenízaros comenzaron
a ejercer distintas relaciones comerciales y establecieron fuertes vínculos con
la sociedad civil, reduciendo de este modo su lealtad al sultán. En algunos
momentos se convirtieron en personas influyentes y en aliados de las fuerzas
conservadoras, oponiéndose a toda reforma y evitando permitir que se modernizara
el Ejército. Su impotencia para aplastar la insurrección griega a comienzos de
la década de 1820 les desacreditó completamente, y animó al sultán Mahmud II a
proyectar su eliminación. Cuando se alzaron en 1826, este último disolvió el
cuerpo por decreto y eliminó toda oposición por la fuerza.
(8)
La lengua turca, también conocida por osmanlí o turco otomano, es el idioma
nacional de Turquía y de las minorías turcas que viven en Asia central, los
Balcanes y el Oriente Próximo. Relacionado con el azerbaÿaní y el turkmenistaní,
es el miembro de la subfamilia altaica que más se habla. Procede de la lengua
que trajeron los turcos selÿukíes al Asia Menor en el siglo XI. Otras veces se
le ha llamado antiguo anatolio y ha sido la lengua de todo el Imperio otomano.
Su alfabeto originario fue el árabe. Durante siglos el turco ha recibido
numerosos arabismos léxicos y sintácticos, así como una clara influencia del
persa. A partir de 1929, Mustafá Kemal, llamado Ataturk ("padre de los turcos"),
ordenó la adopción del alfabeto latino y las expresiones tomadas de otras
lenguas se sustituyeron por derivadas del turco.
(9)
Las Guerras Turco-rusas fueron una serie de enfrentamientos entre Rusia y el
Imperio otomano producidos durante los siglos XVII, XVIII y XIX, a medida que
Rusia se hacía con el control de la costa norte del mar Negro y ampliaba su
esfera de influencia en los Balcanes.
(10)
Los rusos destruyeron la flota turca situada en el puerto de Sinope, en el mar
Negro, el 30 de noviembre de 1853, lo que provocó una enérgica protesta de Gran
Bretaña y Francia. Rusia ignoró la demanda por la que reclamaban la evacuación
de Moldavia y Valaquia, y ambos países le declararon la guerra en marzo de 1854,
confiando en que su supremacía naval les proporcionaría una victoria rápida. El
reino italiano de Cerdeña se unió poco después a esta coalición anglo-francesa,
con la esperanza de ganar su favor y obtener su ayuda para expulsar a los
austriacos de los pequeños reinos de Italia. El 3 de junio, Austria amenazó con
declarar la guerra a Rusia, que quedó consternada al recibir la noticia, a menos
que desocupara Moldavia y Valaquia. Rusia cumplió esta petición el 5 de agosto y
las tropas austriacas ocuparon ambos principados. Fue en este momento cuando los
aliados decidieron emprender una campaña contra Sebastopol(situado en Crimea),
donde se encontraba el cuartel general de la flota rusa emplazada en el mar
Negro; sus fuerzas alcanzaron Crimea en septiembre de 1854. La guerra se
prolongó, a pesar de las cruentas derrotas que sufrieron los rusos en el río
Alma y en las batallas de Balaklava y de Inkerman, debido a la negativa de Rusia
a aceptar las condiciones de paz propuestas por los aliados. Finalmente,
Sebastopol cayó el 9 de septiembre de 1855, pero Rusia aceptó firmar la paz sólo
después de que Austria amenazara con intervenir en la guerra. Desde el punto de
vista militar, esta guerra representó un acontecimiento desafortunado e
innecesariamente costoso. Los comandantes de ambos bandos demostraron claramente
su ineptitud desperdiciando vidas en combates absurdos, tales como la famosa
"carga de la Brigada Ligera", en la que una unidad británica sufrió graves
pérdidas durante la batalla de Balaklava (25 de octubre de 1854). La ineficacia
y la corrupción de las administraciones obstaculizaron el abastecimiento de
alimentos, ropa y municiones en ambos ejércitos, y los servicios médicos no
recordaban una situación tan atroz. La enfermera británica Florence
Nightingale (1820-1910), conocida como The Lady with the Lamp ("La Dama con
la lámpara") adquirió fama por los esfuerzos que realizó para mejorar el cuidado
de los enfermos y heridos. Gracias a sus servicios, se distinguió por ser la
primera mujer en el mundo que recibía una medalla de honor de un sultán
(Abdulmakid I). Pero fueron las enfermedades y no los combates, las que
provocaron el mayor número de víctimas. La opinión pública británica también fue
adquiriendo una actitud más crítica ante la guerra a medida que leía las
crónicas enviadas al periódico The Times por el corresponsal de guerra
irlandés William H. Russell (1820-1907), el primer periodista que relató
un conflicto bélico por medio del telégrafo. La Guerra de Crimea quedó reflejada
en la obra de Alfred Tennyson (1809-1892) "La carga de la brigada ligera", y en
las "Historias de Sebastopol" de Lev Tolstoi (1828-1910).
(11)
Este calificativo fue utilizado por primera vez por el zar Nicolás I (1796-1855)
en una conversación con el embajador británico en San Peterburgo, Sir Hamilton
Seymour, en enero de 1853.
Bibliografía complementaria
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R.H. Shamsuddín Elía
Profesor del Instituto Argentino
de Cultura Islámica
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