MÚSICA
«Extasis es
el estado que sobreviene cuando se oye la música»
(Kitab adab al-sama ua al-uaÿd).
Al-Gazalí (1058-1111)
El Islam fue el crisol de un arte
musical que se plasmó como fruto de una permanente interacción entre árabes,
persas, turcos e hindúes. Este abarca una extensa área de Asia Occidental y el
norte de Africa cuya cultura musical está dominada por los pueblos islámicos
arabófonos, persófonos y turcófonos y está integrada por un sistema único aunque
heterogéneo en el que están incluidas la música litúrgica, clásica, folklórica y
moderna. Los pueblos de Afganistán, Pakistán, el Asia Central ex-soviética y el
Cáucaso comparten elementos de este sistema de modo periférico.
La tradición musical del Islam se remonta a sus orígenes
abrahámicos y mosaicos. Los cantos y danzas rituales caracterizaron a la
religión de los Hijos de Israel, como se comprueba en las historias bíblicas de
Moisés y David, la Paz sea con ellos (cfr. Génesis, 31, 27; Exodo 15, 1-21; 2
Samuel, 6, 5). En el primer libro de Samuel, capítulo 10, versículo 5, podemos
leer: «...al entrar a la ciudad te encontrarás con un grupo de profetas
bajando del excelso, precedidos de salterios, tímpanos, flautas y arpas, y
profetizando»; y en el capítulo 16, versículo 23: «Cuando el
espíritu de Dios se apoderaba de Saúl, David tomaba el arpa, la tañía con su
mano, y Saúl sentía alivio y bienestar, pues se retiraba de él el espíritu malo».
La primera práctica musical del Islam fue y es en la
mezquita. Esta consiste en la llamada a la oración a cargo del muecín, al que
puede juzgarse por el impacto emocional de voz y su fraseología musical.
La segunda música fundamental del Islam en la mezquita es la
lectura o salmodia del Sagrado Corán, labor encomendada a un solista, el almocrí
(del árabe muqri’) que emplea una profusa ornamentación. Esta desarrolló
la ‘ilm al-qira’a, «ciencia de la recitación».
Al llegar la época de las traducciones grecolatinas, la
tradición musical griega pasó a formar parte de la civilización islámica. Lo que
se imitó de la música helénica no se superpuso a los parámetros propios, sino
que sirvió para enriquecerlos. En esa época entró en el árabe la palabra griega
musiqí como musiqa. Los árabes preislámicos tenían un término genérico
denominado guiná para canción y música indistintamente (cfr. H. Touma: La
Musique arabe, Buchet-Chastel, París, 1977).
Gracias a las traducciones al árabe de textos griegos,
siríacos, persas y sánscritos, realizadas en la Casa de la Sabiduría (ver
aparte), se dan a conocer las teorías musicales de Pitágoras de Samos
(580-500 a.C. ), Aristóteles (384-322 a.C.), Aristóxeno de Tarento
(350-? a.C.), Nicómaco de Gerasa —Gerasa o Ÿerasa era una de la ciudades
de la Decápolis, cuyas ruinas se localizan en el norte de Jordania— (fl. 100
d.C.), y Claudio Ptolomeo (90-128). La concepción griega de la música
como como «ciencia de la fabricación de melodías», manifiesta ya en Ishaq
al-Mausilí (m. 849), se difunde por todo el mundo islámico y abre el camino a un
panorama totalizador de los fenómenos vocales e instrumentales, fundamentando en
los principios científicos de la Antigüedad clásica.
Al-Kindí
En los primeros tiempos del Islam, la música se consideraba
como una rama de la filosofía y de las matemáticas. En este campo los creadores
y teóricos eran los filósofos. Al-Kindí (ver aparte) fue el primer gran
teórico de la música Fue maestro tanto en la teoría como en la práctica., ya que
añadió una quinta cuerda al laúd (ud en árabe), con lo que se alcanzaba la doble
octava sin recurrir al cambio. Al usar la notación alfabética para una octava
fue más lejos que los músicos griegos. Como médico, al-Kindí se dio cuenta del
valor terapéutico de la música, ya que, según una narración, trató de curar con
ella a un muchacho paralítico, tras haber sido inútil la ciencia de todos los
médicos ortodoxos. Sólo han sobrevivido cinco de sus quince tratados sobre
música, en uno de los cuales se emplea por primera vez la palabra musiqí, en el
título.
El precedente creado por este filósofo-músico fue seguido por
sus sucesores intelectuales. Todos ellos se ocuparon de la música como rama de
las matemáticas, consideradas éstas como disciplina filosófica.
Al-Farabí
De ellos el más famoso musicalmente fue al-Farabí (ver
aparte). Este eminente filósofo shií sobresalió tanto en la teoría como en la
práctica. Floreció en la brillante corte de Saif ud-Daula al-Hamdaní de Alepo.
Varias tradiciones nos aseguran que durante una fiesta nupcial, al-Farabí podía
tocar el laúd hasta hacer que el auditorio prorrumpiera en risas, derramara
lágrimas o se durmiera. Estas mismas fuentes aseguran que inventó el rabab
(rabel) y el qanún (cítara pulsada), aunque es muy posible que se
limitara a mejorarlos.
De su pluma salieron cinco libros de música, uno de los
cuales, Kitabu al-Musiqa al-Kabir «El Gran Libro de la Música», es la
obra teórica más importante acerca de la música en el Islam. Fue traducida al
francés por el erudito Barón Rodolphe d’Erlanger (1872-1932) y publicada
por P. Geuthner, París, 1959. En ella, al-Farabí definía así el poder emocional
de la música: «El hombre y el animal, bajo la impulsión de sus instintos,
emiten sonidos que expresan sus emociones, como pueden ser la de alegría o
miedo. La voz humana expresa mayor variedad -tristeza, ternura, cólera-. Estos
sonidos, en la diversidad de sus notas, provocan en la persona que los escucha,
los mismos matices de sentimientos o de pasiones, exaltándole, controlándole o
tranquilizándole».
A partir de Pitágoras, al-Farabí desarrolló la parte
eminentemente acústica y matemática, partiendo de la cuerda, y una especulación
cosmogónica que religa con otro hecho, esta vez una palabra, que luego pasó a la
España musulmana; el tarab (en árabe "arrebato", también "estado
extático", "embeleso místico"), que dio origen a la palabra «trovador»; tarab
se empleaba en al-Andalus para designar el cante.
Según el investigador irlandés Henry George Farmer
(1882-1965), «su estudio de los principios físicos y fisiológicos del
sonido supera realmente a los griegos». Al-Farabí fue un profundo
místico, y en el ritual de distintas cofradías sufíes se cantan todavía algunas
de sus composiciones.
El último gran teórico de la música en el Islam fue
Avicena (ver aparte). Este médico y filósofo inclusó en sus obras
filosóficas, sobre todo al-Shifá ("La curación") y al-Naÿat ("La
Salvación"), largos capítulos sobre música. Su aportación radica en la detallada
descripción de los instrumentos usados entonces y en el tratamiento de puntos de
teoría musical griega que no se han conservado.
El sufismo o misticismo islámico fue el causante de que la
música adquiriera respetabilidad. Para los místicos musulmanes la música es un
medio de lograr el estado emocional, extático, que precede a la inspiración.
Un temprano asceta, el alquimista y místico egipcio
Abul-Faid
Dhu al-Nun al-Misrí (796-861), hizo una fina distinción para refutar los
argumentos de ciertos juristas ortodoxos contra la música: «Oir música
ejerce un efecto divino que mueve el corazón hacia Dios. Quien la escucha
espiritualmente llega a El, pero quien la escucha sensualmente cae en el pecado».
Los Hermanos de la Pureza, en su «Epístola sobre la
música» dicen lo siguiente: «Has de saber, hermano mío, ¡ojalá Dios te
ayude a ti y a nosotros cubriéndonos con su espíritu!, que los humores del
cuerpo son de muchas clases, y que la naturaleza de los animales es también muy
variada. A cada humor y a cada naturaleza corresponde un ritmo y una melodía
cuyo número sólo puede ser contado por Dios Todopoderoso y Grande. Hallarás
prueba de la veracidad de esto que acabamos de decir, así como de la exactitud
de cuanto hemos escrito, si tomas en consideración que todos los pueblos de la
humanidad poseen melodías y ritmos propios que les dan goce y deleitan a sus
hijos, y que cada uno de estos estilos y ritmos deleita únicamente a los mismos
que lo han creado. Este es el caso de la música de los dailamitas, de los
turcos, de los árabes, de los armenios, de los etíopes, de los rum y de otros
pueblos que difieren entre sí por su lenguaje, su naturaleza, su carácter y sus
costumbres».
Al-Gazalí
Pero sería un jurista de la talla de Abu Hamid Ibn
Muhammad al-Gazalí (1058-1111), conocido en la Europa medieval como
Algacel, a quien se debe acreditar el mérito de reivindicar la música en el
Islam por sus convincentes argumentos en favor de ese arte universal. En su
discusión sobre la música y el éxtasis da seis razones para considerar el canto
como fuerza más potente para producir el éxtasis. Al-Gazalí, nacido en Gazal,
Jorasán (Irán), no se limitó a permitir el canto y la música sino también la
danza, tras afirmar que todos son medios de intensificar el sentimiento
religioso.
Al-Gazalí consagró el octavo libro de su obra Ihiá ‘Ulum
al-Din «La vivificación de las ciencias de la fe», llamado Kitab adab
al-samá ua al-uaÿd, al buen uso de la música y del canto en la vida
espiritual. En este trabajo realizado a los comienzos del siglo XII, habla de la
música en cuanto a vehículo para alcanzar la Unión mística con Dios. Hace una
distinción entre la percepción sensual de la música y la espiritual. En esta
obra, el místico persa prolonga las tesis del libro de al-Muhasibí al-Anazí
(781-857), Kitab ar-Ri’aia li-huquq Allah ua-l-qiyam biha (traducido al
inglés por Margaret Smith con el título: An early mystic of Bagdad: A study
of the life and teachings of Harith Ibn Asad al-Muhasibi, Shelder Press,
Londres, 1935). En una parte de su tratado, al-Gazalí reconoce el poder de la
música sobre el corazón humano:
«No es posible entrar en el corazón humano sino pasando
por la antecámara de los oídos. Los asuntos musicales, medidos y placenteros,
destacan lo que hay en el corazón y revelan sus bellezas y defectos»
(Al-Gazalí: Ihiá ‘Ulum al-Din. Parte 3, libro 8, vol. 2, pág. 237; trad.
al inglés por Duncan Black MacDonald en su artículo: Emotional religion in
Islam as affected by music and singing, Journal of Royal Asiatic Society,
Londres, 1901, pág. 199). Véase Al-Gazalí: Ihiá ‘Ulum al-Din, 4 vols, El
Cairo, 1933.
Para al-Gazalí, como para todos los polígrafos del Islam,
desde al-Kindí a Averroes, pasando por al-Farabí, al-Ma’sudí y Avicena, todo lo
bello proviene de Dios, y asimismo la música (cfr. F. Jabre: La Notion de
certitude selon Ghazali dans ses origines psychologiques et historiques,
París, 1958; Al-Gazhali: Le livre du licite et de l’illicite, J. Vrin,
París, 1981; E. Ormsby: Theodicy in Islamic Thought, Princeton University
Press, Princeton, NJ, 1984).
Rumí
Gracias a los esfuerzos de este moralista, filósofo y
teólogo, la música se fijó como rasgo constitutivo de los rituales de las
cofradías místicas musulmanas, como es el caso de los mevlevíes, la cofradía
sufí de derviches, fundada en Konia (hoy Turquía) por el poeta persa
Ÿalaluddín ar-Rumí (ver aparte). Los mevlevíes (de la voz árabe maulana,
mevlana en turco, "nuestro maestro", sobrenombre de ar-Rumí), alcanzan el
éxtasis místico (uaÿd) en virtud de la danza (samá’), símbolo del
baile de los planetas. Los derviches (del persa darwish: "visitador de
puertas") mevlevíes giran sobre sí mismo hasta conseguir el éxtasis. La danza es
acompañada de flautas, atabales, tamboriles, esa especie de violines llamados
kamanché, y laúdes de mástil largo como el saz turco. Esta tradición musical se
desarrolló a través de la ceremonia maulawiyya llamada Ain Sharif, que ha
tenido compositores famosos como Mustafá Dede (1610-1675, Mustafá Itri
(1640-1711), o el derviche Alí Siraÿaní (m. 1714).
Otro característica del misticismo islámico es el dhikr
("recuerdo, memoria, invocación de los nombres de Dios"). El dhikr es la
repetición de alguna palabra o jaculatoria en exaltación de Dios acompañada o no
de movimientos rítmicos, música y danza.
Rumí dijo: «El samá’ es el adorno del alma que ayuda a
ésta a descubrir el amor, a experimentar el escalofrío del encuentro, a
despojarse de los velos y a sentirse en presencia de Dios» (cfr. Eva de
Vitray-Meyerovitch: Mystique et poésie en Islam, Djalal Uddin Rumi et l’ordre
des derviches tourneurs, Desclée De Brouwer, París, 1972).
El polígrafo granadino Ibn al-Jatib (ver aparte) en
una de sus últimas obras la Nufadat al-ÿirab fi ‘ulalat al-igtirab
("Sacudida de alforjas para entretener el exilio"), Manuscrito de El Escorial Nº
1750, nos relata una recepción en la Alhambra, ofrecida por el sultán nazarí
Muhammad V en 1362, durante la fiesta de inauguración de varias salas de la
"fortaleza roja":
«Al acabarse las recitaciones subió de tono el
tumultuoso ruido del dikr, que rebotaba en unas y otras paredes, duplicado por
el eco de la nueva construcción. En el dhikr compitieron los expertos con la
masa del vulgo. Hizo mucha mella en los ánimos. En las imaginaciones irrumpieron
sentimientos de sumisión al poder divino y de desgarramiento por el temor de
Dios, que acabaron por producir enajenaciones. Tras ella vino la vuelta en sí. Y
entonces la cerrada atmósfera se nubló con el humo del ámbar de Sihr, cuya nube
entoldó a los circunstantes. Fue vertida el agua de rosas, caída sobre las ramas
de la familiaridad como un diluvio, hasta el punto que gotearon las barbas y se
calaron las vestiduras. La flauta empezó a sonar para cerrar el programa
protocolario» (traducción de Emilio García Gómez en su obra, Foco de
antigua luz sobre la Alhambra, Madrid, 1988, págs. 155-6).
Otros tratados importantes sobre la música elaborados por
estudiosos musulmanes son los de Iahia al-Munaÿÿin al-Bagdadí (856-912),
autor de un Risala fi l-musiqui (Ed. Z. Yusuf, El Cairo, 1964), Abu
al-Faraÿ al-Isfahaní (897-967), con su monumental «Libro de las canciones» (Kitab
al-Agani) en 21 tomos, Ibn Zaila (m. 1048), Safiuddín (m.
1294), Qutb al-Din al-Shirazí (1236-1311), teórico persa que
compuso Durrat al-Taÿ (Perla de la Corona), Abd al-Qadir (m. 1435)
y al-Ladiqí (siglo XVI). Para una detallada relación, véase Amnon
Shiloah:
Music in the World of Islam, Scolar P., Aldershot, 1995; The Theory of
Music in Arabic writings c. 900-1900, Henle, Munich, 1979.
La civilización islámica conoció su apogeo a fines del siglo
X, momento en que se integraron artistas, talentos y tradiciones de todo el
mundo musulmán, sin distinción de origen étnico o de religión: árabes, iranios,
turcos, musulmanes, judíos, cristianos e hindúes. Los buÿíes y fatimíes en el
Oriente, y los andalusíes de Córdoba en Occidente hicieron del Dar al-Islam un
verdadero paraíso terrenal. Eran los tiempos en que en un extremo enseñaba
Avicena, e Ibn Hazm en el otro. Fue también la época en que los diversos estilos
musicales y sus respectivos criterios estéticos se establecieron con precisión
—intervalos, figuras melódicas y rítmicas—, y en que el músico debía improvisar
y generar un «arrebato» (tarab) entre sus oyentes, adecuándose a la
tradición de la poesía cantada.
El irlandés Farmer señala este parámetro: «El cultivo
de la música en todas sus ramas por los musulmanes, reduce a la insignificancia
la dedicación a este arte en la historia de cualquier otro país» (cfr.
The Sources of Arabian Music, Glasgow, 1940).
La destrucción del califato de Bagdad en 1258 por los
mongoles rompió esta cohesión artística y apañó la gestación de elementos
reaccionarios como Ibn Taimiyya (1263-1338) que cercenaron las iniciativas y
creaciones intelectuales, sepultando el acervo cultural de la Edad de Oro del
Islam.
Aislado del Próximo Oriente árabe, Irán abandonó el laúd (ud)
y configuró su propia música de acuerdo con un legado multisecular y utilizando
instrumentos puramente iranios como el tar, el setar, el santur y el kamanché
(cfr.
Musical Instruments of the World. The First and Only Comprehemsive
Illustrated Encyclopedia of Its Kind. More than 4.000 Original Drawings,
Bantam Books, Nueva York, 1978, págs. 154-227). La música persa o irania se basó
en un repertorio melódico rico en sutiles adornos y en un extraordinario abanico
de combinaciones vocales (trinos y registros entrecortados). El poeta persa
Sa’adi (1213-1283) habla de un niño «que cantaba una melodía tan lastimera
que detenía a un pájaro en su vuelo».
La obra más recomendable de consulta es la editada por
Stanley Sadie: The New Grove. Dictionary of Music and Musicians, 20 vols.
Vol. 1: Arab Music, págs. 514-539; Vol. 9: Iran. Art Music,
págs. 292-309; Islamic religious music, págs. 342-349, Macmillan
Publishers, Londres, 1980 (en Buenos Aires es asequible en la Biblioteca de la
Facultad de Artes y Ciencias Musicales de la U.C.A., Av. Alicia Moreau de Justo
—ex A. Dávila— 1500 - Puerto Madero, Edificio San Alberto Magno, subsuelo).
El ceremonial musical del ta’zieh y la
conmemoración de Ashura
Al-Husain Ibn Alí (629-680), hijo de
Alí Ibn Abi Talib (600-661) y Fátima az-Zahrá (615-632), y nieto del Profeta
Muhammad (la Bendición y la Paz sean con él y su descendencia purificada), fue
asesinado en el llano de Karbalá (Irak), el viernes 10 de Muharram del año 61 de
la Hégira (10 de octubre de 680) por los esbirros de Yazid Ibn Mu’auiah
(643-683).
Este martirio de al-Husain, tercer Imam de la escuela
duodecimana, ha sido evocado no sólo por todos los musulmanes sunníes y shiíes,
sino incluso por grandes escritores e historiadores occidentales como el inglés
Edward Gibbon (1737-1794), en su Historia de la decadencia y ruina del
imperio romano (Turner, Madrid, 1984, págs. 249-258), o el francés Ernest
Renan (1823-1892) en sus Estudios Religiosos, Alda, Buenos Aires,
1945, págs. 169-231). Véase Lewis Pelly: The Miracle Play of Hasan and Husain,
2 tomos, Allen, Londres, 1970; M.A. Amir Moezzin: Le Guide divin dans le
shi’isme originel, Verdier, París, 1992.
El drama de Karbalá tuvo una gigantesca repercusión en todo
el Mundo Islámico e incluso entre los no musulmanes. El emperador bizantino
Constantino IV Pogonato (654-685) demostró su indignación ante el asesinato
de al-Husain Ibn Alí en una carta enviada a Yazid: «Han matado a un
Profeta o al hijo de un Profeta» (Al-Yaqubí: Tarij, ed. M.Th.
Houtsma, vol. II. Leiden, 1883; Dar Sadir, Beirut, 1960, Vol.II, pág. 242).
«El martirio de Husain se convirtió en el prototipo de
las luchas contra la injusticia, del sufrimiento. El corazón del shiísmo esta
ahí, en ese suplicio que es al mismo tiempo rebelión y signo de esperanza»
(Yann Richard: El Islam shií, Bellaterra, Barcelona, 1996, pág. 46).
El islamólogo húngaro de origen judío Ignaz Goldziher
(1850-1921) tiene mucho que decir sobre al-Husain y Karbalá: «Los shiíes
modernos y letrados encontraron en la disposición para el duelo que caracteriza
a su fe, grandes valores religiosos. Encuentran en él un elemento de sentimiento
humanitario de nobleza: «Llorar por Husain —dice un indio shií que también
escribió en inglés obras de filosofía y matemáticas— es lo que determina el
precio de nuestra vida y de nuestro espíritu; si no fuera así, seríamos las más
ingratas de las criaturas. En el paraíso todavía llevaremos el duelo por
Husain». Es la condición de la existencia musulmana. El duelo por Husain es la
verdadera marca del Islam. Es imposible para un shií no llorar. Su corazón es
una tumba viviente, la verdadera tumba del jefe de los mártires decapitados»
(I. Goldziher: Le Dogme et la Loi de l’Islam, Paul Geuthner, París, 1973,
pág. 168 y 55; I. Goldziher: Introduction to Islamic Theology and Law,
Princeton University Press, Princeton, 1981).
Cada año, desde los tiempos de los safavíes (siglos XVI y
XVII), la conmemoración de esa tragedia, el 10 (en árabe: Ashura,
literalmente, diez) de Muharram (primer mes del calendario lunar musulmán), da
lugar en Irán a unas espectaculares escenas de lamentación pública, que enmarca
la representación denominada en persa ta’zieh ("testimonio de
condolencias"). Esta demostración popular es signo de una culpabilidad colectiva
por haber abandonado a un héroe justo (asumida a cuenta de aquellos musulmanes
de Kufa desertores de las filas de al-Husain) que, sabiendo perdido de antemano
su combate contra un poder inicuo y usurpador como era el califato omeya de
Damasco, no dudó en abrazar el martirio en el nombre del Unico Dios (cfr. Peter
J. Chelkowski: Ta’ziyeh: Ritual and Drama in Iran, New York University
Press, Nueva York, 1979).
En esta incomparable representación de la Batalla de Ashura,
los personajes cantan o recitan, a veces acompañados de címbalos y tambores. Los
mártires son también llorados en las procesiones de hombres que cantan
antifonalmente frases cortas con el acompañamiento rítmico fruto del golpear sus
pechos con las palmas y sus espaldas con cadenas (Véase Mahmoud Ayoub:
Redemptive Suffering in Islam: A Study of the Devotional Aspects of Ashura in
Twelver Shi’ism, Mouton, La Haya, 1978; Juan Goytisolo: De la Ceca a La
Meca. «Días de duelo en Teherán», Alfaguara, Madrid, 1997, págs. 63-79).
La evocación del Ashura no es una práctica exclusivamente
shií, como generalmente se piensa. Todas las escuelas de pensamiento del Islam
tienen como suya esta tradición. En al-Andalus, de mayoría maliki, era una de
las conmemoraciones más importantes. «Además de estas dos fiestas
canónicas (la de la Ruptura del Ayuno en el fin del Ramadán —Id al-Fitr
al-Mubarak—, el 1 de Shauual, y la del Sacrificio — Id al-Adha al-Mubarak—el 10
de Dhul-Hiÿÿah), en España se celebraba una tercera fiesta religiosa, la
de Ashura, que caía el 10 de Muharram, y venía marcada por un ayuno ritual»
(Rachel Arié: El Reino Nasrí de Granada 1232-1492. O. cit., pág. 253).
El orientalista y grabador inglés Edward William Lane
(1801-1876), que residió varias veces en Egipto entre 1830 y 1849 (y donde las
escuelas hanbali y shafi’i son predominantes), narra al respecto lo siguiente:
«El décimo día de Moharram es denominado Yom ‘Ashura. Es considerado
sagrado por varias razones... Pero lo que, en la opinión de los musulmanes más
modernos, y en especial los persas, confiere la mayor santidad al día de la
‘ashura, es el hecho de que era el día en el que El Hoseyn, el nieto del
Profeta, fue asesinado, y se convirtió en mártir, en la batalla de Kerbalah.
Muchos musulamnes ayunan en tal día, y algunos también durante el día
anterior... Después de la llamada de la oración del mediodía, fui a la mezquita
de El Hoseyn, que, siendo el lugar en que se cree que reposa la cabeza del
mártir El Hoseyn, es escenario de las celebraciones más notables que en El Cairo
se dan con motivo del día de la ‘Ashura (la cabeza de Husain Ibn Alí, la
Paz sea con él, fue enviada primeramente a Kufa desde Karbalá, después llegó a
Damasco y, finalmente, llegaría por Ascalón a El Cairo en el año 547/1153)...
Deseaba visitar la capilla de El Huseyn en el aniversario de su muerte... Al
entrar, uno de los criados de la mezquita me llevó hasta una esquina libre de la
pantalla de bronce que rodea el monumento, levantado en el lugar en que se dice
está enterrada la cabeza del mártir, a fin de que pudiese recitar la Fatihah
(primer capítulo coránico)» (Edward William Lane: Maneras y costumbres de los
modernos egipcios, Libertarias, Madrid, 1993, págs. 414-420).
Un tipo de música ceremonial diferente es el acompañamiento
de ejercicios gimnásticos tradicionales denominados zorjané (en persa "casa de
fuerza") a cargo de un conductor espiritual (murshid) que, tocando
tambores y campanas, realiza invocaciones a Alí Ibn Abi Talib (P) o canta
fragmentos del Shah Nameh de Firdusí, la epopeya nacional iraní. Véase Jean
During: La musique iranienne. Tradition et évolution, Recherches sur les
civilizations, Institut Français d’Iranologie de Tehéran (Bibliothèque Iranienne
29, Memoires 38), París, 1984; Jean During: Musique et extase. L’audition
mystique dans la tradition soufie, Albin Michel, París, 1988: Jean During:
Musique et mystique dans les traditions de l’Iran, Institut Français de
Recherche en Iran (Bibliothèque iranienne, 36), París/Teherán, 1989.
La música andalusí y Ziriab
Fue el emir cordobés Abderrahman II (788-852) el
primero en fundar un conservatorio musical en al-Andalus, siendo considerados
sus músicos como rivales de los de Medina, donde se hallaban los más excelentes
(la tradición islámica atribuye a Suraiÿ, médico medinense, el primer empleo de
la batuta en la historia de la música, en el siglo VIII).
En 822 llega a la corte cordobesa, procedente de Bagdad, el
músico y poeta persa Abu al-Hasan Ibn Ali Ibn Nafi (789-857), más
conocido por el sobrenombre de Ziriab: «el pájaro negro cantor», según
algunos, por asemejarse al mirlo, y según otros por el oscuro color de su tez.
Sería Ziriab quien introduciría en las escuelas de música andalusíes el sistema
árabe-pérsico, sistema que en la corte cordobesa era utilizado al mismo tiempo
que el sistema griego y pitagórico. Ziriab había sido en la lejana Bagdad el
alumno aventajado de dos importantes músicos de la corte de Harún ar-Rashid,
como fueron Ibrahim Ibn Mahán de Kufa (m. 803), llamado al-Mausilí (por haber
residido un tiempo en Mosul), y su hijo Ishaq. Ishaq al-Mausilí (m. 849) al ver
las cualidades con las que estaba dotado Ziriab y que podían opacar las suyas,
presa de los celos, le obligó a abandonar la capital abbasí.
Ziriab era un auténtico polígrafo: poeta, literato,
astrónomo,geógrafo y un refinado esteta y un célebre gourmet, tanto que hay un
antiguo plato cordobés de habas saladas y asadas, al que se llama «ziriabí» en
honor a Ziriab, pero ante todo fue un gran músico. Se dice que se sabía de
memoria las letras y melodías de diez mil canciones. Fue el fundador de una gran
academia musical y dio a conocer en al-Andalus el instrumento islámico por
excelencia, el ud (laúd), para el cual inventó una quinta cuerda. Según Ziriab:
«Las cuatro cuerdas tradicionales encuentran su equilibrio en el universo.
Ellas representan los símbolos de los cuatro elementos: el aire, la tierra, el
agua y el fuego. Sin embargo, sus timbres particulares ofrecen analogías con los
humores y temperamentos que no existen en la naturaleza. He coloreado las
cuerdas para indicar su correspondencia con la naturaleza humana: la primera,
roja, representa la sangre; la segunda, blanca, representa la flema; la tercera,
amarilla, es la bilis, la cuarta negra, la atrabilis (supuesto causante
de la melancolía según los antiguos). La quinta cuerda es la que ocupa el
lugar principal: es la del alma...» (H.G. Farmer: History of Arabian
Music, Londres, 1929, pág. 154).
Ziriab fabricó sus propios instrumentos, mejorándolos con
innovaciones. La laminilla de madera que se empleaba como plectro en el laúd la
sustituyó por la pluma de águila, con lo que produjo un sonido más agradable en
el instrumento.
Dice Ibn Jaldún: «El conocimiento de la música legado
por Ziriab como una herencia a España, transmitióse allí de generación en
generación, hasta la época de los régulos de Taifas» (Al-Muqaddimah, O.
cit., pág. 756).
La influencia en la música española y
latinoamericana
Los diversos ritmos y melodías surgidos
de la escuela andalusí forjada por Ziriab, como las zambras, pasarían a América
con los moriscos y se transformarían en danzas como la zamba, el gato, el
escondido, el pericón, la milonga y la chacarera en la Argentina y el Uruguay,
la cueca y la tonada de Chile, las llaneras de Colombia y Venezuela, el jarabe
de México o la guajira y el danzón de Cuba (cfr. Tony Evora: Orígenes de la
música cubana, Alianza, Madrid, 1997, pág. 38). El mismo tango tiene origen
flamenco, voz que según el eminente andalucista Blas Infante (1885-1936)
proviene del árabe fellahmenghu: «campesino errante». La mayoría de los
flamencólogos, incluso un intérprete y compositor de la talla de Paco de
Lucía (nacido Francisco Sánchez Gómez, en 1947, en el puerto de Algeciras),
y un cantaor de los quilates de Camarón de la Isla (nacido José Monge
Cruz, 1950-1992), afirman el origen andalusí-morisco de su especialidad (cfr.
Félix Grande Lara: Memoria del flamenco, 2 vols., Espasa Calpe, Madrid,
1987).
La música del Islam igualmente tuvo una influencia evidente
en la música culta y religiosa de España, Francia e Italia. El «amor cortés» de
los trovadores medievales tiene sus raíces en al-Andalus y en las tierras
musulmanas en la que habitaron durante un tiempo los cruzados en los siglos XII
y XIII, como Siria, Líbano, Palestina y Egipto. Grandes poetas como Ibn Hazm
(ver aparte) y el régulo de la taifa de Sevilla al-Mutamid (1040-1095)
adoptan en sus obras una concepción platónica del amor , el que se ha denominado
amor espiritual, en árabe hubb udhrí; de la tribu mítica de los Bani
Udhra, llamados los «Hijos de la Virginidad», que cita Ibn Qutaibah
Asimismo, en al-Andalus el canto mozárabe había suplantado en
las iglesias al visigodo. Donde es muy grande la influencia de la música
andalusí es en las famosas Cantigas de Santa María de Alfonso X el Sabio
(1221-1284), rey de Castilla y León. Este repertorio de más de 400 canciones
tiene textos en galaico-portugués y presentan la forma de «zéjel» (ver aparte).
La mayoría de aquéllas narran milagros de María, la Paz sea con ella. Los textos
se conservan con melodías en tres manuscritos del siglo XIII junto con una rica
colección de miniaturas que representan intérpretes con instrumentos musicales.
Las miniaturas proporcionan un material inestimable para evaluar los alcances de
la mencionada influencia: hay laúdes, rabeles, panderos, etc. El islamólogo
español Julián Ribera y Tarragó (1858-1934) realizó pormenorizados
estudios demostrando el origen islámico de las cantigas.
Véase Julián Ribera y Tarragó: La música de las cantigas
de Santa María, Madrid, 1922 (trad. al inglés por Eleanor Hague y Marion
Leffingwell, Music in Ancient Arabia and Spain, Londres, 1929); La
música andaluza medieval en las canciones de trovadores, troveros y minnesinger,
Madrid, 1925: Historia de la música árabe medieval y su influencia en la
española, Madrid, 1927. Véase también Lutfi Abd al-Abadi: La épica árabe
y su influencia en la española, Santiago de Chile, 1964; Francisco Marcos
Marín: Poesía narrativa árabe y épica hispánica, Gredos, Madrid, 1971; L.
Comton: Andalusian Lyrical Poetry and Old Spanish Love Songs: the Muwashshah
and its Kharjah, Nueva York, 1976; Alvaro Galmés de Fuentes: Epica árabe
y épica castellana, Ariel, Barcelona, 1978; Julián Ribera y Tarragó: La
música árabe y su influencia en la española. Revisión, prólogo y semblanza
biográfica por Emilio García Gómez, Mayo de Oro, Madrid, 1985; Linda M.
Paterson: El mundo de los trovadores. La sociedad occitana medieval (1100 y
1300), Península, Barcelona, 1997.
En Italia, el monje franciscano Jacopone de Todi
(1230-1306), compuso himnos místicos cantados a coro por el pueblo de la Umbría,
tomando la forma del «zéjel» (en 52 himnos sobre 102).
Por su parte, el islamólogo inglés Richard Nykl ha
demostrado, basándose en innumerables fuentes, el influjo musulmán en la forma y
el contenido de las obras de los trovadores de Aquitania, Gascuña, el Languedoc
y la Provenza, como Guillermo IX (1071-1126) y Marcabrun (floreció
hacia 1130-1148). Véase A.R. Nikl: Troubadour Studies, Cambridge (Mass.),
1944; Hispano-Arabic Poetry and its Relations with the Old Provençal
Troubadours, J.A. Frust, Baltimore, 1946; Jacques Lafitte-Houssat:
Trovadores y Cortes de Amor, Eudeba, Buenos Aires, 1963; Ramón Menéndez
Pidal: Poesía árabe y poesía europea, Espasa-Calpe, Madrid, 1963; Robert
Brifault: The Troubadours, Indiana University Press, Indianápolis, 1965;
Raymond Gay-Crossier: Religious Elements in the Secular Lyrics of the
Troubadours, The University of North Carolina Press, Chapel Hill, 1971;
Norman Daniel: Heroes and Saracens. An Interpretation of the Chansons de
Geste, Edinburgh University Press, Edinburgo, 1984; Balagna, Costou, Josée:
Arabe et humanisme dans la France des derniers Valois, Maisonneuve et
Larose, París, 1989.
La contribución de instrumentos como el
santur y el qanún a la música europea
Los instrumentos musicales musulmanes
habían sustituido en la Península, y a través de ella en el resto de Europa, a
la exigua variedad y primitivismo de los ya existentes: cítara, dulcémele
(santur), guitarra, laúd, pandero, rabel, timbal y muchos otros más.
Igualmente, de estos se derivarían otros que serían
fundamentales en la evolución de la música europea. Por ejemplo, del santur
iraní, (llamado santuri por los griegos), —una caja de resonancia trapezoidal
poco profunda, provisto de 12 a 18 órdenes de cuerdas metálicas y dos hileras de
puentes móviles, que el intérprete ejecuta golpeando las cuerdas a ambos lados
de los puentes con ligeros macillos de madera—, surgieron los instrumentos de
teclado como el clavicordio o clavicembalo a partir del siglo XV, y el piano a
partir del siglo XVIII. Esto no significó que el dulcémele o santur pasara de
moda ni mucho menos. A principios del siglo XVIII, el ejecutor alemán
Pantaleón Hebenstreit (1669-1750) estaba arrasando en toda Europa con
interpretaciones virtuosísimas en su sofisticado refinamiento del dulcémele
percutido, y tuvo tanto éxito en París en 1705, que Luis XIV llamaba a ese
instrumento «Pantaleón».
Del qanún islámico —cítara pulseada que tiene de 50 a 100
cuerdas de metal que el intérprete pulsa o rasguea con plectros colocados en los
dedos de las dos manos—, nacieron instrumentos como la cítara austríaca (zither)
que hizo famosa el notable compositor e intérprete Anton Karas
(1906-1985) con su melodía «El tercer hombre» (The Third Man, 1949), tema
central de la película homónima del realizador británico Carol Reed.
Los ritmos de la música islámica como la nuba, con sus
cinco movimientos, sus semitonos y variados cromatismos, influyeron a ciertos
compositores europeos de una manera llamativa. El francés Camille Saint-Saëns
(1835-1921), dotado de una excepcional predisposición para la poesía, la
pintura, el teatro, la filosofía y la astronomía, —cofundador junto a Massenet y
Bizet de la Société nationale de musique (1874)—, empleó aires magrebíes y
andalusíes en muchas de sus realizaciones, como por ejemplo en su ópera «Sansón
y Dalila» (1868) y en su «Suite argelina» (1879). Saint-Saëns, luego de un viaje
por América del Sur, terminó radicándose en Argel donde falleció.
El Islam también tuvo una gran importancia en la obra de
Richard Wagner (1813-1883), aunque no fuese sino por el hecho de que su
drama «Parsifal» (1882) es la lucha del ideal cristiano sobre la sabiduría del
mundo musulmán. Tal como lo menciona su libreto, el sitio que pone en escena el
segundo acto de «Parsifal»: el castillo de Klingsor y el jardín encantado se
sitúan en la España islámica.
La música marcial otomana
El Imperio otomano fue el primer estado de Europa en contar
con una organización de música militar permanente: la Mehterhané o banda
militar, desde 1289. El cuerpo de soldados de élite conocidos como jenízaros que
formaron la guardia personal de los sultanes otomanos desde el siglo XIV hasta
1826 se destacaron en mil combates y batallas en mar y tierra por su valentía y
obstinación.
Los distintos regimientos de jenízaros se identificaban según
sus tareas y especialidades. Mehter era una de esas unidades cuyo trabajo
principal era erigir la tienda del sultán durante las expediciones y de disponer
de una orquesta que simbolizaba el poder del soberano.
La Mehterhané incluía tambores, chirimías (zurnás),
clarinetes, triángulos, platillos (zil), crótalos (campana de bola)
timbales de guerra (kös y naqqara) —que se colocaban sobre los
lomos de los camellos—, sombrero chino (chogun) y bombo (davul).
Con el tiempo, cada cuerpo del ejército otomano disponía de por lo menos una
mehterhané. Los otomanos fueron también los primeros en utilizar la banda
militar en medio de las batallas con un doble fin: estimular el espíritu de
combate y al mismo tiempo amedrentar al enemigo con sus vibrantes cadencias.
Según documentos históricos, sabemos que a fines del siglo XV había más de dos
mil trescientos cuarenta «Mehters» solamente en Estambul.
Como cualquier otra actividad de la corte, la mehterhané
tenía su propio ceremonial antes de comenzar a tocar. Ante una señal rítmica
llamada «Sofián», los jenízaros músicos formaban un semicírculo y aguardaban la
llegada de su líder, el Mehterbashí Agá. Cuando éste hacía su entrada, uno de
los mehter gritaba: «Este es el momento del regocijo, ¡oh líder de los mehter!
¡Dios te bendiga!» Entonces el mehterbashí respondía: «Dios otorgue sus
bendiciones a todos ustedes, mehters... ¡Manténganse puros!» Y seguidamente, él
anunciaba la cadencia, motivo o secuencia tonal (maqam, pl. maqamat)
que interpretarían. Ante el llamado de Iá Allah (¡Oh Dios!), la ejecución
podía comenzar. Al finalizar esta ceremonia musical el líder de la mehterhané
pronunciaba una súplica denominada en turco «Gulbang» tomada de la Bektashí, la
cofradía mística islámica fundada en el siglo XIII por el santo Haÿÿi Bektash, y
a la cual todo jenízaro se enorgullecía de pertenecer. La «Gulbang» variaba su
contenido según la época, de guerra o paz.
Para los desfiles los mehters transportaban sus timbales
sobre caballos, camellos o elefantes. Cuando no ejecutaban piezas
instrumentales, solían formalizar procesiones corales con breves fórmulas
musulmanas: «¡Dios Misericordiosísimo!» (Rahim Allah), «¡Dios
Generosísimo!» (Karim Allah). Esta marcha con el ritmo de estos refranes
se convertía en una suerte de danza ritual puntualizada por un suave vaivén de
izquierda a derecha.
El historiador y viajero Evliya Çelebi (ver aparte)
nos brinda la descripción de una mehterhané en 1638: «...quinientos
trompeteros produjeron un sonido tal que el planeta Venus comenzó a danzar y los
cielos reververaron... Todos estos músicos con tambores, timbales y címbalos
desfilaron en formación cerrada tocando sus diversos instrumentos rítmicamente
al unísono de tal forma que parecía como si el ejército de Shamapur (el
tradicional enemigo de Alejandro el Grande en las leyendas persas) pasara
marchando».
Los instrumentos eran fabricados y mantenidos por entre 150 a
200 especialistas, en su mayoría griegos y armenios acantonados cerca del
Palacio Topkapi. El coro Çevgani (que hoy constituye una atracción turística en
Estambul) fue incorporado a la Mehterhané recién en el siglo XVIII. El estilo
musical de la Mehterhané estaba basado en las «melodías de Afrasiab» (de la
tradición emanada del Shah Nameh de Firdusí), en otras palabras, en la
música militar persa. Este estilo se imitó profusamente en Europa desde
comienzos del siglo XVIII.
Su influencia en la música militar europea duró hasta bien
entrado el siglo XIX. Napoleón Bonaparte organizó sus bandas militares al modo
otomano dotándolas de instrumentos típicos como los címbalos y los timbales y
lanzándolas al frente de guerra en el momento preciso. Se dice que la batalla de
Austerlitz (victoria de Napoléon sobre los ejércitos combinados de Austria y
Rusia, el 2 de diciembre de 1805) fue ganada en parte por el élan
(esfuerzo, arrojo, vitalidad) de las fanfarrias francesas.
Esta música jenízara u otomana, denominada también música
turca o alla turca, tuvo una influencia importante en compositores como
Gluck ("El peregrino de La Meca", Ifigenia en Táuride"), Mozart
(Marcha de los Jenízaros de "El rapto en el serrallo", "Rondó alla turca de la
Sonata para piano en La mayor K. 331"), Haydn ("Zaïre", "Marcha turca",
"Sinfonía Militar") y Beethoven (Marcha turca de "Las Ruinas de Atenas" y
el finale de la Novena Sinfonía).
Véase R.E. Koçu: Yeniçeriler (Historia popular de los
Jenízaros, en turco), Estambul, 1964; S. Shaw: History of the Ottoman Empire
and Modern Turkey. Vol.1 1280-1808, Cambridge 1976; Compact Disc B 6738:
Les Janissaires. Musique Martiale de l’Empire Ottoman. L’Ensemble de l’Armée
de la République Turque. Direction: Kudsi Erguner, Ethnic Auvidis, París, 1990;
Halil Inalcik: The Ottoman Empire. The Classical Age 1300-1600, Orion
Books, Londres, 1997.
Instrumentos clásicos y tradicionales
La mayoría de los tipos instrumentales se encuentran
esparcidos por todo el mundo islámico, desde Marruecos a la India, pero cada
región cuenta con su tipo característico.
Arghul: Un clarinete doble hecho de caña. El
tubo más corto tiene seis orificios; el más largo es un bordón. Tanbién se
conoce con los nombres de mizmar, zamr y zummarah.
Buzuq: Un laúd de mástil largo de Siria, Líbano
y el norte de Irak. Tiene un diapasón con trastes y dos o tres órdenes de dos o
tres cuerdas que se tocan con un plectro. El saz turco y el buzuki griego son
instrumentos de características semejantes.
Daf: Tambor de origen kurdo, muy parecido al
tamborcillo usado por algunos pueblos aborígenes americanos conocido con el
nombre de caja. Puede ser redondo, cuadrado u octogonal y tener uno o dos
parches. Algunas variedades tienen cascabeles y otras tienen bordones. En muchas
regiones islámicas es un instrumento primordialmente femenino. Es el pandero
árabe o adufe.
Darabukka: es el tambor en forma de copa o
florero del mundo islámico que también recibe los nombres de derbakke, tombak o
zarb. Tiene un solo parche y está fabricado en arcilla, metal o madera. Se
coloca horizontalmente sobre el muslo del ejecutante y se golpea con las palmas
y los dedos. La afinación puede variarse si sepresiona la piel con una mano y se
golpea con la otra.
Davul: Bombo cilíndrico y de doble parche de
Turquía. Se cuelga de una correa del hombro derecho y se golpea con un mazo que
se sujeta con la mano derecha y con una varilla fina que se sujeta con la
izquierda. Va indisolublemente unido a la zurná en la música militar,
procesional o nupcial. El dauli griego, el tavil indio y el
tupán de los Balcanes son tambores similares, que se tocan también con
chirimías y en idénticas circunstancias.
Kamanché: Fídula de pica del mundo islámico,
originada en la meseta irania. De una a cuatro cuerdas pasan a lo largo de un
extenso mástil y desprovisto de trastes y sobre un cuerpo de madera pequeño,
esférico, recubierto de piel. Se coloca verticalmente y se toca con un arco
flexible. Es el antecesor de toda una serie de instrumentos occidentales como el
violín, la viola, el violonchelo y el contrabajo.
Naqqara: Un timbal hecho de metal, arcilla o madera y
que se toca casi siempre en parejas afinadas de modo diferente. Este tipo de
timbales se tocan con palillos recubiertos de filtro, a veces al tiempo que se
monta a caballo, en camello o elefante. El instrumento llegó a Europa en el
siglos XIII con los cruzados derrotados. La palabra naqqara y otras
derivadas de ella hacen referencias a diversos tamaños de timbales desde
Inglaterra a Etiopía (nagarit) e India (nagara).
Nei: Nombre genérico para numerosas variedades
de la flauta recta sin embocadura, que es el instrumento tradicional de los
pastores del mundo islámico. La mayoría tienen de 60 a 70 centímetros de largo,
están hechas de caña y tienen seis orificios para los dedos y uno para el
pulgar.
Qanún: Es la cítara pulsada del mundo islámico,
conocida en la Biblia como salterio. Tiene de 50 a 100 cuerdas de metal
dispuestas en órdenes de tres sobre una caja poco profunda trapezoidal o
semitrapezoidal hecha completamente de madera de nogal. El intérprete lo coloca
horizontalmente sobre las piernas y pulsa o rasguea las cuerdas con plectros
colocados en los dedos de las dos manos. Del qanún (del griego kanón)
nacieron instrumentos occidentales como la cítara austríaca (zither).
Rabab: Cualquiera de los diversos instrumentos
de cuerda del mundo islámico, la mayoría de los cuales se toman verticalmente y
se frotan con un arco, como el kamanché iraní. Su derivado europeo es el
rabel (en castellano) que llegó al continente en el siglo X, llamado rebec
en inglés, rebecq o rebecquet en francés, y rebeca o
ribeca en italiano.
Saz: Laúd de mástil largo de Turquía con tres
órdenes de cuerdas metálicas. Tiene un mástil con trastes y un cuerpo
protuberante en forma de pera. De los instrumentos de diverso tamaño que
integran la familia de este nombre, el más habitual es el baglamás, muy popular
en Grecia, que tiene un sonido similar al charango sudamericano. El intérprete
utiliza un plectro flexible para tocar una melodía en la cuerda más aguda,
incorporando un acompañamiento en las otras. El saz se considera el
instrumento nacional turco por excelencia.
Santur: Un dulcémele surgido en Irán en el
siglo X d.C. —llamado en Grecia santuri— con una caja de resonancia
trapezoidal poco profunda, provisto de 12 a 18 órdenes de cuerdas metálicas y
dos hileras de puentes móviles. El intérprete golpea las cuerdas a ambos lados
de los puentes con ligeros macillos de madera. Del santur se originaron
los instrumentos de teclado y cuerda percutida como el clavicordio (siglo XV) y
el piano (siglo XVIII).
Setar: Un laúd de mástil largo de Irán, con
cuatro cuerdas (a pesar de que su nombre persa indica que tuviera "tres"), una
de las cuales funciona como bordón. Tiene la forma similar al del saz
turco pero su sonido es diferente.
Tanbur: Antiguo instrumento del Asia central,
favorito de los músicos turcomanos, afganos y derviches del Jorasán. Es un laúd
de mástil largo con trastes y dos o tres cuerdas metálicas. Tiene un cuerpo
pequeño en forma de pera. El tanbur de la música clásica turca tiene un
cuerpo semiesférico y seis cuerdas dispuestas en órdenes de dos. El tanbur
afgano ha incorporado cuerdas simpáticas. En Bosnia-Herzegovina, se construyen
diversos tamaños de tanbur y se tocan conjuntamente en grupos para
acompañar la danza. Se lo llama también tunbur, tambur, tambura,
tamburica y danbura.
Tar: Instrumento tradicional de Irán y del
Cáucaso de mástil largo, con trastes. El tar (en persa "cuerdas") tiene seis
cuerdas dispuestas en órdenes de dos y un cuerpo en forma de doble pera.
Ud: Antiguo instrumento conocido en persa como
barbat y cuyo significado en árabe es literalmente «madera». Tiene un
mástil corto, sin trastes con un clavijero formando un ángulo hacia atrás, un
cuerpo protuberante, en forma de pera y cuerdas dispuestas en órdenes dobles. El
modelo más común tiene cinco órdenes dobles de cuerdas de tripa o de nylon. A
veces se añade un sexto orden. Un tipo norteafricano cuenta habitualmente con
sólo cuatro órdenes. Se extendió por toda Europa desde la España musulmana y su
denominación en los distintos idiomas muestra inequívocamente su origen árabe:
liuto en italiano, luth en francés, lute en inglés y laúd
en castellano. El ud tiene un mástil más corto que el laúd europeo, se
toca con un plectro y no con los dedos, y en un estilo monofónico y no
polifónico.
Zurná: Una chirimía típica de Turquía e Irán y
de los países influidos por el Islam (como Grecia). Tiene un tubo de 30 a 55
centímetros de longitud con un taladro cónico, un pabellón acampanado y siete
orificios para los dedos más un agujero para el pulgar. Tiene una lengüeta o
caña, a menudo con un disco metálico debajo de los labios. Normalmente se mete
en la boca toda la lengüeta y se utiliza la respiración circular para producir
un sonido continuo. Existen instrumentos afines distribuidos desde España a
Bulgaria, Java y China. En el sur de la India (Tamil Nadu) se lo conoce con el
nombre de nagasvaram, y en el norte del subcontinente (Kashmir) como
sahnai). En Japón recibe la denominación de hichiriki. El origen del
término zurná es persa (surnai).
Véase Jean L. Jenkins: Music and Musical Instruments in
the World of Islam, World of Islam Publishinc Co. Ltd., Westerham Press,
Kent, 1976; Musical Instruments of the World. The First and Only
Comprehensive Illustrated Encyclopedia of Its Kind. More than 4,000 Original
Drawings, A Bantam Book, Paddington Press, Nueva York, 1978; Margaret
Downie:
The Rebec: An Orthographic and Iconographic Study, University of West
Virginia, 1981; Ian Woolfield: The Early History of the Viol, Cambridge
University Press, Cambridge, 1984.
El sonido del nei
Dicen los místicos musulmanes que sólo el sonido del nei —la
flauta de caña— tiene el poder de transportarnos hacia el Dios Todopoderoso.
Kudsí Erguner, arquitecto y musicólogo turco, intéprete del nei, que fundó en
París la asociación Mewlana, donde enseña la tradición sufi y música turca
culta, dice que «...la voz del nei vuelve abrir en el individuo una
cicatriz, la de un pasado en que se encontraba visceralmente unido a las
plantas, las piedras, el agua, las estrellas... «Todos hemos escuchado esta
música en el Paraíso», escribía el poeta místico Ÿalaluddín Rumí en el siglo
XIII. «Aunque el agua y la arcilla que componen nuestro cuerpo hagan planear
sobre nosotros una duda, algo de esa música vuelve a la memoria». Si el nei
posee ese poder de reminiscencia, ello se debe a que, según la tradición
islámica, «la pluma de caña fue lo primero que creó Dios»... También el nei,
como el ser humano, ha sido arrancado de su lugar de origen: el cañaveral a
orillas del estanque...La flauta de caña está hecha para cantar; sólo revive en
los labios del músico. Escuchando sus notas, éste percibe la inaudible vibración
de la bóveda celeste y recuerda el tiempo en que estaba unido a sus
pulsaciones...»Somos la flauta, canta Rumí, nuestra música viene de Ti»»
(Kudsí Erguner: El flautista sufí o el viaje del alma, revista El Correo
de la UNESCO, París, mayo 1996, págs. 22-24).
|