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LOS AROMAS DE AL-ÁNDALUS
Alguien preguntó a
Ÿa’far as-Sadiq(1),
de qué manera un hombre podía mostrar la Bendición divina, y respondió:
«Llevando sus vestimentas limpias y
perfumándose, blanqueando su casa, y quitando la suciedad de la misma. Pues,
Dios ama el brillo de la luz antes de la salida del sol y así, El aleja la
pobreza y aumenta los medios de subsistencia de la persona que se comporta de
esta forma».
1-Se trata del bisnieto de al-Husain (626-680), hijo de
Alí Ibn Abi Talib (600-661) y Fátima az-Zahra (615-633), la hija del Profeta
Muhammad (BPD) —la Paz sea con ellos—. Es uno de los grandes sabios del Islam,
venerado por la escuela shií como el sexto de los doce Imames0 de la
descendencia profética, y por la escuela sunni como uno de los más destacados
tabi'ún (la segunda generación después de los contemporáneos del Profeta).
Tuvo cientos de discípulos que aprendieron de él las ciencias islámicas, incluso
dos de los fundadores de las escuelas sunníes de jurisprudencia: Abu Hanifah
(699-767) y Malik Ibn Anas (715-795). El Imam Ÿa'far as-Sadiq (P) vivió entre
702 y 765 y fue envenenado por el soberano abbasí al Mansur (709-775).
Una práctica que se remonta a la Sunna,
o sea las tradiciones y costumbres del Profeta Muhammad (BPD) es la elaboración
y
utilización de perfumes no alcohólicos. Otra
narración de Ÿa’far as-Sadiq (P) dice que «vestirse bien reduce al enemigo y
perfumarse el cuerpo atenúa la tensión mental y las preocupaciones».
La islamóloga Rachel Arié nos recuerda que
«Los musulmanes de España, de cualquier condición social, usaban normalmente
perfumes y ünguentos. Tanto hombres como mujeres sintieron predilección por las
esencias a base de limón, de rosas y de violetas, y por el ámbar: ámbar gris,
ámbar natural (anbar), desmenuzado o molido, y ámbar negro. El perfume de
almizcle (al-misk) parece haberse impuesto en al-Ándalus, como atestiguan varias
poesías. Los aceites perfumados y las esencias de flores se conservaban en
frascos de vidrio y cristales como hoy lo siguen haciendo los perfumistas y
boticarios magrebíes. Ibn Hazm nos cuenta que las cordobesas de su tiempo
pasaban largo tiempo mascando goma para perfumar su aliento» (Rachel Arié:
Quelques remarques sur le costume des Musulmans d’Espagne au temps des
Nasrides, tomo XII/3, Leiden, 1965, págs. 244-261).
Toda la gama de perfumes y cuidados estéticos
y de la salud ha quedado conservada en los tratados de alimentos, higiene y
medicina de Avenzoar (1095-1161) e Ibn Wafid de Toledo (1008-1074). Véase E:
García Sánchez: El Kitab al-agdiya de Avenzoar, Granada, 1983; Camilo
Alvarez de Morales: "El libro de la almohada" de Ibn Wafid de Toledo
(recetario médico árabe del siglo XI), Toledo, 1980.
LOS PERFUMES
Algunas materias aromáticas de origen animal,
importadas a al-Ándalus desde Oriente:
Almizcle
Llamado en árabe al-misk.
Sustancia grasa de intenso olor que se encuentra en una bolsa glandular de un
mamífero de la familia de los cérvidos y semejante a la cabra, llamado
almizclero, que vive en las montañas del Asia Central.
En al-Ándalus el olor del almizcle fue muy
popular, ya que se alude al almizcle frecuentemente en los poemas andalusíes,
comparándolo con todo aroma intenso y perfumado.
Un ejemplo es el poeta Ibn A'isa (siglo XI)
que concibe al-Ándalus como: «Una tierra de almizcle, una atmósfera de ámbar,
(...) y una lluvia fina de agua de rosas».
Ibn Abi Umayya (también poeta del siglo XI) se
pregunta si el aroma que intenta descubrir procede: «del almizcle de Darín
que la brisa trae como saludo o del ámbar de al-Sihr o de los jardines llenos de
flores».
Ámbar gris
Llamado en árabe 'abir. Sustancia que
se encuentra en las vísceras del cachalote. Es sólida, opaca, de olor
almizcleño, que se ablanda con el calor de la mano.
Se puede hallar en masas pequeñas y rugosas,
sobrenadando las costas del Coromandel (situada al sureste de la India), la isla
de Sumatra, la isla de Socotra (Yemen) y la de Madagascar. Era muy utilizado en
al-Ándalus en perfumería y en la producción de afrodisíacos.
Al parecer, también se encontraba el ámbar
gris en las costas andalusíes del Algarve, según el historiador argelino
al-Maqqarí (1591-1634) duraba mucho al ser que mado en pebeteros.
El ámbar gris, como hemos visto más arriba,
también sirvió de metáfora perfumada a los poetas andalusíes, como, en este caso
al soberano de Almería (al-Mariya), Abu Yahya Mu'izz ad-Daula al-Mu'tasim billah
(g. 1052-1091) quien envió a una de sus mujeres una misiva por medio de una
paloma, diciendo: «Esta paloma os transmitirá, como prueba de mi afecto,
mensajes más olorosos y perfumados que las fragancias del 'abir
(ámbar gris)».
Los productos aromáticos que perfumaban las mezquitas
La mezquita es un lugar de reunión de los
creyentes y para dignificar ese lugar durante la asistencia colectiva de los
musulmanes en la oración del Viernes y en las fiestas importantes, se quemaban
en pebeteros productos aromáticos, importados de Oriente.
Entre las Suras del Sagrado Corán que se
recitaban frecuentemente en las mezquita de al-Ándalus, algunas aleyas hablan de
especias y perfumes en el Paraíso:
«Por cierto que los justos
beberán en copas de una mezcla alcanforada»
«Allí se les servirá una copa
que contendrá una mezcla de jengibre
tomada de una fuente de allí
(el Paraíso) que se llama Salsabil».
Sura Al-Insan (76), aleyas 5,
17 y 18.
Áloe indio o árbol de la India (aquilasia agalloca)
Originario de la India, cuya madera se ha
mencionado en algunas traducciones de textos árabes erróneamente como madera de
áloe. Se utilizaba como incienso, por las propiedades aromáticas de su resina,
en las mezquitas de La Meca (Arabia) y seguramente también en las de al-Ándalus.
Tenía aplicación en la preparación de perfumes y electuarios, vinculándose
siempre su utilización a los soberanos, quizá por su elevado coste.
Árbol del incienso (c. abyssinica)
Llamado en árabe lubbán. Se
encontraba en Arabia y en Africa, y de él se extraía una gomorresina de color
amarillo rojizo, sabor acre y muy aromática al ser quemada; es el incienso que
todos conocemos.
Entre las propiedades terapéuticas del
incienso se encontraba el avivar la inteligencia y aumentar la memoria, según
Ibn Zuhr, latinizado Avenzoar (1095-1161), médico andalusí que residió un tiempo
en El Cairo, autor del Kitab al-taysir fi ad-madawat wa-al-tadbir ("Libro
que facilita el estudio de la terapéutica y la dieta"), un manual que un siglo
más tarde fue traducido al latín consiguiendo una gran difusión.
Protegía de la picadura del escorpión el tomar
incienso con alguna bebida.
Sándalo
En Ál-Andalus llamado sandal.
Árbol semejante en su aspecto al nogal. Hojas ovales, flores pequeñas y fruto
parecido a las cerezas. Su madera es amarilla-marrón y produce un excelente
aroma, especialmente al ser quemada.
Originario de las costas de la India, su
aceite era muy utilizado en las islas Maldivas como ünguento aromático, según
refiere el viajero tangerino Ibn Battuta (1304-1377) —cfr. Ibn Battuta: A
través del Islam, Alianza, Madrid, 1988, págs. 676—. El geópono Abu l-Jayr
al-Isbilí (siglo XI), natural de Sevilla como indica su nisba, indica que
el árbol de sándalo llega a vivir unos ciento cincuenta años.
También con el nombre de sándalo se conoce una
planta herbácea olorosa, de poca altura, de hojas pecioaladas y flores rosáceas,
originaria de Persia y que se cultivaba en jardines. Es este el llamado sándalo
maqasiri, mencionado por Ibn Battuta, que se utilizaba en la
elaboración de perfumes y como elemento de higiene para limpiar la boca tras las
comidas.
También en este caso los poetas andalusíes
recogen la metáfora de la madera aromática quemándose en un brasero. Así
dirigiéndose a su soberano — Muhammad Ibn Abbad (1039-1095) que se hizo llamar
al-Mu'tamid bi-llah ("el apuntalado por Dios"), rey poeta de Sevilla—
en adulación, se manifiesta el visir Ibn 'Ammar (1031-1086): «¿Qué podría
perfumarse si el mencionarte es sándalo que pondría en el brasero ardiente de mi
pensamiento?».
Los productos de embellecimiento
En al-Ándalus, como en el resto del mundo
islámico, los perfumes tuvieron una presencia importante. Eran de uso general en
todas las clases sociales, y tanto hombres como mujeres los usaban en gran
cantidad.
A esto se unía la asistencia al hammam
(baño) y los cuidados estéticos que allí se ofrecían. Así fue común en
al-Ándalus la utilización de jabones aromáticos, el empleo de aceites y
ünguentos corporales, la depilación, el arreglo y el teñido del cabello con
alheña; la decoración de manos y pies de las mujeres con alheña (al-henna),
exclusivo en las mujeres, así como el perfilado de ojos con sulfuro de antinomio
(kohl).
Además de todo ello, el rociado con perfumes
de agua de rosas, perfume de azafrán, almizcle, ámbar natural desmenuzado, ámbar
negro, etc.
El polímata granadino Lisanuddín Ibn al-Jatib
(1313-1375)
en una de sus últimas obras, la Nufadat
al-ÿirab fi ‘ulalat al-igtirab ("Sacudida de alforjas para entretener el
exilio"), Manuscrito de El Escorial Nº 1750, nos relata una recepción en la
Alhambra, ofrecida por el sultán nazarí Muhammad V en 1362, durante la fiesta de
inauguración de varias salas de la «fortaleza roja»:
«Al acabarse las recitaciones subió de tono
el tumultuoso ruido del dikr, que rebotaba en unas y otras paredes, duplicado
por el eco de la nueva construcción. En el dhikr compitieron los expertos con la
masa del vulgo. Hizo mucha mella en los ánimos. En las imaginaciones irrumpieron
sentimientos de sumisión al poder divino y de desgarramiento por el temor de
Dios, que acabaron por producir enajenaciones. Tras ella vino la vuelta en sí. Y
entonces la cerrada atmósfera se nubló con el humo del ámbar de Sihr, cuya nube
entoldó a los circunstantes. Fue vertida el agua de rosas, caída sobre las ramas
de la familiaridad como un diluvio, hasta el punto que gotearon las barbas y se
calaron las vestiduras. La flauta empezó a sonar para cerrar el programa
protocolario» (traducción de Emilio García Gómez en su
obra, Foco de antigua luz sobre la Alhambra, Madrid, 1988, págs. 155-6).
GASTRONOMÍA
«¡Creyentes! ¡Comed de las
cosas buenas de que os hemos proveído y dad gracias a Dios, si es El sólo a
Quien servís! Os ha prohibido sólo la carne mortecina, la sangre, la carne de
cerdo y de todo animal sobre el que se ha invocado un nombre diferente del de
Dios».
El Sagrado Corán:
Sura 2, Aleyas 172-3.
Es un principio de la cortesía musulmana al
recibir por primera vez a un invitado, el saludarle con el tradicional
as-salamu aleikum, que es un saludo islámico deseando paz y salud, y
seguidamente el ofrecerle leche acompañada de dátiles con almendras. El vaso de
leche es un símbolo de la pureza de sentimientos, libres de toda hostilidad. Los
dátiles que lo acompañan, soporte alimenticio de los musulmanes , por
excelencia, es el símbolo del ofrecimiento de ayuda material, y las almendras
son un alimento altamente nutritivo y agradable.
Hay una larga lista de recomendaciones sobre
el beber y el comer, provenientes de la Sunna o Conducta del Santo Profeta del
Islam, Muhammad (BPD) y retransmitidas por los sabios del Islam, como las
siguientes escritas por el teólogo iraní Allamah Muhammad Baqir Ibn Muhammad
at-Taqi al-Maÿlisí (1628-1699):
«No hay que ser pródigo en
materia de comer y beber.
No comáis nada cuando tengáis
el estomago lleno.
Es Sunna lavarse las manos y la
boca antes y después de las comidas.
Es conveniente decir Bismillah
("en el Nombre de Dios") cuando se pone la comida en la mesa, y empezar y
terminar las comidas con una pequeña pizca de sal.
Comer con los sirvientes y
sentados en el suelo es Sunna.
No toméis la comida cuando está
demasiado caliente.
Limpiaros los dientes después
de haber comido»
(Allamah al-Maÿlisí: Buenas costumbres y
actitudes en el Islam, Agreg. Cult. Embaj. Rep. Islámica del Irán, Madrid,
1996, págs.18-19).
Al-Ándalus, paraíso culinario
Los musulmanes andalusíes introdujeron nuevos
productos muy populares hoy, no solamente en la Península, sino en toda Europa,
como es la berenjena (badinÿana), originaria de la India y difundida por
el Mediterráneo a través de Irán. Tan apreciado llegó a ser ésta en al-Ándalus,
que los almuerzos de mucho bullicio y gentío, se les llamaba «berenjenales».
Entre las verduras también trajeron las
alcachofas (jarshuf) y los espárragos, que tenían la propiedad de evitar
los malos olores de la carne. Las hortalizas más cultivadas eran, además, la
calabaza, los pepinos, las judías verdes, los ajos, la cebolla, la zanahoria, el
nabo, los jaramagos, las acelgas (as-silqa), las espinacas (isfanaj)
y muchas otras.
Las frutas más consumidas eran la sandía, que
provenía de Persia y del Yemen, el melón, del Jorasán, y la granada de Siria,
convertida, en la imaginación colectiva, en el símbolo por excelencia de la
España musulmana. A propósito, en el «Libro de Agricultura» de Ibn al-Awwám
(siglos XII y XIII), traducido por Banqueri, AECI, Madrid, 1988, podemos leer
una tradición del Profeta Muhammad (BPD) sobre esta hermosa fruta, rescatada por
este hacendado andalusí de la zona de Aljarafe, cerca de Sevilla: «Cuidad del
granado; comed la granada, pues ella desvanece todo rencor y envidia».
El higo, que llegó a ser reputado en
al-Ándalus hasta el punto de exportarse a Oriente, se introdujo en la península,
procedente de Constantinopla, en tiempos de Abderrahmán II. Los cítricos, como
el limón (laimún), el toronjo y la naranja (del árabe: naranÿa, y
éste del persa:
naranguí) amarga fueron importados de Asia oriental. Eran utilizados para
conservar los alimentos, pero también se extraía de ellos para la elaboración de
zumos y de sus flores, esencias para la elaboración de perfumes. Igualmente, la
ciencia del injerto se desarrolló en al-Ándalus hasta límites insospechados,
logrando, por ejemplo, una extraordinaria variedad de pomelos.
No deja de llamar la atención el proceso por
el que la naranja deja su nombre en las lenguas europeas, y a cambio transforma
el suyo en árabe. En portugués se dice laranja, y en varios idiomas
europeos, como el inglés y el francés (orange), sin la consonante
inicial, pasó al vocabulario de la alimentación y a la gama de los nombres de
color.
En cambio el nombre con el que pasa a
conocerse, posteriomente, en árabe es el de burtuqal, que proviene del
país Portugal, donde hubo grandes plantaciones de excelentes naranjas
especialmente en la región sureña de Algarve (del árabe: al-garb "el
oeste").
Se aclimataron también, procedentes de otros
lugares, el membrillo, el albaricoque, y un sinfín de frutos más.
En cuanto a las especias, muy utilizadas en la
cocina de al-Ándalus, se introdujo la canela, procedente de la China, así como
el azafrán (az-za’faran, en persa safrón), el comino (kammún),
la alcaravea, el jenjibre, el sésamo (o ajonjolí), el cilantro, la luez moscada
y el anís (anisún).
Estas especias, además de utilizarse como
condimento en la elboración de los diversos platos, eran exportadas fuera de
al-Ándalus, al resto de Europa e incluso a Egipto y el Norte de Africa, lo que
favorecía, entre otras cosas, el desarrollo de la economía.
Los cereales, base de la alimentación de los
andalusíes, eran utilizadas en forma, no sólo de pan, sino de gachas, sémolas y
sopas. Se mejoraron las especies ya existentes, y se introdujeron otras nuevas
como las reunidas en el tratado del geópono granadino al-Tignarí (siglos XI y
XI), llamado Kitab Zuhrat al-bustán ua nuzhat al-adhan ("Libro del
esplendor del jardín y recreo de las mentes"): el trigo negro, el trigo rojo
(al-ruyún), y el tunecino.
A los andalusíes debemos también la
introducción de la caña de azúcar en Europa, que vino a sustituir a la miel en
su función de edulcorante, aunque ésta continuó siendo siempre muy valorada.
Como las especias, el azúcar tiene numerosas cualidades y ventajas, no siendo la
menor de ellas su utilidad para mantener conservados durante algún tiempo unos
alimentos tan frágiles y tan perecederos como las frutas, que en tanta abundacia
y variedad conocieron los musulmanes en general. De su importancia debió de ser
consciente el propio almirante Cristóbal Colón, quien llevó la caña de azúcar al
continente americano en uno de sus primeros viajes.
En Europa hicieron fortuna -y lo siguen
haciendo- las combinaciones de azúcar y frutas, en formas de jaleas, mermeladas,
refrescos... que fueron recibiendo curiosos nombres de sabor oriental, como
arropes (jarabe de mosto con trozos de fruta). del árabe rubb (zumo),
jarabes y siropes del árabe sharáb (bebida), o sorbetes (del mismo
origen, también incorporado al turco).
Dos reconocidas expertas españolas en cocina
andalusí nos brindan esta información: «¿Quién nos hubiera dicho que la
pasta, hoy reclamo principal de la gastronomía de Italia, es de origen bereber,
o que las famosas salchichas de Francfort, aunque elaboradas con cordero, eran
ya populares en al-Ándalus? ¡Y qué decir de la célebre paella española, que muy
bien podría tener su origen en la cocina morisca!» (Inés Eléxpuru y
Margarita Serrano: Al-Ándalus. Magia y seducción culinarias, Editorial
Al-Fadila, Madrid, 1991, pág. 55).
Cocinando con Averroes
Una lectura un poco cuidadosa de los textos
médicos de Ibn Rushd (1126-1198), el Averroes de los latinos, muestra enseguida
el peso del andalucismo del filósofo cordobés. Así, al tratar del aceite de
oliva, escribe:
«Cuando procede de aceitunas maduras y sanas,
y sus propiedades no han sido alteradas artificialmente, puede ser asimilado
perfectamente por la constitución humana (...) Los
alimentos condimentados con aceite son nutritivos, con tal que el aceite sea
fresco y poco ácido (...) Por lo general es adecuada para el hombre toda
la sustancia del aceite, por lo cual en nuestra tierra sólo se condimenta la
carne con él, ya que éste es el mejor modo de atemperarla, al que llamamos,
rehogo. He aquí como se hace: se toma el aceite y se vierte en cazuela,
colocándose enseguida la carne y añadiéndole agua caliente poco a poco, pero sin
que llegue a hervir» (Kulliyat).
También señala las propiedades alimenticias
del arroz con leche; y su predilección por las berenjenas:
«Con las berenjenas se hacen en nuestro país
muchos platos delicados. Después que sueltan la primera agua de cocción y se
cuecen con su abundante carne, son muy deliciosas» (Kulliyat).
Habla de las propiedades de las calabazas
andalusíes, que exigen una cochura prolongada; de cómo en el campo se comen los
cañamones. Alaba la propiedades de las espinacas, y prefiere los higos y las
uvas a los restantes frutos, aunque también resalte las propiedades de las
granadas. Pero sus elogios culminan al referirse a los huevos que lo curan todo,
desde los dolores oculares a las almorranas, descubriendo el popular plato de
los huevos fritos:
«Cuando se fríen en aceite de oliva son muy
buenos, ya que las cosas que se condimentan con aceite son muy nutritivas; pero
el aceite debe ser nuevo, con poca acidez y de aceitunas. Por lo general, es un
alimento muy adecuado para el hombre» (Kulliyat).
Véase Inés Eléxpuru: La cocina de al-Andalus, Alianza, Madrid 1994.
Averroes en su Kitab al-Kulliyat fi-l Tibb
("Libro sobre las generalidades de la Medicina") —Edición de J.M. Fórneas
Besteiro y C. Alvarez de Morales, Madrid, 1987—, después de enfatizar las
cualidades de las granadas, dice: «Los mejores frutos son los higos y las
uvas. La calidad del higo es cálida y húmeda, tonificando el estómago y
aligerando el vientre... Cuando son cocidos durante largo tiempo, se parecen a
la miel».
Véase también Sami Zubaida y Richard Tapper:
Culinary Cultures of the Middle East, I.B. Tauris, Londres, 1994; Jeffrey
Alford y Naomi Duguid: Flatbreads and Flavors: A Baker's Atlas, William
Morrow and Company, Nueva York, 1995; Habeeb Salloun y James Peters: From the
Lands of Figs and Olives, Interlink Books, Nueva York, 1995.
La cocina turca
El Imperio otomano entre los siglos XVI y XIX
agrupó territorios de muy diversas. De ahí la variedad e influencia de la cocina
turca, que se extiende aun en nuestros días a Grecia, Armenia, Africa del Norte
y la mayoría de los países del Cercano y Medio Oriente. Entre los múltiples
manjares podemos elegir Zeytinyagli Dolmalar (verduras rellenas con cebolla,
arroz y aceite de oliva, Biber Dolmasi (pimientos morrones rellenos), Yaprak
Dolmasi (pámpanos rellenos), Patlican Dolmasi (berenjenas rellenas), y Pastirma
(carne seca al fenogreco y otras especias).
Casi toda la repostería turca, iraní y árabe
se prepara con mucha azúcar y manteca. También lleva almendras, avellanas,
semillas de sésamo o pistachos. El baklava es postre tradicional hecho de
hojaldre con nueces o con pistachos. Los famosos «Bebek» turcos son cubitos de
pasta de almendra perfumada con pistachos.
Los jugos de frutas son muy populares en el
mundo islámico, especialmente los de fresas, granada y melón. La tisana de menta
y limón es una bebida digestiva muy apreciada.
El arquitecto urbanista, pintor y escritor
suizo nacionalizado francés Charles-Edouard Jeanneret (1887-1965), llamado Le
Corbusier, realizó en 1911 un viaje a Turquía de siete semanas y escribió unos
sentidos testimonios en su libro de viajes (La Voyage d'Orient), que
constituyen un alegato sobre la inefable belleza de la Civilización del Islam.
Le Corbusier, entre muchas otras cosas, nos
brinda algunos detalles pintorescos de las costumbres turcas a la hora de comer:
«Comemos en un restaurante típico. Aquí solamente llegan turcos, quietos en
sus grandes vestidos negros, severos bajo sus turbantes blancos o verdes. Se
lavan las manos y la boca con jabón, en el aguamanos de mármol, y el dueño se
evade de sus hornillos para ofrecerles un paño. Inspeccionan las ollas, deciden
su elección, luego vienen a sentarse con gravedad. No hablan. En este pequeño
local donde se amontonan cinco mesas de cuatro personas, hay un silencio que no
pesa nada. Tenemos la impresión de estar entre una companía muy distinguida.
Toda una pared del local cuadrado está hecho con ventanas que dan a la calle;
los hornillos se apoyan en ella y las grandes aberturas dejan escapar aromas que
expanden por toda la calle el renombre del cafetín. Al lado de los hornillos hay
una gran losa de mármol espeso que sirve de aparador, sobre el cual se muestran
víveres, tomates, pepinos, judías, melones, sandías —en resumen, todas las
cucurbitáceas que enloquecen a los turcos. Se nos sirve una sopa de pasta bien
pesada con limón, después unas pequeñas sandías rellenas y arroz apenas
reventado, salteado al aceite. Los turcos casi no comen carne. Ciñéndonos al
régimen vegetariano, no tienen necesidad de cuchillos; así el cuchillo de mesa
es desconocido. A este menú muy rico se añaden, siempre algunas tazas de zumos
de frutas, zumo de cereza, de pera, de manzana o de uva, que se bebe con
cuchara, el vino está vedado por Mahoma. Los turcos aristocráticos del antiguo
régimen, para comer, usan sólo los dedos y un pedazo de pan; se desenvuelven con
gran distinción» (Charles-Edouard Jeanneret: El Viaje de Oriente,
Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos, Murcia, 1993, págs. 77-78).
El café y las medialunas
Una historia de Arabia del siglo VIII cuenta
que un camellero yemenita caía en el más profundo sueño cada vez que intentaba
poner su vista en el Sagrado Corán, luego de su agobiante jornada de labor.
Pensando en su desgracia, mientras observaba a los dromedarios comprobó que
cuando éstos comían los frutitos colorados del café, comenzaban a padecer una
intensa agitación. Decidió entonces probar los misteriosos frutos que resultaron
un éxito para sus veladas nocturnas. Y así lo convirtió en costumbre, imaginando
que se trataba de un mensaje divino para que no se durmiera a la hora de leer el
Corán. La noticia se divulgó por toda la península arábiga y especialmente en la
vecina ciudad de Moja o Mokha, a orillas del Mar Rojo, cuyo manera de preparar
el café se hizo célebre. De allí partirían las primeras exportaciones hacia
todas partes del mundo.
La voz árabe qahwa, a través del turco
kahvé, originó la palabra «café», que en los siglos XVII-XVIII fue
incorporada al castellano y a otras lenguas europeas: caffé en italiano, café en
francés; coffee en inglés; kaffee en alemán.
El cafeto (Coffea arabica) comenzó a
cultivarse en el Yemen y en los asentamiento árabes de las altiplanicies de
Etiopía, en la otra orilla del Mar Rojo. Ya en el siglo X, el gran médico persa
Abu Bakr Muhammad ar-Razí (844-926), latinizado Razes, señaló las virtudes
profilácticas de la infusión.
En el Yemen, a fines del siglo XIII, los
sufíes ingerían una cocción de vainas de cafeto cuando necesitaban mantenerse
despiertos por la noche para llevar a cabo sus súplicas y jaculatorias. A
finales del siglo XV, los peregrinos musulmanes que regresaban de Arabia
difundieron el café por todo el Medio Oriente y el Magreb.
En Irán, en la época safaví, se hicieron una
costumbre las qahvéjaneh ("cafeterías"). Los historiadores otomanos dan
cuenta que su introducción en Estambul tuvo lugar hacia 1555 por obra de dos
sirios, que abrieron las primeras cafeterías, establecimientos que de inmediato
tuvieron un éxito sensacional.
Noemí Schöenfeld de Moguillansky cuenta en su
libro «Repostería europea y algo más» (Edit. Albatros, Buenos Aires, 1994, pág.
249) que los vieneses fueron los primeros en aprender a preparar el café a la
turca en Europa, lección aprendida cuando la ciudad fuera sitiada por el
ejército otomano de 200 mil soldados comandados por Kara Mustafá, entre el 17 de
julio y el 12 de septiembre de 1683: «...tras el largo fracasado cerco de
Viena, las tropas otomanas abandonaron buena parte de las provisiones que
llevaban para el asedio. Entre ellas, una auténtica riqueza en café, que en
grandes cantidades resultaba uno de los alimentos básicos para el ejército. La
historia de la vida cotidiana, de un modo un tanto pintoresco, pone ese hecho en
relación con la creación del croissant, la media luna o creciente, fabricada por
el heroico gremio de los panaderos de la ciudad para conmemorar su participación
en la defensa de la ciudad. La media luna islámica, sujeta por la mano de los
vieneses, pronto resultó un producto normal de la pastelería» (Pedro
Martínez Montávez y Carmen Ruíz Bravo-Villasante: Europa Islámica. La magia
de una civilización milenaria, Anaya, Madrid, 1991, pág. 149).
Efectivamente, fueron los panaderos de Viena
quienes inventaron el croissant o cruasán (en francés, "creciente"),
llamado en alemán kipfel, durante el asedio otomano de 1683. Copiaron la
forma de este pastel hojaldrado del emblema tradicional de los estandartes
otomanos en forma de medialuna creciente.
Un astuto empresario armenio, llamado Johannes
Diodato, tras haber descubierto que los granos de café abandonados por los
osmanlíes no era pienso para los camellos, como se había llegado a pensar, abrió
la primera cafetería en Viena llamada «La Botella Azul», en 1685.
Desde entonces el café se transformó en un
motivo de orgullo y no existe cafetería vienesa que no ofrezca menos de diez
variedades. Así se puede elegir un «Grosser Einspäner» (café negro caliente con
un copete de crema batida), un «Eiskaffe» (café negro frío, con hielo, una bola
de helado de vainilla y crema batida, servido en vaso), un «Melange» (café con
leche y copete de crema batida), un «Kurzer» (expresso negro y fuerte), un
«Kapuziner» (Capuccino) o un «Türkischer Kaffe» (el típico café a la turca, al
que también llaman Mokka). Hoy se da la paradoja de que Viena es uno de los
centros urbanos centroeuropeos con una mayor población de inmigrantes turcos.
El café entró en Francia hacia 1669, de la
mano de un embajador otomano que lo ingresó exprofeso por valija diplomática.
Debió quedar bastante sorprendido cuando las señoras parisinas que asistieron a
su recepción añadieron azúcar al humeante brebaje servido en preciosas tacitas,
ya que por entonces los musulmanes lo bebían puro. En el siglo XVIII los
europeos sentían pasión por el «desayuno a la parisién»... el café con leche
azucarado con medialunas. Eso sí, casi ninguno sabía el origen de semejante
excentricidad. Este hábito, con el tiempo, se haría universal como una forma de
empezar activamente la jornada o despejar la somnolencia durante la tarde o la
noche. Recientemente, diversos investigadores han asegurado que el café,
consumido moderamente, es el mejor remedio para evitar el aumento del colesterol
en la sangre (cfr. Michel Vanier: El libro del amante del café, Olañeta,
Palma de Mallorca, 1983).
El famoso café turco (turk kahvé) se
muele muy fino y se prepara en cacerolitas de cobre (cezve); se toma con o sin
azúcar. Hoy el café se consume poco en el mundo islámico, incluso en Turquía,
pues resulta caro importarlo. Esto ha hecho que el té recobrara su lugar como
bebida más popular. En Marruecos se bebe el té verde servido en vaso grande con
una hoja de menta o yerbabuena; en Irán, Turquía o Afganistán se consume el té
proveniente de la India y Sri Lanka preferentemente, y se lo prepara en el
samovar (de origen ruso), poniendo té muy cargado en la tetera y agua caliente
debajo. Se lo bebe a cualquier hora del día incluso con las comidas.
Y una vez más Le Corbusier nos brinda otra
imagen exquisita, esta vez de un café turco a principios del siglo XX: «El
café se sirve como sabéis, en tazas minúsculas y el té en vasos en forma de
pera. Uno y otro cuestan un céntimo, lo que permite nuevas series...Vemos pasar
a un viejo todo vestido de rosa, que le da un aspecto de niño. Los viejos son
siempre amables, alegres, con la mirada viva, y nunca impotentes; la oración les
vale esa salud, gracias a la gimnasia que exige... Encima de mi mesa se arquean
hortensias azules; en otra parte se trata de rosas y claveles; a dos pasos canta
una pequeña fuente de mármol rococó turco... y para dar un alma a este café, he
de decir que una inmensa arcada de mezquita reposa sus seis pilares poligonales
justo en medio de los bancos, los capiteles son de un gusto extraño de barroco
español... El muezzin acaba de subir al minarete que divisamos a través del
follaje y se expande la estridente llamada a la oración, las esteras se cubren
de fieles que se arrodillan, se levantan y adoran a Alá» (Charles-Edouard
Jeanneret. El Viaje de Oriente. O. cit., pág. 109-110).
R.H. Shamsuddín Elía
Profesor del Instituto Argentino
de Cultura Islámica
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