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AVERROES Y EL AVERROÍSMO
«No existe peor mal en el gobierno social que aquella política
que hace de una sola sociedad varias, al igual que no hay mayor bien en las
comunidades que aquello que las reúne y unifica (...) Por esto se dice
que la unión de los hombres tiene sus ventajas y que nada hay que produzca
mayores males y confusión en la sociedad que cuando un individuo dice algo
concreto: esto es mío y eso no lo es» (Averroes: Exposición de la
«República» de Platón).
La vida de Averroes (según
Miguel Cruz Hernández, profesor emérito del departamento de Islam y Arabismo y
catedrático de Semíticas de la Universidad Autónoma de Madrid)
El abuelo de Averroes, Abu-l-Walid Muhammad
Ibn Rushd, llamado al-Ÿidd ("el Abuelo"), fue un importante jurista
maliki. Nació el año 450/1058-9; entre 511-515/1117-1121 fue qadi al-ÿama'
de Córdoba, cargo que luego ocuparían también su hijo, su nieto y uno de sus
biznietos. Dicho puesto de juez mayor revestía una cierta notoriedad debido a su
triple carácter: visirial, religioso y jurídico; tenía, pues, rango honorífico
de ministro y miembro del consejo real y podía dirigir la plegaria solemne de
los viernes.
Hacia 1120 fue destituido del cargo, pero esta
deposición fue muy breve, ya que pronto recuperó su influencia e intervino en
favor de Ibn Baÿÿa o Avempace (1070?-1139), cuando éste fue encarcelado en
Sevilla. El 20 de safar de 520/17 de marzo de 1126, se trasladó a Marrakesh para
advertir al sultán almorávide Alí Ibn Yusuf Ibn Tashufín de la peligrosa
situación creada por la famosa aceifa de Alfonso VII, que llegó hasta Almería, y
de la ayuda que le habían prestado los mozárabes andalusíes. Murió el 21 de
dhu-l-qa'da del 520/8 de diciembre de 1126, miércoles , al parecer cuando ya
había nacido su nieto.
Su hijo, padre de Averroes, Abu-l-Qasim Ahmad
Ibn Rushd, nació el año 487/1094 y murió el 564/1168. También fue qadi
al-ÿama'
de Córdoba.
Abu-l-Walid Muhammad Ibn Ahmad Ibn Rushd
al-Hafid ("el Nieto") nació el año 520/1126. Recibió la tradicional
formación alcoránica, la jurídica y la médica. Entre sus maestros se citan a los
alfaquíes Abu Muhammad Ibn Razak y Abu Marwán Ibn Murra, y los médicos Abu
Ÿa'far Ibn Harún de Trujillo y Abu Marwán al-Balansí ("el Valenciano"). En
cuanto a la filosofía, el único maestro posible fue su amigo y protector Ibn
Tufail (1110-1185). La iÿaza (licentia docendi) debió recibirla
hacia 1141, casándose entre 1146 y 1153.
El año 558/1163 subió al trono Abu Ya'qub
Yusuf Ibn Abd al-Mu'min, hombre culto y que, según al-Marrakushí se rodeó de una
corte de letrados, científicos y pensadores, entre ellos Ibn Tufail, cuya
influencia fue muy importante y duró hasta su muerte. A finales de 1168 o
principios de 1169, Ibn Tufail presentó a Ibn Rushd ante el sultán almohade. El
historiador Abd al-Wahid al-Marrakushí (1185-1224) en su crónica al-Muÿib fi
taljís ajbar al-Magrib (ed. Dozy y otros, Leyden, 1968, págs. 174-175),
escribe lo siguiente:
Abu Bakr Ibn Tufail no cesó de congraciarse
con los sabios y de atraer sobre ellos la atención, los favores y los elogios
del soberano almohade. Fue él quien recomendó a Abu-l-Walid Muhammad Ibn Ahmad
Ibn Muhammad Ibn Rushd, que desde este momento fue ya conocido y apreciado. Su
discípulo Abu Bakr Bundud Ibn Yahya al-Qurtubí me ha dicho haber oído muchas
veces al sabio Abu-l-Walid Ibn Rushd contar lo siguiente:
Cuando fui introducido delante del Príncipe de los
Creyentes Abu Ya'qub, lo encontré acompañado tan sólo de Abu Bakr Ibn Tufail.
Abu Bakr se dedicó a hacerme el elogio, hablando de mi familia y de mis
antepasados y añadiendo benévolamente elogios de mí, que yo no merecía desde
luego. El Príncipe de los creyentes, después de haberme preguntado mi nombre, el
nombre de mi padre y el de mi linaje, trabó conmigo coversación haciéndome la
siguiente pregunta:
—¿Qué opinan del cielo? (los filósofos, quería
decir); ¿lo creen eterno o engendrado?
Lleno de confusión y de temor traté de
soslayar la respuesta, y negué el que me dedicara a la filosofía, ya que
ignoraba lo que Ibn Tufail había tratado con él. El Príncipe de los creyentes
advirtió mi temor y mi confusión, y volviéndose hacia Ibn Tufail se puso a
hablar de la cuestión que me había planteado, recordando lo que habían dicho
Aristóteles, Platón y todos los filósofos, y citó también los argumentos
opuestos por los musulmanes contra ellos. Así pude comprobar en él una erudición
que jamás hubiera sospechado ni aun en ninguno de los que ordinariamente se
ocupan de estas materias. E hizo tanto y tan bien para tranquilizarme, que acabé
por hablar; y así pude saber lo que yo tenía que decir. Cuando me retiré, hizo
enviarme un regalo en dinero, un magnífico vestido de honor y una cabalgadura
(...) Este mismo discípulo me refirió de Rushd las palabras siguientes:
Abu Bakr Ibn Tufail me mandó llamar un día y me dijo:
—He oído al Príncipe de los creyentes quejarse
hoy de la oscuridad del estilo de Aristóteles, o del de sus traductores, y de la
dificultad para comprender sus doctrinas. Si estos libros —decía el califa—
encontrasen alguien que los comentase y expusiese su sentido tras haberlo
compredido perfectamente, entonces se podría uno consagrar a su estudio. Si
tienes fuerza para un trabajo de este tipo —me dijo entonces Ibn Tufail—, debes
emprenderlo, y sé que podrás rematarlo, ya que conozco tu inteligencia, tu
lucidez mental y tu gran afición para el estudio. Lo que impide encargarme de
esta empresa yo mismo, es la mucha edad que ya ves que tengo y, además, las
ocupaciones propias de mi cargo de visir y médico de la cámara del sultán y mis
cuidados, eso sin contar con otras ocupaciones más graves.
Ved, pues, —añadió Ibn Rushd—, lo que me llevó
a escribir mis comentarios a los diversos libros del filósofo Aristóteles.
Las consecuencias de la presentación fueron
decisivas: el aprecio por parte del califa, su nombramiento como qadi
al-ÿama'
de Sevilla (565/1169), como médico principal de cámara y qadi al-ÿama' de
Córdoba (578-1182), como había sido su abuelo y su padre, y finalmente la
confirmación de estos cargos por su sucesor Abu Yusuf Ya'qub al-Mansur
(580-1184). Siendo cadí de Sevilla escribió, o al menos terminó, los Ÿawami'
o exposiciones compendiadas de la fálsafa sobre los De generatione animalium
y De partibus animalium de Aristóteles; pero durante su período
sevillano, del que dejó grato recuerdo en aquella, hizo frecuentes viajes a
Córdoba, donde al parecer tenía su biblioteca de trabajo, y a Marrakesh. En esta
última ciudad redactó una parte del tratado De substantia orbis
(574/1178); y antes de esa fecha había escrito todos los Taljisat, excepto dos:
sobre la República de Platón y De las fiebres de Galeno. A partir del 580/1184
sus contactos con al corte son muy frecuentes, tanto en Marrakesh como en
Córdoba, ya que Abu Yusuf Ya'qub al-Mansur pasó a la Península para frenar las
constantes aceifas de los castellanos. En estas ocasiones Ibn Rusd reside en
palacio, conversa a menudo con el califa de temas científicos, y, según los
biógrafos la intimidad entre ambos era tal que el pensador cordobés llamaba a su
soberano áji ("hermano mío").
El domingo 18 de junio de 1195/8 de raÿab de
591, Abu Yusuf Ya'qub al-Mansur derrotó completamente a Alfonso VIII de Castilla
en la batalla de la fortaleza de Alarcos (cerca de la actual Ciudad Real, en la
comunidad autónoma de Castilla-La Mancha). Poco después, a fines del referido
año, se abre un proceso a Ibn Rushd que terminaría con la condena de sus
escritos y el destierro a Lucena (cerca de Córdoba), ciudad famosa por albergar
la más importante de las comunidades judías, que duraría algo más de dos años,
pues a comienzos del 594/1198 le es levantado, regresando a Marrakesh. Ibn Rushd
murió en esta ciudad del sur marroquí el 9 de safar del año 595/jueves 10 de
diciembre de 1198, a la edad de 72 años solares.
El cadáver de Ibn Rushd fue depositado durante
tres meses en el cementerio de la puerta de Tangazut, para ser más tarde
trasladado, donde fue enterrado junto a las tumbas familiares en el cementerio
de Ibn Abbás. El gran sabio y místico murciano Ibn Arabi (1165-1240), testigo
personal de su entierro, escribió:
«Y ya no volví a encontrarme con él hasta que
murió Ibn Rushd.. Sucedió esto en el año 595, en la ciudad de Marrakesh, y fue
trasladado a córdoba donde está su sepultura. Cuando fue colocado sobre una
acemila el ataúd que encerraba su cuerpo, pusiéronse sus obras en el costado
para que le sirvieran de contrapeso. Estaba yo allí parado y dije para mis
adentros: A un lado va el maestro y a otro van sus libros. Mas dime: sus
anhelos, ¿viéronse cumplidos?» (Futuhat al-Makiyya)
Tuvo Ibn Rushd varios hijos, cuando menos
cuatro, pues los biógrafos citan los nombres de dos y agregan que otros fueron
cadíes en distintos lugares de al-Ándalus. El más famoso fue Abu Muhammad
Abdallah Ibn Abu-l-Walid Ibn Rushd, jurista y médico, siéndolo de cámara del
sucesor de Abu Yusuf Ya'qub al-Mansur (g. 1184-1199), llamado Abu Abdallah
Muhammad al-Nasir (g. 1199-1214). El otro hijo del que nos ha sido conservado el
nombre es Abu-l-Qasim Muhammad Ibn Abu-l-Walid Ibn Rushd; fue cadí y murió en
622/1225. Los biógrafos citan el nombre de un nieto del gran pensador cordobés,
llamado Yahya Ibn Muhammad Ibn Rushd, que también fue jurista.
La fama de Ibn Rushd sólo alcanzó al occidente
islámico o latino. Ibn Arabi nos ha conservado el testimonio del interés de Ibn
Rushd por la observación directa. De creer al famoso místico, el pensador
cordobés habría conseguido que el padre de Ibn Arabi mandase a éste a casa del
filósofo para conocerle:
«Cierto día en Córdoba entré en casa de
Abu-l-Walid Ibn Rushd, qadi de la ciudad, que había mostrado deseos de conocerme
personalmente, porque le había maravillado mucho lo que había oído decir de mí,
por eso mi padre, que era uno de sus íntimos amigos, me envió a su casa para dar
ocasión a que Ibn Rushd pudiese conversar conmigo. Así que hube entrado cuando,
levantóse del lugar donde estaba y, dirigiéndose hacia mí con grandes muestras
de cariño y consideración, me abrazó».
El gran bardo cordobés Muhammad Ibn Abdulmalik
Ibn Quzmán (1078-1160), que cultivó la poesía y perfeccionó el género del zéjel
inventado por Avempace (1070?-1139), ha dedicado a Ibn Rushd el zéjel 106 de su
Cancionero (cfr. Emilio García Gómez: Todo Ben Quzmán, 3 vols., Madrid,
1972):
«Cuando de generosidad se trata, pensad en
Abu-l-Walid Ibn Rushd, hombre de aspiraciones muy altas y de intenciones puras;
todo el que no sabe acude a él. Las buenas cualidades de su familia arraigaron
en él, que parecerse a los suyos no es afrenta; bien inmediata es la herencia de
las virtudes de su antepasado. No basta que fuese ilustre su abuelo, el gran
cadí, ¿no ves cómo se continúa la alcurnia? También el nombre es Muhammad, y la
pérdida del abuelo se ha compensado con el nieto».
En 586/1190 las obras de Ibn Rushd habían
llegado a Egipto, pues Maimónides (1135-1204) dice haberlas visto allí, aunque
no infuyeron en el pensamiento del gran rabí judío, fuertemente neoplatónico e
inclinado por las posiciones ideológicas de al-Farabí y de Ibn Baÿÿa. De todos
modos Ibn Rushd no tuvo eco en el Islam sunní. Muchos de los manuscritos
orientales del pensador cordobés que han llegado hasta nuestros días son persas
e indios, ya que el Islam shií fue mucho más receptivo para el pensamiento. La
fama de Ibn Rushd —ya convertido en Averroes— en el pensamiento medieval y
renacentista, fue extraordinaria. La llegada de sus escritos a París a
principios del siglo XIII cambiaron el rumbo de toda la Escolástica, se trate de
santo Tomás de Aquino o de los averroístas latinos. El averroísmo político es
uno de los hechos capitales para la estructuración del espíritu laico que
culminará con el Renacimiento. No debe extrañar el elogio del Dante (1265-1321)
y su conocimiento del pensamiento averroísta:
Averroís, che 'l gran commento feo
«Averroes, el que hizo el gran comentario»
(Infierno IV, 121-144).
Un andalusí de pura cepa
El texto del edicto del califa Yusuf Ya'qub
al-Mansur condenandi la filosofía y la ciencia, y concretamente a Ibn Rushd, fue
redactado por Abu Abdallah Ibn Ayyas y, como en otros casos, se trata de un
farragoso y barroco texto lleno de los habituales cargos de impiedad religiosa.
Sólo un alfaquí, el cadí Abu Abdallah al-Usulí, se atrevió a defender con valor
a Ibn Rushd, por lo cual acabó siendo incluido en la condena y anatemizado con
aquel en la mezquita aljama. Ya en el destierro, los alfaquíes y ulemas se
encarnizaron con el gran pensador musulmán cordobés, y los poetas le dirigieron
los dardos de sus sátiras.
En realidad la persecución a Averroes tuvo un
origen político. El islamólogo holandés Reinhart Pieter Anne Dozy (1820-1883),
autor del pormenorizado trabajo Historia de los musulmanes en España
(Ediciones Turner, Madrid, 1984, 4 vols.), con su habitual agudeza, demuestra el
origen andalusí de los Banu Rushd. El simple análisis de los textos de Ibn Rushd
demuestran su origen andalusí. Así, según Abu-l-Fadl at-Tifasí, Ibn Rushd e Ibn
Zuhr disputaron ante Yusuf Yaqub al-Mansur sobre las excelencias de sus
respectivas ciudades natales. La discusión la finaliza así nuetsro filósofo:
«Muere un sabio en Sevilla, y, si su familia
ha de vender sus libros, tiene que llevarlos a Córdoba, donde hallará venta
segura; por el contrario, cuando muere un músico en Córdoba hay que ir a Sevilla
para enajenar sus instrumentos» (Al-Maqqarí).
Es el mejor modo que el pensador tenía para
alabar su patria chica sin ofender a los sevillanos, pues Ibn Rushd gustaba
mucho de la música, al decir de sus biógrafos. Agréguense los piropos que dedica
al cabello de los andalusíes, ni tan hirsuto y rubio como los nórdicos, ni tan
rizado y oscuro como el de los africanos. Hasta la lana de las ovejas de
al-Ándalus es más fina que la de otras regiones. Y todo ello en razón de las
excelencias de la situación geográfica de al-Ándalus. Así, frente a las
opiniones de sus maestros griegos y a los elogios de los literatos árabes, ni
hay tierras mejores que las de al-Ándalus, ni hombres más inteligentes que los
andalusíes (Taljís
sobre "De los temperamentos de Galeno", Ms. B. Escorial, 884, ff. 50). Mientras
los historiadores y los literatos árabes alaban hasta el empalago las virtudes
raciales y la belleza de los árabes puros, Ibn Rushd los ve muy por debajo de
los andalusíes capaces de asimilar e integrar a árabes y bereberes, de darles
sus buenas cualidades y prestancia y hasta de capacitarles para el quehacer
intelectual. El desarrollo de las ciencias entre los árabes y bereberes no
procedía del hecho de social de haber pasado de guerreros y beduinos a hombres
urbanizados y sedentarios, sino a su asimilación natural a los andalusíes. Ibn
Rushd se precia de la vida urbana de Córdoba; la vida pública como cadí de
Sevilla, que no rechaza, le preocupa en cuanto que puede ocasionar deficiencias
en sus obras, debido a la falta de libros y de tiempo, y escasez y poca
habilidad de los copistas. Que procuró servir se sabe por sus expresiones y más
aun por el esfuerzo de los sevillanos para conseguir la vindicación y el perdón
de Ibn Rushd.
Cocinando con Averroes
Una lectura un poco cuidadosa de los textos
médicos de Ibn Rushd muestra enseguida el peso del andalucismo del filósofo
cordobés. Así, al tratar del aceite de oliva, escribe:
«Cuando procede de aceitunas maduras y sanas,
y sus propiedades no han sido alteradas artificialmente, puede ser asimilado
perfectamente por la constitución humana (...) Los
alimentos condimentados con aceite son nutritivos, con tal que el aceite sea
fresco y poco ácido (...) Por lo general es adecuada para el hombre toda
la sustancia del aceite, por lo cual en nuestra tierra sólo se condimenta la
carne con él, ya que éste es el mejor modo de atemperarla, al que llamamos,
rehogo. He aquí como se hace: se toma el aceite y se vierte en cazuela,
colocándose enseguida la carne y añadiéndole agua caliente poco a poco, pero sin
que llegue a hervir» (Kulliyat).
También señala las propiedades alimenticias
del arroz con leche; y su predilección por las berenjenas:
«Con las berenjenas se hacen en nuestro país
muchos platos delicados. Después que sueltan la primera agua de cocción y se
cuecen con su abundante carne, son muy deliciosas» (Kulliyat).
Habla de las propiedades de las calabazas
andalusíes, que exigen una cochura prolongada; de cómo en el campo se comen los
cañamones. Alaba la propiedades de las espinacas, y prefiere los higos y las
uvas a los restantes frutos, aunque también resalte las prpiedades de las
granadas. Pero sus elogios culminan al referirse a los huevos que lo curan todo,
desde los dolores oculares a las almorranas, descubriendo el popular plato de
los huevos fritos:
«Cuando se fríen en aceite de oliva son muy
buenos, ya que las cosas que se condimentan con aceite son muy nutritivas; pero
el aceite debe ser nuevo, con poca acidez y de aceitunas. Por lo general, es un
alimento muy adecuado para el hombre» (Kulliyat).
Véase Inés Eléxpuru: La cocina de al-Ándalus, Alianza, Madrid 1994.
El máximo pensador del Islam occidental
Abu-l-Walid Ibn Rushd es el más grande de los
pensadores andalusíes; su obra representa la culminación de la dialéctica del
pensamiento de los falásifa islámicos, continuadores en árabe y persa de
la sabiduría helénica y de la ciencia antigua en el Islam medieval. Además, es
la más alta cima del aristotelismo del Medioevo, el único que realmente ha
existido, pues los continuadores de Aristóteles en el Liceo o en Alejandría
marcharon por rumbos muy diferentes. En el sentido «escolar» del término, fue un
espíritu original, empecinado observador de la naturaleza y hasta aficionado a
las verificaciones empíricas.
Auténtico creyente islámico, padeció las
sospechas de los alfaquíes y ulemas de su tierra, que lograron que, casi al
final de su vida, fuese desterrado a Lucena; luego en París sería condenado como
ateo y blasfemo. Pero la intrasigencia religioso-social de los alfaquíes y
ulemas malikíes no era otra cosa que la esencia misma de la sociedad norafricana
almorávide, almohade o mariní, reaccionaria y quietista. Las exigencias
intrínsecas de la línea dialéctica revolucionaria de Ibn Rushd postulaba un tipo
de estructura social muy diferente, más próxima a una república islámica del
siglo XX que a la de un reino bereber del siglo XII. La mejor prueba de la
ineficacia de la administración almohade es la estadística a detallar: en
609/1212, a los catorce años de la muerte de Ibn Rushd, el Islam andalusí fue
aplastado por los Reinos Cristianos en la batalla de las Navas de Tolosa;
treinta y ocho años después (634/1236) los castellanos ocupan Córdoba; en 646/
1248 entran en Sevilla; a partir de la segunda mitad del siglo XIII la Iberia
musulmana queda reducida al reino nasrí de Granada, cuya larga pervivencia
(1232-1492) debe más a las desavenencias y luchas intestinas de los cristianos
castellanos y aragoneses, que al espíritu de resistencia del reducido bastión
musulmán. Por eso, la continuación de la fálsafa, tras el esfuerzo
hermenéutico crítico de Ibn Rushd, sólo podía tener cabida en la Europa de los
siglos XIII al XV, con el orto del espíritu laico, el desarrollo de las
Universidades (París, Oxford, Padua, Bolonia) y el nacimiento de la
protoburguesía. Guste o no, la línea dialéctica de los falásifa islámicos
había evolucionado mucho más rápido que las sociedades musulmanas de Oriente y
Occidente, enquistadas en esquemas monárquicos retrógrados, y pasaría a la
escolástica latina de dicho período renovando el pensamiento europeo, e incluso
forjaría las raíces del movimiento renacentista. Este fenómeno es un caso único
en la historia, de que un movimiento intelectual tenga éxito en renovar y
catapultar considerablemente una sociedad extranjera en lugar de la propia.
Frente a las actitudes de Ibn Baÿÿa e Ibn
Tufail que creían más fácil alcanzar la verdad y la felicidad por medio de la
vida solitaria, apartados de la sociedad corrupta e indiferente, Ibn Rushd
piensa en futuro basándose en la cosmovisión aristotélica que considera que el
hombre es un animal ciudadano, por lo cual la comunidad social multiplica
las experiencias, aumenta la amplitud del saber, hace crecer la inquietud por la
ciencia y facilita los hallazgos de la mente humana. El hombre ha sido creado
para saber y se perfecciona por el saber. La felicidad humana, por tanto,
consiste también en la sabiduría, cuya última y definitiva significación es el
salto de la materia al espíritu, y cuya coronación es la identidad del
conocimiento con la forma de la cosa conocida. Al utilizar la República de
Platón, Ibn Rushd puede acomodar mejor la herencia neoplatónica que oponía
microcosmos y cosmos, y que se adecuaba con la tradición religiosa revelada que
contrapone el alma y el mundo.
Ibn Rushd fue un implacable crítico de los
gobiernos tiránicos musulmanes o no. Sus escritos trasuntan duras críticas a los
reyes omeyas, abbasíes, taifas, almorávides y almohades, incluso a las
oligarquías andalusíes. Pero llamar por esto liberal a Ibn Rushd resultaría tan
extemporáneo como creerlo ateo, al estilo de los enemigos latinos averroísmo, o
librepensador como supuso el orientalista francés Ernest Renan (1823-1892). Fue
algo más sencillo, pero más importante para la historia del pensamiento: un
tenaz buscador de la realidad de las cosas y de los hechos.
Un defensor de los derechos de la mujer
(según Mahmud Alí Makki, catedrático de la Universidad de El Cairo)
Dentro de la contribución de Ibn Rushd a la
ciencia jurídica musulmana, es interesante el conjunto de opiniones respecto a
la mujer. Sus puntos de vista lo muestran como un pensador progresista y
defensor de los derechos de la mujer. Este aspecto de pensamiento puede
ilustrarse con los siguientes ejemplos contenidos en su monumental Bidayat
al-muÿtahid wa-nihayat al-muqtasid fi-l-fiqh ("El punto de partida del
doctor autorizado y término supremo del doctor moderado sobre la
jurisprudencia", editado en El Cairo en 1353/1935):
Ibn Rushd aprueba la opinión que exige al
desposado comprometerse a cumplir las condiciones que le impone la esposa, como
el que no se case con otra mujer. Cabe puntualizar que esta opinión es contraria
a lo que impone el derecho maliki.
También sigue el criterio de Abu Hanifa de que
los parientes de la mujer adulta no tienen derecho a impedirle que se case con
quien quiera.
En contra de las opiniones de Malik y
al-Shafi'i, Ibn Rushd
sigue las de Abu Hanifa, al-Tawri y al-Awza'i,
que exigen el consentimiento de la mujer adulta, incluyendo la huérfana, para su
matrimonio.
Si el marido se niega a conceder el divorcio a
la mujer que se queja de sus malos tratos, ¿tiene el cadí la autoridad de
divorciarlos? Malik opina que sí. Ibn Rushd aprueba el criterio de Malik, que
aplica a este caso el principio llamado de analogía libre (al-qiyas al-mursal).
La mayoría de los alfaquíes sunníes se oponen al criterio maliki.
Con respecto al velo (hiÿab), Ibn Rushd
recomienda el recato, pero no tiene inconveniente en que la mujer salga con la
cara destapada.
En lo que nuestro filósofo parece más
revolucionario es en el capítulo de los juicios. Ibn Rushd cita una opinión del
imam persa at-Tabarí. Consiste en que no ve inconveniente en que la mujer pueda
ejercer el cargo de juez. Ibn Rushd aprueba este criterio resistido por la
mayoría de los alfaquíes. Hoy día, en 1998, 800 años después de la muerte de
Averroes, hay 91 magistradas en el sistema judicial de la República Islámica del
Irán, el único gobierno que dispone de jueces mujeres en el mundo musulmán.
Respecto de la condición de la mujer en la
sociedad modelo o ciudad ideal, Averroes dice lo siguiente:
«Sabemos que la mujer, en tanto que es
semejante al varón, debe participar necesariamente del fin último del hombre,
aunque existan diferencias en más o menos (...) Si la naturaleza del varón y de
la mujer es la misma, y toda constitución que es de un mismo tipo debe dirigirse
a una concreta acividad social, resulta evidente que en dicha sociedad modelo la
mujer debe realizar las mismas labores que el varón (...) Cuando algunas mujeres
han sido muy bien educadas y poseían disposiciones sobresalientes, no ha
resultado imposible que lleguen a ser filósofos y gobernantes»
(Averroes: Exposición de la «República» de Platón. Traducción y estudio
preliminar de Miguel Cruz Hernández, Tecnos, Madrid, 1996, págs. 57-59).
Sobre la filosofía de Averroes
(según Andrés Martínez Lorca, Salvador Gómez Nogales y Rafael Ramón Guerrero,
historiadores e islamólogos de Madrid)
Para el filósofo marxista alemán Ernst Bloch
(1885-1977), en su obra titulada «Avicena y la izquierda aristotélica» (Berlín ,
1952) los filósofos del mundo islámico fueron hombres que pensaron la realidad
en términos científico-naturales. Según Bloch, lo que les impulsó a estudiar la
realidad que les rodeaba con ojos científicos y naturalistas fue la invitación
coránica a usar la razón, puesto que el Corán propicia una investigación
racional de la naturaleza, como ya reconoció el propio Averroes cuando afirmó:
«Que la revelación invite a considerar por la
razón (bi-l-aql) los seres existentes y a buscar por medio de ella su
conocimiento, es cosa bien manifiesta en más de una aleya del Libro de Dios.
Así, por ejemplo, dice: "Considerad, ¡oh vosotros, los que tenéis entendimiento"
(Corán, 59-2). Este es un texto que prueba la necesidad de emplear el raciocinio
intelectual (al-qiyas al-'aqlí), o el racional y el religioso a la vez (al-'aqlí
wa-l-shar'í ma'an). Asimismo, dice en otro lugar: "Y porqué no ponen su atención
en el reino de los cielos y de la tierra y en lo que Dios creó" (Corán, 7-184).
Este es también un texto que exhorta al estudio reflexivo sobre todos los seres»
(Fasl al-Maqal, "Doctrina decisiva y fundamento de la concordia entre la
revelación y la ciencia"; trad, castellana por M. Alonso: La teología de
Averroes, CSIC, Madrid, 1947, págs. 150-151).
Esta invitación coránica a hacer uso del
entendimiento y del razonamiento con el fin de ampliar el conocimiento dado por
la revelación, mediante la observación y la contemplación del universo, se
convirtió en uno de los fundamentos de la investigación científica en el mundo
islámico. La importancia que el Corán concede a la razón ha sido subrayado por
el profesor iraní Seyyed Hossein Nasr (cfr. S. H. Nasr: An Introduction to
Islamic Cosmological Doctrines. Conceptions of Nature and Methods used for its
study by The Ikhwan al-Safa, al-Biruni and Avicena, State University of New
York Press, Albany, 1993; Rafael Ramón Guerrero: De la Razón en el Islam
clásico, Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, Universidad
Complutense de Madrid, Madrid, 1982-1983), quien ha mostrado que el papel
asignado al intelecto en el Islam es uno de los puntos en que se distingue del
cristianismo, pues mientras que éste es esencialmente un camino de amor, el
Islam es una cierta forma de gnosticismo, que tiene como propósito guiar al
creyente hacia las realidades espirituales.
De aquí que en el sistema educativo islámico
las artes y las ciencias tiendan a mostrar la interdependencia de todo cuanto
existe, de manera que de la contemplación del universo se reconozca la unidad
que le da fundamento. Esto es lo que proporcionó justificación entre los
musulmanes el estudio de la naturaleza y lo que dio ese carácter científico
propio del sistema educativo islámico. Pero es que, además, como el mismo Seyyed
Hossein Nasr ha puesto de relieve, hay una relación entre la concepción del
universo presidida por la idea de la unidad del principio y el profundo
significado de raíz filosófica que tiene la Shahada o profesión de fe islámica:
LA ILAHA ILLAL-LAH no quiere decir
sino: «No hay más que una sola realidad absoluta».
Frente al concepto teológico-místico de la
naturaleza y su carácter simbólico, establecido por los padres de la iglesia,
que predominó en el mundo cristiano hasta mediados del siglo XII, los
musulmanes, inspirados por la obras de los filósofos y científicos griegos,
erigieron una visión del universo que pretendía dar una explicación científica y
racional de él. Las teorías aristotélicas de la naturaleza, aceptadas por los
musulmanes, despertaron en ellos un espíritu científico que les llevó a
investigaciones fructuosas en el ámbito de la ciencia. No olvidemos que estos
filósofos descollaron en distintos campos del saber científico, en los que
realizaron importantes contribuciones. Al-Kindí fue un notable matemático, que,
al igual que Platón, estaba convencido de la necesidad de este saber para
acceder a la filosofía como expone en su obra Sobre los libros de Aristóteles
(Risala fi kammiyya kutub Aristú). Al-Farabí, además de haber estudiado
medicina y haber efectuado investigaciones sobre geometría y mecánica, fue uno
de los más importantes teóricos de la música y un virtuoso músico. De Avicena
sabemos que realizó estudios sobre geología, zoología y botánica y que fue una
autoridad en medicina. Y lo mismo puede decirse de Averroes, quien, además de un
gran observador de la naturaleza, fue una de las más renombradas figuras en el
campo de la medicina.
Sin embargo, esto no quiere decir que ellos se
hubieran puesto al margen de la religión, como parece deducirse de las palabras
de Bloch, cuando afirma:
Lástima que la ortodoxia islámica, que
persiguió a Avicena lo mismo que a Averroes, quemando sus libros, no creyera
asimismo en tal fidelidad al Corán, por el contrario, cada vez que era
manifestada, la entendía como de labios para afuera solamente»
(Ernst Bloch: Avicena und die aristotelische Linke,
Berlín, 1952, pág. 492; traducción castellana por J. Deike Robles, publicada en
Ciencia Nueva, Madrid, 1966, pág. 27-28).
Averroes era un pensador de horizontes amplios
y racionales como se puede deducir del siguiente texto:
«Puesto que estos preceptos religiosos son
verdaderos e invitan a la reflexión que conduce al conocimiento de la verdad,
nosotros, la comunidad de musulmanes (ma'shar al-muslimín), sabemos sin duda que
la reflexión fundada en la demostración no conduce a contradecir lo que nos da
la Ley divina, pues la verdad no es contraria a la verdad, sino que está de
acuerdo con ella y da testimonio de ella» (Fasl
al-Maqal).
Averroes médico
(según María Concepción Vázquez de Benito, catedrática de Lenguas y Literaturas
Arabes en la Universidad de Salamanca)
La obra médica más importante de Averroes es
la enciclopedia Kitab al-kulliyat fi al-tibb ("Libro sobre las
generalidades de la Medicina"), que se compone de siete volúmenes que tratan
respectivamente de anatomía, diagnosis, fisiología, higiene, materia médica,
patología y terapéutica, y fue extensamente usada como libro de texto en las
universidades cristianas, como Oxford, París, Lovaina, Montpellier y Roma hasta
el siglo XVII.
Las ediciones que existen del Kitab
al-Killuyat fi-l-tibb son las siguientes: la edición facsímil de Larache de
1939, la edición fototípica de Tetuán de 1942, la edición mecanografiada de
Madrid de 1987, basada en tres manuscritos, el de la Abadía del Sacromonte de
Granada, el de la Biblioteca Nacional de Madrid y el de la Publichnaya
Biblioteca de Leningrado (hoy San Petersburgo), la edición de imprenta de Argel
de 1978, basada en cuatro manuscritos, es decir, además de utilizar los tres
manuscritos de la edición de Madrid, añade el manuscrito de Estambul, y una
edición latina de Venecia de 1560, además de traducciones parciales en lenguas
modernas.
El Kitab al-Kulliyat fi-l-tibb ha sido
estudiado, entre otros, por Esteban Torres (Averroes y la ciencia médica,
Madrid, 1974), el padre F. X. Rodríguez Molero (Originalidad y estilo de la
anatomía de Averroes, Revista Al-Ándalus, vol. XV, Madrid/Granada, 1950,
págs. 47-63), por el ya fallecido Helmut Gätje (Probleme des Colliget
Forschung, Zurich, 1980), y por el profesor Miguel Cruz Hernández en
conjunto con María Concepción Vázquez de Benito (La medicina de Averroes:
Comentario a Galeno, Colegio Universitario de Zamora, Zamora, 1987).
Del conjunto de sus textos originales
redactados sobre materia médica se puede llegar a las siguientes conclusiones:
1. Primeramente, que
Ibn Rushd tocó todos los temas que sobre medicina redactaron los restantes
médicos árabes más afamados, Así, redactó un tratado sistemático y escolástico
que es el Kulliyat fi-l-tibb, como hicieron también otros autores, entre otros,
por ejemplo, Avicena, Razi o Alí Abbás.
2. Acaso lo más
importante a destacar de los escritos médicos de Ibn Rushd sea el hecho de que a
través de ellos se puede conocer mejor los datos extraídos de la obra galénica y
aristotélica, de suerte que nos los presenta con un mayor ordenamiento y
esquematización que en las mismas fuentes originales.
3. Ibn Rushd
sostiene también la teoría de que el primer paso del tratamiento es la dietética
con fundamento antropológico-religioso en el concepto coránico de la Sharí'a,
o Recta Vía, como afirma el profesor P. Laín Entralgo (Historia de la
Medicina, Barcelona, 1978, pág. 169), es decir, la adopción de un modo de
vivir adecuado a la total perfección de la persona. La dietética es como una
higiene cuyas reglas se ordenan según la peculiaridad biológica del individuo,
profesión, época del año, vivienda, etc., estando íntimamente unidos a ella la
defecación y el baño. La dieta es, pues, la base del tratamiento, o incluso todo
el tratamiento, para Averroes.
4. Digamos por
último, que el lenguaje empleado por Ibn Rushd no es difícil sino, por el
contrario, directo, claro y fluido, comparable al empleado por Razi e Ibn Sina
en sus escritos médicos, y muy distante del de Lisanuddín Ibn al-Jatib, mucho
más alambicado, complicado y florido (cfr. M. C. Vázquez de Benito: El Libro
de la Higiene de Muhammad Ibn Abdallah Ibn al-Jatib, Universidad de
Salamanca, Salamanca, 1984).
Hay que señalar, en cambio, la mención que Ibn
Rushd hace de ciertos términos empleados en su época, lo cual supone un nuevo
enriquecimiento para la lexicografía. Así, por ejemplo, en su opúsculo «Sobre la
conservación de la salud» (Fi Hifz al-Sihha, Manuscrito de El Escorial
884), al enumerar las distintas clases de pan que resulta aconsejable ingerir
para conservar el buen estado de salud, dice:
«El pan fermentado, bien cocido y elaborado
con trigo macerado en agua, es decir, lo que nosotros llamamos madhún, que es
término medio entre los que denominamos al-ahmar wa-l-darmak, es decir, el rojo
y el de adárgama».
El legado de Averroes
En una de sus obras el polígrafo cordobés
revela un importante aspecto de su pensamiento: «La religión particular de
los filósofos consiste en profundizar el estudio de todo lo que existe; pues no
se sabría rendir a Dios un culto más sublime que el del conocimiento de sus
obras, que nos conduce a conocerlo en toda su realidad. Esta es a sus ojos la
más noble de las acciones, mientras que la acción más vil consiste en tachar de
error y de vana presunción a quien consagra este culto, más noble que todos los
demás» (Tafsir de la "Metafísica", libro A, capítulo I, parágrafo 2,
citado en Salomon Munk (1803-1867), Mélanges de philosophie juive et arabe,
J. Vrin, París, 1955, pág. 456. Este islamólogo judeofrancés, que califica a
todo el pasaje de extraordinario, hace notar que lo traduce directamente del
hebreo, pues fue suprimido por la censura en la versión latina. Sobre el
particular, es interesante citar la opinión del destacado islamólogo francés
contemporáneo Roger Arnaldez: «Atacar a la teología, no es atacar a la fe.
(...) Averroes no buscó liberar al espíritu humano del dominio de la fe;
quiso liberar al pensamiento musulmán de un doble dominio: del juridicismo
estrecho nacido de un malikismo petrificado, y de una teología falsamente
especulativa cuya argumentación no es a sus ojos sino dialéctica o retórica, y
que perjudica más que beneficia a la fe verdadera (...) Si se considera
la actitud que tomó Averroes a este respecto, se verá que se asemeja
curiosamente a la de Kant» (R. Arnaldez: "Averroès" en Multiple Averroès,
París, 1978, pág. 14). Igualmente, señala el filósofo francés y profesor de la
Sorbona Etienne-Henry Gilson (1884-1978): «Averroes dice que, en el Profeta,
fe y razón, religión y filosofía coinciden» (E. Gilson: La Filosofía en
la Edad Media. Desde los orígenes patrísticos hasta el fin del siglo XIV,
(Gredos, Madrid, 1997, Capítulo VI: La filosofía árabe, pág. 355).
Averroes mantenía que las verdades metafísicas
pueden expresarse por dos caminos: a través de la filosofía (según pensaba
Aristóteles y los neoplatónicos de la antigüedad tardía) y a través de la fe
(como se refleja en la idea simplificada y alegórica de los libros de la
revelación). Aunque en realidad Averroes no propuso la existencia de dos tipos
de verdades, filosófica y religiosa, sus ideas fueron interpretadas por los
pensadores cristianos, que las clasificaron de "teoría de la doble verdad". Nada
puede probar mejor la fuerza del movimiento averroísta en el París del siglo
XIII que lo repetidos ataques de Etienne Tempier, obispo de la ciudad a orillas
del Sena. En 1269 condenaba como herejías trece proposiciones enseñadas por
ciertos profesores de la Universidad. A pesar de todo, los averroístas
continuaron enseñando como si nada hubiese pasado, pues el 7 de marzo de 1277,
el obispo publicó una lista de 219 proposiciones, que condenó oficialmente como
herejías. Esas, según el obispo, eran doctrinas enseñadas por Siger de Brabante,
Boecio de Dacia, Roger Bacon, u otros profesores parisienses, incluso el mismo
santo Tomás de Aquino. Las 219 comprendían las condenadas en 1269 y otras, de
las que brindamos el ejemplo siguiente: «La verdadera sabiduría es la de los
filósofos y no existe estado superior al del ejercicio de la filosofía» (E.
Gilson: O. cit., pág. 546). Las enseñanzas de Averroes no sólo influenciaron a
los pensadores alto y bajomedievales —incluso al judío barcelonés Hasday Crescas
(1340-1412), sino también a humanistas renacentistas como Erasmo de Rotterdam
(1466-1536) y a los filósofos racionalistas del siglo XVII, como el francés René
Descartes (1596-1650), el judío holandés Baruch Spinoza (1632-1677), el inglés
John Locke (1632-1704) y el alemán Immanuel Kant (1724-1804).
Siger de Brabante, un mártir del averroísmo
El filósofo belga Siger de Brabante
(¿1235?-1281/84), sacerdote secular, era un hombre muy sabio. Los fragmentos
subsistentes de sus obras citan a al-Kindí, al-Farabí, al-Gazalí, Avicena,
Avempace, Ibn Gabirol, Averroes y Maimónides. En una serie de comentarios sobre
Aristóteles y en un opúsculo de controversia llamado «Contra esos hombres
famosos en filosofía, Alberto y Tomás», Siger sostenía que san Alberto Magno
(1200-1280) y santo Tomás de Aquino (1224-1274) interpretaban falsamente al
filósofo griego y que Averroes lo hacía correctamente. Que Siger tenía muchos
seguidores en la Universidad de París se deduce de la presentación de su
candidatura al rectorado en 1271, aunque no prosperó. Nada puede probar mejor la
fuerza del movimiento averroísta en París que los repetidos ataques de Etienne
Tempier, obispo de la ciudad a orillas del Sena. En octubre de 1277 Siger fue
condenado por la Inquisición. Sus últimos días transcurrieron en Italia como
preso de la curia romana. Entre 1281 y 1284 fue apuñalado en Orvieto (Umbría)
por su amanuense, calificado como un monje «medio loco» por la versión
eclesiástica. Hay razones para creer las opiniones de diversos historiadores que
señalan la complicidad de la curia en la muerte de Siger.
Sólo por simpatía a lo musulmán puede
comprenderse el juicio benévolo, injustificable dentro de la teología católica,
que a Dante le merece un hombre como Siger de Brabante, profesor de la
Universidad de París, condenado por hereje averroísta, y asesinado por
instigación papal. ¡Cuánta sorpresa al hallar en pleno paraíso y entre el coro
de los sabios cristianos ortodoxos, junto al español San Isidoro (570-636), al
inglés Beda el Venerable (673-735) y al escocés Ricardo de San Víctor (m. 1173),
«la eterna luz de Siger, que enseñando en el Vico de li strami —en frase
de Dante— (la actual Rue de Fuarre, la calle donde se encuentra la Universidad
de París, en el barrio latino) demostró con silogismos verdades capaces de
suscitar el odio de los adversarios envidiosos» (Paraíso, X, 136-138).
«La símpatía de Dante hacia la ciencia
islámica en general, y en particular hacia Averroes, explica también otro
enigma, todavía más oscuro, que ha conseguido resolver la sagaz erudición de
Bruno Nardi en uno de sus estudios (cfr. Bruno Nardi:
Sigieri di Brabante nella Divina Commedia e le fonti della filosofia ái Dante,
«Rivista di filosofia neoscolastica», 1911-1912, San Giuseppe, Florencia, 1912;
Intorno al tomismo di Dante e alla quistione di Sigieri, «Giornale
dantesco», XXII, 5º, Olschki, Florencia, 1914). Aludimos a la inexplicable
presencia en el paraíso dantesco, de un profesor de la Universidad de París,
Siger de Brabante, condenado como hereje averroísta en 1277 y muerto en Italia
hacia 1284. Dante, a pesar de todo, lo coloca en la esfera celestial del sol, en
la morada de los teólogos, junto a Santo Tomás de Aquino, Alberto Magno, San
Isidoro de Sevilla, Dionisio Areopagita, Pedro Lombardo, Beda, Boecio, San
Agustín, etc. ¿Cómo justificar tamaña audacia? Los dantistas han agotado todas
las hipótesis del ingenio para dejar a salvo la sinceridad cristiana y la
seriedad del poeta florentino, que no sólo exime de las penas infernales a un
hereje como Siger, patriarca del averroísmo, muerto fuera de la comunión de la
Iglesia, sino que lo exalta además hasta la mansión de los santos teólogos y
doctores de la ortodoxia y, para colmo de osadía que toca los lindes del
sarcasmo, pone en boca de Santo Tomás, adversario irreconciliable de Siger en el
problema de las dos verdades y en el de la unidad del intelecto, un elogio que
equivale a una rehabilitación de su memoria (Paraíso, X, 82 y ss.). Nardi
ha dado la clave de este enigma, planteando de nuevo la cuestión de la fuentes
de la filosofía dantesca. Hasta ahora se había creído que Dante fue un filósofo
exclusivamente tomista; pero Nardi, merced a una escrupulosa revisión de los
textos dantescos, cotejados con los de otros escolásticos de filiación
neoplatónica y con los sistemas de Avicena y Averroes, ha demostrado que Dante,
en el conflicto entre la filosofía árabe-neoplatónica de estos pensadores y la
teología cristiana, adoptó una aptitud fideística o mística, recurriendo a las
enseñanzas de la fe para evitar las dudas nacidas de aquel conflicto. Gracias a
esta actitud, Dante, lejos de ser un tomista incondicional, es un escolástico,
pero ecléctico, que, sin seguir a ningún maestro en particular, acepta de todos
los pensadores, antiguos y medievales, cristianos y musulmanes, ideas y teorías,
para fundirlas en un sistema personal que, ocupando un término medio entre el
tomismo y el avicenismo-averroísta, se aproxima a este último más que aquél en
un gran número de problemas. Las principales tesis dantescas de filiación
arábiga que Nardi ha puesto relieve atañen a la cosmología, a la teodicea y a la
psicología: Dios es luz, cuyos rayos se difunden y atenúan a medida que se
alejan del foco. Las inteligencias de las esferas celestes reflejan como espejos
aquellos rayos e imprimen así las formas de la materia... Y Nardi hace ver cómo
estas ideas dantescas, aunque puedan tener precedentes en la tradición
agustiniana, derivan mejor de la filosofía arábigo-platónica y, más
concretamente, de los sistemas de Alfarabí, Avicena, Algazel y Averroes» (M.
Asín Palacios: La escatología musulmana en la Divina Comedia, seguida de
Historia y crítica de una polémica, Hiperión, Madrid, 1984, págs. 397-398).
La prueba indubitable de la firme presencia de
las letras árabes en la Europa prerrenacentista y el auge del fenómeno
averroísta, es el testimonio de indignación del gran humanista italiano
Francesco Petrarca de Arezzo (1304-1374): «Te suplico por Dios —dice a su
amigo Giovanni Dondi— que en todo lo que me atañe no tengas en cuenta para
nada a los árabes, como si no existiesen. Odio esa raza (...) ¡Cómo!
Cicerón pudo ser orador después de Demóstenes; Virgilio pudo ser poeta después
de Homero; y ahora, después de los árabes, no deberíamos atrevernos a escribir.
¡Decís que quizá habremos sobrepujado a veces a los griegos, y por consiguiente
a todas las naciones; pero que no hemos sobrepujado a los árabes! ¡Oh, locura!
¡Oh, vértigo! ¡Oh, genio de Italia, adormecido, si no extinguido!» (cfr.
Gustavo Le Bon: La civilización de los árabes, Editorial
Arabigo-Argentina "El Nilo", Buenos Aires, 1974, págs. 498-499).
El orientalista francés Ernest Renan, que no
era precisamente un defensor de los árabes y los musulmanes (cfr. Edward Said:
Orientalismo, Libertarias, Madrid, 1990, pág. 186 y ss), confiesa:
«Averroes y los árabes no eran en esta época para los librepensadores del Norte
de Italia más que un santo y seña.No podía aspirarse al título de filósofo, a
menos de jurar por Averroes» (E. Renan: Averroes y el averroísmo,
Hiperión, Madrid, 1992, pág. 225).
Para tener una idea de la intensidad de la
disputa que se había dado en la Italia del trecento entre los partidarios del
averroísmo (que englobaban a todos aquellos que adherían de uno u otro modo al
pensamiento y las ciencias del Islam para justificar su racionalismo ante la
estrechez y prepotencia eclesiástica) y los defensores a ultranza de los
doctores de la Iglesia, nos remitiremos a un diálogo que tuvo Petrarca en
Venecia con un averroísta, el cual cita el erudito italiano Girolamo Tiraboschi
(1731-1794). Cuando en cierto momento de la discusión, Petrarca recurrió a un
dicho de un apóstol de la Iglesia, el averroísta le dijo con desdén: «Guarda
para ti los doctores de esa clase. Por mi parte tengo mi maestro y sé en quien
creo». Ante la indignación de Petrarca y sus refutaciones, el averroísta
agregó: «Vamos, sigue siendo un buen cristiano: por mi parte, no creo una
palabra de todas esas fábulas... ¡Ah, si fueses capaz de leer a Averroes!
(...) ¡Qué lástima que un genio tan grande se haya dejado engañar por fábulas
tan pueriles. Pero tengo en ti más esperanza y un día serás, sin duda, de los
nuestros» (G: Tiraboschi: Storia della letteratura italiana, 13
vols., Módena, 1772-1782, vol. V, pág. 190 y ss.). Renan cita también esta
conversación y añade que «Petrarca estuvo expuesto a las atracciones de los
averroístas. Su tratado "De sui ipsius et multorum ignorantia" no es más que el
relato de las conversaciones que tuvo en Venecia con cuatro averroístas amigos
suyos, que pusieron todo su empeño en atraerle a su partido» (E. Renan: O.
cit., pág. 226).
Conclusión
Para finalizar, quisiéramos citar un
pensamiento de Averroes, según el cual «sólo el más alto saber proporciona la
felicidad»:
«Así como el hambre y la sed son señales del
cuerpo y muestran lo que le falta, así también la ignorancia y escasez de
conocimientos es una señal del alma y de sus creencias. Así las cosas, tenemos
aquí dos tipos determinados, a saber: los que sólo buscan sus mantenimientos y
los que procuran el saber. Pero la verdadera plenitud sólo se alcanza mediante
el objeto que posee el más noble modo de ser. (...) Ahora bien, si por lo común
la plenitud de la aprehensión es gozosa, cuando lo que se alcanza es por esencia
noble y mayor en verdad y permanencia, forzosamente será la dicha más digna de
ser elegida. Tal sucede con la felicidad intelectual respecto de los otros
gozos» (Averroes: Exposición de la «República» de
Platón. Traducción y estudio preliminar de Miguel Cruz Hernández, Tecnos,
Madrid, 1996, págs. 146-147).
Bibliografía recomendable
Arkoun, Cruz Hernández y otros: Averroes y
Maimónides. Dos grandes espíritus del siglo XII, revista El Correo de la
Unesco, París, Septiembre 1986.
Cruz Hernández, Miguel: Historia del
pensamiento en el mundo islámico (Alianza Editorial, tres tomos, Madrid,
1996).
Makki, Martínez Lorca y otros: Al encuentro
de Averroes, Trotta, Madrid, 1993.
Mendizábal, Allende R.: Averroes: Un
andaluz para Europa, Madrid, 1971.
R.H. Shamsuddín Elía
Profesor del Instituto Argentino
de Cultura Islámica
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