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INTRODUCCIÓN A LAS CRUZADAS
«El único deber que tenemos con la Historia
es el de escribirla de nuevo»
Oscar Wilde (1854-1900)
No bien se profundiza un hecho histórico, se
rasguña la superficie pulida artesanalmente por los historiadores «oficiales»,
comienzan a aparecer contradicciones, mitos y deformaciones. Las cruzadas no
escapan a esta constante. Más bien lo patentizan. Esta gesta de casi dos siglos
es, a la luz de los textos tradicionales, un movimiento de fe destinado a
arrebatar el patrimonio de los Santos Lugares a los feroces musulmanes. Los
turcos selÿukíes, los fatimíes, los ayubíes, los mamelucos, como en el teatro
griego antiguo, tienen asignadas de antemano las caretas de villanos, y los
caballeros cruzados, las delicadas máscaras de la bondad. Esta representación,
sin embargo, es tan falsa que ni siquiera admite el desarrollo clásico donde los
buenos le ganan a los malos.
Cuando Urbano II arengó en el Concilio de
Clermont a los caballeros y siervos allí reunidos, los uniformó con cruces en
las espaldas y les transmitió con pasión de activista la consigna «¡Dios lo
quiere...!», probablemente no pensó que la empresa habría de írsele de las
manos, no bien las huestes cruzaran sus propias fronteras. Sólo los inocentes
—la plebe y los niños son los depositarios del candor— partieron tocados por la
fe y, sin más armas que la ilusión que Dios estaba de su lado, fueron a
encontrar la muerte en tierras ajenas. La mayoría ni siquiera pisó tierra
musulmana. Era el fatalismo del que nada tiene, dadas las prerrogativas abyectas
que les deparaba la sociedad feudal. Los otros, soberanos y caballeros,
escondían bajo el sayo cruzado aspiraciones menos cristianas, aunque sería una
inconsecuencia arrumarlos a todos en un mismo costal. Muchos de ellos vieron en
estos movimientos masivos un escape para sus anhelos de aventura o procedieron
movidos por voracidad conquistadora o colonialista.
Con excepción de Luis IX de Francia
—canonizado después por la Iglesia—, no hubo caballero o soberano cruzado que
pudiera parangonarse en nobleza y hombría de bien con el musulmán Saladino. En
la suma de atrocidades cometidas durante los numerosos capítulos de la gesta, la
crueldad de quienes ostentaban la enseña de la cristiandad superó en mucho a la
de los musulmanes. La tesis islámica de que los europeos eran «salvajes» e
«invasores» tiene una débil réplica occidental.
Los historiadores no han podido llegar a un
acuerdo en cuanto a la significación de estas campañas. Los más optimistas las
ubican como antesala del Renacimiento. Los menos, les atribuyen consecuencias
apenas costumbristas. El espectro de la ponderaciones puede ser muy amplio, pero
las cruzadas son el punto de partida de todas las persecuciones a aquellos que
no profesan una misma fe, pasando por ese monumento a la intolerancia que fue la
Inquisición, siguiendo con las depredaciones y genocidios a cargo de los
españoles, portugueses, ingleses, franceses y holandeses en las Américas, Asia y
Africa entre 1500-1900, y culminando con los holocaustos de Stalin y Hitler,
Hiroshima y Vietnam, —sin olvidarnos de las masacres perpetradas contra los
pueblos armenio (1915-1923) y argelino (1948-1960)—, que han desquiciado a
nuestro siglo XX.
Sin embargo, las cruzadas son también un
acontecimiento histórico apasionante, que permite estudiar y analizar la
interacción de gentes de cultura y religión distintas con la perspectiva actual,
a nueve siglos de los acontecimientos, con todo lo que eso significa.
Sinopsis
Las Cruzadas fueron expediciones militares
emprendidas en los siglos XI-XIII contra los musulmanes por parte de la Europa
cristiana y con el impulso del papado. En realidad se trató de la primera
expansión europea de conquista después de la desaparición del imperio romano.
Las Cruzadas establecieron los orígenes del colonialismo e imperialismo de
Occidente sobre Oriente.
Según los distintos historiadores, las fechas
propuestas que marcan su finalización van desde 1291 (toma de Acre por los
musulmanes mamelucos) hasta incluso 1798, cuando Bonaparte conquistó Malta a los
Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén,(1) una orden militar
establecida durante las Cruzadas.
Algunos afirman también que el 11 de diciembre
de 1917 es la fecha apropiada. Ese día, el general inglés Sir Edmund Allenby
(1861-1936), comandante en jefe aliado contra Turquía y Alemania en el frente de
Palestina durante la primera guerra mundial, entró con el Ejército británico en
Jerusalén y proclamó: «¡Hoy terminaron las cruzadas!»: una frase solemne
pero bastante fuera de lugar, ya que el gobierno turco de entonces era laico y
partidario de la desislamización, y por el contrario, los que habían
posibilitado la victoria de Allenby eran los irregulares musulmanes de Arabia,
Palestina y Siria conducidos por el entonces mayor Thomas Edward Lawrence
(1888-1935) —más conocido como Lawrence de Arabia—, a quienes se les había dado
la vana promesa de independencia y soberanía que se esfumó con la Conferencia de
Paz de París de 1919 (en realidad una simple ratificación del pacto secreto
Sykes-Picot de 1916 por el cual Inglaterra y Francia decidieron repartirse la
región al finalizar la contienda mundial).
El general Henri-Joseph-Eugène Gouraud (1867-1946), comandante
en jefe francés y Alto Comisionado en Siria (1919-1923), hizo otro tanto al
entrar a Damasco en julio de 1920. Cuando sus tropas ocuparon la milenaria
ciudad se dirigió al mausoleo de Saladino, vecino a la mezquita de los Omeyas, y
pronunció la famosa frase frente a su tumba: «Ya volvimos... Saladino».
1-La Orden de los
Caballeros de San Juan de Jerusalén, fue una orden militar cuyo nombre completo
es Soberana Orden Militar del Hospital de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de
Malta. Su función inicial fue proteger un hospital construido en Jerusalén antes
de las Cruzadas; durante un corto período, sus miembros fueron llamados
Hospitalarios o Caballeros Hospitalarios. La Orden fue fundada después de la
formación del reino latino de Jerusalén aprobado por el papa Pascual II en 1113
y confirmado por el papa Eugenio en 1153. Desde 1309, la Orden tuvo su sede
central en la isla de Rodas, donde formaba un auténtico Estado territorial; su
marina se encargaba de mantener libre de musulmanes el este del mar
Mediterráneo, atacando y asesinando a los peregrinos que se dirigían a La Meca
desde al-Andalus, el Magreb o Siria. La Orden recibió las propiedades de los
Caballeros Templarios en el 1312. Los Caballeros de Rodas crearon agrupaciones
nacionales de la Orden en distintos lugares, en cada uno de los cuales eran
llamados lenguas (del francés langues). Tras ser expulsados de la isla de
Rodas en 1522 por el sultán otomano Solimán I el Magnífico, los Caballeros no
encontraron un lugar donde radicarse hasta 1530, año en que les fue cedida la
isla de Malta por Carlos V. Una vez convertidos en gobernantes de esa isla, los
Caballeros de Malta, como comenzaron a ser llamados, dirigieron la defensa de la
isla ante el ataque otomano de 1565. Durante la Reforma, los Caballeros de Malta
perdieron sus propiedades en Inglaterra y en Alemania, y durante la Revolución
Francesa, también sus bienes en Francia. Los franceses revolucionarios, bajo el
comando de Napoleón Bonaparte, se apoderaron de Malta en 1798 y acabaron con 700
años de predominio de la orden.
Contexto histórico
El nombre de cruzado y de cruzada nace a raíz
de que los hombres que acudieron a la llamada del pontífice Urbano II en el
concilio de Clermont Ferrand (1095) adoptaron el símbolo de la cruz en su
expedición. El concepto de cruzada se aplicó también, especialmente en los
siglos XIII-XIV, a las guerras contra los «herejes» cristianos del sur de
Francia (cátaros), los paganos del Báltico (prusianos, lituanos, estonios,
fineses) y contra los enemigos políticos del Papado como Federico II. Por
extensión, el término se emplea en Occidente para describir cualquier guerra
religiosa o política y, en ocasiones, cualquier movimiento político o moral.
Para los europeos, las Cruzadas constituyeron
al mismo tiempo una epopeya religiosa, el comienzo de una toma de conciencia
«europea» y la primera expansión económica y colonial de ultramar.
Para los musulmanes, en cambio, las Cruzadas
fueron una serie de expediciones militares favorecidas por la anarquía política
y religiosa del Oriente musulmán, que vinieron añadirse a las invasiones de los
mongoles y a las campañas bizantinas. A los musulmanes les hicieron falta casi
dos siglos (1099-1291) para poner fin a la presencia de los cruzados.
El síndrome del año mil
Era creencia generalizada entre los cristianos
de la Alta Edad Media, que el mundo llegaría a su fin al cumplirse el Año Mil
desde la Encarnación.
La llegada del año 1000 era el fin de todo
para los portavoces del Apocalipsis, heraldos de las altas autoridades
eclesiásticas que utilizaban el antiguo recurso del miedo para tener sometido al
pueblo y al bajo clero a la servidumbre a través de la superstición disfrazada
de dogma religioso. Así, se proclamaba que Europa moriría entre el siglo X y el
XI. El mundo se acabaría. La frontera del bien y el mal sólo la cruzarían los
santos, los demás se hundirían en las tinieblas del pecado y la culpa.
El célebre historiador y medievalista francés
Georges Duby, en su obra Año 1000. Año 2000. La huella de nuestros miedos,
codificó los miedos esenciales que acosaban a Europa en el año 1000, cuando el
ignoto horizonte del nuevo milenio enfatizaba sus temores. Su análisis permite
arribar a una conclusión que contradice la idea de progreso de Occidente:
básicamente, los miedos de antaño son los mismos que hoy, en los albores del año
2000: el miedo a la miseria, el miedo al otro, el miedo a las epidemias, el
miedo a la violencia y el miedo al más allá, son tan tangibles ahora como hace
mil años.
Otro no menos famoso medievalista francés,
Henri Focillon (1890-1950), amplía este concepto: «...en el año 1000 llega el
hombre de Occidente al colmo de las desventuras que le habían perseguido durante
todo el siglo X; la proximidad de la fecha fatídica despierta la creencia en el
fin del mundo, los prodigios lo estimulan; un pavor indescriptible se apodera de
la humanidad; han llegado los tiempos predichos por el apóstol... pero pasa el
año, el mundo no ha perecido, la humanidad respira, se tranquiliza, entra
agradecida en nuevas vías. Todo cambia, todo mejora. En primer lugar la
arquitectura religiosa. El monje Raúl Glaber escribe en su texto famoso:
"Pasados unos tres años del año 1000, la tierra se cubría de una blanca túnica
de iglesias." (...) Recapitulemos una vez más todos los elementos de la
cuestión. El año 954, envía Adso a la reina Gerberga un tratado destinado a
combatir la creencia en la próxima aparición del Anticristo, preludio del fin
del mundo. En 960, el eremita Bernardo anuncia el fin del mundo: lo sabe por
revelación. En 970 se extiende por Lorena el rumor de que se acerca el fin del
mundo. En 1009 se manifiestaen Jerusalén esta misma creencia. En 1033 se cree en
galia que la humanidad va a perecer.» (H. Focillon: El año mil,
Alianza, Madrid, 1987, págs. 56-57 y 91).
De igual modo, a través de esta exposición
veremos que las causas y razones que se argumentaron para montar esa serie de
invasiones armadas denominadas Cruzadas son muy parecidas, y en algunos casos
idénticas, a las que se invocaron para justificar el ataque contra el Canal de
Suez en 1956, el desembarco de los marines en el Líbano en 1983 o la gigantesca
operación que se lanzó en la llamada «Guerra del Golfo» hace siete años, que el
escritor español Juan Goytisolo bautizó con el nombre de «Petrocruzada».
Ahora volvamos al lejano siglo XI. Uno de los
principales flagelos que padecía la población de la Europa medieval cristiana
era el hambre. Los cronistas de la época dan una idea del hambre que había al
citar frecuentes casos de canibalismo. Por ejemplo, el monje borgoñón Radulfus
Glaber «El Calvo» (985-1050) en su Historiarum Sui Temporis (escrita
entre 1030-1035), afirma que el canibalismo era una práctica común en muchas
regiones de Francia en 1032. Dice: «La gente devoraba carne humana. Los
caminantes eran atacados por los más fuertes, que los descuartizaban y comían,
después de haberlos asado... En muchos lugares sacaban los cadáveres de la
tierra para calmar el hambre... Tanto se propagó el consumo de carne humana, que
hasta se puso en venta en el mercado de Tournus(2) como si fuera carne de
vaca...» (R. Glaber:
Les cinq livres de ses histoires 900-1044, ed. M.Prou, París, 1886).
2
Ciudad del actual departamento de
Saône-et-Loire, sede de una hermosa abadía benedictina del siglo VIII.
El historiador francés Dareste de la Chavanne
(1820-1882) calculó que durante el siglo XI hubo casi treinta años de malas
cosechas y que Europa Occidental padeció una terrible hambruna entre 1087-1095,
que como veremos más adelante coincidió con el Concilio de Clermont y la
proclamación de las Cruzadas.
El siervo, el campesino, aplastado por la
miseria, oprimido por su dependencia personal del terrateniente y el señor
feudal, era víctima de su propia ignorancia, fomentada por ciertos sectores de
la Iglesia, que predicaban la sumisión, la resignación y el temor. Ignorante,
obnubilado por fantásticas ideas que nada tenían que ver con el verdadero
cristianismo monoteísta, el campesino interpretaba sus desgracias a través de la
óptica de sus aleccionadores eclesiásticos. Las malas cosechas, el hambre, las
pestes que se llevaban a sus hijos la sepultura, eran para el simple labriego
una manifestación de la «ira divina», un castigo divino por sus pecados. Así
tomaba cuerpo la ilusión de que para librarse de los sufrimientos de la vida
diaria había que aplacar la ira de las fuerzas celestes demostrando su fidelidad
con un acto extraordinario y heroico. Luego veremos cómo la Iglesia, al
organizar las cruzadas, se valió de estos ánimos de los campesinos.
En ese siglo undécimo, en cuyas postrimerías
se lanzó la Primera Cruzada, se mezclaron, como pocas veces en la historia,
sentimientos opuestos de arrebato místico y de rapiña terrenal. Caballeros y
campesinos luchaban tanto para dar alimento al espíritu torturado como al
estómago vacío.
Uno de los tantos flagelos que asolaban las
comarcas de aquella Europa tenebrosa eran los caballeros sin tierra que
asaltaban los grandes latifundios y las grandes posesiones de la Iglesia y los
monasterios. Esos caballeros, cuya supuesta piedad tanto ponderan los escribas
de la historia oficial, no titubeaban, relata un documento de mediados del siglo
XI, en «atacar a los clérigos desarmados, a los frailes o a las monjas...».
El Papa León IX, pontífice entre 1048 y 1054, escribió lo siguiente sobre estos
caballeros: «He visto a esa gente violenta, increíblemente feroz, que en
impiedad supera a los paganos, que destruye por doquier los templos del Señor,
que persigue a los cristianos... No tienen compasión ni de los niños, ni de los
ancianos, ni de las mujeres».
El bandolerismo y el pillaje abundaban hasta
niveles increíbles, ejercitado principalmente por bandas de caballeros
empobrecidos. Regía entonces la injusta institución del mayorazgo, que impedía
la división de las tierras familiares, debiendo éstas, a la muerte del padre,
pasar en su integridad al hijo mayor. Los otros —«segundones»— quedaban sin
nada. De allí los apelativos de «Sin Blanca», «Sin Tierra», «Sin Ropa»,
«Desnudo» o «Infortunado» que a menudo acompañan al nombre rimbombante de los
nobles de la época.
En medio de este duro panorama se produjeron
querellas político-religiosas, como la llamada «Guerra de las Investiduras», en
que se enfrentaron inicialmente Enrique IV de Alemania, llamado «El Grande», y
el Papa Gregorio VII (1020?-1085). Enrique IV rehusó aceptar la prohibición que
el Pontífice impuso sobre la investidura de los feudales eclesiásticos por el
emperador del Sacro Imperio Romano y los señores feudales, como hasta entonces
había venido haciéndose. La Iglesia era, por aquel tiempo, dueña del tercio de
las tierras agrícolas, y sus monjes eran eficaces administradores, de modo que
obtenían mayor rendimiento que los señores. Sus arcas estaban siempre bien
provistas. Interesaba a los señores y emperadores, por lo tanto, nombrar como
autoridades eclesiásticas locales a quienes pudieran apoyarlos. Entregar estos
nombramientos al Papa era entregarle también un poderoso elemento de control
sobre sus regiones.
Ante la reconvención de Gregorio VII por su
negativa a aceptar la investidura papal, Enrique IV le hizo deponer por el clero
alemán en la Dieta de Worms y nombró un Antipapa. Gregorio respondió con la
excomunión, a la vez que liberaba a los súbditos del juramento de lealtad al
emperador. Los señores feudales aprovecharon la oportunidad y se rebelaron,
proclamándose Rodolfo de Suavia separado de la corona del emperador. La
situación obligó a Enrique IV a buscar arreglo. En enero de 1077, viajó en pleno
invierno a Canosa (Emilia-Romagna), donde estaba Gregorio, y durante tres días,
en medio de la nieve, con traje de penitente y descalzo esperó en el patio del
castillo a que el Pontífice se dignara a recibirlo. Iba a pedirle perdón.
Finalmente, el emperador consiguió la absolución. Desde entonces, la expresión
«ir a Canosa» indica la rendición humillada de alguien.
Estas realidades acuciantes comenzaron a
preocupar grandemente a la Iglesia y a los señores feudales y se trató de buscar
una solución. La cuestión estaba cómo y por cuenta de quién hacerlo. ¿Hacia
dónde orientar las miradas de los campesinos ansiosos de tierra y libertad, de
modo que también se favoreciera la Iglesia y los demás feudales? ¿Hacia dónde
encaminar a los caballeros ávidos de propiedades y riquezas, y a los nobles que
anhelaban sus dominios?
Las Cruzadas, por tanto, se explican como el
medio de encontrar un amplio espacio donde acomodar y distraer parte de esa
población en crecimiento y hambrienta; y como el medio de dar salida a las
ambiciones de nobles y caballeros, ávidos de tierras. Las expediciones ofrecían,
como se ha señalado, ricas oportunidades comerciales a los mercaderes de las
pujantes ciudades de occidente, particularmente a las ciudades italianas de
Amalfi, Génova, Pisa y Venecia.
Las consecuencias de una conspiración
En 1073 fue elegido un nuevo papa hecho a la
sombra de los claustros del monasterio benedictino de Cluny (al este de Francia
central), el ya nombrado Gregorio VII. Rápidamente éste quiso instaurar las
políticas formuladas por la orden cluniaciense. Estas consistían en establecer
una teocracia, una especie de programa de dominio de los papas, según el cual
los príncipes y los reyes eran meros vasallos del trono romano; el Papa
dispondría de las coronas, designaría y sustituiría a los duques, reyes y
emperadores igual que hacía con los obispos. De este modo, los papas surgidos
del movimiento de Cluny actuaban como «césares investidos de sumo sacerdote»,
según la acertada expresión del historiador alemán W. Norden. Una parte esencial
de ese programa «ecuménico» de Roma lo constituía el empeño de liquidar la
independencia de la Iglesia oriental, greco-ortodoxa, y por consecuencia,
adueñarse de las fabulosas riquezas del Imperio Bizantino guardadas en su
capital, Constantinopla (cfr. Steven Runciman: La Civilización Bizantina,
Ediciones Pegaso, Madrid, 1942; Fotios Malleros K.: El Imperio Bizantino
395-1204, Centro de Estudios Bizantinos y Neohelénicos, Facultad de
Filosofía, Humanidades y Educación, Universidad de Chile, Santiago, 1987, págs.
101-102; Ofelia Manzi: Constantinopla ante propia y ajenos. Aproximación a un
análisis documental, Facultad de Filosofía y Letras, UBA, Buenos Aires,
1994).
El cisma de las Iglesias, es decir, la
formación de la Iglesia católica romana y de la Iglesia ortodoxa griega, debido
a los diferentes destinos políticos y sociales de los países que integraban los
Imperios romanos, Oriental y Occidental, tuvo lugar en 1054. Las divergencias
dogmáticas y rituales entre la Iglesia latina y la griega eran insignificantes
si se las compara con las disputas de poder político.
Precisamente en relación con esos propósitos
se perfilaron las primeras previsiones del plan para organizar una campaña de
conquista del Oriental.
Pero para montar semejante operación no había
que alertar a Bizancio. Por eso parece ser que algunos dirigentes papales
sugirieron la idea de que la empresa debía promocionarse como una expedición en
defensa de los cristianos de Oriente acosados por los musulmanes selÿukíes. En
efecto, los selÿukíes habían conquistado gran parte del Asia Menor. En 1071
tomaron Jerusalén, bajo dominio del califato egipcio de los Fatimíes, y en los
años siguientes quedó en su poder el resto de Palestina y Siria. Mucho tiempo
después de las cruzadas, los cronistas occidentales inventaron distintas
leyendas sobre la persecución que sufrían los cristianos en los países
orientales por parte de los selÿukíes. Afirmaban que «los paganos profanaban
los santuarios cristianos y mostraban su hostilidad hacia los peregrinos que
iban a Jerusalén». Así apareció la invención de que el Santo Sepulcro de
Jerusalén, donde se suponía que se encontraban los restos de Jesús, el hijo de
María (en realidad se trataba de un sepulcro vacío), estaba en peligro de ser
ultrajado y debía ser rescatado de las manos sacrílegas. Por lo tanto, los
musulmanes selÿukíes «amenazaban a la Cristiandad y ello obligó a intervenir
a los católicos guiados por el papado».
Todavía hoy algunos señalan éstas como las
causas inmediatas de las cruzadas. Las investigaciones han disipado poco a poco
la fantástica mentira que durante siglos envolvió la prehistoria de las
cruzadas. El islamólogo francés de origen judío Claude Cahen ha demostrado que
los selÿukíes y sus antecesores musulmanes, como los fatimíes, carecían por
completo de intolerancia o fanatismo religioso y que la situación de la
población cristiana de Siria, Palestina y Asia Menor, conquistas por los
selÿukíes era estable y armónica. Por el contrario, con la administración
selÿukí cesaron las persecuciones religiosas y fiscales ejercidas por la Iglesia
Bizantina contra la mayoría de la población cristiana monofisita, nestoriana y
copta. (Claude Cahen: Notes sur l’histoire des croisades et de l’Orient
latin. Bulletin de la faculté des lettres de l’Université de Strasbourg,
1950, num. 2, pág. 121).
El ejército islámico del califa Omar Ibn
al-Jattab (586-644) había entrado en Jerusalén en 637. Durante 461 años los
musulmanes habían protegido los derechos de todos los cristianos y los judíos
escrupulosamente. Incluso hasta hoy en día, la llave de la Iglesia del Santo
Sepulcro permanece confiada a un musulmán. «Su nombre es Museba y su familia
ha sido responsable de abrir y cerrar sus puertas todos los días, desde que los
musulmanes entraran en Jerusalén» (cfr. Terry Jones y Alan Ereira:
Crusades, Penguin Books/BBC Books, Londres, 1996, pág. 54). Jerusalén es
considerada por el Islam la tercera ciudad santa, después de La Meca y Medina.
Es cierto que al-Hákim (985-1021), el califa
loco fatimí,(3) había destruído la iglesia del Santo Sepulcro en 1010, pero los
mismos musulmanes, cuando lograron desembarazarse de semejante desviado,
contribuyeron con sumas importantes a su restauración. En 1047, el viajero
musulmán persa Nasir Josrou(4)la describía como «un edificio muy
espacioso, capaz de contener ocho mil personas y construído con la mayor
habilidad. En su interior, la iglesia está en todas partes adornada con brocado
bizantino... Y han representado a Jesús (la Paz sea con él) montado en un asno»
(Guy Le Strange: Palestine under the Moslems. A Description of Syria and the
Holy Land from AD 650-1500, Alexander P. Watt, para la Palestine Exploration
Fund, Londres, 1890, pág. 202).
Sin embargo, cuando los francos tomaron
Jerusalén en 1099, la situación cambió drásticamente. Los ortodoxos griegos, los
coptos, los jacobitas, los armenios y los monofisitas fueron expulsados.
Mientras que los musulmanes y los judíos fueron simplemente exterminados.
3
Aparentemente, el poder y la ambición
provocaron en Abu Alí Mansur, al-Hákim Bi-Amr Allah de sobrenombre, un fuerte
estado psicótico que lo llevó al asesinato de varios visires, la persecución de
los cristianos y judíos, la quema de muchas iglesias y sinagogas y la demolición
de una parte de la iglesia del Santo Sepulcro. Como para repetir las «proezas»
de Calígula y Nerón, al-Hákim se proclamó dios y envió emisarios a establecer su
culto entre el pueblo (muchos de estos predicadores fueron lapidados por los
musulmanes). El historiador egipcio Ibn al-Taghribirdí (1530-1604), en su obra
Kitab al-Nuÿúm al-zahira fi muluk Misr ua-l-qahira ("Estrellas
refulgentes de los reyes de Egipto y el Cairo") dice que al-Hákim «hizo venir a
los caides y jefes de tropa y les mandó que marcharan sobre Fustat (El Cairo) a
prenderle fuego, entrar a saco en ella y matar a la gente que allí se había
alzado con buena fortuna contra él». Al-Hákim gobernó durante veinticinco años y
un mes y fue asesinado en la noche vigésima séptima del mes de Shawwal del año
411 H., a la edad de treinta y seis años y siete meses (cfr. Salem Himmieh:
El loco del poder. Con presentación de Juan Goytisolo y traducción y epílogo
de Federico Arbós, Libertarias/al-Quibla, Madrid, 1996).
4 Nasir
Josrou al-Marvazí al-Qubadiyaní (1004-1088) fue un poeta y teólogo persa que
viajó hacia 1045 a La Meca, Palestina y Egipto. A su retorno al hogar, se vio
obligado a exilarse en Badajshán (hoy Afganistán oriental), por ser adherente de
la escuela shií de pensamiento. Es autor de un género llamado Safarnameh
(poesía de viajes), un «Libro de la felicidad» (Sa'adat-nameh) y de
composiciones filosóficas y teológicas como Raushana’i-nameh y Ÿami’
al-hikmatain (cfr. Henry Corbin: Etude préliminaire pour le Livre
rèunissant les deux sagesses de Nasir-e Khosraw, Teherán, 1953). Su
Safarnameh fue traducido al francés y editado por Charles Schefer, París,
1881.
La Primera Cruzada
Las Cruzadas comenzaron formalmente el jueves
27 de noviembre de 1095, en un descampado a extramuros de la ciudad francesa de
Clermont-Ferrand (Auvernia). Ese día, el papa Urbano II (1040-1099) predicó a
una multitud de seglares y de clérigos que asistían a un concilio de la Iglesia
en esa ciudad. En su sermón, el papa esbozó un plan para una Cruzada y llamó a
sus oyentes para unirse a ella: «Oh raza de los
francos, raza amada y escogida por Dios... De los confines de Jerusalén y de
Constantinopla llegan graves noticias de que una raza maldita, completamente
alejada de Dios, ha invadido violentamente las tierras de esos cristianos y las
ha despojado valiéndose del saqueo y el fuego.
¿A quién corresponde, pues, la labor de vengar
esos agravios y recuperar ese territorio más que a vosotros... No os detenga
ninguna de vuestras posesiones ni la ansiedad por vuestros asuntos familiares.
Pues este país que ahora habitáis, cerrado en todas partes por el mar y las
cumbres montañosas, es demasiado pequeño para vuestra gran población; apenas da
alimento bastante para los que lo cultivan. Por eso os asesináis y devoráis unos
a otros, por eso hacéis la guerra y muchos de vosotros perecéis en la lucha
civil.
Aléjese el odio de vosotros; terminen vuestras
peleas. Emprended el camino que va al Santo Sepulcro; arrebatad esa tierra a una
raza perversa y estableced allí vuestro dominio. Jerusalem es la tierra más
fructífera, un paraíso de deleites. Esa ciudad real, situada en el centro de la
tierra, os implora que acudáis en su ayuda...»
(ver F. Ogg: Source of Medieval History, Nueva York, 1907, págs.
282-288).
Por toda la muchedumbre corrió una excitada
exclamación: Dieu li volt, «Dios lo quiere». Urbano la aprobó y les mandó
que la tomaran por grito de batalla. Seguidamente ordenó a los que emprendieran
la campaña que llevaran una cruz en la frente o el pecho. Las Cruzadas habían
comenzado. Hoy día, en 1998, a menos de tres años para que comience el tercer
milenio, por los alcances y derivaciones de ciertos conflictos que aún mantienen
en vilo a las regiones del Cercano y Medio Oriente, estas expediciones
parecerían que mantienen la vigencia de sus mejores épocas.
El llamado de Papa Urbano II a la Primera
Cruzada pidiendo a los cristianos que rescataran el Santo Sepulcro, que se
encontraba bajo custodia de los musulmanes desde el año 637, se produjo en un
momento en que arreciaban las luchas entre los señores feudales y aumentaba la
resitencia pasiva de los campesinos a la situación imperante. El «espíritu de
ascetismo» señalado por los historiadores encontró una causa en que volcarse y
precipitó a miles y miles de señores y vasallos a las lejanas y míticas tierras
santas.
Urbano encargó a los obispos asistentes al
concilio que regresaran a sus localidades y reclutaran más fieles para la
Cruzada. También diseñó una estrategia básica según la cual distintos grupos de
cruzados iniciarían el viaje en agosto del año 1096. Cada grupo se
autofinanciaría y sería responsable ante su propio jefe. Los grupos harían el
viaje por separado hasta la capital bizantina, Constantinopla (la actual
Estambul, en Turquía), donde se reagruparían. Desde allí, lanzarían un
contraataque, junto con el emperador bizantino y su ejército, contra los
Selÿukíes,(5) que habían conquistado Anatolia. Una vez que esa región estuviera
bajo control cristiano, los cruzados realizarían una campaña contra los
musulmanes de Siria y Palestina, siendo Jerusalén su objetivo fundamental.
5.
La dinastía turca de los selÿúcidas o selÿukíes (1038-1194) reinó sobre vastos
territorios de Transoxiana y su epónimo fue Selÿuk, miembro de una tribu de los
uguz. Tugril Beg, el primero de los Grandes Selÿúcidas, era dueño del Irán
oriental. De confesión sunni, declaró su voluntad de «liberar» al califa abbasí
de la tutela de los emires de la dinastía buÿí (945-1055), que eran shiíes. En
1055, Tugril entró en Bagdad, y tres años más tarde, el califa le otorgó
oficialmente el título de sultán, con lo que por primera vez en la historia del
Islam el poder temporal y el poder espiritual quedaron netamente separados. En
lo sucesivo, el califa dejó de ocuparse de las cuestiones políticas. El
sultanato selÿukí evolucionó muy pronto hacia la forma de un Estado militar
jerarquizado, según el modelo persa, con una burocracia irania en sus puestos de
mando y un ejército pluriétnico comandado por jefes turcos. Los mismos
selÿúcidas se iranizaron profundamente desde el punto de vista cultural y
establecieron su capital en Isfahán. Los sucesores de Tugril, Alp Arslán y Malik
e-Shah, secundados por el muy competente visir persa Nizam al-Mulk (1018-1092).
A partir del siglo XII, el imperio de los Grandes selÿúcidas se dislocó a causa
de las querellas dinásticas y bajo la presión de los guríes afganos y más tarde
de los mongoles. Una rama disidente fundó entonces un nuevo sultanato en
Anatolia, la de los selÿucidas de Rum (en árabe "Roma", es decir, la Anatolia
bizantina), que duró entre 1077 y 1307, y que con Ertugrul Gazi (1190-1282)
tendrá un protagonismo decisivo en la formación del Imperio otomano (1299-1909).
La cruzada de Pedro el Ermitaño y Gualterio
Sin Blanca
Dice el historiador norteamericano William
James Durant (1885-1981) que «toda la cristiandad, unida como nunca, se
preparaba con ardor para la guerra santa. Extraordinarios alicientes inducían a
multitudes a reunirse en torno a esa bandera. Se ofrecía una indulgencia
plenaria de todos lo pecados al que muriera en la guerra. Se permitía a los
siervos dejar la tierra a que estaban ligados; se eximía a los ciudadanos del
pago de impuestos; se concedía a los deudores moratoria en el pago de intereses;
se libertaba a presos y se conmutaban penas de muerte, por una osada extensión
de la autoridad pontifica, a servicio perpetuo en Palestina. Millares de
vagabundos se unieron a la caminata sagrada. Hombres cansados de una desesperada
pobreza, aventureros dispuestos a frontar cualquier riesgo, segundones que
esperaban crearse señoríos en Oriente, mercaderes que buscaban nuevos mercados
para sus mercancías.
(...) Propaganda de la clase usual en la guerra recalcaba las vejaciones que
los cristianos sufrían en Palestina, las atrocidades de los musulmanes, las
blasfemias de la fe mahometana; se decía que los musulmanes adoraban una estatua
de Mahoma y la chismería piadosa relataba que el profeta, durante uno de sus
ataques epilépticos, había sido devorado por cerdos. Surgían fabulosos relatos
acerca de los tesoros de Oriente y de morenas bellezas que esperaban ser tomadas
por los valientes. Tal variedad de móviles difícilmente podía atraer una masa
homogénea capaz de organización militar. En muchos casos mujeres y niños
insistían en acompañar a sus maridos o padres, quizá con razón, pues pronto se
alistaron prostitutas para servir a los guerreros. Urbano había designado el mes
de agosto de 1096 como tiempo de partida, pero los primeros reclutas,
impacientes campesinos, no pudieron aguantar. Una hueste de los tales, en número
de 12.000 personas (entre las cuales sólo había ocho caballeros), partió de
Francia en marzo bajo el mando de Pedro el Ermitaño(6) y Gualterio Sin Blanca
(Gautier Sans Avoir); otra, de unos cinco mil individuos, partió de Alemania
dirigida por el monje Gottschalk; otra aún avanzaba desde las Provincias Renanas
al mando del conde Emicón de Leiningen. Fueron principalmente estas bandas
turbulentas las que atacaron a los judíos de Alemania y Bohemia, rechazaron los
llamados a la cordura de eclesiásticos y ciudadanos y degeneraron por un tiempo
en brutos que expresaban su piedad en sed de sangre (...) La población
resistió violentamente; algunas ciudades les cerraron sus puertas, y otras los
conminaron a partir sin demora. Llegados por fin, sin blanca, ante
Constantinopla, diezmados por el hambre, la peste, la lepra, la fiebre y las
luchas entabladas en su camino, Alejo les dió la bienvenida, pero no los
alimentó satisfactoriamente; invadieron los suburbios y saquearon iglesias,
casas y palacios. Para librar su capital de esa orante plaga de langostas, Alejo
les dió naves con que cruzaron el Bósforo, les mandó provisiones y les ordenó
que aguardaran la llegada de destacamentos mejor armados. Fuese hambre o simple
impaciencia, los cruzados no hicieron caso de esas instrucciones y marcharon
sobre Nicea. Un disciplinado destacamento de turcos, expertos arqueros todos
ellos, salió de la ciudad y casi aniquiló a la primera división de la primera
Cruzada. Gualterio Sin Blanca pereció en la lucha; Pedro el Ermitaño, fastidiado
de su ingobernable hueste, había regresado a Constantinopla antes de la batalla
y vivió sin peligro hasta 1115» (W. Durant: La Edad de la Fe. 3 vols.
Vol. II. Cap. XXII: "Las Cruzadas", Sudamericana, Buenos Aires, 1956, págs.
262-263).
6
Pedro el Ermitaño (1050-1115), nativo de Amiens
(Francia), al parecer fue soldado y después se convirtió en ermitaño. En el año
1093 peregrinó a Palestina, aunque no pudo llegar a Jerusalén. En 1095,
inspirado por el llamamiento del papa Urbano, inició una campaña predicando la
Cruzada en todo el norte y centro de Francia. Condujo en 1096 un grupo de
cruzados —campesinos y gente sin ningún tipo de preparación militar— a
Constantinopla y Asia Menor, donde fueron diezmados por los selÿukíes. Más tarde
se unió al ejército de Godofredo, que conquistó Jerusalén en el año 1099. Pedro
el Ermitaño fue sólo uno más de los diversos líderes populares que predicaron la
primera Cruzada; su relevancia fue ampliamente exagerada por muchos
historiadores.
La vanguardia de Godofredo
Mientras sucumbían las huestes de Pedro el
Ermitaño, los duques, condes y barones de Occidente reclutaban verdaderos
ejércitos de cruzados. Según testimonios de la época, el número de esos
combatientes «era tan grande como las estrellas del cielo y las arenas del mar».
Sin embargo, los investigadores contemporáneos limitan este número a sesenta
mil, como máximo. Y de ellos, sólo diez mil armados convenientemente.
La idea de las cruzadas halló fervientes
partidarios entre los normandos, siempre ávidos de lucha, hasta el punto de que
Normandía y el sur de Italia proporcionaron tal cantidad de guerreros que la
Primera Cruzada parecía una expedición de vikingos cristianos.
Los normandos italianos estaban dirigidos por
Bohemundo de Tarento (1058-1111), hijo del aventurero Roberto Guiscardo
(1015-1085), para quien la cruzada era ante todo una tentadora ocasión de
ajustar cuentas con los aborrecidos bizantinos (su padre había muerto en campaña
contra Bizancio en Kefaloniá) y crearse un reino en Oriente. Para la realización
de sus planes halló un dócil instrumento en la persona de su joven sobrino
Tancredo (1078-1112), conocido como «el Aquiles de la Cruzada».
De los caballeros francos que se alistaron
para rescatar el Santo Sepulcro el más rico y capacitado era Raimundo de
Saint-Gilles (1042-1105), conde de Tolosa. Pero el más piadoso y desinteresado
fue Godofredo de Bouillon (1061-1110), duque de la Baja Lotaringia o Lorena (en
alemán Lothringen y en francés Lorraine). Godofredo y su hermano Balduino
(1058-1118) fueron los primeros dispuestos a encabezar un ejército compuesto por
flamencos y valones, camino de Constantinopla, lugar de cita que se habían
fijado los cruzados
Muy pronto estuvieron en marcha por distintas
rutas cuatro grandes ejércitos de cruzados: el de los lorenenses, flamencos y
alemanes a las órdenes de Godofredo de Bouillon y Balduino; el de los normandos
de Italia, con Bohemundo de Tarento y su sobrino Tancredo; el de los
languedocianos, conducido por el conde Raimundo de Tolosa y finalmente el de los
francos y normandos, con Roberto de Normandía (1054-1134), hijo de Guillermo I
el Conquistador (1027-1087). Eran, respectivamente, cuatro temperamentos: los
más sinceros, los más astutos, los codiciosos y los más valientes. Cuatro
itinerarios: el Danubio, los Balcanes, la Italia del Norte y Roma y el
Adriático. Y un punto de cita común: Constantinopla.
El emperador bizantino Alexis o Alejo
Commeno,(7) al percatarse de la magnitud de las fuerzas que convergían sobre
Constantinopla, se inquietó en grado sumo, y trató de sembrar rencillas entre
los jefes cruzados antes de que las huestes pasaran al Asia Menor. En la
primavera de 1097, luego de prolongados forcejeos políticos entre unos y otros,
los ejércitos cruzados iniciaron su ruta a través del Asia Menor, hacia Siria.
El 14 de mayo de aquel mismo año tuvo lugar la primera gran acción bélica con el
sitio de Nicea (Iznik), que vino a rendirse un mes más tarde, el 19 de junio,
quedando así expedito el camino para que los cruzados avanzaran hacia Antioquía,
en el norte de Siria. El 1 de julio ganaron una batalla en Dorilea —antigua
ciudad frigia y romana—(hoy Eskishehir, Turquía), y como los musulmanes estaban
demasiado debilitados para arriesgarse a otro encuentro, Balduino inició la
apropiación de territorios, estableciendo un Estado latino en Eufratesia (región
de Marash) y nombrándose conde de Edesa (hoy Urfa).
7 Alexis I
Comneno (1048-1118), emperador bizantino (1081-1118), fue coronado en un momento
en que el Imperio bizantino estaba amenazado por enemigos foráneos en todas sus
fronteras, Alexis comenzó su reinado aliándose con los venecianos para resistir
a los invasores normandos dirigidos por Roberto Guiscardo en Grecia. En 1091
derrotó a los pechenegos, una tribu turca que realizaba incursiones en el
Imperio desde el norte; en el mismo año estabilizó la situación en el este
firmando un tratado con los selÿukíes. En 1095 Alexis pidió ayuda al Papa Urbano
II para recuperar Anatolia, en manos de los selÿukíes, al mismo tiempo que se
producía la llegada de la primera Cruzada, a la cual ayudó activamente. Exigió
un juramento de alianza a los líderes de la Cruzada, entre ellos, Bohemond (o
Bohemundo) I, hijo de su viejo enemigo Roberto Guiscardo, cuando llegaron a
Constantinopla al año siguiente. Con su ayuda, recuperó el control de Anatolia
occidental, pero no pudo impedir que estos cruzados establecieran estados
independientes en Siria y Palestina. Una disputa con Bohemond relativa al
dominio de Antioquía, acabó cuando el normando reconoció a Alexis como su señor
en 1108. La biografía de Alexis, la Alexiada, fue escrita por su hija
Anna Comnena. Constituye una valiosa fuente de información histórica, aunque a
veces presenta una exagerada tendencia probizantina.
Caníbales en Ma’arrat
El 11 de diciembre de 1097, un contingente de
cruzados francos, los languedocianos liderados por Raimundo de Saint-Gilles,
conde de Tolosa, luego de quince días de sitio, penetró en Ma’arrat an-Numán (a
mitad de camino entre Alepo y Hamah, en el norte de Siria), pasando a cuchillo a
todos sus habitantes, saqueando e incendiando todo a su paso. Y lo más
revelador: los francos demostraron ser expertos caníbales, ya que la
antropofagia era una práctica común en la Europa cristiana del siglo XI, asolada
por el hambre y la falta de alimentos, como habíamos visto antes. El historiador
musulmán Ibn al-Atir (1160-1234) hace esta denuncia: «Durante tres días
pasaron a la gente a cuchillo, matando a más de diez mil personas y tomando
muchos prisioneros» (Al-Kamil fil Tarij). En cambio, el
historiador cristiano Radulfus de Caen (1080-1120), no deja ninguna duda: «En
Ma’arrat, los nuestros cocían a paganos adultos en las cazuelas, ensartaban a
los niños en espetones y se los comían asados» (Radulfus de Caen: Gesta
Tancredi Siciliae Regis in Expeditione Hierosolymitana). Igualmente, el
cronista Alberto de Aquisgrán o Aachen (fl.1130), que participó personalmente de
la refriega de Ma’arrat, confiesa: «¡A los nuestros no les repugnaba comerse
no sólo a los turcos y a los sarracenos que habían matado sino tampoco a los
perros!». Véase Amín Maalouf, Las cruzadas vistas por los árabes,
Alianza, Madrid, 1997, Cap.III: Los caníbales de Maarrat, págs. 57-60); Mijail
Zaborov, Las cruzadas, Akal, Madrid, 1988, págs 15-16.
La toma de Jerusalén: un Hiroshima del siglo
XI
Después de un descanso de seis meses en
Antioquía (tomada el 3 de junio de 1098), el 13 de enero de 1099, Bohemundo,
Tancredo y Roberto de Normandía partieron hacia Jerusalén. En Trípoli (Líbano)
se les unió Godofredo de Bouillon y Roberto de Flandes, y desde allí, los cinco
continuaron hacia el sur, acompañados de unos doce mil (algunos hablan de veinte
mil) seguidores.
La mañana del 7 de junio de 1099 los cruzados
vieron por primera vez brillar a la luz del alba las almenas y las torres de la
Ciudad Santa de las tres religiones monoteístas.
La urbe estaba por aquel entonces bajo control
de los musulmanes fatimíes; sus defensores eran numerosos y estaban bien
preparados para resistir un sitio. Los cruzados atacaron con la ayuda de
refuerzos llegados de Génova y con unas recién construidas máquinas de asedio.
El 15 de julio, al amanecer, todo estaba
dispuesto para el asalto final a Jerusalén, luego de los infructuosos ataques de
los días previos. Godofredo de Bouillon se encaramó sobre su imponente torre de
asedio y la mandó trasladar junto a las murallas. La leyenda cristiana cuenta
que cuando los francos y normandos intentaban en vano vencer la resistencia de
los musulmanes, Godofredo vió en los alto del cercano monte de los Olivos un
caballero que agitaba un escudo brillante y anunció a todos su visión:
«Mirad, San Jorge ha venido en nuestra ayuda». Esto envalentonó notablemente
a los cruzados que arremetieron con Godofredo, Tancredo y sus normandos a través
de un boquete abierto en la muralla. La mortandad fue espantosa. Los jinetes
europeos, al pasar por las calles, iban chapoteando sobre charcos de sangre. Los
expedicionarios masacrarían a la mayor parte de los cien mil habitantes de
Jerusalén. Según la concepción de los cruzados, la ciudad quedó purificada con
la sangre de los infieles.
Efectivamente, luego de ser quebrada la tenaz
resistencia de los defensores islámicos, la población sin respeto a la edad o al
sexo, sufrió una horrible matanza. Sólo en la mezquita al-Aqsa fueron degollados
cerca de diez mil musulmanes allí refugiados. Raimundo de Aguilers, canónigo de
Puy y capellán de los invasores, escribió en sus memorias «Maravillosos
espectáculos alegraban nuestra vista. Algunos de nosotros, los más piadosos,
cortaron las cabezas de los musulmanes; otros los hicieron blancos de sus
flechas, haciéndoles caer de los tejados de las mezquitas; otros fueron más
lejos y los arrastraron a las hogueras. En las calles y plazas de Jerusalén no
se veía más que montones de cabezas, de pies y manos: y sin embargo esto no es
nada comparado con lo otro... Se derramó tanta sangre en la mezquita edificada
sobre el antiguo templo de Salomón, que los cadáveres de los fanáticos de Mahoma
nadaban en ella arrastrados a uno y otro punto. Veíanse flotar manos y brazos
cortados que iban a juntarse con cuerpos que no le correspondían; en muchos
lugares la sangre nos llegaba a las rodillas, y los soldados que hacían esta
carnicería apenas podían respirar debido al vapor que de ella se exhalaba.
Cuando no hubo más musulmanes que matar, los jefes del ejército se dirigieron en
procesión a la iglesia del Santo Sepulcro para la ceremonia de acción de
gracias» (Raimundo de Aguilers: Historia Francorum qui ceperunt Iherusalem,
en R.H.C. Occ., vol. III, consultar también a Fulquerio de Chartres: Gesta
Francorum Iherusalem Peregrinantium —ed. por H. Hagenmeyer, Heidelberg, 1913—).
La pequeña comunidad judía se había refugiado
en la sinagoga central. Los cruzados, sospechando que habían ayudado a los
musulmanes durante el asedio, incendiaron el templo y todos los judíos de
Jerusalén, cerca de dos mil (más del noventa por ciento de los que vivían en
Palestina), murieron abrasados. A pesar de haber perpetrado tal monstruosidad,
los cruzados no quedaron conformes y un consejo presidido por Godofredo decretó
la exterminación de todos los musulmanes de Jerusalén, en total: setenta mil
almas (el mismo número de muertos en los primeros diez segundos de la explosión
atómica en Hiroshima, el 6 de agosto de 1945). La operación duró ocho días, a
pesar del celo con la que la desempeñaron aquellos «nobles paladines». Pero
nadie se salvó, quedando destripados mujeres, niños y ancianos.
A fin de descansar de las fatigas que causó
esta tarea, los cruzados se entregaron a las más repugnantes orgías —violación
de cadáveres y actos de canibalismo— de modo que los mismos cronistas, a pesar
de toda su indulgencia, no pudieron menos que indignarse de la conducta bestial
de estos asesinos que eran cualquier cosa menos cristianos; y el tesorero
Bernardo los trata de locos; Balduino, arzobispo de Dole, los compara a burros
que se refocilan en la basura: computruerunt illi, tamquam jumenta in
stercoribus.
Luego de estos macabros episodios y de
rechazar, cerca de Ascalón, un contraataque de los musulmanes fatimíes que
venían en socorro desde Egipto, los barones francos fundaron solemnemente el
«Reino Latino de Jerusalén», que duraría 88 años. Pero el interior de Palestina
permaneció y permanecería en manos de los musulmanes. Igualmente los francos no
tuvieron nunca fuerza suficiente para apoderarse de las ciudades de Alepo,
Hamah, Homs o Damasco. Quedaron reducidos a una estrecha franja a lo largo de la
costa, amenazados siempre de ser empujados al mar por un ataque musulmán venido
del interior. En las décadas sucesivas, el reino franco pudo mantenerse gracias
al desaliento y a la discordia imperantes en el mundo islámico; pero deberían
haber contado con la posibilidad de una unión de los hermanos en la verdadera fe
y el surgimiento de un líder carismático que los condujera a la victoria. En el
momento en que apareciese este fenómeno, el reino latino se vería condenado a
desaparecer, víctima de su propia naturaleza impostora.
Los resultados de la Primera Cruzada, con la
conquista de Jerusalén y la fundación de otros reinos cruzados en el Oriente
musulmán, produjeron un gran impacto en Europa y el deseo de muchos rezagados
por plegarse a la aventura con sus perspectivas de gloria tanto material como
celestial. Los historiadores comparan este estado de ánimo con el que más tarde
se produjo en la msima Europa a raíz del descubrimiento de Nuevo Mundo y el
enganche para acudir al saqueo de las riquezas de México y el Perú.
¿Cuál había sido la razón de que el éxito
coronara la increíble empresa de los cruzados? A primera vista, esta victoria
resulta simplemente sorprendente. Mueve a asombro cómo un ejército reducido de
sesenta mil a menos de veinte mil caballeros e infantes, a tres mil kilómetros
de sus bases, y en un país desconocido bajo un sol de fuego, se impuso al Islam,
al que los turcos selÿukíes habían conferido nuevo vigor. Sin embargo, algunos
hechos concretos ayudan a comprender el porqué de este aparente milagro, por
cierto, sin contar la mística que en mayor o menor medida tocó a los
combatientes europeos. El éxito occidental se debió ante todo a una superioridad
técnica incuestionable en el arte de la guerra: la armadura transformó a los
caballeros en verdaderas unidades blindadas y la cota de malla de sus auxiliares
los hizo casi invulnerables a las flechas y el hierro de los musulmanes. Así,
antiguos grabados muestran al capellán de Joinville habiéndoselas él solo contra
ocho guerreros musulmanes, o a Gualterio de Chatillon, arracándose
tranquilamente de su cota la lluvia de dardos que cae sobre ella.
La disensión entre los musulmanes y la secta
de los asesinos
Pero por sobre esas facilidades, la obra de
los cruzados se vio simplicada por la desunión del adversario. La muerte del
sultán Malik e-Shah en 1092 había desorganizado al imperio selÿukí en vísperas
de la ofensiva europea. Divisiones familiares, ambiciones personales y
rivalidades de pensamiento y escuelas teológicas provocaron una lucha fratricida
entre los turcos. Un sultán reinaba en Irán, otro en el Asia Menor; Alepo tenía
su propio soberano y Damasco igualmente.
Como si todo esto fuera poco, los fanáticos
bebedores de hashish, llamados por los francos «asesinos» (en árabe
hashashiyyín; también denominados nizaríes, secta escindida del ismailismo),
desmoralizaban y desunían a los musulmanes (cfr. M. Stanislaus Guyard: Un
Gran Maître des Assassins au temps de Saladin, Imp. Nat., París, 1877;
Marshall G.C. Hodgson: The Order of the Assassins. The Struggle of the Early
Nizari Isma’ilis against the Islamic World, Mouton, La Haya, 1955; Josef von
Hammer-Purgstall: The History of the Assassins, derived from Oriental Sources,
Nueva York, 1968; Edward Burman: Los asesinos. La secta de los guerreros
santos del islam, Martínez Roca, Barcelona, 1988).
Las diferencias entre los musulmanes
contribuyó decisivamente para la victoria de la primera Cruzada. Por esa época,
los fatimíes y los selÿukíes se llevaban tan mal como, siglos más tarde, lo
harían los católicos y protestantes durante la guerra de los Treinta Años
(1618-1648). Para los fatimíes, una secta desviada del shiísmo, los sunníes
selÿukíes no eran tanto los hermanos de fe como los intrusos, los invasores, que
sólo se diferenciaban de aquellos otros invasores, los cruzados europeos, por
sus creencias religiosas. Para los cruzados, en cambio, tal distinción carecía
de trascendencia, y llamaban a sus enemigos «sarracenos» (probablemente de una
deformación del árabe sharqiyyim, "orientales"), sin hacer diferencias
entre árabes y turcos, shiíes o sunníes.
La realidad es que si los cruzados pudieron
llegar hasta Jerusalén fue precisamente gracias a la desunión y controversias
entre los musulmanes. Si se hubieran unido todos los defensores del Islam para
combatir a los francos, ya en las puertas de Antioquía habría sido eliminado
todo el ejército cruzado y muy probablemente la amenaza de Occidente hubiera
sido erradicada para siempre.
Pero sucedió todo lo contrario: mientras los
cruzados asediaban a los selÿukíes de Antioquía, los fatimíes de El Cairo
enviaron una delegación que propuso a los francos hacer causa común contra sus
enemigos comunes, los selÿukíes. El califa fatimí al-Musta'lí (reinó entre
1094-1101) proponía a Godofredo un reparto del territorio selÿukí. Siria para
los francos y Palestina para los fatimíes. Era evidente que en esta propuesta
los musulmanes no habían entendido aun la naturaleza y los objetivos de la
cruzada, ya que los cruzados habían venido a conquistar Palestina y someter a
Jerusalén para siempre y tenerla como capital de un reino latino en Oriente, y
no tenían la menor intención de entregar la ciudad santa a los musulmanes,
fuesen éstos sunníes o shiíes. Aun así, la delegación fatimí fue recibida con
gran cordialidad en Antioquía y en una de las visitas incluso recibieron el
«espléndido obsequio» de trescientas cabezas de prisioneros selÿukíes. Vale
acotar, que durante el sitio de Antioquía era una práctica común de los cruzados
el bombardear la ciudadela catapultando cabezas y otros miembros cercenados de
cautivos musulmanes para aterrorizar a los sitiados.
En vista que la respuesta de Godofredo se hizo
esperar, los fatimíes se marcharon y en 1098 reconquistaron Palestina. En
consecuencia, fueron ellos quienes echaron a los selÿukíes de Jerusalén, y
llevaban un año de posesión de la ciudad cuando los doce o veinte mil cruzados
hicieron por fin acto de presencia ante las murallas.
Estas desavenencias y desencuentros entre los
musulmanes fue casi una constante a partir del siglo XI. Si no hubiera sido por
los esfuerzos solitarios de Saladino primero, y el sultán mameluco Baibars
después, las Cruzadas hubieran sido un éxito y el mundo islámico habría sido
borrado del mapa. Otro ejemplo lamentable es el caso de la España musulmana.
Cuando a partir del siglo XV se multiplican las cruzadas contra Granada y los
sultanes nazaríes solicitan urgente socorro a sus hermanos magrebíes (hafsíes y
mariníes) y orientales (mamelucos y otomanos), encontraran la misma falta de
solidaridad e incomprensión.
La Segunda Cruzada
Tras la conclusión de la primera Cruzada los
colonos europeos en el Levante establecieron cuatro estados, el más grande y
poderoso de los cuales fue el reino latino de Jerusalén. Al norte de este reino,
en la costa de Siria, se encontraba el pequeño condado de Trípoli. Más allá de
Trípoli estaba el principado de Antioquía, situado en el valle del Orontes. Más
al este aparecía el condado de Edesa (ahora Urfa, Turquía), poblado en gran
medida por cristianos armenios.
Los logros de la primera Cruzada se debieron
en gran medida al aislamiento y relativa debilidad de los musulmanes. Sin
embargo, la generación posterior a esta Cruzada contempló el inicio de la
reunificación musulmana en el Próximo Oriente bajo el liderazgo de Imad al-Din
Zanguí, gobernante de Al Mawsil y Halab o Alepo (actualmente en el norte de
Siria). Bajo el mando de Zanguí, las tropas musulmanas obtuvieron su primera
gran victoria contra los cruzados al tomar la ciudad de Edesa en 1144, tras lo
cual desmantelaron sistemáticamente el Estado cruzado en la región.
La respuesta del Papado a estos sucesos fue
proclamar la Segunda Cruzada a finales de 1145. La nueva convocatoria atrajo a
numerosos expedicionarios, entre los cuales destacaron el rey de Francia Luis
VII y el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Conrado III. El ejército
germano de Conrado partió de Nuremberg (en la actual Alemania) en mayo de 1147
rumbo a Jerusalén. Las tropas francas marcharon un mes más tarde. Cerca de
Dorilea las tropas germanas fueron puestas en fuga por una emboscada de los
musulmanes selÿukíes. Desmoralizados y atemorizados, la mayor parte de los
soldados y peregrinos regresó a Europa. El ejército franco permaneció más
tiempo, pero su destino no fue mucho mejor y sólo una parte de la expedición
original llegó a Jerusalén en 1148. Tras deliberar con el rey Balduino III de
Jerusalén y sus nobles, los cruzados decidieron atacar Damasco en julio. La
fuerza invasora no pudo tomar la ciudad y el rey franco y lo que quedaba de su
tropa regresaron a su país junto al monje «milagrero» San Bernardo de Claraval
(1090-1153), instigador de la cruzada.
Saladino, unificador del Islam
El fracaso de la Segunda Cruzada permitió la
reunificación de las potencias musulmanas. Zanguí había muerto en 1146, pero su
sucesor, Nuruddín, convirtió su principado en la gran potencia del Próximo
Oriente. En 1169, sus tropas, bajo el mando de Saladino,(8) obtuvieron el
control de Egipto. Cuando Nuruddín falleció cinco años más tarde, Saladino le
sucedió como gobernante del Estado islámico que se extendía desde el desierto de
Libia hasta el valle del Tigris, y que rodeaba los estados cruzados que todavía
existían por tres frentes.
Después de una serie de crisis en la década de
1180, Saladino finalmente invadió el reino de Jerusalén con 45 mil soldados en
mayo de 1187. El 4 de julio derrotó de forma definitiva al ejército franco (23
mil) en Hattin (Galilea). Aunque el rey de Jerusalén, Guy de Lusignan, junto con
alguno de sus nobles, se rindió y sobrevivió, todos los Caballeros
Templarios(9)y los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén y el
controvertido conde Reinaldo de Chatillon (asaltante y asesino de caravanas de
peregrinos musulmanes) fueron degollados en el campo de batalla o en sus
proximidades. Saladino, tras esta victoria, se apoderó de la mayor parte de las
fortalezas de los cruzados en el reino de Jerusalén, incluida esta ciudad, que
se rindió el 2 de octubre. En ese momento la única gran ciudad que todavía
poseían los cruzados era Tiro, en el Líbano.
Es muy interesante la reflexión del escritor,
estadista y diplomático indio Kavalam Madhava Panikkar (1895-1963): «Desde la
época de Saladino, quien arrebató nuevamente a Jerusalén a los Cruzados en 1187,
la parte del Islam cuyo centro era Egipto se constituyó en una barrera de enorme
poderío entre Asia y Europa. La extraordinaria explosión de energía, entusiasmo
y celo que impulsó a la Cristiandad en las primeras tres cruzadas se había
agotado y la victoria de Saladino, que fue una de las más decisivas del mundo si
se la juzga por los acontecimientos posteriores, estableció la supremacía
musulmana durante siglos en la vital región de las costas siria y egipcia. Que
los estadistas europeos tenían conciencia de esto se demuestra por el hecho de
que la quinta cruzada (1218-1219) se dirigió directamente contra el mismo
Egipto. Muchos grandes monarcas de Europa se unieron, conducidos por San Luis,
en un ataque final (la séptima cruzada), pero también fueron derrotados. Así,
después de doscientos años de esfuerzos de las huestes unidas de la Cristiandad,
Egipto y la vital línea costera permanecían firmemente en manos de los
musulmanes» (K.M. Panikkar: Asia y la dominación occidental. Un examen de
la historia de Asia desde la llegada de Vasco de Gama 1498-1945, Eudeba,
Buenos Aires, 1966, págs. 4 y 5).
8
Saladino (1138-1193) fue sultán de Egipto
(1171-1193) y de Siria (1174-1193). Nacido en Takrit, en el actual Irak,
Saladino, según se le conoce en Occidente, era de origen kurdo; su nombre árabe
es Salahuddín Yusuf Ibn Ayub. A los 14 años se unió a otros miembros de su
familia (los ayubíes) al servicio del gobernante sirio Nuruddín. Entre 1164 y
1169 destacó en tres expediciones enviadas por Nuruddín para ayudar al decadente
califato fatimí de Egipto frente los ataques de los cruzados cristianos
establecidos en Palestina. En 1169 fue nombrado comandante en jefe del ejército
sirio y visir de Egipto. Aunque nominalmente sujeto a la autoridad del califa
fatimí de El Cairo, Saladino trató Egipto como base de poder ayubí, confiando
sobre todo en su familia kurda y sus seguidores. Una vez revitalizada la
economía de Egipto y reorganizada su fuerza terrestre y naval, Saladino repelió
a los cruzados y dirigió la ofensiva contra ellos. En septiembre de 1171
suprimió al disidente régimen fatimí, reunificando Egipto bajo el califato
abasí. Tras la muerte de Nur al-Din en 1174, Saladino expandió su poder a Siria
y al norte de Mesopotamia. A partir de 1186, numerosos ejércitos musulmanes,
aliados bajo el mando de Saladino, estaban preparados para combatir a los
cruzados. En 1187 invadió el reino latino de Jerusalén derrotó a los cristianos
en los Cuernos de Hattin (Galilea) el 4 de julio, y reconquistó Jerusalén el 2
de octubre. En 1189 las naciones de Europa occidental lanzaron la tercera
Cruzada para recuperar la ciudad santa. A pesar de la implacabilidad militar y
de los esfuerzos diplomáticos, el bloqueo terrestre y naval obligaron a la
rendición del bastión palestino de Acre en 1191, aunque los cruzados fracasaron
en la consecución de Jerusalén. En 1192 Saladino firmó un acuerdo de armisticio
con el rey Ricardo I de Inglaterra que permitió a los cruzados reconstituir su
reino a lo largo de la costa palestino-siria, aunque dejó Jerusalén en manos
musulmanas. El 4 de marzo de 1193, Saladino murió en Damasco tras una breve
enfermedad, a la edad de cincuenta y cinco años. Dejaba 17 hijos y una hija, y
no se le halló más fortuna que 47 dirham y una moneda de oro. Toda la fortuna
que disponía había sido invertida para frenar a los cruzados. La historiografía
musulmana ha inmortalizado a Saladino como parangón de virtud principesca.
Fascinó a los escritores occidentales, novelistas incluidos. Setecientos cinco
años más tarde, en 1898, un alemán rendiría los últimos honores a Saladino
construyendo un mausoleo para reemplazar la tumba semiderruida junto a la gran
mezquita de Damasco y trasladando los restos a un sarcófago de mármol blanco.
Encima hizo colgar una lámpara de plata que lleva inscrito el nombre de Saladino
y el del donante, el kaiser Guillermo II de Hohenzollern (1859-1941).
9
Los Caballeros Templarios fueron miembros de una orden medieval de carácter
religioso y militar, cuya denominación oficial era Orden de los Pobres
Caballeros de Cristo (también Orden del Temple). Fueron conocidos popularmente
como los Caballeros del Templo de Salomón, o Caballeros Templarios, porque su
primer palacio en Jerusalén era adyacente a un edificio conocido en esa época
como el Templo de Salomón. La Orden se constituyó a partir de un pequeño grupo
militar formado en Jerusalén en el año 1119 por dos caballeros francos, Hughes
de Payns y Godofredo de Saint Omer. Su objetivo primario fue proteger a los
peregrinos que visitaban Palestina tras la primera Cruzada. La Orden obtuvo la
aprobación papal y en 1128, en el Concilio eclesiástico de Troyes, recibió unos
preceptos austeros que seguían estrechamente las pautas de la orden monástica de
los cisterciencies. La Orden Templaria estaba encabezada por un gran maestre
(con rango de príncipe), por debajo del cual existían tres rangos: caballeros,
capellanes y sargentos. Los primeros eran los miembros preponderantes y los
únicos a los que se les permitía llevar la característica vestimenta de la
Orden, formada por un manto blanco con una gran cruz latina de color rojo en su
espalda. El cuartel general de los Caballeros Templarios permaneció en Jerusalén
hasta la caída de la ciudad en manos de los musulmanes en el año 1187; más tarde
se localizó, sucesivamente, en Antioquía, Acre, Cesárea y por último en Chipre.
Como los Caballeros Templarios enviaban regularmente dinero y suministros desde
Europa a Palestina, desarrollaron un eficiente sistema bancario en el que los
gobernantes y la nobleza de Europa acabaron por confiar. Se convirtieron
gradualmente en los banqueros de gran parte de Europa y lograron amasar una
considerable fortuna. Después de que las últimas Cruzadas fracasaran y menguara
el interés en una política agresiva contra los musulmanes, no fue preciso que
los Caballeros Templarios defendieran Palestina. Su inmensa riqueza y su inmenso
poder habían levantado la envidia tanto del poder secular como del eclesiástico.
La Orden se estableció en el primer tercio del siglo XII en Aragón, Cataluña y
Navarra, y posteriormente se extendió a Castilla y León. Su actividad en la
península Ibérica se centró en la defensa fronteriza frente a los musulmanes,
participando en destacadas acciones bélicas, como las empresas de Valencia y
Mallorca junto a Jaime I de Aragón, la conquista de Cuenca, la batalla de las
Navas de Tolosa (1212) o la toma de Sevilla (1238). Al igual que en Francia,
acabaron por caer en desgracia y ser perseguidos. Sabido es que los templarios
en dos siglos de contacto con los musulmanes en Tierra Santa asimilaron diversas
prácticas y tradiciones del Islam. Por ejemplo, el blanco y el rojo,
conocimiento y amor santo, son dos colores simbólicos del shiísmo. Entre otros
los vestían los Buÿíes de Irán (945-1055) y los Fatimíes de Egipto (909-1171), y
en Occidente los templarios (1119-1312). En el año 1307, el rey de Francia
Felipe IV el Hermoso (1268-1314), con la colaboración del papa Clemente V (m.
1314), ordenó el arresto del gran maestre francés de la Orden del Temple,
Jacques de Molay (1243-1314), acusado de sacrilegio y de prácticas satánicas,
como ésa de rendirle culto a Mahomet o Bafumet (el Profeta Muhammad) —cfr.
Alejandro Vignati: El enigma de los templarios, Círculo de Lectores,
Bogotá, 1979, págs. 221-224—. Molay y los principales responsables de la Orden
confesaron bajo tortura y todos ellos fueron posteriormente quemados en la
hoguera. La Orden fue suprimida en 1312 por el papa, y sus propiedades asignadas
a sus rivales, los Caballeros Hospitalarios, aunque la mayor parte de aquéllas
se las apropiaron Felipe IV y el rey Eduardo II de Inglaterra, el cual
desmanteló la Orden en este país. Pero los verdugos no sobrevivieron por mucho
tiempo a sus víctimas. Pocas semanas después de la ejecución de Jacques de Molay
y sus partidarios, murieron Felipe IV y Clemente V. Eduardo II (1284-1327), hijo
de Eduardo I (1239-1307), el monarca que hizo descuartizar al héroe nacional
escocés William Wallace (1270-1305), llamado Braveheart ("Corazón Valiente").
La Tercera Cruzada
El 29 de octubre de 1187, el papa Gregorio
VIII proclamó la Tercera Cruzada. El entusiasmo de los europeos occidentales fue
grande y a sus filas se apuntaron tres grandes monarcas: el emperador del Sacro
Imperio Romano Germánico Federico I Barbarroja (1123-1190), el rey francés
Felipe II Augusto (1165-1223) y el monarca de Inglaterra Ricardo I Corazón de
León (1157-1199). Estos reyes y sus numerosos seguidores constituyeron la fuerza
cruzada más grande que había tenido lugar desde 1095, pero el resultado de todo
este esfuerzo fue pobre. Federico murió en Anatolia mientras viajaba a Tierra
Santa y la mayor parte de su ejército regresó a Alemania de forma inmediata a su
muerte. Aunque tanto Felipe II como Ricardo I Corazón de León llegaron a
Palestina con sus ejércitos intactos, fueron incapaces de reconquistar Jerusalén
o buena parte de los antiguos territorios del reino latino. Lograron, sin
embargo, arrancar del control de Saladino una serie de ciudades, incluida Acre,
a lo largo de la costa mediterránea. Allí el rey inglés —llamado por los
cronistas musulmanes Malik al-Inkitar (rey de Inglaterra)— provocó un genocidio
al hacer matar a sangre fría a los 3.000 musulmanes de la guarnición que se
habían rendido bajo la vana promesa de que sus vidas serían respetadas.
Hacia el mes de octubre de 1192, cuando
Ricardo I Corazón de León partió de Palestina, el reino latino había sido
restablecido. Este segundo reino, mucho más reducido que el primero y
considerablemente más débil tanto en lo militar como en lo político, perduró en
condiciones precarias un siglo más.
La Cuarta Cruzada
Las posteriores expediciones no obtuvieron los
éxitos militares que había tenido la Tercera Cruzada. La cuarta, que duró dos
años, desde 1202 hasta 1204, estuvo plagada de dificultades financieras. En un
esfuerzo para aliviarlas, los jefes cruzados acordaron atacar Constantinopla en
concierto con los venecianos y aspirar al trono del Imperio bizantino. Los
cruzados lograron tomar Constantinopla, que fue saqueada sin misericordia y
donde miles de cristianos fueron asesinados por cristianos. La destrucción
masiva de tesoros culturales acumulados durante siglos, cometido por
eclesiásticos y caballeros cruzados, causó un enorme perjuicio a la civilización
europea. El conocido medievalista y bizantinista inglés Steven Runciman (1903),
en su monumental obra Historia de las Cruzadas, recientemente
reeditada por Alianza en tres volúmenes, afirma rotundamente que «nunca hasta
entonces se había cometido un crimen de lesa humanidad como el de la cuarta
cruzada» (Tomo III).
El Imperio Latino de Constantinopla, creado
así por esta Cruzada, sobrevivió hasta 1261, fecha en la que el emperador
bizantino Miguel VIII Paleólogo (1224-1282) retomó Constantinopla. Todo ello no
contribuyó en nada a la defensa de Tierra Santa.
La Cruzada contra los Cátaros
En 1208, en un contexto y en un territorio muy
distintos, el papa Inocencio III proclamó una Cruzada contra los albigenses,(10)
un movimiento religioso, en el sur de Francia. «Digamos, ante todo, que no se
trata de una herejía, por lo menos en el sentido habitual del término, sino de
una religión completamente diferente del cristianismo. Albigenses y cátaros
utilizaron un vocabulario muy próximo al de los católicos;ésta es probablemente
la causa de que se les haya tratado siempre de heréticos. (...) En
efecto, los orígenes del catarismo eran tan remotos en el tiempo como en el
espacio, y no es absurdo pensar que hubiera podido llegar a ser una de las
religiones del mundo.» (Fernand Niel: Albigenses y cátaros, Los
libros del mirasol, Companía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1962, pág.
9).
La consiguiente Cruzada fue la primera que tuvo lugar en
Europa occidental. Duró desde 1209 hasta 1229 y causó un gran derramamiento de
sangre (más de sesenta mil albigenses fueron muertos solamente en 1209 cuando
fue capturada la plaza fuerte de Béziers). «La Cruzada de los Albigenses
causó —según se dice— un millón de víctimas» (Fernand Niel. O. cit., pág.
10).
10
Los Albigenses fueron considerados la herejía más importante dentro de la
Iglesia católica durante la Edad Media. Su nombre se lo deben al pueblo de Albi,
en el sur de Francia, el centro más importante de este movimiento. Los
albigenses eran fervientes seguidores del sistema maniqueísta dualístico
—originado en el antiguo Irán y difundido a través de las enseñanzas del sabio
persa Mani (216-276), fundador del maniqueísmo—, que durante siglos floreció en
la zona del Mediterráneo oriental. Los dualistas creían en la existencia
independiente y separada de dos dioses: un dios del bien y otro del mal. Dentro
de Europa occidental, los partidarios del dualismo, los cátaros (del griego
katharos,
que significa "puro"), como los bogomilos (originados en Bosnia) y los
paulicianos (originados en Armenia, luego trasladados a Bulgaria), aparecieron
por primera vez en el norte de Francia y en los Países Bajos a finales del siglo
XI y principios del XII. Perseguidos y expulsados del norte, los predicadores
cátaros se trasladaron hacia el sur, logrando tener una gran aceptación en las
provincias semi-independientes del Languedoc y las áreas próximas. Fue allí
donde recibieron el nombre de albigenses. Los albigenses creían que toda la
existencia se debatía entre dos dioses: el dios de la luz, la bondad y el
espíritu, generalmente asociado con Jesucristo y con el Dios del Nuevo
Testamento; y el dios del mal, la oscuridad y los problemas, al que
identificaban con Satán y con el Dios del Antiguo Testamento. Temas sujetos a
fuertes debates eran si las dos deidades ejercían el mismo poder o si las
fuerzas del mal estaban subordinadas a las del bien. Por definición, cualquier
asunto material, incluyendo la salud, la comida, y el mismo cuerpo humano, era
perniciosa y aborrecible. Como Satán había hecho prisionera al alma en el cuerpo
humano, la única esperanza para la salvación humana es la de llevar una vida
buena y espiritual. Gozando de una vida buena, las personas podrían lograr
liberarse de la existencia material después de su muerte. Si no se lograra
llegar a la virtud durante el transcurso de la vida, el alma volvería a nacer
convertida en ser humano o en animal. Los albigenses creían que Cristo era Dios,
pero que durante su estancia en la tierra fue una especie de ángel con un cuerpo
fantasma que adoptó la apariencia de un hombre. Sostenían que la Iglesia
cristiana tradicional, con su gran cantidad de sacerdotes corruptos y su inmenso
bienestar material, era la representación de Satán y que debía ser abolida. Los
seguidores de la doctrina albigense estaban divididos en dos grupos: los
simplemente creyentes y los «perfectos». Los perfectos se obligaban a sí mismos
a llevar vidas de un ascetismo extremo. Renunciaban a todo lo que poseían,
sobreviviendo sólo con las donaciones que hacían los otros miembros de la
comunidad. Tenían prohibido prestar juramentos, tener relaciones sexuales y
comer carne, huevos o queso. Sólo los perfectos se podían comunicar con Dios por
medio de la oración. Los simples creyentes podían aspirar a convertirse en
perfectos después de un largo periodo de iniciación, seguido por el rito del
consolamentum, o bautismo del Espíritu Santo por medio de la imposición de
las manos. Algunos recibían este bautismo sólo estando próxima la hora de su
muerte, y como un modo para asegurar su salvación, se abstenían de comer y de
beber; en cierto modo cometían suicidio. En un principio, la Iglesia católica
trató de reconvertir a los albigenses por medios pacíficos, pero cuando fallaron
todos los intentos, el papa Inocencio III lanzó la Cruzada albigense (1209-1229)
que reprimió a los seguidores de este movimiento de una forma brutal y a su paso
desoló gran parte del sur de Francia. Sólo pequeños grupos de albigenses
sobrevivieron en zonas muy desoladas, aunque luego fueron perseguidos por la
Inquisición entre 1240-1255. En el baluarte de Montsegur (Roussillon), en 1244,
doscientos defensores cátaros y sus familias fueron quemados vivos por los
cruzados.
La Cruzada de los Niños
Una descabellada empresa mística que finalizó
en el más absoluto fracaso y, lo que es peor, con la muerte de miles de niños y
niñas alentados del más extraordinario e inconsecuente fervor, se produjo hacia
1212. Decenas de miles de pequeños, provenientes de Francia y Alemania,
participaron en las cruzadas infantiles. Luego de marchas interminables donde
padecieron hambre, frío y violaciones de todo tipo, una parte importante de
estos niños logró arribar al puerto de Marsella. Allí llegaron a un acuerdo con
dos armadores que prometieron llevarlos a Siria. Miles de ellos se embarcaron en
siete grandes bajeles. A los pocos días fueron sorprendidos por una furiosa
tempestad y dos de las embarcaciones naufragaron cerca de la isla de Cerdeña.
Todos los pasajeros se ahogaron. Los cincos navíos restantes llegaron a
Alejandría (Egipto) y Bugía (Argelia) donde fueron capturados por los musulmanes
(muchos de ellos se islamizaron y posteriormente integraron los destacamentos
mamelucos). A los que quedaron en Marsella y otros que se desperdigaron durante
la caminata, el Papa Inocencio III les ordenó que recibieran la cruz, pero que
esperaran atravesar el mar y combatir contra los musulmanes cuando tuvieran la
edad suficiente.
Las Cruzadas del Norte
En el centro y norte de Europa otros cruzados
arremetieron contra pueblos que se negaban a aceptar su autoritarismo (cfr. Eric
Christiansen:
The Northern Crusades, Penguin Books, 1997). Los Caballeros Teutónicos,
—orden creada en Palestina, constituida primero como hospitalaria (1190) y luego
como militar (1198)—, que utilizaban como símbolo una cruz que luego fue
insignia de Alemania durante la primera y segunda guerra mundial, desencadenaron
ofensivas contra los rusos, los prusianos y los lituano-polacos, siendo
derrotados respectivamente en la batalla del lago Pepis (Estonia) en abril de
1242 por Alexander Nevski (1220-1263), y en Tannenberg el 15 de julio de 1410
por el general husita Jan Zizka (1376-1424). Precisamente, entre 1420 y 1431 se
desarrollaron las infructuosas cinco cruzadas contra los husitas, los
partidarios de Jan Hus.(11)
11
Jan Hus (1372-1415) fue un reformador religioso de Bohemia, cuyos esfuerzos por
reformar la Iglesia se anticiparon a la Reforma protestante. Hus nació en
Husinec, al sur de Bohemia (hoy República Checa). Estudió en la Universidad de
Praga y se licenció en ciencias y humanidades en 1396. Dos años después fue
profesor de teología en esa universidad y en 1401 le nombraron decano de la
facultad de filosofía. Al año siguiente de ordenarse sacerdote (1401) asumió
nuevas obligaciones como predicador de la Bethlehem Chapel, donde los sermones
se pronunciaban en checo en lugar del latín tradicional. El nacionalismo checo y
el movimiento reformista iniciados por Jan Milíc, conocido predicador bohemio
del siglo XV, estaban muy extendidos en la universidad y en la Bethlehem Chapel,
y Hus se sintió inmediatamente atraído por ellos. Aunque menos radical que el
reformador inglés John Wycliffe (1330-1384), Hus estuvo de acuerdo con él en
muchos puntos. En el ámbito práctico, ambos condenaban los abusos de la Iglesia
e intentaron, con la predicación, acercar ésta al pueblo; en el aspecto
doctrinal ambos creían en la predestinación y consideraban la Biblia como la
máxima autoridad religiosa; sostenían que Cristo, antes que ningún eclesiástico
corrupto, era la verdadera cabeza de la Iglesia. En 1408 atacó en sus sermones
al arzobispo y le prohibieron practicar sus funciones sacerdotales en la
diócesis. Al año siguiente, Alejandro V, uno de los tres papas rivales que
entonces luchaban por la autoridad de la Iglesia, promulgó una bula en la que
condenaba las enseñanzas de Wycliffe y ordenaba que sus libros fueran quemados.
Hus, que había enseñado sus doctrinas, fue excomulgado en 1410, pero para
entonces había conseguido un gran apoyo popular, por lo que estallaron
disturbios en Praga. Respaldado por las manifestaciones populares, continuó
predicando, incluso después de que la ciudad quedara bajo el interdicto
religioso, en 1412. Un año después, muchos de sus seguidores influyentes fueron
apartados del poder y él tuvo que huir de Praga buscando refugio en los
castillos de varios nobles amigos. Durante este tiempo escribió su principal
obra, De Ecclesia. En 1414 fue convocado para participar en el Concilio
de Constanza, que se reunió para resolver el cisma de la Iglesia y acabar con
las herejías. Recibió un salvoconducto del emperador Segismundo y Hus creyó que
podría defender sus opiniones con plena libertad, pero al llegar sus enemigos le
encarcelaron y procesaron por hereje. Las acusaciones formuladas en su contra se
basaron en una exposición falsa de la doctrina que él había predicado, y cuando
fue conminado a retractarse y a dejar de predicar, se negó de forma categórica.
El concilio le condenó y murió como un héroe en la hoguera. Su ejecución provocó
el estallido de las Guerras Husitas en Bohemia.
La Quinta Cruzada
La primera ofensiva de la quinta Cruzada de
Oriente (1217-1221) tenía como objetivo capturar el puerto egipcio de Damietta
(Dumyat), lo cual consiguió en 1219. La estrategia posterior requería un ataque
contra Egipto, la toma de El Cairo y otra campaña para asegurar el control de la
península del Sinaí. Sin embargo, la ejecución de esta estrategia no obtuvo
todos sus objetivos. El ataque contra El Cairo se abandonó cuando los refuerzos
que había prometido el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico
II, no se materializaron. En agosto de 1221 los cruzados se vieron obligados a
rendir Damietta a los egipcios y en septiembre el ejército cristiano se dispersó
(cfr. Powell, J.M.: The Anatomy of a Crusade 1213-21, Pennsylvania,
1986).
El español Pelayo, legado papal, el mismo que
poco antes intentara la conversión al catolicismo de los griegos ortodoxos,
intentó hacia 1220 una alianza con Gengis Jan (1167-1227) para que el ejército
de los mongoles atacara por la espalda a los musulmanes. Pero este ataque no se
produjo hasta 1260 y no prosperó. En 1401 Tamerlán Timur (1336-1405) ocupará
Damasco, pero luego se convertirá al Islam y será un mecenas del arte y las
ciencias.
La Sexta Cruzada
El emperador de Sicilia Federico II
Hohenstaufen (1194-1250) hablaba seis idiomas, entre ellos el árabe, y había
estudiado el Corán así como numerosos tratados de sabios musulmanes. Por sus
simpatías hacia el Islam fue excomulgado tres veces (1227, 1239 y 1245) por los
pontífices Gregorio IX e Inocencio IV bajo los cargos de «islamófilo y
arabizante». En 1224 fundó la Universidad de Nápoles. Hizo traducir a Averroes y
consultaba a los sabios musulmanes de Oriente y Occidente. «La túnica con la
cual fue sepultado, estaba bordada en oro con inscripciones arábigas» (cfr.
Emir Emin Arslan: Los Arabes, Sopena, Buenos Aires, 1943, pág. 102).
Al producirse la sexta cruzada, Federico
marchó a Tierra Santa en junio de 1228. El sultán Malik al-Kamil (m. 1238),
sobrino de Saladino, asombrado de hallar un monarca europeo que entendía el
árabe y apreciaba la literatura, ciencia y filosofía islámicas, hizo una paz
favorable con Federico, y el 18 de febrero de 1229 Jerusalén fue entregado al
cuidado del emperador germánico.
Al mismo tiempo, el papa proclamó otra
cruzada, esta vez contra Federico; reclutó un ejército y procedió a atacar las
posesiones italianas del emperador. Federico regresó a Europa en mayo de 1229
para hacer frente a esta amenaza y derrotó al ejército papal.
Un contemporáneo de Federico y uno de los más
célebres Minnesänger (trovadores) alemanes, el caballero Wolfram von Eschenbach
(1165-1220), en su historia épica Willehalm, describe a los musulmanes
que luchan contra los cruzados bajo el signo de una humanidad entendida
generosamente (cfr. Pierre Ponsoye: El Islam y el Grial. Estudio sobre el
esoterismo del Parzival de Wolfram von Eschenback, Olañeta, Palma de
Mallorca, 1998).
Los mamelucos salvan el Islam: las hazañas de
Baibars
Mamluk es una
palabra árabe que significa «poseído», «gobernado», es decir esclavo de origen
no-musulmán. Los mamelucos, que al principio constituían una milicia de esclavos
provenientes de Turquía y Grecia (unos doce mil), fueron traídos a Egipto en el
siglo XIII por el sultán ayubita As-Salih, que hizo de ellos una especie de
guardia pretoriana, que ayudó a combatir eficazmente a los cruzados en
Palestina.(12)
El famoso héroe Ruknuddín Baibars (1223-1277),
apodado al-Bundukdarí ("El Ballestero"), que luego sería sultán y derrotaría en
repetidas ocasiones a los francos, sería el primer comandante y organizador de
la formación militar de los mamelucos.
Su carrera militar no tiene igual en ninguna
época islámica anterior o posterior. Solamente durante sus diecisiete años de
sultanato (1260-1277) realizó treinta y ocho campañas durante las cuales
recorrió cuarenta mil kilómetros (cfr Robert Irwin: The Middle East in the
Middle Ages: The Early Mamluk Sultanate, 1250-1382, Southern Illinois
University Press, Illinois, 1986.
Nueve veces luchó contra los mongoles, cinco
contra los armenios y tres contra los hashashiyyín ("los Asesinos"). Sólo
contra los francos luchó en 21 ocasiones, y salió vencedor en todas. A los
cruzados les logró capturar baluartes considerados inexpugnables, como los
castillos de Safed (mar de Galilea), en 1266, Beaufort de los templarios (a
orillas del Litani, sur del Líbano), en 1268, y el famoso Krak de los Caballeros
(al oeste de Homs, en Siria), en 1271. Además conquistó las ciudades de Arsuf,
Cesárea, Jaffa, Haifa,Torón y Antioquía. En 1270 envió a la flota mameluca a
atacar el puerto chipriota de Limassol en represalia por la ayuda constante de
la dinastía Lusignan (1191-1489) a los baluartes cruzados de Palestina y Siria.
En 1273 destruyó el castillo de los Asesinos en Masyaf (cerca de Hamah, en
Siria), donde residía Sinán (m. 1192), el llamado «Viejo de la Montaña» (Sheij
al-Ÿabal), y su siniestra organización.(13)
Su victoria más importante, sin embargo, fue
en el oasis de dunas de Ain Ÿalut ("La fuente de Goliat"), en la actual
localidad palestina de Ein Harod (a mitad de camino entre Afula y Bet She'an),
el 3 de septiembre de 1260. Ese día, el general Baibars y el sultán Qutuz
(g.1259-1260) derrotaron a un poderosísimo ejército mongol de cincuenta mil
hombres y diez mil jinetes enviado por Hulagú (el nieto de Gengis Jan) al mando
de Ketbogha. La estrategia de los mamelucos fue una copia casi exacta del ardid
por el cual el general cartaginés Aníbal Barca venció a los romanos en Cannas
(agosto, 216 a.C.). La infantería musulmana (unos veinte mil) al mando del
sultán Qutuz Ibn Abdullah aguardó fuera de la vista del enemigo mientras Baibars
y sus doce mil jinetes fingieron hacer un ataque masivo y luego retrocedieron.
Los mongoles persiguieron a lo que se retiraban, sin percatarse por la rapidez
de la acción y la polvareda reinante que eran conducidos al centro de una pinza
que se cerró inexorablemente en el momento preciso, mientras la caballería
mameluca giraba en redondo y contraatacaba. Ketbogha sucumbió en el combate. Esa
finta de Baibars consiguió el triunfo.
Esta batalla fue una de las más importantes de
la historia, comparable a la de Gaugamela (1 de octubre, 331 a.C.), por la que
Alejandro conquistó el Imperio persa, a la de Hastings (14 de octubre, 1066),
por la que Inglaterra pasó a manos de los normandos, a la de Waterloo (18 de
junio, 1815), por la que Napoléon fue definitivamente vencido, o a la del
Alamein (23 de octubre-4 de noviembre, 1942), por la que el Afrika Korps de
Rommel fue frenado y desbandado a las puertas de El Cairo. Dice el medievalista
británico Steven Runciman: «La victoria mameluca salvó al Islam de la amenaza
más peligrosa con que se había enfrentado nunca. Si los mongoles hubieran
penetrado en Egipto no habría quedado ningún estado musulmán importante en el
mundo al este de Marruecos» (S. Runciman: Historia de las cruzadas,
Alianza, Madrid, 1997, vol. III: "El Reino de Acre y las últimas cruzadas", pág.
289).
Es lícito especular acerca de lo que pudo
pasar en Ain Ÿalut si hubieran resultado los mongoles victoriosos, y sobre todo
cómo habría cambiado la historia del Mediterráneo, y con ella la civilización
del Islam, la cual hubiera prácticamente desaparecido. Recordemos que ya en ese
año crucial de 1260, grandes ciudades musulmanas como Bujará, Samarcanda, Gazni,
Herat, Merv, Nishabur, Hamadán, Tabriz, Mosul, Alepo, Damasco habían sido
saqueadas, casi destruidas y sus habitantes pasados a cuchillo o violados.
Los sabios del Islam con sus universidades
(madrasas). bibliotecas, observatorios, laboratorios y miles de descubrimientos
invalorables atesorados en seis siglos se perdieron para siempre y fueron
barridos del mapa. Solamente en Bagdad (tomada el 10 de febrero de 1258), los
mongoles mataron a no menos de un millón de musulmanes árabes y persas en
cuarenta días, o sea la mitad de la población: «Un mongol encontró en
una calle lateral a cuarenta niños recién nacidos, cuyas madres estaban muertas.
Como acto de clemencia, los mató, pues pensó que no podrían sobrevivir sin nadie
que los amamantase» (Steven Runciman, Historia de las Cruzadas. O.
cit. Vol. III, págs. 280-281). «Algunos mongoles —aseguran testigos
oculares—, destripaban cadáveres, los llenaban hasta el tope con alhajas
saqueadas y así desaparecían cabalgando, llevando delante suyo sobre la montura,
atravesados, estos espantosos recipientes para el transporte...El conquistador
recién se retiró un rato cuando se hizo insoportable el olor de los cadáveres al
bajar el fresco invernal... Sólo quedaron intactos los cristianos y las iglesias
cristianas. No únicamente porque las primeras mujeres de Hulagú eran cristianas.
Hulagú había entrado en una gran coalición con los cruzados, por medio del rey
(cristiano) de Armenia, que era suegro del príncipe cruzado Bohemond de
Antioquía» (Rolf Palm, Los árabes. La epopeya del Islam, Javier
Vergara, Buenos Aires, 1980, pág. 331).
Paradójicamente, a partir del jan Mahmud
Ghazán (g. 1295-1304) —restaurador del Islam en Irán—, los mongoles se harán
paulatinamente musulmanes y tendrán sabios y científicos de la talla de Ulug Beg
(1394-1449) —astrónomo, historiador, teólogo, poeta y mecenas de las artes—, y
políticos y guerreros como Zahiruddín Muhammad Babur (1483-1530) —fundador de la
dinastía mogol de la India musulmana (1526-1858), que revitalizarán y
consolidarán el Islam en el Lejano Oriente.
Baibars también se destacó como renovador
religioso y estadista. Prohibió la prostitución y las bebidas alcohólicas bajo
pena de muerte. En el campamento de turno y en el palacio de El Cairo o Damasco
denunciaba con su voz potente e imperturbable los males de la época y
recomendaba las soluciones apropiadas. Hizo construir escuelas, hospitales, un
estadio de tamaño olímpico, embalses y canales en el valle del Nilo, cocinas
populares, distribución anual de diez mil bolsas de cereal para beneficencia, e
implementó un servicio postal de cuatro días para una carta de El Cairo hasta
Damasco; eficiencia que hoy día rara vez se alcanza. La lista de sus obras
sociales es casi tan larga como aquélla de sus empresas militares.
Los mamelucos llevaban siempre encima dos o
tres arcos con sus correspondientes cuerdas, y eran tan estupendos arqueros que
cuando tiraban flechas de espaldas, es decir, al retirarse, éstas eran tan
mortales como las que tiraban por delante (cfr.G. Rex Smith: Medieval Muslim
Horsemanship, The British Library, 1979).
El famoso historiador musulmán tunecino Ibn
Jaldún (1332-1406) describe con precisión uno de los secretos tácticos de estos
guerreros temerarios: «Oímos decir que la técnica de combate de las naciones
turcas contemporáneas [se refiere a potencias militares como los mamelucos
egipcios y sirios, y los epígonos turcomanos de los mongoles en Irak y Persia]
se basa en disparar flechas. Su orden de batalla consiste en una formación en
líneas sucesivas. Desmontan de sus caballos, vacían sus carcajs en tierra ante
sus pies y van disparando las flechas arrodillados o a gachas. Cada línea
protege a la delantera contra los ataques del enemigo, hasta que uno de los
lados alcanza la victoria. Este tipo de orden de batalla es verdaderamente
notable» (cfr. Ibn Jaldún: Introducción a la historia universal.
Al-Muqaddimah, FCE, México, 1977).
Gracias a estas pericias y a una perfeccionada
estrategia y disciplina militar, los mamelucos en menos de treinta años
vencieron la doble y terrible amenaza de cruzados y mongoles. El sultán mameluco
Qalawún al-Alfi, que gobernó entre 1279-90, emprendió una primera ofensiva
contra los cristianos, tomando la fortaleza de Montreal (al-Shawbak). En 1289
logró reconquistar la importante plaza fuerte de Trípoli, donde perdieron la
vida siete mil soldados francos. Qalawún fue un gran constructor y mandó
restaurar las ciudades de Alepo, Damasco y Baalbak, dañadas por los cruzados. Su
hijo y sucesor al-Jalil (que gobernó entre 1290-93) coronó la obra de sus
antecesores con la toma de la fortaleza de Acre en 1291, después de un asedio de
mes y medio, luchando a brazo partido con los caballeros templarios que la
ocupaban. Guillermo de Clermont, gran maestre de la orden de San Juan, encontró
la muerte cuando luchaba por su hospital. La gran torre de los templarios fue
socavada y se desplomó, enterrando a los que la defendían. Los cuatro últimos
puertos, Tiro, Sidón, Beirut y Tortosa, fueron evacuados sin combate por los
francos, lo cual significó el fin de las cruzadas.
En 1300, los mongoles ocuparon Damasco y
penetraron profundamente en Palestina. Cuando ya habían llegado a Gaza, puerto
de la frontera egipcia, los mamelucos se recobraron, pasaron a la ofensiva, y en
1303 derrotaron a los invasores en dos batallas, en Marsh al-Suffar, al sur de
la capital siria, y cerca de Homs, en el valle de Orontes.
Es justo y necesario reivindicar el papel que
cupo a los mamelucos en salvaguardar el territorio de los musulmanes. Sin ellos,
el avance de los mongoles (que ya había destruido el califato de Bagdad en 1258)
hubiera sido incontenible y Egipto, Siria y Palestina hubieran sido totalmente
arrasados. Por otra parte, los mamelucos fueron notables arquitectos. Sus
mezquitas y santuarios embellecieron El Cairo y fijaron un estilo arquitectónico
islámico con características originales que hoy sorprenden gratamente a los
estudiosos (cfr. Henri y Ann Stierlin: Splendours of an Islamic Civilization.
The Eventful Reign of the Mamluks, Tauris Parke Books, Londres/Nueva York,
1997; Henri Stierlin: Islam. Volume II: From the Mamluks of Cairo to the
Nasrids of Granada, Taschen, Köln, 1998.
12Los
esclavos que componían la institución mameluca dominante habían llegado a Egipto
y Siria en calidad de paganos, llevados por venecianos y genoveses y otros
mercaderes para ser vendidos allí. El apodo del sultán Qala'ún al-Alfi (g.
1279-1290) suele interpretarse por el hecho de que había costado mil (alf)
dinares, mientras que el gran Baibars, azote de cruzados y mongoles, sólo se
pagaron cuarenta dinares, porque tenía un defecto en un ojo. Los jóvenes
mamelucos que compraban los sultanes ayubíes recibían una concienzuda educación
islámica y buena preparación militar en colegios especiales de El Cairo, y
cuando, al cabo de de varios años, salían de ellos completamente transformados,
se enrolaban en el cuerpo de los mamelucos reales y recibían la libertad,
caballos y el equipamiento debido, además de una tenencia de tierra que les
permitía vivir independientemente. En su mejor momento, el soldado mameluco de
caballería era notable por su pericia ecuestre y por su habilidad en el manejo
de las armas, en particular el arco y la lanza. Las tropas mamelucas mantenían
su alto nivel de manejo de armas con prácticas, entrenamientos y ejercicios en
varios terrenos especialmente acotados que había en torno a el Cairo, y la
literatura que ha llegado hasta nosotros sobre estos «ejercicios caballerescos»
(furusiyya) nos da descripciones detalladas de los procedimientos a
seguir, junto con útiles ilustraciones del equipamiento a usar. Había ejercicios
coordinados de caballería y juego de polo y esgrima, de lucha libre y de
arquería. Conviene también mencionar en este punto la importancia que tuvieron
los períodos ayubí y mameluco en el desarrollo de la heráldica. Durante estos
períodos, los grandes emires usaban blasones que el sultán les había concedido a
título individual. Las palabras árabes con que se designaban estos blasones eran
rank
(derivada de una palabra persa: rang, que significa "color" y que originó
el término "rango" como expresión de jerarquía —en inglés se dice rank) y
shi'ar, que quiere decir «emblema». Estas divisas parecen tener origen en
los cargos de la casa o la administración del sultán que ostentaban esos emires;
así, por ejemplo, el maestre de polo ostentaba palos de polo, etc. A mediados
del siglo XIV, un monje irlandés viajero, émulo de San Brendan (486-578),
presenció en El Cairo un gigantesco partido de polo jugado por seiscientos
caballeros mamelucos (trescientos por bando) que era muy similar al (hurling)
que «jugaban los pastores en los países cristianos con una bola y un palo
curvo, excepto que el sultán y sus nobles nunca golpeaban la bola a menos que
estuvieran montados a caballo... Esto provocaba que muchos caballos y caballeros
quedasen incapacitados para el servicio activo en el futuro». El sultán
Aibak (g. 1250-1257), esposo de Shaÿar ad-Durr (1217-1257), era un entusiasta
y formidable jugador de polo.
13
Los nizaríes fueron una rama de la secta ismailí. Partidarios de Nizar, uno de
los hijos del califa fatimí al-Mustansir (g.1038-1094) se convirtieron en
disidentes y enemigos de los fatimíes, ayubíes y mamelucos. Tuvieron cierto
desarrollo en Egipto, Siria e Irán entre los siglos XI y XIII. De su seno surgió
un movimiento conocido en Occidente como los «Asesinos» (en árabe
hashashíyyín "drogados de hachís"), que tomarían dos fortalezas
convirtiéndolas en sus bases operacionales, una en Alamut, en las montañas del
norte de Irán, en 1090, y otra en Masyaf, cerca de Hamah, Siria, en el siglo
XII. Su objetivo era eliminar a las principales personalidades religiosas,
militares y políticas musulmanas o conseguir dinero de ellas a cambio de
«protección». Esta verdadera maffia fue combatiza tenazmente por el sultán
Saladino y sus sucesores. Alamut fue conquistada por los mongoles de Hulagú en
1256 quienes, paradójicamente, liberaron al gran sabio y astrónomo Nasiruddín
at-Tusí (1201-1274) de la escuela shií que se hallaba prisionero en las
mazmorras de esos criminales. No confundirlos con los nusairíes, otro grupo
sincrético escindido del ismailismo, fundado en Irak por Muhammad Ibn Nusair en
859.
La Séptima Cruzada
Transcurrieron casi 20 años entre la Cruzada
de Federico y la siguiente gran expedición al Próximo Oriente, organizada y
financiada por el rey Luis IX de Francia y motivada por la reconquista de
Jerusalén por parte de los musulmanes en 1244. Luis pasó cuatro años haciendo
cuidadosos planes y preparativos para su ambiciosa expedición. A finales de
agosto de 1248, Luis y su ejército marcharon hasta la isla de Chipre, donde
permanecieron todo el invierno y continuaron los preparativos. Siguiendo la
misma estrategia que la quinta Cruzada, Luis y sus seguidores desembarcaron en
Egipto, el 5 de junio de 1249, y al día siguiente tomaron Damietta. El siguiente
paso en su campaña, el ataque a El Cairo en la primavera de 1250, acabó siendo
una catástrofe. Los cruzados no pudieron mantener sus flancos, por lo que los
egipcios retuvieron el control de los depósitos de agua a lo largo del Nilo. Los
musulmanes egipcios abrieron las esclusas, provocando inundaciones, que
atraparon a todo el ejército cruzado, y Luis IX fue forzado a rendirse en abril
de 1250. Tras pagar un enorme rescate y entregar Damietta, Luis marchó por mar a
Palestina, donde pasó cuatro años edificando fortificaciones y consolidando las
defensas del reino latino. En la primavera de 1254 regresó con su ejército a
Francia.
La Octava Cruzada
El rey Luis IX también organizó la última gran
Cruzada, en 1270. En esta ocasión la respuesta de la nobleza franca fue poco
entusiasta y la expedición se dirigió contra la ciudad de Túnez y no contra
Egipto. Acabó súbitamente cuando Luis murió en Túnez en el verano de 1270. Poco
después fue canonizado, probablemente por las caritativas palabras de la
consigna impartida a sus soldados: «hacer entrar la espada en el vientre de
los infieles tanto como quepa» (cfr. Jean de Joinville: The Life of St.
Louis, trans. Shaw, M.R.B., Joinville and Villehardouin, Chronicles of the
Crusade, Harmondsworth, 1963.
Mientras tanto, las fortificaciones
fronterizas que todavía le quedaban al Imperio Latino en Siria y Palestina se
vieron sometidas a una presión incesante por parte de las fuerzas egipcias. Una
a una, las ciudades y castillos de los estados cruzados cayeron en manos de los
potentes ejércitos mamelucos. La última plaza fuerte, la ciudad de Acre fue
tomada el 18 de mayo de 1291 y los pobladores cruzados, junto con las órdenes
militares de los Caballeros Templarios y los Caballeros Hospitalarios, buscaron
refugio en Chipre. Alrededor de 1306, estos últimos se establecieron en la isla
de Rodas, la cual administraron como un virtual Estado independiente y fue la
última plaza fuerte en el Mediterráneo hasta su rendición a los otomanos en
1522. En 1570, Chipre, por aquel entonces bajo la soberanía de Venecia, también
fue conquistada por los otomanos. Los otros estados latinos que se establecieron
en Grecia como consecuencia de la cuarta Cruzada sobrevivieron hasta la mitad
del siglo XV.
LAS CONSECUENCIAS DE LAS CRUZADAS
La expulsión de los latinos de Tierra Santa no
puso fin a los esfuerzos de los cruzados, pero la respuesta de los reyes
europeos y de la nobleza a nuevas convocatorias de Cruzadas fue débil, y las
posteriores expediciones se llevaron a cabo sin ningún éxito. Dos siglos de
Cruzadas habían dejado poca huella en Siria y Palestina, salvo numerosas
iglesias, fortificaciones y una serie de impresionantes castillos (ciento dos en
total), como los de Margat (al-Marqab), en la costa de Siria, Montreal, en la
Transjordania, el Krak de los Caballeros, cerca de Trípoli (edificado
sobre una primitiva fortaleza llamada en árabe Hons al-Akrad), y tal vez el más
imponente, con capacidad para una guarnición de dos mil hombres, y Belfort, a
orillas del río Litani (sur del Líbano).
Se calcula que las cruzadas que tuvieron lugar
entre 1095 y 1291 debieron costar en total unos dos millones de vidas humanas, o
sea un 7% del total de la población europea que, en la Edad Media oscilaba en
los 28 millones de personas.
Pero Occidente no aprendió la lección de las
cruzadas; la caída de Acre no fue más que un breve paréntesis, no un final
definitivo. Las cruzadas continuaron, con sus derramamientos de sangre, sus
muertes y sus saqueos. En octubre de 1365, el franco Pedro I de Chipre
(1329-1369) de la dinastía Lusignan, asaltó Alejandría en Egipto por sorpresa,
asesinando a veinte mil de sus habitantes y llevándose a cinco mil cautivos
musulmanes y judíos.
Los efectos de las Cruzadas se dejaron sentir
principalmente en Europa, no en el Cercano Oriente. Los cruzados habían
apuntalado el comercio de las ciudades italianas, habían generado un interés por
la exploración del Oriente y habían establecido mercados comerciales de duradera
importancia.
Los experimentos del Papado y de los monarcas
europeos para obtener los recursos monetarios para financiar las Cruzadas
condujeron al desarrollo de sistemas de impuestos directos de tipo general, que
tuvieron consecuencias a largo plazo para la estructura fiscal de los estados
europeos. Aunque los estados latinos en el Oriente tuvieron una corta vida, la
experiencia de los cruzados estableció unos mecanismos que generaciones
posteriores de europeos usarían y mejorarían, al colonizar los territorios
descubiertos por los exploradores de los siglos XV y XVI.
Sin duda alguna, el intercambio de valores
materiales y espirituales entre el Islam y Occidente se inició mucho antes de
las Cruzadas. Los aportes culturales y científicos de los musulmanes habían
comenzado a fluir a la Europa cristiana en el siglo VIII y IX desde la España
musulmana, Sicilia y a través de Bizancio. Sin embargo, las cruzadas aumentaron
esto considerablemente. Por ejemplo, en los siglos XII y XIII plantas y frutas
hasta entonces desconocidos en el continente europeo como el arroz, el trigo
sarraceno, las sandías, los melones, las berenjenas, las naranjas, los limones,
los damascos y los albaricoques, así como la caña de azúcar, comenzaron a
sembrarse. En Italia comenzó a fabricarse por la misma época modelos musulmanes:
aparecieron la muselina, la damasquina, el percal y los tapices.
«Sabemos mejor hoy día que, en la Edad
Media, el Cristianismo y el Islam no tan sólo se enfrenatron, y que,
enfrentándose, no tan sólo se combatieron. Señales concordantes y ciertas
atestiguan que hubo, entre sus minorías responsables, más allá del anatema y el
combate, no sólo intercambios, superficiales u ocasionales, sino una conjunción
espiritual auténtica, en la que la intelectualidad islámica desempeñó, durante
siglos, el papel inspirador y guía.» (Pierre Ponsoye:
El Islam y el Grial. Estudio sobre el esoterismo del Parzival de Wolfram von
Eschenback, José J. De Olañeta, Palma de Mallorca, 1998, pág. 13).
En otros rubros, la brújula y la pólvora
fueron conocidas antes de terminar las Cruzadas y es evidente que provinieron
del Oriente a través del Islam.
Historiadores como Guillermo de Tiro
(1130-1185) hablaban de la civilización musulmana con un respeto, a veces con
una admiración, que habría escandalizado a los monjes y guerreros de la primera
cruzada.
Cuando, después de 1250, los monjes y
templarios solicitaban fondos para nuevas Cruzadas, algunos oyentes, con amarga
ironía, llamaban a los pobres y les daban limosna en nombre del Profeta
Muhammad, pues Mahoma —decían— había probado ser más fuerte que la fe de los
cruzados.
Los médicos cristianos aprendieron de los
profesionales musulmanes y la cirugía occidental sacó un gran provecho de las
cruzadas.
La influencia del Islam a través de las
cruzadas llegó incluso a transformar los hábitos y la liturgia del cristianismo.
Por ejemplo, el rosario (en árabe masbaha y tasbih), utilizado por
los musulmanes para sus súplicas y la glorificación de los 99 nombres o
atributos divinos, fue adoptado por Santo Domingo de Guzmán (1170-1221),
fundador de la orden de los dominicos, e incorporado a la práctica cristiana.
Seda, azúcar, especias como pimienta,
jengibre, clavo, canela, cardamomo, raros lujos en la Europa del siglo XI,
comenzaron a llegar en abundancia a la Europa del siglo XIII y XIV. Espejos de
cristal azogado reemplazaron a los de bruñido cobre o hierro.
Las Cruzadas habían comenzado con un
feudalismo agrario inspirado en los apetitos desmedidos del clero y los nobles,
mezclado con el salvajismo germánico bajo el manto de sentimiento religioso.
Gracias a su contacto con el Islam, los europeos terminaron doblemente
beneficiados, con la ascensión de la industria y la expansión del comercio al
Oriente, en una revolución económica que anunció y sostuvo el Renacimiento.
Sin embargo, para el Oriente musulmán, las
cruzadas fueron una terrible calamidad. Los cruzados, durante muchas décadas,
arruinaron los países musulmanes y sembraron la muerte y la desolación entre sus
pueblos. Los crueles francos, ávidos buscadores de riquezas, se hicieron
merecedores, por derecho propio, al odio y al desprecio del Islam. El término
árabe y persa franyi o farangi (franco) quedó como sinónimo de
extranjero perverso y ladrón hasta nuestros días.
La Enciclopedia Británica, obra de renombre
universal, fundada en Escocia (Reino Unido) y desde hace unos años editada en
Estados Unidos, es muy crítica sobre el resultado de las cruzadas: «Un
resultado trágico de las cruzadas —dice— fue la destrucción del Imperio
Bizantino y de su civilización». Como se recordará, los integrantes de la
Cuarta Cruzada, asaltaron la ciudad y la sometieron al pillaje.
Un segundo resultado de las cruzadas es para
la Enciclopedia Británica el triunfo militar del Islam. No sólo fueron
expulsados los cristianos del Medio Oriente, sino que el Islam fue llevado por
los turcos otomanos a los Balcanes en los siglos XIV y XV, y hasta las puertas
de la msima Viena en los siglos XVI y XVII. La misma Enciclopedia Británica
culpa a los cruzados por su brutal tratamiento hacia los musulmanes, del
endurecmiento de éstos hacia los cristianosm siendo que antes se habían
comportado con mucha tolerancia. Los cruzados además deben compartir con los
mongoles la responsabilidad por la constante destrucción o aniquilamiento de las
aristocracias musulmanas, que fueron reducidas gradualmente desde su condición
de grupos ilustrados y urbanos a un estrecho cónclave de religioso
conservantismo en que el estudio científico y humanista declinó
considerablemente.
Al término de las cruzadas el liderazgo
intelectual había pasado de los musulmanes a la Europa Occidental, pero esto no
fue tanto el resultado de las cruzadas, sino de la transferencia del saber
islámico a través de España y Sicilia. Asimismo, estas influencias posibilitaron
más tarde el Renacimiento.
La caballería islámica
Resta hablar brevemente sobre las influencias
de la caballería islámica en la literatura caballeresca y libros de caballería
en Europa. Al respecto, es famoso el «Libro de la orden de caballería» (Alianza,
Madrid, 1986) del escritor y arabista catalán Ramon Llull (1235-1315). Pero, el
ejemplo más evidente y comprobable es El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la
Mancha. Su autor, Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), muy
probablemente un criptomusulmán, confiesa en la propia obra que ésta en realidad
se trata de un manuscrito árabe de un historiador moro llamado Cide Hamete
Benengeli (cfr. Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, 2 vols.
Vol. 1. Capítulo IX: Hallazgo del manuscrito de Cide Hamete, RBA
Editores, Barcelona, 1994, págs. 165-171). «En tres capítulos casi
consecutivos —el 27, el 44 y el 53 de la II parte del Quijote—, Cervantes
perfila ese algo sutil y tal vez inquietante de un moro medio "católico
cristiano" y "filósofo mahomético", con lo que su creación de Cide Hamete
—"verdadero autor" frente al falso y pacato Avellaneda— se hace más compleja y
dialéctica» (Emilio Sola y José F. De la Peña: Cervantes y la Berbería.
Cervantes, mundo turco-berberisco y servicios secretos en la época de Felipe II,
FCE, México, 1995, pág. 208).
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