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Ornamentos y
decoración
del arte islámico
«Para el artista musulmán o, lo que viene a
ser lo mismo, para el artesano que ha de decorar una superficie, el entrelazado
geométrico es sin duda la forma que más le satisface en el plano intelectual,
pues se trata d e una expresión muy directa de la Unidad divina que está tras la
variedad inagotable del mundo. Cierto es que la Unidad divina como tal está más
allá de cualquier representación, pues su naturaleza que es absoluta, no deja
nada por fuera de sí misma, nada la 'acompaña'. Sin embargo, se refleja en el
mundo a través de la armonía, que no es otra cosa que la 'unidad de la
multiplicidad' (al-uahdah fi'l-katrab), equivalente a la 'multiplicidad en la
unidad' (al-katrab fi'l-uahdah). El entrelazado expresa tanto un aspecto como el
otro. Mas tiene todavía otra faceta que evoca la unidad que existe tras todas
las cosas; el entrelazado suele tener un solo elemento: una sola cinta o una
línea única, que vuelve incesantemente sobre sí misma»
("El Arte del Islam", José J. de Olañeta,
Palma de Mallorca, 1988, pág. 66).
Titus Buckhardt
(1908-1984)
La decoración desempeña un papel central en el
arte islámico. Es uno de los factores unificadores que, durante catorce siglos,
han vinculado edificios y objetos de todo el mundo islámico a través de una
enorme extensión geográfica, desde España hasta la India.
En el siglo IX, en la Casa de la Sabiduría de
Bagdad se reunió a prestigiosos sabios que tradujeron dos libros griegos que
serían fundamentales para la civilización islámica: «El Almagesto», de Claudio
Ptolomeo, y «Los Elementos» de Euclides. El primero, un tratado de Astronomía,
les enseñaba a orientarse por las estrellas y el segundo, un libro sobre
Geometría —el más traducido a lo largo de la Historia después de la Biblia— a
hacer dibujos que señalasen la dirección de La Meca desde cualquier parte de la
Tierra. Así, las Matemáticas fueron las ciencias más necesarias e importante en
el Islam desde un primer momento. Los musulmanes las estudiaron y dominaron como
pocos pueblos, llegando a convertir la Geometría en el lenguaje gráfico para
representar a Dios y su Reino —el Reino de los Cielos— de una forma abstracta
mediante el uso de formas geométricas.
Es sorprendente, por ejemplo, la investigación
llevada a cabo por el doctor Darío Cabanelas Rodríguez, catedrático de árabe de
la Facultad de Letras de la Universidad de Granada, sobre el secreto guardado en
el techo de la Torre del Palacio de Comares de la Alhambra de Granada. El nombre
de esta estancia es una corrupción del árabe qam al-arsh «cámara del
Trono» y está inspirado en la sura 67 del Sagrado Corán, llamada al-Mulk «El
Reino» o «La Señoría». El magnífico descubrimiento del islamólogo español es el
haber puesto de manifiesto que las 105 lacerías que se esparcen por el Techo, en
una geometría progresiva, según los cánones de Pitágoras tan maravillosamente
asimilados por los musulmanes granadinos, parten de los 105 elementos de que
consta la estrella clave, ubicada en el centro superior de la bóveda que
representa los Siete Cielos. En efecto, geométricamente 105 significa la
estrella de seis puntas (en suma pitagórica 1 0 5 son 6), estrella de David o
sello de Salomón (un motivo ornamental utilizado por los musulmanes antes que
los judíos: cfr. Erna S. Schlesinger: Mil preguntas y respuestas sobre
Judaísmo, S. Sigal, Buenos Aires, 1966, pág. 21), los dos triángulos
invertidos, el agua y el fuego de la creación, correspondiente al signo de la
divinidad a la que hace referencia la estrella clave, enmarcada en la cupulina
(tres últimos cielos) o Trono de Dios (cfr. Darío Cabanelas: La antigua
policromía del techo de Comares en la Alhambra, Revista Al-Ándalus, vol.
XXXV, fasc. 2, Granada, 1970).
Una característica fundamental de la
decoración geométrica es la utilización de un sólo diseño —que será la unidad de
cualquier composición decorativa— que, por multiplicación de sí mismo, cubre
completamente una superficie. Esta forma de proceder permite decorar sobre una
superficie indefinidamente sin más que seguir unas reglas fijas. De este modo se
consigue presentar la unicidad —Dios es uno— entre la multiplicidad —y está en
todas partes—.
Durante los últimos mil años, Europa ha
considerado el arte islámico como algo maravilloso. El intercambio entre
cristianos y musulmanes empezó mucho antes de las Cruzadas. En la España
islámica se estableció de modo firme a través de las diversas fronteras de la
Europa occidental y desde el principio ejerció profunda influencia sobre la
cultura cristiana. En Sicilia las dos religiones coexistieron armónicamente,
mientras el Norte de Africa estaba totalmente gobernado por los musulmanes,
cuyos navíos surcaban el Mediterráneo de un extremo a otro. Con el tiempo, los
mercaderes italianos —principalmente venecianos, pisanos y genoveses—
establecieron el tráfico directo con los puertos sirios y palestinos, el
comercio oriental se convirtió en una organización regular de objetos raros y
llegaron a los mercados europeos todo género de obras de artífices islámicos. En
el siglo XV, los artesanos europeos, acuciados por el éxito musulmán en aquellas
artes lucrativas, que tan esenciales habían sido para el esplendor del llamado
Renacimiento, fijaron su atención, con renovado interés, en Oriente. Basándose
en un estudio más profundo de los métodos islámicos, revisaron y ampliaron sus
propios conocimientos técnicos, y al hacerlo así no se contentaron ya con
absorber los elementos decorativos de esa procedencia, sino que empezaron a
examinar atentamente cánones de dibujo, adaptándolos a una nueva concepción de
trabajo, que ya era puramente europea. No sólo humildes artesanos, sino también
celebridades, como el florentino Leonardo da Vinci (1452-1519), utilizaron
modelos islámicos en sus trabajos.
Uno de los libros más interesantes que prueba
estas aseveraciones es el de Francesco di Pellegrino, otro florentino también
pintor y escultor, que trabajó en el palacio de Fontainebleau para Francisco I
(1494-1547) y que fue conocido en Francia por el nombre de Francesque Pellegrin.
Su libro «La Fleur de la science de pourtraicture et patrons de broderie.
Façon arabicque et italique», está fechado en 1530 y sus diseños se derivan
totalmente de modelos islámicos —en 1908 se publicó en París una edición en
facsímil con prólogo del filántropo e islamólogo Gaston Migeon (1861-1930).
De estas publicaciones y de obras
contemporáneas (como los muestrarios de Peter Flötner y Martinus Petrus) hay que
ir, por ser sumamente instructivos, a los modelos del pintor y grabador Hans
Holbein, llamado el Joven (Augsburgo 1497-Londres 1543), cuyos dibujos para
platería y otras artes de inspiración musulmana se hallan unidos de un modo
inteligente a su propio estilo original.
Del Asia islámica vinieron muchas cosas, al
parecer insignificantes, que al hacerse indispensables encontraron no sólo la
aceptación de Europa, sino que se extendieron por todo el mundo civilizado.
Cargamentos de cretonas y percales estampados con diseños de alegres colores
introdujeron modas nuevas en las artes textiles, algunas de las cuales, como las
«persiennes» de París, proporcionaron a las señoras del tiempo de Ana Estuardo
(1665-1714), reina de Inglaterra, lindos vestidos y posteriormente fueron causa
de la prosperidad de Manchester.
Nuevos chales, como indica su nombre, vinieron
de Persia. Ciertos modelos de teteras y cafeteras, imitadas de las jarras
mogoles traídas de la India musulmana por opulentos nababs, eran corrientes en
las mesas de la Era Victoriana y persisten hoy aun bajo formas má o menos
modificadas. Incluso desde los comienzos del Islam, el comercio, la cultura, la
piedad y hasta la curiosidad occidentales han encontrado cada una de ellas algo
a su gusto entre los productos de la actividad musulmana. Pero en el
conocimiento de su excelente técnica y de su belleza ha habido maestros
artífices, como Odericus de Roma, que en 1286 hizo el modelo islámico para el
pavimento de mármol incrustado del presbiterio de la Abadía de Westminster de
Londres, y el artista, decorador y poeta William Morris (1834-1896), que utilizó
patrones islámicos para confeccionar un suntuoso brocado de terciopelo, tejido
en azul, naranja, blanco y oro en 1884 (que hoy se encuentra en el Museo
Victoria y Alberto), así como para plasmar muchos de sus diseños (cfr. N.M.
Wells: William Morris, Brockhampton Press, Londres, 1988).
Owen Jones
Uno de los primeros estudiosos del arte
islámico fue el arquitecto de origen galés Owen Jones (1809-1874), que fue el
superintendente de la famosa Exposición Universal de Londres de 1851, y autor de
Plans, Elevations, Sections and Details of the Alhambra (Londres,
1842-45).
Owen Jones y su amigo Jules Goury realizaron
un gran viaje entre 1832 y 1834 que abarcó Turquía, Egipto, Sicilia y el sur de
España. Su objetivo fue el conocer y estudiar personalmente el arte islámico, en
especial el hispanomusulmán. Ambos trotamundos británicos quedaron deslumbrados
por la magnificencia de sitios como la Mezquita de Córdoba, los Alcázares de
Sevilla, la alcazaba de Guadix y en particular, la Alhambra de Granada.
En su libro The Grammar of Ornament
(Londres, 1856), escribe esta opinión que refleja su admiración por la
concepción arquitectónica andalusí:
«Encontramos en la Alhambra el arte de la
elocuencia de los Egipcios, la gracia natural y el refinamiento de los Griegos,
las combinaciones geométricas de los Romanos, los Bizantinos y los Arabes
(...) Los moros siempre tuvieron en cuenta lo que nosotros
consideramos que es el primer principio de la arquitectura —decorar la
construcción, jamás construir la decoración: en la arquitectura morisca (es
decir, andalusí) la decoración no sólo surge
naturalmente de la construcción, sino que la idea constructiva se lleva a cabo
en cada detalle de la ornamentación de la superficie.
Creemos que la verdadera belleza de la
arquitectura reside en "ese reposo que el espíritu experimenta cuando el ojo, el
intelecto y los sentimientos están satisfechos, en la ausencia de todo deseo".
Cuando un objeto está falsamente construido y parece que deriva o soporta pero
no hace ni una cosa ni la otra, es incapaz de dar esta respuesta, y por
consiguiente jamás puede alcanzar la verdadera belleza, por muy armonioso que
sea en sí mismo: las razas musulmanas, y especialmente los moros, han observado
constantemente esta regla; jamás encontramos un ornamento inútil o superfluo;
cada ornamento emana callada y naturalmente de la superficie decorada».(Owen
Jones: The Grammar of Ornament, Moresque Ornament, Parkgate Books,
Londres, 1997, págs. 115-116). Véase E.J. Grube, S: Carboni y G. Curatola:
Arte veneziana e Arte islamica, Venecia, 1989; Stuart Durant: La
ornamentación. Desde la Revolución Industrial a nuestros días. El
orientalismo, Alianza, Madrid, 1991, págs. 133-161.
Arabescos y atauriques
En la Civilización Islámica, incluso los
objetos destinados a modestas funciones utilitarias y ejecutados en los más
humildes materiales tienden a esta profusamente decorados. La transformación de
las superficies por medio de la ornamentación es una preocupación primordial que
impregna todo el arte islámico. El motivo más ejemplar de esta ornamentación es
el arabesco, que es un «dibujo de adorno compuesto de tracerías, follajes,
cintas y roleos y que se emplea más comúnmente en frisos, zócalos y cenefas»
(Fernández Martínez Nespral y Hamurabi Faysal Noufouri: El Diccionario del
Alarife, Fundación Los Cedros, Buenos Aires, 1994, pág.98).
Aunque sus orígenes se remontan al follaje de
viña naturalista del arte clásico occidental y oriental, que los musulmanes
encontraron en los monumentos cristianos, romanos, bizantinos, sasánidas e
indios de los territorios recién conquistados, el arabesco islámico presenta
múltiples formas, que pueden llegar hasta la abstracción. Pero, cualquiera que
sea su naturaleza formal y la materia sobre la cual se trabaje, el arabesco se
rige siempre por los mismos principios de movimiento preciso y regular, de
repetición simétrica y de expansión ilimitada, que dan lugar a composiciones
equilibradas y armoniosas. A menudo, incorpora motivos geométricos y a veces él
mismo se geometriza. De hecho, la geometría constituye el fundamento conceptual
de toda la estructura y decoración de la mayor parte de las obras de arte del
Islam.
Los que en inglés y francés se conoce como
arabesque (arabesco) o mauresque (morisco), en España recibe el
nombre de lazo o lacerías. Estas combinaciones geométricas, complicadísimas en
al-Ándalus, continúan hasta épocas muy avanzadas por los mudéjares, incluso en
América. Donde primero aparecen es en la mezquita de Córdoba, en el siglo X. En
cambio, en el Oriente islámico surgen más tarde, en el siglo XII. Es de suponer,
pues, que lo andalusí influiría en este desarrollo decisivamente. Luego vendrá
el lazo granadino con el auge del arte nazarí en el siglo XIV, libre de
influencias anteriores. El lazo tiene dos fundamentos: el tema y la base
simétrica. Estos temas son polígonos. En al-Ándalus el más aplicado fue el
octógono que forma el lazo de ocho.
En tanto que el Oriente islámico, poco a poco,
resolvió los arabescos en interpretaciones naturalistas y el Magreb y al-Ándalus
los desarrollaron según un centelleante juego de líneas próximo al carácter del
rococó, Egipto y Siria conservaron con fidelidad los tipos de arabesco, que
habían llegado a su plenitud. La época de los mamelucos, que marca el grado más
alto de esplendor del arte islámico-egipcio, llena los campos de los espacios
poligonales con arabescos cuyos motivos rayonados y estrellados son de una rara
belleza.
La estrella, de seis, ocho, dieciséis o más
puntas es una de las formas fundamentales del diseño geométrico islámico. Puede
emplearse igualmente en dos o en tres dimensiones, para transformar una cúpula
en una red compleja de superficies concatenadas o para adornar maderas y
herrajes dentro de los edificios.
Por lo que atiende a los atauriques (del árabe
at-tauriq: "el adorno foliáceo"), o sea la ornamentación vegetal, es de
destacar, en primer término, la carencia de información histórica con respecto a
su técnica de composición. Se ha conjeturado, no obstante, acerca de moldes de
cera, que posteriormente fuesen vaciados.
Ibn Jaldún (1332-1406) da ciertos indicios
sobre el particular: «La ornamentación y el embellecimiento de las casas
forman todavía otra rama de la arquitectura. Consisten en aplicar sobre los
muros figuras en relieve hechas de yeso que se deja fermentar en el agua. Se
retira el yeso bajo la forma de una masa sólida en la cual se halla aun un resto
de humedad. Se labra esta masa sólida sobre un modelo dado, grabándola con
punzones de hierro, y se termina dándole un bello pulimento y un aspecto
agradable... Tales ornamentos dan al muro el aspecto de cuadros de un vergel
florido» (Ibn Jaldún: Introduccion a la historia universal. Al-Muqaddimah.
FCE, México, 1977, pág. 722.
Para darse una idea del prodigioso valor de
estos atauriques inspirados, al parecer, en muestras de tapicería artesanal, y
que hoy todavía podemos admirar en las salas de la Alhambra de Granada, basta
citar el testimonio del orientalista francés Pierre Loti (1850-1923) quien, en
su «Viaje a Marruecos», afirmaba que en tejer un jaití, guadamecí, alahilca o
albenda, que son las distintas muestras gremiales, se empleaban diez años de la
vida de un hombre.
¿Qué significan, por tanto, las complejas
tramazones de líneas poliédricas que, en progresión geométrica,se esparcen
formando estilizaciones vegetales a través de los paños de estuco? Quitando el
valor ornamental, que más que fin es repercusión del auténtico motivo, su causa
primera es de orden metafísico. Recordemos a estos efectos, las palabras del
islamólogo español Julián Ribera y Tarragó (1858-1934) sobre el místico Ibn
Arabi de Murcia (1165-1240): «La ciencia se le presentaba en formas
geométricas, y para explicarlas usa de triángulos, cuadrados envueltos unos en
otros, círculos excéntricos, cuadrados cerrados por círculos...» (J. Ribera
y Tarragó: Orígenes de la filosofía de Raimundo Lull, Homenaje a Menéndez
Pelayo, Varios, Madrid, 1899, vol. II, pág. 206).
Véase E. Künhel: The Arabesque. Meaning and
Transformation on an Ornament, Graz, 1976; P.Ward-Jackson: Some Main
Streams and Tributaries in European Ornament from 1500 to 1750. Part 2. The
Arabesque, en el Boletín del Museo Victoria y Alberto, Londres, 1972, t.
III, nº 3, págs. 90-103.J. Bourgoin: Arabic Geometrical Pattern and Design,
Dover, Nueva York, 1973; Prisse d'Avennes: Arabic Art in Color. 141 designs
and motifs on 50 plates, Dover, Nueva York, 1978; Ali Dowlatshahi:
Persian Designs and Motifs for Artists and Craftsmen with 400 motifs and 8
full-color plates, Dover, Nueva York, 1979; Eva Wilson: Islamic Designs,
British Museum Pattern Books, Londres, 1988; Keith Critehlow: Islamic
Patterns. An Analytical and Cosmological Approach, Thames and Hudson,
Londres, 1989; Prisse d'Avennes: The Decorative Art of Arabia, Studio,
Londres, 1989; Basilio Pavón Maldonado: El arte hispanomusulmán en su
decoración geométrica, AECI, Madrid, 1989; Basilio Pavón Maldonado: El
arte hispanomusulmán en su decoración floral, AECI, Madrid, 1990; N.
Simakoff: Islamic Designs in Color with 162 Illustrations, Dover, Nueva
York, 1993.
Azulejos
La utilización de la cerámica (del griego:
keramikos) en paredes y pavimentos se remonta a Babilonia e Irán antes de la
época helenística y fue resucitada por los sasánidas. Más el término azulejo
(del árabe: az-zulaiÿ, "el baldosín"; "ladrillo pequeño vidriado"), y la
técnica del alicatado (del árabe: al-qata'a, "el trozo", "la cortadura"), o sea
el cortar o raer (con alicates) los azulejos para darles forma conveniente, es
un uso islámico que comenzó en la época abbasí, en Samarra (Irak). De allí se
difundió al Egipto fatimí y al-Ándalus, donde alcanzaría su apogeo en la Granada
nazarí. A partir del siglo XIII, la cerámica vidriada de formas hexagonales y
estrelladas se difundió ampliamente en Irán. La utilización de azulejos
decorados alcanzó una riqueza sin precedentes en Irán y Turquía durante los
siglos XVII y XVII. Ejemplos singulares son los alicatados de las mezquitas
safavíes de Isfahán y las mezquitas y palacios de Estambul, donde los azulejos
recubren por entero la superficie de los edificios como si estuvieran totalmente
empapelados (como en la Sala del príncipe heredero, en el Haremlik del palacio
Topkapi). En la gama de los azulejos persas predominan los tonos azul y turquesa
puntuados con blancos, negros y verdes, así como amarillos y rosas, sobre todo
en las últimas épocas safaví y qaÿar.
En el mundo islámico occidental de al-Ándalus
y el Magreb los azulejos se confinan generalmente a las partes inferiores de los
muros, y son de diseño sobre todo geométrico. Fuertes contrastes de colores
claros y oscuros —en la Alhambra, por ejemplo— se contraponen con objeto de
producir formas estrelladas y cuadradas de gran complejidad. Por otra parte,
colores armónicamente combinados se utilizan para definir las formas geométricas
de paneles y frisos en mosaico de azulejo.
Dice el islamólogo granadino Luis Seco de
Lucena Escalada (Tarifa 1857-Granada 1941): «Los aliceres rosa y carmín que
vemos en el alicatado de la Torre de la Cautiva, y que sin duda es el más bello
de todos los conocidos, ofrecen el excepcional interés de que son los primeros
que de dicho colores se labraron; porque, aunque las historias de aquellas
industrias artísticas nos dicen que el descubrimeinto de producirlos por el
cloruro de oro se debe a Lucca della Robia (1399-1482), como la Torre de
la Cautiva hubo de construirse por Abul-Haÿÿaÿÿ (Yusuf I), que fue
asesinado en 1351, es evidente que en 1399, cuando nació el famoso ceramista
(y escultor) florentino, los mencionados colores ya estaban descubiertos y
utilizados en la decoración de la Alhambra, por artífices musulmanes que aquí
mismo lo producían; debiendo hacer constar que tampoco en Oriente los hubo
antes, porque los de la Mezquita Azul de Tabriz (época turkmena, 1465),
que son los más antiguos que allí existen, aparecieron un siglo después que los
de la Torre de la Cautiva» (L. Seco de Lucena: La Alhambra, Granada,
1919, pág. 136 y siguientes).
De tal aseveración se desprende que hubo de
existir un nexo entre ambas escuelas, nazarí y florentina. Granada, al
convertirse en el último bastión del Islam en la península, atrajo a numerosos
viajeros europeos, principalmente italianos, curiosos de esta ciudad a la cual
ponderaban sobremanera las crónicas.
Uno de estos viajeros, del que se sabe llegó a
las profundidades del Africa (desde Túnez a Timbuctú; también visitó el Estambul
otomano y el Oriente musulmán), fue el florentino Benedetto Dei (1418-1492),
amigo de Leonardo da Vinci (cfr. Antonina Vallentin: Leonardo da Vinci,
Losada, Buenos Aires, 1943). Los azulejos andalusíes se exportaban y se
utilizaron para el revestimiento de la sala capitular de la Abadía londinense de
Westminster (1255).
Véase Hans Van Lemnen: Azulejos decorativos,
Editorial Libsa, Madrid, 1989.
Cerámica
Considerada una de las artes más importantes
del Islam, la cerámica experimentó un prodigioso desarrollo a partir del siglo
VIII. La cerámica omeya, que prosiguió la tradición de las técnicas bizantina y
oriental, ideó muy pronto nuevas formas de ornamentación utilizando la
caligrafía. En el siglo IX se descubrió en Bagdad un tipo de loza vidriada (que
más tarde se conocería como mayólica o fayenza) y se revolucionaron los
procedimientos de la cerámica con el uso de pastas porosas y la doble cocción
efectuada a una temperatura variable.
Los alfareros abbasíes, probablemente
estimulados por el deseo de competir con la cerámica importada de China,
llevaron a cabo síntesis inéditas con los diferentes tipos de pastas y de
vidriados. Adoptando un procedimiento que utilizaban los vidrieros en Egipto a
fines del siglo VII, aplicaron óxidos de cobre y plata a las lozas esmaltadas y
crearon con ello la técnica ornamental del reflejo metálico, capaz de
proporcionar unas pátinas que se asemejaban al oro.
En la Siria y el Irán selÿucidas, a partir del
siglo IX se generalizó el empleo de pastas silíceas y el uso de de la técnica
del reflejo metálico. En Irán, a finales de siglo XIII, se perfeccionó la
técnica del minai, que permitía
la utilización de una gama de siete colores,
procedimiento éste nunca alcanzado con anterioridad en la historia de la
cerámica. Rei (la Rhages de los medos), cerca de Teherán, fue un centro de
importante de industrias cerámicas antes de que fuera destruida por los mongoles
en 1220.
Hay una copa en el Museo de Louvre, decorada
con esfinges y músicos sentados, colocados en paneles dispuestos en series de
líneas curvas de eses contrapuestas, que es un ejemplar característico de este
trabajo tipo «miniatura», como se llamaba ordinariamente aquel género de obras
que se hallaban en su apogeo cuando los mongoles saquearon Rei. Se conserva otro
jarrón en azul turquesa (color que en China era conocido con el nombre de "azul
mahometano"), que constituye el tipo de cerámica hecha en la ciudad de
Sultanabad (hoy llamada Arak, en la provincia iraní de Markazí "Central")
durante los siglos XIII y XIV. Unos recipientes ligeramente cóncavos y de cuello
estrecho con reborde, que se fabricaron tanto en Irán como en al-Ándalus, eran
conocidos por los italianos con el nombre de «albarellos», palabra que deriva
del árabe al-barniyya, o sea, el frasco de farmacia. En el siglo XV las
farmacias italianas estaban surtidas de dichos recipientes llenos de drogas y
sustancias importadas del mundo islámico.
Los ceramistas turcos y sirios usaron en la
manufactura de platos, tazas, jarrones y otras vasijas de diversas formas, la
misma técnica que para los azulejos y análogo género de decoración.
El elemento ornamental más llamativo usado en
esta clase de cerámica es, sin duda alguna, el tema floral, utilizado muy
profusamente en los alicatados damasquinos, donde los tulipanes, las rosas, los
jacintos, las lises y la flor de almendro están dibujadas de un modo tan
inteligente y con tal sentido decorativo, que su naturalismo no degenera nunca
en simple representación pictórica. Fue en Irán donde los artífices tomaron este
elemento floral y donde aprendieron a dibujarlo con tan exquisita gracia. En el
Museo Ashmoleam de Oxford se conserva una jarra de loza decorada de Damasco
(siglo XVI), influida por los modelos persas que constituye una obra maestra en
su género.
Desde el siglo X, al-Ándalus y el Magreb
produjeron, mediante la utilización de técnicas diversas, tinajas y brocales de
pozos. Málaga y Bugía fabricaron lozas vidriadas decoradas en azul cobalto y con
reflejos metálicos. Los alfares (del árabe: al-fajar, "la vajilla",
alfarero) de Florencia y Siena se inspiraron a partir del siglo XV en las
fabricaciones de Manises (Valencia), con lo cual vinieron a conectarse con el
arte de la cerámica musulmana.
La cerámica islámica vivió un nuevo período de
esplendor bajo los safavíes (1502-1732), cuando Abbás el Grande y otros
soberanos iraníes del siglo XVII hicieron decorar las alas de sus palacios de
Isfahán con paneles policromados bajo glaseado, en general con representaciones
de las fiestas y reuniones musicales que se celebraban en el jardín.
Sin embargo, la cerámica más famosa del Islam
es la de Iznik (la antigua Nicea de Anatolia, cerca de Estambul). Del siglo XV
al siglo XVII, los azulejos de Iznik alcanzaron una enorme fama y fueron
empleados para la decoración de las mezquitas, de los palacios, de las tumbas y
de otros edificios del imperio otomano.
El arte de los azulejos de Iznik llegó a su
apogeo hacia a finales del siglo XVI, período durante el cual el arquitecto
Sinán los utilizó en la ornamentación de todas sus grandes obras. La cerámica
otomana consiguió asociar hasta cinco esmaltes de colores distintos, proeza
técnica que culminó en los alfares de Iznik con el motivo ornamental de las
«cuatro flores», realzado con un rojo muy vivo. Los artesanos de Iznik
especializados en la loza fina, decoraron los objetos más diversos: vajilla,
lámparas, cajas, candelabros, destinados a una clientela de la corte. Los
soberanos y nobles cristianos les hicieron frecuentemente pedidos, lo que
explica en parte la utilización de motivos figurativos como animales y barcos,
poco frecuentes en el arte islámico.
Véase Hans E. Wulff: The Traditional Crafts
of Persia. Their development, Technology, and Influence on Eastern and western
Civilizations, Massachusetts Institute of Technology, Cambridge (Mass.),
1966; Esil Atil: Ceramics from the World of Islam, Washington, 1975; H.
Philon: Early Islamic Ceramics: Ninth to Late Twelfth Centuries, Londres,
1980; La cerámica islámica en Murcia, Comunidad Autónoma, Consejería de
Cultura y Educación, Murcia, 1986.
Epigrafía
Otra modalidad notable de la decoración
islámica es el uso de las inscripciones en árabe. Rodeando el borde de un friso
o de una cartela, encontramos frecuentemente pasajes del Corán, un verso
apropiado de un poeta, una frase de felicitación o de bendición.
Las inscripciones árabes, única aportación
genuinamente al arte del Islam, son el sello universal de influencia o
dominación musulmanas por todo el ámbito de su extensión. Los copistas
musulmanes rivalizaban en la perfección de los bellos caracteres caligráficos.
Generaciones de expertos calígrafos trabajaron con tal acierto y aceptación, que
no sólo un libro constituía un tesoro inapreciable, sino hasta los sencillos
rasgos de un gran maestro calígrafo eran buscados por los coleccionistas.
Los artífices europeos se familiarizaron poco
a poco con la forma de las inscripciones árabes, incluso aun cuando no las
comprendieron. Una antigua prueba de estos conocimientos e ignorancia nos la
proporciona una moneda de oro acuñada por Offa, rey de Mercia (757-796) —uno de
los siete reinos anglosajones conocidos como la Heptarquía—, que actualmente
figura en el Museo Británico. Se parece al dinar musulmán, pero lleva la
inscripción «Offa Rex», al revés, en medio de la leyenda árabe, la cual está tan
exactamente transcrita, que la fecha de la pieza original (774) y la fórmula
religiosa islámica inserta son claramente legibles en la copia. En el mismo
museo del barrio londinense de Bloomsbury, se conserva una cruz dorada
irlandesa, del siglo IX, que lleva en el centro, en pasta vidriada, una
inscripción con la frase árabe Bismillah ("En el nombre de Dios"), en
caracteres cúficos. En ninguno de los dos casos mencionados se dio cuenta el
artífice de la significación que entrañaba la extraña escritura que copiaba o
adoptaba, porque es difícil que profesiones de fe tan islámicas hubieran podido
ser voluntariamente puestas en la acuñación ordenada por un rey cristiano o
figurar en un emblema sagrado.
Juegos de luces
La luz es un elemento es el símbolo de la
unidad divina y el artista musulmán pretende transformar la materia misma que
está modelando en una vibración luminosa. Además de tener una dimensión mística,
la luz tiene en la arquitectura islámica una función decorativa que es doble:
modifica los demás elementos de la decoración y origina formas.
Los elementos arquitectónicos en los edificios
islámicos y los materiales seleccionados para su decoración con frecuencia están
formados para reflejar, refractar y ser transformados por la luz y la sombra.
Hay un uso sutil de las superficies brillantes de pavimentos y muros, de modo
que aprehendan la luz y frecuentemente la devuelvan a las facetas romboidales de
los techos, que a su vez la reflejan de nuevo. Las mocárabes (piezas
ornamentales en forma de estalactitas con las que se configuran arcos y bóvedas)
atrapan la luz y la refractan; las cúpulas nervadas (como en el caso de la
mezquita de Córdoba) parecen rotar según la hora del día. Las fachadas parecen
estar hechas de materiales como de encaje y se transforman en celosías
transparentes cuando el sol ilumina su decoración estucada —horadada y trabajada
a propósito para crear este efecto de incorporeidad. La luz que entra a travñes
de vidrios o celosías proyecta dibujos sobre las superficies interiores ya en sí
decoradas y borra la separación entre lo lleno y lo vacío. Los espejos, los
azulejos vidriados, la madera dorada y el mármol pulimentado, todo brilla,
reluce y refleja la luz fuerte y enérgica de las tierras islámicas.
La Alhambra nos brinda los mejores ejemplos de
juegos de luces. Casi todas las salas de los Baños de la Casa Real se cubren con
bóvedas esquifadas de planta rectangular, agujereadas con luceras en forma de
estrellas de ocho puntas, como representación de la bóveda celeste. En el techo
de la Sala de las Dos Hermanas, sobre la base del octógono, la bóveda parece
flotar, sin peso, sobre el espacio. Ello se debe a la disposición de las ocho
ventanas dobles que dejan pasar la luz, dando un extraordinario efecto luminoso.
Metales
Los artífices musulmanes practicaron diversos
métodos en la decoración de metales. Sobresalieron el arte de incrustar dibujos
en oro y plata, en bronce o latón. La técnica, ejecutada de diversas maneras, se
conoce generalmente con el nombre de «damasquinado», que viene a relacionar este
trabajo con Damasco, en cuya ciudad efectivamente se practicaba. El trabajo
musulmán de incrustación en metales alcanzó su perfección a mediados del siglo
XII, y continuó con la misma excelente calidad durante dos siglos.
Algunos de los bronces islámicos más refinados
se han conservado en los tesoros de las iglesias europeas. Al principio se
adoptaron las formas Sasánidas pero el período Fatimí (909-1171) produjo vasijas
de bronce con forma animal, así como candiles y platos. Aunque en el oriente de
Irán se realizaron interesantes piezas grabadas con incrustaciones de cobre y
plata, los bronces más refinados fueron producto de los talleres de Mosul
(al-Mausil), en el Irak, durante los cincuenta años que precedieron a la
conquista mongola. Entre sus objetos más destacados se encuentran los
aguamaniles, tazas y candiles con incrustaciones de plata y oro y motivos
abstractos, figurativos e inscripciones.
Taracea y marroquinería
Una de las artes menores más exquisitas del
Islam es la taracea, la labor de inscrustación en marfil (eboraria), metales o
maderas coloreadas sobre la carpintería. Los musulmanes hicieron cosas
preciosas, total o parcialmente en marfil, materia que decoraron con tallas,
incrustaciones o dibujos ornamentales.
En el siglo X la escuela de tallistas en
marfil, centralizada en Córdoba, producía obras de un estilo tan depurado que
denotaban ya madura experiencia. Las cajas de marfil tallado y los colmillos de
elefante abundaban en la corte fatimí, continuándose la tradición en la Sicilia
musulmana. En ellos se representaban cortesanos, animales y vegetación.
Además de su empleo decorativo en la
arquitectura, la madera se trabajó como material de otras artes aplicadas. En
los palacios fatimíes se conservan excepcionales ejemplos de tablas con
representaciones cortesanas. También se tallaron las peizas del mobiliario,
especialmente los biombos.
En Irán, Siria, Egipto y al-Ándalus
descollaron los especialistas en la marquetería (llamada en persa jatam),
un arte que continúa vigente en el tiempo presente y que nos maravilla a través
de múltiples incrustaciones en madera realizadas en marcos, cofres, estuches,
mesas, armarios y mobiliario.
Entre los objetos de uso diario que deben al
Islam algo de su materia prima, de su técnica o de su dibujo, los libros
impresos son tal vez los más difundidos. Aunque a primera vista su relación con
el mundo musulmán pudiera parecer remota, los modernos métodos de producción en
el ramo de librería han aprovechado muchas de las iniciativas y de la
inteligencia musulmana de la Edad de Oro.
Las encuadernaciones de libros de cuero son un
excelente ejemplo de las artes decorativas islámicas. En los primeros tiempos se
realizaban en relieves repujados; más tarde se estampaban y doraban las
cubiertas y los lomos y, finalmente, en el siglo XVI, se pintan con esmaltes. El
trabajo de cuero se aplicó a los arneses de los caballos y a los objetos
empleados en la cetrería.
Tejidos, alfombras y tapices
Los tejidos, las alfombras y los tapices del
Irán, Afganistán, Asia central y la India son probablemente los objetos del arte
islámico mejor conocidos en Occidente. Los cruzados europeos y los mercaderes
medievales a menudo volvían de sus expediciones con sedas preciosas de origen
islamo-asiático que ofrecían a las iglesias cristianas. Tal fue el caso del
famoso «Sudario de Saint-Josse», fabricado para Abd al-Malik Ibn Nuh I,
gobernador samánida del Irán oriental (Transoxiana y Jorasán), fallecido en 961.
Posteriormente, sería transformado en sudario de las reliquias de la abadía de
Saint Josse-sur-Mer (Pas-de-Calais). Su donante, el cruzado Etienne de Blois
(1097-1154), sin duda, se dejó cautivar por el admirable tejido de esta tela
realizada con sedas polícromas sobre fondo rojo y por su composición de grandes
motivos de elefantes y dragones flanqueados arriba y abajo por bandas de
inscripciones, todo ello rodeado de una orla de camellos bactrianos.
En los primeros siglos del Islam, los
musulmanes no sólo estimularon las industrias textiles existentes, sino que
establecieron nuevas factorías por donde quiera que fueron. Esto se comprueba
por los nombres con que fueron conocidas muchas fábricas en la Edad Media,
términos comerciales que han llegado hasta nuestros días en varios casos, como
recuerdo de los lejanos lugares donde ciertas materias tenían su origen, o de
los mercados donde se compraban. Así sucede con las blancas gasas producidas en
la ciudad palestina de Gaza, o con la tela conocida en la época de Geoffrey
Chaucer (1340-1400) con el nombre de fustán —tela gruesa de algodón con pleo por
una de sus caras—, que venía de un arrabal de El Cairo llamado Fustat, que fue
la primera capital musulmana de Egipto.
El tejido que todavía llamamos en la
actualidad damasco, tomó el nombre del gran centro comercial sirio del que
importaba Occidente muchas cosas que incluso no estaban fabricadas allí. La
famosa muselina es la mussolina importada de Mosul (Irak) por mercaderes
italiano. «Baldacco», que es la italianización de Bagdad, dio su nombre a las
importantes fábricas de sedas que se instalaron en la metrópoli a orillas del
Tigris, y también al dosel que se pone sobre los altares en muchas iglesias,
llamado «baldaquino».
Posteriormente, hubo fábricas de telas para
vestidos en la Granada andalusí, que se conocían con la denominación de
«granadinas» en las tiendas europeas, en las cuales también compraban las
señoras taftah, de Irán, bajo el nombre de «taffeta» o «tafetán», —tela
delgada de seda, muy tupida. El barrio 'Attabiyya de Bagdad donde vivían los
descendientes de Attab, bisnieto de un compañero del Profeta (BPD), era célebre
en el siglo XII por una manufactura especial, imitada en al-Ándalus, conocida
con el nombre de seda attabí. Francia e Inglaterra la adoptaron con la
denominación de «tabis», y por este nombre comercial se hizo popular en toda
Europa.
«El algodón fue introducido por los
árabes en Europa, al igual que diversos cultivos, en torno al siglo IX
(qutn o qotn, en árabe, deja su nombre en el catalán
cotó, y las diversas formas de las lenguas europeas: algodao,
cotón, cotton, cotone, etc.) y fue uno
de los tejidos que mayores cambios imprimirían a las vestimentas populares,
refinándolas y combinándolas con las prendas de lana» (Pedro Martínez
Montávez y Carmen Ruíz Bravo-Villasante: Europa Islámica. La magia de una
civilización milenaria, Anaya, Madrid, 1992, pág. 158).
Los tejidos y alfombras procedentes del mundo
islámico continuaron apreciándose en el Occidente europeo hasta mucho después de
las cruzadas y aparecen representados a menudo en la pintura italiana, francesa
y flamenca de los siglos XIV al XVII. En este mismo período, y más concretamente
en los siglos XVI y XVII, alcanza su apogeo la industria de la alfombra en Irán,
tanto desde el punto de vista artístico como por el virtuosismo de su técnica.
El principal artífice de esta evolución fue el
soberano safaví Abbás el Grande (1571-1629), que fundó las fábricas reales de
alfombras en Kashán, Kermán e Isfahán. La alfombra clásica de este período en
general estaba ejecutada a base de minúsculos nudos de fibras multicolores de
lana y seda. Los tapices (kilim), tejidos con con motivos que se iban
repitiendo, a menudo se realizaban con hilos de seda y de metal.
Otra decoración muy apreciada en el Irán de
aquella época era la alfombra-jardín, que reproducía el trazado alargado y las
proporciones del jardín tradicional islámico, dividido en rectángulos orlados de
franjas floridas, entre los cuales corrían canales de agua jalonados de
estanques octogonales y de fuentes distribuidas a lo largo del eje principal.
Los árboles, flores y peces representados en estas alfombras-jardín suelen ser
bastantes rígidos y estilizados, seguramente en consonancia con el formalismo
general del dibujo.
«Parece que la utilización de la alfombra
exige en las sociedades islámicas una actitud y un comportamiento práctico que
indican claramente el abandono del espacio exterior y la penetración en un
espacio interior y recogido, fundamentalmente separado de aquél. La costumbre de
descalzarse al penetrar en las tiendas o en las viviendas, y específicamente en
las zonas alfombradas, o de cambiar de calzado y colocarse otro nada más
franquear el umbral de la casa, se ha seguido puntualmente en las viviendas
islámicas, lo cual ha redundado en su pulcritud y ha establecido claramente los
límites del espacio privado. La alfombra ha ofrecido grato soporte a quienes
permanecen largo tiempo en una habitación, o reunidos bajo la tienda, acogidos a
las costumbres de la hospitalidad o la reunión familiar o de grupo.
Estas mismas concepciones son las que llevan a
alfombrar los suelos de las mezquitas, en las que no sólo no se puede entrar
calzado, sino que se han de visitar tras la ablución o purificación que se
realiza a su entrada, junto a la fuente del patio. La alfombra es, pues, el
"mobiliario" fundamental de cualquier espacio islámico, y no esencialmente un
objeto de lujo, aunque en lugares que carecen de las posibilidades de instalarla
hagan sus veces las esteras, habilísimamente trabajadas»
(Martínez Montávez y Ruíz Bravo-Villasante: Europa Islámica. O. cit.,
pág. 111).
En 1521, el Cardenal y Lord Canciller inglés
Thomas Wolsey (1475-1530), favorito de Enrique VIII, mediante los buenos oficios
del embajador veneciano en Londres, adquirió sesenta alfombras persas para su
palacio de Hampton Court a orillas del Támesis.
En el siglo XVI los artífices iraníes llegaron
en la confección de alfombras de unas dimensiones que no han sido alcanzadas
nunca, ni antes ni después, logrando, con maravilloso acierto, diseños de
belleza sin igual. Una de esta obras maestras, procedente de Ardabil —donde
estuvo expuesta en la mezquita-mausoleo del Sheij Safiuddín (1251-1334),
fundador de la cofradía mística Safaviyya y patrono de la dinastía safaví—,
pertenece ahora al Museo Victoria y Alberto de Londres (Artes islámicas, sala
42, planta baja). Sa. Es una alfombra inmensa (10,97 m x 5,34 m) de un trabajo
delicadísimo en lana y seda, con más de treinta millones de nudos diminutos (380
por pulgada cuadrada). En una esquina hay una cartela con un verso del poeta
Hafiz y debajo se lee: «Obra del servidor del umbral, Maqsud de Kashán, año
946 (1540 de la era occidental)».
Un magnífico tapiz persa es el que se guarda
en el Museo Poldi Pezzoli de Milán, el cual se ha comprobado que fue tejido por
Guiazuddín Ÿami, en 1521. Todos los tapices y alfombras tejidos a máquina, de
uso universal, llevan dibujos tomados de los originales islámicos.
Véase Tapis. Present de l'Orient à
l'Occident. Exposition Catalogue, Institut du Monde Arabe, París, 1989;
Giovanni Curatola: Guía de alfombras, Grijalbo, Barcelona, 1991; Enza
Milanesi: Guía de Alfombras. Para la identificación de las alfombras antiguas,
Anaya, Madrid, 1993; Madeleine Ginsburg: La Historia de los Textiles,
Editorial Libsa, Madrid, 1995; Ian Bennett: Oriental Carpet Identifier,
Quantum Books, Londres, 1996; Andrew Middleton: Alfombras. Tradiciones,
técnicas y diseños, Editorial La Isla, Buenos Aires, 1997.
Vidrio y cristal
Narra el escritor y erudito latino Caius
Plinius Secundus, llamado Plinio el Viejo (Novum Comum 23 d.C.-Stabiae 79) en su
«Historia natural» que el vidrio fue descubierto por unos marinos fenicios
cuando, sobre una playa ardiente rica en sílice, vertieron sin querer un poco de
nitrato potásico, quedando sorprendidos al ver cómo éste se convirtió al punto
en una lámina traslúcida (cfr. Jean Mazel: El secreto de los fenicios,
Bruguera, Barcelona, 1970, págs. 59-60). El historiador latino Publius Cornelius
Tacitus (55-120) y el sevillano San Isidoro (560-636) repiten los mismos
relatos. Tras su evolución en Occidente, cuenta el historiador musulmán argelino
Shihabuddín Ibn Muhammad al-Maqqarí (1591-1634), que la técnica de la
fabricación del vidrio es perfeccionada por el científico y astrónomo cordobés
Ibn Firnás en el siglo IX (cfr. Al-Maqqarí: Nafh at-tib min ghusn al-Ándalus
ar-ratib —"Exhalaciones de perfume de la rama tierna de al-Ándalus",
Edic. y trad. de Reinhart Dozy, 2 vols., Leiden, 1855-1860).
Los vidrieros de los primeros siglos del Islam
recurrían a menudo a la superposición de dos capas de vidrio, aplicando un
revestimiento de color —generalmente azul o verde— sobre un fondo de vidrio
incoloro.
Bajo los fatimíes se produjo numerosos objetos
fabricados en cristal de roca (cuarzo cristalizado, incoloro y transparente),
sustancia de gran valor y difícil de trabajar. Los tesoros fatimíes llegaron a
incluir en algún momento más de 18.000 artículos en cristal de roca. La mayor
colección de vasijas de cristal de roca fatimíes se encuentran ahora en el
Tesoro de San Marcos de Venecia y representan parte del botín procedente del
saqueo de Constantinopla perpetrado por los cruzados en 1204, durante la cuarta
cruzada, que fue en la práctica una guerra entre bandos cristianos.
Los artífices vidrieros sirios llegaron a una
perfección espléndida con sus lámparas (mejor dicho, pantallas de lámparas,
provistas interiormente de pequeñas vasijas de aceite, colgadas de los bordes
por medio de alambres), las cuales, suspendidas por tres, o más, cadenas de
plata o latón, sujetas en las asas, dispuestas en el cuerpo exterior de
aquéllas, iluminaban en la oscuridad las mezquitas, irradiando como joyas.
Generalmente estaban adornadas con dibujos en forma de franjas llenas de
medallones e inscripciones realzados con esquemas de hojas de tipo convencional:
en algunas, toda la superficie está cubierta de motivos florales, como en un
brocado de seda, en otras, del mismo estilo, aparece una cartela con el escudo
del donante que hizo el ofrecimiento a cierta mezquita desconocida. Los nobles
musulmanes, siguiendo una antigua tradición islámica, ponían frecuentemente
divisas de carácter heráldico en los objetos de su propiedad, como es el caso
del famoso blasón de los sultanes nazaríes de Granada que puede encontrarse en
los muros de la Alhambra. El uso de estos blasones influyó en el desarrollo de
la heráldica occidental, que durante las Cruzadas evolucionó hasta convertirse
en una verdadera ciencia con nomenclatura propia.
El estudioso Louis Charpentier escribe en el
capítulo que dedica al misterio de la luz en la catedral de Chartres que el
verdadero vidrio de vitral aparece en Persia hacia el siglo noveno (cfr. L.
Charpentier: El enigma de la catedral de Chartres, Plaza & Janés,
Barcelona, 1976; Varios autores: Le secret des cathédrales, Revista
Historia Nº 9801, Enero 1998, Editions Fragile,Tiralet, Gavaudun ). El vidrio de
vitral, según Charpentier, apareció en Occidente al mismo tiempo que el gótico;
es decir, durante el primer cuarto del siglo trece (época de la construcción de
la catedral Notre-Dame de Chartres).
Si fue en Persia donde se inventó la técnica,
aun secreta, del vidrio de vitral, ¿sería una hipótesis gratuita sospechar que
los vidrios del Mirador de Daraxa fueron compuestos por esas mismas manos
sabias, ya que varios artífices persas, por el tiempo en que la Alhambra se
construía, habían emigrado al reino de Granada, ante la amenaza de que Persia
fuese invadida por los turcos otomanos, a fines del siglo XIV?
Véase K. Erdmann: Fatimid Rock Crystal,
Oriental Art, III, Londres, 1951, págs. 142-146; D.S. Rice: A Datable Islamic
Rock Crystal, Oriental Art, II, Londres, 1956, págs. 85-93; R. Hasson:
Early Islamic Glass, Jerusalem, 1979; Albane Dolez: Glass Animals. 3,500
years of artistry and design. Medieval Islamic and Venetian Glass A.D.
500-1600, págs. 33-55, Harry N. Abrams, Nueva York, 1988.
R.H. Shamsuddín Elía
Profesor del Instituto Argentino
de Cultura Islámica
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