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AL-ÁNDALUS I (711-1010)
El califato de Córdoba
CON UN APENDICE DE JUAN GOYTISOLO TITULADO
«LOS MITOS FUNDADORES DE LA NACION ESPAÑOLA»
Cuando se habla de España y el Islam, se suele
hacer referencia a un concepto con claro significado religioso y a otro con
contenido muy directo, de carácter lingüístico. Se habla así, de España
musulmana o de España árabe. Sin embargo, en términos populares, con significado
antropológico físico en primer lugar, se habla de la España mora. La palabra
castellana moro viene, sin duda, del latín "maurus", y del griego
"mávros", que significa "oscuro", "negro". Escritores latinos como Juvenal
(60-140) y Lucano (39-65) mencionan a los mauros, también conocidos como
númidas, que constituían en tiempos de Iugurta (160-104), un pueblo
caracterizado por su energía física y belicosidad. Recordemos a la famosa
caballería númida empleada por los cartagineses en las guerras púnicas. La
designación étnica en suma, es muy antigua y al principio no tuvo el carácter
peyorativo, como lo adquirió después.
Parece que la palabra «morisco» se forma como «berberisco», y
es un diminutivo cariñoso, que más tarde se empleó para identificar a los
hispanomusulmanes que permanecieron en la Península luego de la caída de
Granada. Otros sinónimos son moruno, morería, almoraima, etc. La acepción de
bereber, que es otra forma de llamar a los moros, está relacionada con la
denominación utilizada por griegos y romanos para designar a los pueblos
extranjeros: bárbaros. En la antigüedad clásica el norte de Africa era conocido
como Berbería o país de los bereberes. El país de los mauros o mauritanos se
conocía como Mauritania, que luego fue provincia romana y hoy es una república
islámica.
Los musulmanes de los siglos VII, VIII y IX aplicaron el
nombre de al-Ándalus a todas aquellas tierras que habían formado parte del reino
visigodo: la Península Ibérica, la Septimania francesa y las Islas Baleares. En
un sentido más estricto, al-Andalus comprenderá la parte de aquellos territorios
administrados por el Islam. Conforme avanzaba la conquista cristiana, su
extensión se iba reduciendo progresivamente y a partir del siglo XIII designó
exclusivamente al reino nazarí de Granada. La prolongada resistencia musulmana
granadina contra las incursiones castellano-aragonesas permitirá que se fije el
nombre de al-Andalus y se perpetúe en el actual de Andalucía.
El islamólogo holandés Reinhart Dozy (1820-1883), autor de la
famosa obra Historia de los musulmanes de España (4 vols., Turner,
Madrid, 1994), impulsó la teoría que fue apoyada por muchos historiadores
modernos según la cual el nombre de al-Andalus está relacionado con los
Vándalos, suponiendo sin ningún fundamento, que la Bética pudo llamarse en
alguna ocasión Vandalicia o Vandalucía. Nosotros compartimos la opinión del
eminente filólogo español don Joaquín Vallvé Bermejo, vertida en su trabajo
erudito La división territorial de la España musulmana (CSIC, Madrid,
1986). Este dice que la expresión árabe Ÿazirat al-Andalus (isla de
al-Andalus)() es una traducción pura y simple de "isla del Atlántico" o
"Atlántida"(). Los textos musulmanes que dan las primeras noticias de la isla de
al-Andalus y del mar de al-Andalus, se clarifican extraordinariamente si
sustituimos dichas expresiones por isla de los Atlantes o Atlántida y por mar
Atlántico. Lo mismo podemos decir del tema de Hércules y las Amazonas, cuya
isla, según los comentaristas musulmanes de estas leyendas grecolatinas, estaba
situada en el
ÿauf al-Andalus, lo cual cabe interpretar como al norte o en el interior
del Mar Atlántico.
Diversos malentendidos, provocados muchas
veces por los historiadores españoles y los hispanistas, conducen al neófito a
llamar ‘españoles’ tanto a Viriato —en vez de lusitano—, a Pelayo —en vez de
godo—, a Averroes y Maimónides —en vez de andalusíes. Al respecto, dice el
investigador e historiador español Américo Castro:"La palabra España
era pronunciada en esa forma por el vulgo que hablaba latín en la península
hacia el año 300 d. de C.; español, por el contrario, es vocablo
venido del sur de Francia, del Languedoc, en el siglo XIII, comenzado a usar en
Provenza desde el siglo XII en la lengua escrita (...) Según queda dicho,
en 1948 el profesor suizo Paul Aebischer (Estudios de toponomia y lexicofría
románicas, CSIC, Barcelona, 1948) que español es voz originaria de
Provenza (...) La palabra "español" ofrece la particularidad de ser el
único gentilicio de nuestra lengua terminado en ol. Ya en el siglo pasado,
Friedrich Christian Díez (1794-1876), el fundador de la lingüística romance,
señaló la existencia de españón en el poema de Fernán González, y apuntó
la hipótesis de que esta forma, paralela de borgonón, frisón, bretón,
etc., hubiera pasado a español por disimulación de la n final
respecto de la otra nasal, la ñ, que la precedía. La explicación de Díez
fue aceptada por otros lingüístas, entre ellos mi venerado maestro don Ramón
Menéndez Pidal (1869-1968), que en su Manual de Gramática Histórica Española
(1904) propuso como étimo un hipotético hispanione latino vulgar. Otros
romanistas se preguntaron por qué había disimilado la n final de
españón para dar español, mientras permanecía inalterada en
sabañón, cañón, piñón, riñón, etc. Pero hispanoilus hubiera tenido que
dar en castellano españuelo, igual que de aviolus salió abuelo
y de filiolus proviene hijuelo (...) Todo ello enlaza con el
desconcierto creado por confundir la España de 1500 con la España de milenios
atrás; los españoles de la misma época, con quienes nada tenían de españoles
quince siglos antes. Incluso aumenta ese caos semántico llamar ‘andaluces’ a los
‘andalusíes’ de la España musulmana —al-Andalus— y quienes hoy viven en
Andalucía. Y hasta hay franceses que no distinguen entre el ‘Andalou’ musulmán y
el ‘Andalou’ de hoy: usan el mismo nombre" (Américo Castro, Sobre el
nombre y el quién de los españoles, Sarpe, Madrid, 1985, págs. 25, 26, 29,
39 y 40).
LA ENTRADA DE LOS MUSULMANES EN LA PENINSULA
La cuestión de cómo y por qué entraron los
musulmanes en la Península Ibérica estuvo sustentada durante muchos siglos por
mitos, leyendas y relatos históricos sumamente parciales. Gracias a la labor
encomiable e imparcial de estudiosos e investigadores españoles como
Pascual Gayangos y Arce (1809-1897), Eduardo Saavedra y Moragas
(1829-1912), Francisco Codera y Zaidín (1836-1917),
Julián Ribera y Tarragó (1858-1934), Miguel Asín Palacios (1871-1944),
Américo Castro (1885-1972), Julio Caro Baroja (1914-1995), y Juan Goytisolo (n.
en 1931), hemos podido reconstruir una historia que se creía perdida para
siempre. Por ejemplo, Ribera ha descubierto gran cantidad de interesante
información en la crónica de Ibn al-Qutíyya, un historiador hispanomusulmán
descendiente de los príncipes visigodos, cuyo nombre significa "descendiente de
la Goda". El análisis de los toponimios está rindiendo poco a poco información
útil, y recientemente se ha podido demostrar así con casi total certeza que
muchos de los bereberes que llegaron a España con los árabes musulmanes eran aun
cristianos y luego, más tarde, se islamizaron.
Antecedentes históricos
Tras la muerte del Profeta Muhammad (BPD) en
632, sus fieles seguidores fueron conquistando grandes extensiones de terreno y
naciones, tanto hacia Oriente (Península Arábiga, Palestina, Siria, Irán, hasta
la India), como hacia Occidente hasta el Océano Atlántico. Pero la fe del Islam
no sólo se expandió por los fuertes ejércitos árabes que derrotaron
sucesivamente a las huestes de los tiránicos imperios de bizantinos y sasánidas.
Lo que Napoleón Bonaparte (1769-1821) gustó decir «El Islam conquistó la
mitad del globo en sólo diez años, mientras el Cristianismo necesitó trescientos
años» es rigurosamente cierto y tiene su explicación en que los
distintos pueblos que recibieron a esos puros y esforzados musulmanes de
mediados del siglo VII los reconocieron como a libertadores que venían a romper
yugos milenarios. Si eso no hubiese sido así, ese avance fulminante que permitió
alcanzar casi al mismo tiempo, en apenas ochenta años, a la India en el este y a
España en el oeste jamás se podría haber logrado sin esa incuestionable voluntad
popular.
En el 670 (50 de la Hégira) se funda la ciudad-campamento de
Qairauán (al sur de Túnez) y Cartago es conquistada el año 689/69. Todo el área
de la actual Tunicia era, a grandes rasgos, la provincia musulmana de Ifriqiya,
que según el historiador musulmán Ibn Jaldún recibe este nombre de su primer
conquistador, Ifricos o Efriqish que vino con los himÿaríes o fenicios unos mil
doscientos años antes de la era occidental (cfr. Ibn Jaldún: Introducción a
la historia universal. Al Muqaddimah, FCE, México, 1977, pág. 104), que a su
vez daría origen a la denominación del continente negro: Africa.
Desde la Ifriqiya partieron sucesivas expediciones que
anexionaron al califato omeya el Norte de las actuales naciones de Argelia y
Marruecos. Algunas expediciones musulmanas ya se aventuraron a explorar las
costas de la Península Ibérica en los años 705/85-86 y 709/90.
El desembarco en Gibraltar
La historia de la España musulmana comienza en
el año 711/92, a finales de abril en que Tariq Ibn Ziad (m. 720), a la cabeza de
un ejército de siete mil hombre en el que domina la etnia bereber de la que él
forma parte (los árabes eran menos de 300), cruza el estrecho que llevará a
partir de entonces su nombre para desembarcar en la Península Ibérica. El
contingente islamo-bereber hizo la travesía a bordo de la flota del conde Don
Julián, el antiguo gobernador bizantino de Ceuta (Septum) que se había puesto al
servicio del gobernador o walf musulmán de la provincia de Ifriqiya, Musa
Ibn Nusair (640-714), con sede en Qairauán.
Ahora hay algo clave para contar. Por un lado, el conde Don
Julián era un cristiano unitario, es decir un monoteísta puro, que adhería a las
enseñanzas de los cristianos primitivos y de los llamados Padres y Doctores de
la Iglesia, como Orígenes (185-254), Clemente de Alejandría (m. 215), Tertuliano
(155-220) y Justino Mártir (100-165), y especialmente al obispo griego Arrio
(256-336), nacido en Libia, todos ellos defensores de un acendrado monoteísmo
que rechazaba la divinidad de Jesús. La doctrina de la Trinidad, recordemos, fue
instaurada en la Iglesia Católica recién a partir del Primer Concilio de Nicea,
en 325, y produjo un gran cisma entre los cristianos de oriente, partidarios del
monoteísmo, y los obispos occidentales liderados por Osio (257-358) que a través
del llamado "pacto constantiniano" monopolizaron desde entonces la orientación y
el poder de la Iglesia. El historiador español Ignacio Olagüe explica en su obra
La Revolución Islámica en Occidente (Fundación Juan March, Barcelona,
1974), que a partir de entonces "...la doctrina trinitaria fue impuesta a hierro
y fuego" por todo el norte de Africa y la Península Ibérica. Eso también explica
la relativa facilidad con que los musulmanes avanzaron por esas regiones, y la
hospitalidad con que fueron recibidos, particulamente la de los bereberes. Luego
de consolidar su dominio en la Ifriqiyah (Tunicia) hacia el 670, en 701
alcanzaron el extremo occidental del Magrib () y en 708 entraron en Tánger.
Respecto a Musa Ibn Nusair, el historiador musulmán almohade
Ibn al-Kardabús, del siglo XII, nos dice que pertenecía a la escuela de
pensamiento shií. Su padre había sido Nusair al-Bakrí, nacido en 640, a quien el
fundador de la dinastía omeya, Mu‘awiya ibn Abu Sufián había conferido el mando
de su guardia, pero él se negó a combatir contra el cuarto califa, Alí ibn Abi
Talib (600-661). Musa Ibn Nusair haría la alianza con el arriano conde Don
Julián, señor de Tánger y Ceuta. Así, en 710/91 envió a su lugarteniente Tarif
con 500 hombres a ocupar el saliente sur de la Península donde la ciudad de
Tarifa lleva su nombre y a la cual impuso un pesado tributo, o sea "la tarifa",
para castigar los excesos de la gobernación visigoda contra los cristianos
arrianos de la región. Vale aquí puntualizar que la población mayoritaria de la
Península adhería a los principios unitarios y al arrianismo. Por el contrario,
la corte y el clero visigodo respondían a los dictados de Roma y al dogma
trinitario. La oligarquía visigoda con sede en Toledo explotaba y oprimía hasta
los más crueles extremos a sus súbditos arrianos. El profesor Olagüe en la obra
ya citada, muy recomendable por cierto, brinda pormenorizados detalles de este
asunto.
Volviendo a nuestro tema anterior del cruce de Tariq, éste al
frente de sus hombres desembarcó en las cercanías del famoso peñón al que se dió
su nombre: Ÿábal al-Tariq, "Monte de Tariq", es decir, Gibraltar. El 19
de julio de ese mismo año, por las orillas del río Guadalete, logra una victoria
decisiva sobre el rey visigodo Don Rodrigo. Un mes más tarde, su lugarteniente
Mughit ar-Rumí cerca la ciudad de Córdoba. Dice el erudito judeomarroquí y
profesor emérito de la Universidad de París, Haim Zafrani: "Durante el
asedio, los judíos se encierran en sus hogares esperando impacientemente el
desenlace. Contrariamente a lo que sienten por los godos y su clero, no temen en
absoluto la llegada de los musulmanes en los que tienen puestas todas sus
esperanzas, pues no olvidan que los reyes visigodos los han oprimido
despiadadamente. Sirviéndose de estratagemas, los judíos —según narran los
historiadores musulmanes y cristianos— contribuyeron a facilitar la entrada del
ejército islámico a la ciudad, celebrando su victoria. Mughit los tomó a su
servicio, confiándoles la guardia de la ciudad. Lo mismo ocurrió en Toledo, y en
Sevilla, donde Musa Ibn Nusair dejó una guarnición judía para mantener el orden"
(H: Zafrani: Los Judíos del Occidente Musulmán. Ál-Andalus y el Magreb,
Editorial Mapfre, Madrid, 1994, pág. 21).
A partir de entonces, España entra en el seno de Dar
al-Islam, "la Casa del Islam", y los cristianos arrianos y judíos se
integran armoniosamente en el estado musulmán que se va forjando. Así, los
judíos españoles, al convertirse en miembros de un dominio que se extiende desde
el Atlántico hasta la China, se reencuentran con sus hermanos de las demás
comunidades judías de Oriente y de Africa del Norte, reanudando sus lazos
socioculturales y económicos. Por otra parte, los cristianos unitarios españoles
consoliden y reafirman su identidad monoteísta junto con sus hermanos en la fe,
musulmanes y judíos.
Esta explicación de los orígenes de la España musulmana, tal
vez un tanto extensa para el reducido tiempo que tenemos, la creemos necesaria
para contrarrestar la historia oficial que sin fuentes ni argumentos serios
afirma que España fue conquistada a sangre y fuego por los musulmanes. Como
hemos visto, la población nativa mayoritariamente arriana y la numerosa
comunidad judía recibieron a los musulmanes como libertadores y comulgaron con
su fe, costumbres y tradiciones, que eran prácticamente las mismas que ellos
tenían. El pueblo íbero-romano, no se puede hablar de pueblo español en esa
época, fue más bien cómplice que conquistado. Además en menos de una generación
los musulmanes bereberes y árabes se integraron completamente a la población
autóctona a través de múltiples matrimonios mixtos, ya que la inmensa mayoría
había llegado a España sin mujeres.
«A la luz de lo dado a conocer en los últimos veinte años, es
insostenible la creencia de ciertos arabistas españoles de haber sido los
musulmanes ‘depredadores’ e ‘invasores’ de una España previamente existente, y
que retornó a su ser prístino luego de ser expulsados tan indeseables ocupantes.
Basta pasar la vista por la superficie geográfica de la Península para
persuadirse de la total falsedad de ese aserto, por tantos compartido. Los
‘depredadores’ y los ‘invasores’ no dejan tras sí montañas, ríos y ciudades
cuyos nombres revelan la presencia en un país suyo, de quienes imprimieron la
huella de su acción civilizadora en la lengua y en todo lo obrado por ellos.
Guadalquivir es nombre árabe, y Tajo está arabizado,
porque de no haber habido árabes se llamaría Tago. Sin árabes no habría ciudades
que se llaman Alcalá, Medina, Almunia, Alcolea, Alcázar, Madrid, Almansa
(vea el lector el libro de Miguel Asín, Toponimia árabe de España,
Madrid, 1944, y el de Jaime Oliver Asín, Historia del nombre ‘Madrid’, I.
C. M. A, Madrid, 1991). Una casa española tiene aljibe, atarjea,
zaguán, alcobas, alféizares, alacena, baldosas, zaquizamí, azoteas, albañal.
¿No hacían todo eso albañiles y alarifes cuya
lengua fue inicialmente el árabe? En una vivienda castellana o andaluza (¡no
andalusí!) se ponían tabiques, había azulejos,
argollas, arambeles (antiguamente ‘colgaduras’), y otras cosas que
servían para alhajar la casa. En las paredes se empotraban
alacenas, con anaqueles, en donde se ponían cosas que se
colocaban en un azafate (todavía hoy en Colombia significa
‘bandeja’). El agua de beber se conservaba fresca en una alcarraza,
y se sacaba del pozo con un acetre. Se echaba dinero, para
ahorrarlo, en una alcancía. La algorfa era el
sobrado en donde se guardaba el grano. ¿Cuando habrá un alma, lingüísticamente
caritativa, que agrupe en un léxico histórico-geográfico todos los arabismos del
castellano, del catalán y del gallego-portugués? (...) En suma, quienes
consideran a los musulmanes de al-Ándalus como ‘depredadores’ e ‘invasores’ de
la auténtica España, proceden como quien pretendiera hacer visible el interior
de una cebolla despojándola de sus capas por pensar que bajo ellas se encuentra
el auténtico bulbo» (Américo Castro, op. cit., págs. 40-42).
Como mejor prueba de lo que aseveramos, se puede decir que
los musulmanes pacificaron la Península en menos de dos años y establecieron un
estado islámico integrado por cristianos y judíos que llegó a durar casi ocho
siglos, hasta 1492. Recordemos que los fenicios y cartagineses habían tratado
infructuosamente de sojuzgar a los béticos y celtíberos durante cuatro siglos, y
los romanos durante casi seis provocando espantosas matanzas como aquella de la
heroica Numancia, la cual resistió durante 20 años su asedio y fue destruida por
las legiones de Escipión Emiliano (185-129 a.C.). Los musulmanes no destruyeron
nada de lo que había, sino que reconstruyeron las antiguas obras dejadas por los
romanos, como puentes y acueductos, erigiendo una "cultura del agua", y
construyeron monumentos maravillosos que han sobrevivido hasta nuestros días.
Hoy se puede afirmar que el 80% de los quince millones de
turistas que llegan anualmente a España tienen como meta principal visitar la
Giralda —la torre-campanario que fuera el minarete de la mezquita mayor de
Sevilla—, la Mezquita de Córdoba, el palacio-fortaleza de la Alhambra de Granada
y muchas otras maravillas como la Alcazaba de Guadix, la Torre del Oro de
Sevilla, los campanarios e iglesias mudéjares de Teruel, los pueblos moriscos de
las Alpujarras, los manuscritos árabes del monasterio de El Escorial, etc.
TOLERANCIA Y CONVIVENCIA
Pero más allá de las obras públicas y
arquitectónicas, y los prodigios científicos y culturales de al-Ándalus, lo que
mejor caracteriza el legado hispanomusulmán es su espíritu de la tolerancia. Si
hablamos de la tolerancia del Islam, no se trata de un tópico repetido con fines
propagandísticos, sino de una experiencia y una realidad histórica irrefutable.
En la llamada Edad de Oro del Islam, cuando el territorio musulmán se extendía
de España hasta la China, entre los siglos VIII y XIV, convivían en su seno en
un ambiente de libertad y mutuo respeto cristianos arrianos, nestorianos,
monofisitas y coptos, judíos, budistas, zoroastrianos, maniqueos e hinduistas,
cuyas creencias y tradiciones eran garantizadas por el Islam por el estatuto de
Ahl al-Dhimma, es decir, la "Gente del Pacto". Esto es algo que el Islam
puso en práctica hace más de 1400 años y que Occidente a duras penas comenzó a
llevarlo a cabo a mediados del siglo XX.
Y es precisamente uno de estos pactos, el firmado entre el
godo Teodomiro, gobernador de Orihuela, y Abd al-Aziz, el hijo de Musa Ibn
Nusair, el 5 de abril del año 713, el que conforma el documento más antiguo de
la historia andalusí (Ver Apéndice I). En virtud de este tratado Teodomiro quedó
como gobernador inamovible y Orihuela (la de Miguel Hernández) fue un estado
autónomo durante muchos años. Asimismo, los señores de siete fortalezas de la
región de Murcia, Alicante y Valencia (situadas a lo largo de la antigua Vía
Augusta) se someten al gobierno musulmán a cambio de un estatuto jurídico en
que se reconocen libertades, posesiones y religión para sus habitantes.
Cuando los musulmanes llegaron a la Península, traían un
concepto absolutamente revolucionario basado en el Corán y la Sunna o Tradición
del Profeta Muhammad, por el cual se trataba a los seres humanos por igual,
respetando sus derechos y propiedades. El pacto entre Abd al-Aziz y Teodomiro
prueba que hace 14 siglos el Islam no sólo respetaba los derechos humanos, que
Occidente recién descubrió hace menos de 300 años, sino tenía códigos y
regulaciones que las propias Naciones Unidas no son capaces de aplicar a las
puertas del siglo XXI. Por eso, vale remarcar aquí que ese concepto o idea sobre
"el oscurantismo de la Edad Media" tan en boga en los medios de comunicación y
en la lectura de los escritores posmodernos, es algo que compete a la historia
de Occidente, pero no a la del Islam.
Pongamos otro ejemplo muy conocido. Después de afirmar su
posición en la Península, los musulmanes escalaron los Pirineos y entraron en
Francia. En 732, entre Tours y Poitiers, dos mil kilómetros al norte de
Gibraltar, y a 450 kilómetros de Londres y a menos de 200 de París, fue el punto
más septentrional que alcanzaron esos predicadores carismáticos. Véase Cecelia
Holland: Tours. Medieval Battle Reconsidered, en MHQ —The Quarterly
Journal of Military History—, Leesburg (Virginia), Winter 1999, págs. 50-59.
En 735 entraron en Arlés y en 737 llegaron a Aviñón, el valle
del Ródano y Lyon. Y aunque en 759 se vieron obligados a retirarse del mediodía
francés, sus cuarenta años de circulación por aquellas tierras contribuyeron, en
el Languedoc, a la insólita tolerancia de diversas creencias, la pintoresca
alegría y el amor romántico y caballeresco que desde entonces caracterizó a los
lugareños.
EL ESPLENDOR DEL CALIFATO DE CORDOBA
El califato de los Omeyas (661-750), con sede
en Damasco nunca dio a España el valor que tenía. Entre 716-756/97-138 se
desarrolla el llamado emirato de Córdoba, dependiente de Damasco, período en que
se suceden diversos gobernadores, o emires, nombrados directamente por el califa
Omeya de Damasco. Cuando en 750 éste fue reemplazado por el califato de los
Abbasíes (750-1100), con capital en Bagdad, el territorio era meramente conocido
como "el distrito de al-Ándalus", gobernado desde Qairauán.
Pero cuando los triunfantes abbasíes ordenan la muerte de todos los
príncipes omeyas, este hecho aparentemente anecdótico será decisivo para la más
occidental de las provincias del imperio.
Abderrahmán Ibn Mu'awiya (731-788), nieto del califa Hishám
Ibn Abdelmalik (691-743), fue el único omeya que consiguió escapar. Perseguido
de aldea en aldea, cruzó a nado el ancho Eufrates, pasó a Palestina, Egipto,
Ifriqiya, Marruecos y al-Ándalus. Así, en 756 fue proclamado emir de Córdoba
iniciando uno de los períodos más ilustres de la historia del Islam.
A partir de entonces se funda el emirato omeya independiente
de Bagdad (756-929/138-316). El emir tomará decisiones propias, considerando a
la familia Abbasí —que se había hecho con el califato y trasladado su capital a
Bagdad — como sus máximos enemigos.
Hacia 777 al-Ándalus fue invadida por el ejército de
Carlomagno (742-814), pero los francos fueron frenados en las puertas de
Zaragoza por los soldados de Abderrahmán y su retaguardia aniquilada por una
alianza de vascos y musulmanes en Roncesvalles (778), donde cayó el legendario
paladín franco Roland o Roldán que dio lugar al cantar de gesta homónimo.
Los sucesores de Abderrahmán I son Hishám I (788-796),
al-Hakam I (796-822), Abderrahmán II (822-852), Muhammad I (852-886), al-Mundhir
(886-888), Abdallah (888-912) y Abderrahmán III (912-961).
A fines del siglo VIII, la mayoría de la población,
descendiente de los hispanorromanos y de los visigodos, se había convertido al
Islam, recibiendo el nombre de muladíes; sólo en las ciudades quedó una parte de
población que se mantuvo cristiana (mozárabes) y que, en general, fue muy
respetada. Los emires cordobeses se vieron obligados a enfrentarse con la
aristocracia árabe rebelde y los muladíes que les disputaban el poder.
Durante el gobierno de al-Hakam I, coetáneo de Carlomagno
(742-814), y sus sucesores, se desarrollaron las revueltas de Toledo y Córdoba
en 807 y 814, y los enfrentamientos con los gobernadores militares de la
frontera (Ibn Marwán "el Gallego" en Extremadura, 868; familia de los Banu Qasi
—Musa Ibn Musa— en el valle del Ebro). Pero ninguna alcanzó tanta fuerza ni puso
en peligro el emirato como la revuelta del muladí Omar Ibn Hafzún, durante el
mandato del emir Abdallah.
Entre 844 y 861 se produjeron varios ataques vikingos
(llamados maÿús "magos" por los musulmanes) contra las costas del sur de
al-Ándalus. Según el testimonio de historiadores como Ibn Qutíyya, Ibn Hayyán y
al-Maqqarí, la marina andalusí causó estragos entre los vikingos, marinos por
demás experimentados, utilizando proyectiles incendiarios (niÿam al-naft)
y numerosísimos arqueros (ar-rumat). Los vikingos lograron remontar el
Guadalquivir hasta las cercanías de la antigua Hispalis romana (la Sevilla
actual), llamada Isbilía por los musulmanes (cfr. Jorge Lirola Delgado: El
poder naval de Al-Ándalus en la época del Califato Omeya, Universidad de
Granada, Granada, 1993)
En 929 Abderrahmán III an-Nasir li-Din Allah decide tomar el
título califal, ante la lejanía e incomunicación con el califato Abbasí de
Bagdad, y ante el inmediato peligro que suponía el califa Fatimí en el Magreb.
El califato omeya independiente de Bagdad se extenderá entre 929 y
1010/316-400).
El sucesor de Abderrahmán III Al-Hakam II al-Mustansir
(961-912), propició un enorme desarrollo de las ciencias y las artes que sería
la base del llamado Renacimiento europeo. En cambio, Hishám II al-Muayyad
(976-1009) será un pusilánime manejado por su primer ministro Ibn Abi Amir
al-Mansur (m. 1002), «Almanzor», quien gobernará de hecho al-Ándalus, aunque sin
tomar el título califal. A al-Mansur le sucederá su hijo Abd al-Malik al-Muzafar
(1002-1008), y luego Abderrahmán, conocido como «Sanchuelo» por los cristianos,
sucede a su hermano, hasta que al autonombrarse califa hace estallar la guerra
civil en al-Ándalus.
La Mezquita de Córdoba
En 785 el emir Abderrahmán I (731-788) comenzó
la construcción de lo que sería la Mezquita mayor de la ciudad. Esta forma un
rectángulo que mide 180 metros de norte a sur y 130 metros de este a oeste. En
la arquitectura de la mezquita se observan cuatro estilos autónomos
representativos de cuatro épocas distintas desde 785 a 987.
Originalmente el exterior mostraba un muro almenado de
ladrillo y piedra y un sólido alminar que superaba en tamaño y belleza a todos
los alminares de la época. Diecinueve portales, con arcos de herradura
elegantemente esculpidos con pétrea decoración floral y geométrica, conducían al
Patio de las Abluciones (hoy Patio de los Naranjos). En este rectángulo,
pavimentado con baldosas de colores, había cuatro fuentes, cada una tallada en
un bloque de mármol tan grande que se habían necesitado setenta bueyes para su
transporte desde la cantera. La mezquita propiamente dicha era un bosque de 1290
columnas, que dividían el interior en once naves principales y veintiuna
secundarias. De los capiteles de las columnas partía una variedad de arcos:
semicirculares, apuntados, de herradura, la mayoría con dovelas alternadamente
rojas y blancas. Las columnas de jaspe, pórfido, alabastro y mármol daban por su
número una impresión de espacio ilimitado.
El techo de madera estaba tallado en cartelas que ostentaban
inscripciones, muchas de ellas coránicas. Colgaban de él 200 candelabros que
sostenían 7000 tazas de aceite perfumado que les llegaba de depósitos
constituidos por campanas cristianas invertidas, también suspendidas del techo.
La sección destinada a la oración comunitaria tenía el suelo cubierto con
baldosas esmaltadas sobre las que se desplegaban esterillas de caña sobre las
que se acomodaban los orantes.
El mihrab era una pieza octogonal, brillantemente
ornamentado con mosaicos esmaltados. El minbar (púlpito con escalones
desde donde el jatíb "disertante" pronuncia la jútba o sermón)
consistía en 37.000 pequeños paneles de marfil y maderas preciosas: ébano,
cidro, áloe, sándalo rojo y amarillo, unidos con clavos de oro o plata y con
incrustaciones de gemas.
En 1523 se decidió imponer en el corazón de la Mezquita de
Córdoba, una catedral católica. El propio emperador Carlos V (1500-1558), al ver
la aberración que se había causado a la arquitectura del edificio dijo al Obispo
Fray Juan de Toledo y a los Capituladores la célebre frase: «Si yo hubiera
sabido lo que era esto, no hubiera permitido que se llegase a lo antiguo: porque
hacéis lo que hay en muchas otras partes, y habéis deshecho lo que era único en
el mundo».
El escritor checo en lengua alemana Rainer María Rilke
(1875-1926) expresó melancólicamente su desazón al visitarla: «Da pena,
tristeza y aun vergüenza lo que se ha hecho con la Mezquita al enredar la
iglesia y las capillas en sus lisas guedejas, y se querría desenredarla y peinar
tan hermosa cabellera».
En la época del califato de Córdoba, la afluencia a la gran
mezquita el viernes al mediodía (Salat al-Ÿumu’a "Oración Comunitaria del
Viernes"), era tan multitudinaria que, en verano, para proteger del sol a los
fieles que no cabían en su interior, se desplegaba un magnífico toldo por encima
del Patio de las Abluciones.
Véase Leopoldo Torres Balbás: La Mezquita de Córdoba y las
ruinas de Medinat Al-Zahara, Col. Monumentos Cardinales de España, XIII,
Madrid, 1952; Fernando Chueca Goitía: La Mezquita de Córdoba, Albaicín,
Granada, 1971; Marianne Barrucand y Achim Bednorz: Arquitectura islámica en
Andalucía, Taschen, Köln, 1992, págs. 60-105; Henri Stierlin: Islam.
Volume I. Early Architecture from Baghdad to Cordoba. Umayyad Splendor
in Cordoba, Taschen, Köln, 1996, págs. 85-113).
El faro de Europa
Los historiadores musulmanes nos pintan las
ciudades andalusíes como colmenas de poetas, eruditos, juristas, médicos y
científicos. Al-Maqqarí llena sesenta páginas con sus nombres. Como cifras
ilustrativas del apogeo de Córdoba durante la época islámica se afirma que ésta
llegó a tener casi un millón de habitantes (hoy tiene menos de 300 mil), con
3000 mezquitas, 800 de las cuales estaban en el arrabal de Saqunda. El número de
sus baños públicos era de 600, el de sus fondas y hospederías era de 1600 y
había además 4.000 tiendas y comercios, 213.000 casas de clase media y obrera y
60.300 residencias de oficiales y aristócratas. Las escuelas públicas sumaban
25. El circuito amurallado de la ciudad tenía una superficie de 2.690 Ha.
Córdoba poseía un notable y revolucionario sistema de albañales y aguas
corrientes, a lo que se sumaba una red de alumbrado público y un ingenioso
método de irrigación de la vega circundante a través de norias y acequias que
extraían el agua del río Guadalquivir (del árabe: uadi al-kabir, el río
grande). Debe destacarse que en esa época, a mediados del siglo X, París y
Londres eran aldeas casi desconocidas, y la gran mayoría de las ciudades de la
Europa no musulmana se hallaban en las más absolutas condiciones de insalubridad
y primitivismo.
El medievalista francés
Charles-Emmanuel Dufourcq dice: «En ningún momento, ni Roma ni París, las dos
ciudades más pobladas del Occidente cristiano, se acercaron al esplendor de
Córdoba, el mayor núcleo urbano de la Europa árabe-islámica» ("La vida
cotidiana de los árabes en la Europa medieval", Ediciones Temas de Hoy, Madrid,
1990).
Al-Ándalus llegó a contar con setenta bibliotecas públicas,
ya que casi todos allí sabían leer y escribir, mientras que en la Europa
cristiana, a menos que pertenecieran al clero, no sabían.
La biblioteca del califa cordobés al-Hakam II llegó a
contener 400 mil tomos, 44 de los cuáles formaban el
catálogo de los restantes. Y al-Hakam los había leído todos. Un manuscrito
andalusí en papel de algodón que hoy guarda la biblioteca del Escorial, del año
1009, prueba que los musulmanes fueron los primeros en sustituir el pergamino
por el papel. Las bibliotecas de la Europa no musulmana tenían menos de cien
libros en esa época.
Había centenares de teólogos y gramáticos; los retóricos,
filólogos, lexicógrafos, antologistas, historiadores, biógrafos eran legión.
A pesar de esta bonanza, el califato cordobés se vio involucrado en una
guerra civil que determinó su caída hacia 1010. La España musulmana se
desintegró en veintitrés taifas o ciudades Estados, demasiado atareadas con sus
intrigas y luchas mezquinas para detener la gradual absorción de al-Ándalus por
castellanos y aragoneses.
LOS SABIOS DE CÓRDOBA
La civilización hispanomusulmana o andalusí tuvo conciencia
plena de la evolución temporal de ella misma, de la historia e incluso de su
propio futuro y por ello desarrolló una literatura historicista de gran
importancia que culmina con la figura de Ibn Jaldún, el primer filósofo y
sociólogo de la historia.
Los polígrafos y sabios de al-Ándalus abarcaron todas las disciplinas
científicas y las del pensamiento. Desde sus orígenes, la Gente de al-Andalus
estuvo al corriente de todo lo que sucedía en el Islam oriental y se esforzó por
obtener las obras de los distintos eruditos y especialistas. Lamentablemente,
estas curiosidades e inquietudes no tuvieron el mismo eco y la misma
reciprocidad de parte de sus colegas orientales. La civilización andalusí fue
poco menos que una ilustre desconocida en el Egipto de fatimíes, ayubíes y
mamelucos. Mucho más si nos movemos hacia el oeste: para los buÿíes, samaníes,
gaznavíes, selÿukíes o guríes, la palabra al-Ándalus era algo tan lejano como
incomprensible. Fue gracias a varias generaciones de orientalistas, arabistas e
islamólogos europeos, principalmente españoles, que el riquísimo legado de
al-Ándalus pudo ser conocido y apreciado en toda su dimensión.
Hoy día, no es ninguna casualidad que todavía haya muchos musulmanes
orientales que ignoren la existencia de la Mezquita de Córdoba y la Alhambra de
Granada y que nunca hayan leído las obras de Ibn Hazm, Averroes o Ibn al-Arabí
de Murcia. Del mismo modo, los musulmanes magrebíes, en general, apenas conocen
los portentos islámicos de Estambul, Isfahán y Agra y prácticamente saben poco o
nada de los sabios musulmanes de Oriente posteriores al siglo XIII.
Esto tiene una primera lectura: al-Ándalus por sus condiciones geográficas y
políticas nunca dejó de ser una «isla» (ÿazirah) lejana para el resto del
Dar al-Islam. También podemos señalar que el Islam oriental padeció numerosas
invasiones (turcas y mongolas principalmente) y luchas intestinas.
Sin embargo, hay algo que no cierra en todo esto, pues la civilización
andalusí duró nada más y nada menos que ocho siglos (711-1492) y a lo largo de
su historia encontramos siempre una constante: a pesar de todo tipo de
conflictos (cruzadas, largas distancias, etc.), los viajeros musulmanes se
trasladaron del oeste al este (Ibn Ÿubair, Ibn Battuta) y no en sentido
contrario. Preferimos dejar este curioso fenómeno para un estudio posterior en
el que podamos analizar con suficiente amplitud las razones sociológicas que
produjeron semejante contraste. Ahora veremos brevemente las reseñas de los
principales eruditos cordobeses de este período.
Ziryab
Fue el emir cordobés Abderrahman II
(788-852) el primero en fundar un conservatorio musical en al-Ándalus, siendo
considerados sus músicos como rivales de los de Medina, donde se hallaban los
más excelentes (la tradición islámica atribuye a Suraiÿ, médico medinense, el
primer empleo de la batuta en la historia de la música, en el siglo VIII).
En 822 llega a la corte cordobesa, procedente de Bagdad, el
músico y poeta persa Abu al-Hasan Ibn Ali Ibn Nafi (789-857), más conocido por
el sobrenombre de Ziryab: «el pájaro negro cantor», según algunos, por
asemejarse al mirlo, y según otros por el oscuro color de su tez. Sería Ziryab
quien introduciría en las escuelas de música andalusíes el sistema
árabe-pérsico, sistema que en la corte cordobesa era utilizado al mismo tiempo
que el sistema griego y pitagórico. Ziryab había sido en la lejana Bagdad el
alumno aventajado de dos importantes músicos de la corte de Harún ar-Rashid,
como fueron Ibrahim Ibn Mahán de Kufa (m. 803), llamado al-Mausilí (por haber
residido un tiempo en Mosul), y su hijo Ishaq. Ishaq al-Mausilí (m. 849) al ver
las cualidades con las que estaba dotado Ziryab y que podían opacar las suyas,
presa de los celos, le obligó a abandonar la capital abbasí.
Ziryab era un auténtico polígrafo: poeta, literato,
astrónomo,geógrafo y un refinado esteta y un célebre gourmet, tanto que hay un
antiguo plato cordobés de habas saladas y asadas, al que se llama «ziriabí» en
honor a Ziriab, pero ante todo fue un gran músico. Se dice que se sabía de
memoria las letras y melodías de diez mil canciones. Fue el fundador de una gran
academia musical y dio a conocer en al-Ándalus el instrumento islámico por
excelencia, el ud (laúd), para el cual inventó una quinta cuerda. Según Ziryab:
«Las cuatro cuerdas tradicionales encuentran su equilibrio en el universo.
Ellas representan los símbolos de los cuatro elementos: el aire, la tierra, el
agua y el fuego. Sin embargo, sus timbres particulares ofrecen analogías con los
humores y temperamentos que no existen en la naturaleza. He coloreado las
cuerdas para indicar su correspondencia con la naturaleza humana: la primera,
roja, representa la sangre; la segunda, blanca, representa la flema; la tercera,
amarilla, es la bilis, la cuarta negra, la atrabilis (supuesto
causante de la melancolía según los antiguos). La quinta cuerda es la
que ocupa el lugar principal: es la del alma...» (H.G. Farmer: History of
Arabian Music, Londres, 1929, pág. 154).
Ziryab fabricó sus propios instrumentos, mejorándolos con
innovaciones. La laminilla de madera que se empleaba como plectro en el laúd la
sustituyó por la pluma de águila, con lo que produjo un sonido más agradable en
el instrumento.
Dice Ibn Jaldún: «El conocimiento de la música legado por
Ziriab como una herencia a España, transmitióse allí de generación en
generación, hasta la época de los régulos de Taifas» (Al-Muqaddimah, O.
cit., pág. 756).
Los diversos ritmos y melodías surgidos de la escuela
andalusí forjada por Ziryab, como las zambras, pasarían a América con los
moriscos y se transformarían en danzas como la zamba, el gato, el escondido, el
pericón, la milonga y la chacarera en la Argentina y el Uruguay, la cueca y la
tonada de Chile, las llaneras de Colombia y Venezuela, el jarabe de México o la
guajira y el danzón de Cuba (cfr. Tony Evora: Orígenes de la música cubana,
Alianza, Madrid, 1997, pág. 38). El mismo tango tiene origen flamenco, voz que
según el eminente andalucista Blas Infante (1885-1936) proviene del árabe
fellahmenghu: «campesino errante». La mayoría de los flamencólogos,
incluso un intérprete y compositor de la talla de Paco de Lucía (nacido
Francisco Sánchez Gómez, en 1947, en el puerto de Algeciras), y un cantaor de
los quilates de Camarón de la Isla (nacido José Monge Cruz, 1950-1992),
afirman el origen andalusí-morisco de su especialidad (cfr. Félix Grande Lara:
Memoria del flamenco, 2 vols., Espasa Calpe, Madrid, 1987).
Ibn Firnás
Hacia el 850, ya existía en la ciudad islámica
de Córdoba en al-Ándalus, un ambiente científico y cultural tan intenso como
para producir individualidades de la talla de Abbás Ibn Firnás. Este hombre,
dotado de un espíritu que recuerda al de los genios del Renacimiento italiano,
había construido en su casa lo que puede pasar por ser el primer planetario de
la historia del mundo. se trataba de una habitación dentro de la que estaban
representadas las constelaciones, los astros y los fenómenos meteorológicos. Las
escasas reseñas que quedan de este planetario señalan que Ibn Firnás lo había
dotado de mecanismos tales que el visitante quedaba sobrecogido por la aparición
de nubes, relámpagos y truenos entre las cuatro paredes de la habitación,
efectos especiales que hoy hubieran despertado la envidia de los técnicos de
Hollywood y Disneylandia.
Ibn Firnás también construyó una clepsidra (reloj de agua)
dotada de autómatas móviles con la que se podía conocer la hora en los días y
noches nublados, e introdujo en al-Ándalus la técnica del tallado del cristal.
Pero lo más sorprendente de Ibn Firnás fue su intento de
volar, seguramente recordando la leyenda griega de Dédalo. Parece ser que se
proveyó de un traje de seda, que por cierto, debió ser uno de los primeros de
este tejido en llegar a España, al que adhirió plumas de aves. Luego, ayudado
por un mecanismo de que, desgraciadamente, no se conservan detalles, saltó desde
lo alto de la torre de la Rusafa —el palacio jardín construido por Abderrahmán
I—, desde casi cien metros de altura, y consiguió planear durante un trecho
hasta que tuvo un aterrizaje bastante forzoso, aunque sin consecuencias graves.
Ibn Firnás, fallecido hacia 887, fue sin duda uno de los más remotos pioneros de
la aviación de que se tenga noticias, con diseños aeronáuticos elaborados
seiscientos cincuenta años antes de que el artista e inventor florentino
Leonardo da Vinci (1452-1519) plasmara el primer intento de estudio
aerodinámico, el cual aparece en el Sul Volo degli Uccelli ("Sobre el
vuelo de los pájaros"), redactado hacia 1505 (Jean-Claude Frère: Leonardo.
Painter, inventor, visionary, mathematician,
philosopher, engineer, Terrail, París, 1995, págs. 148-49).
Y recién en 1678, 800 después, la experiencia de Ibn Firnás
sería repetida, esta vez por un cerrajero francés llamado Besnier que
voló un corto trecho con unas alas que funcionaban como las patas palmeadas de
un pato, teniendo como nuestro cordobés un aterrizaje forzoso con algunos golpes
pero sin consecuencias.
Ibn Masarra
Muhammad Ibn Masarra (883-931), nacido en
Córdoba, es el primer filósofo y gnóstico andalusí. Su familia descendía de
muladíes (conversos al Islam). Su padre, Abdallah, cuyos ojos azules y pelo
rubio hacían que frecuentemente fuera confundido con un eslavo o un normando,
fue viajero por razones comerciales, y frecuentó círculos mutazilíes y místicos
en el Irak, adhiriendo a su pensamiento. Estos conocimientos se los transmitió a
su joven hijo Muhammad quien asimiló rápidamente y en poco tiempo tuvo un grupo
de discípulos.
Luego que su padre, arruinado en sus negocios, se marchara a
Oriente y falleciera en La Meca en 899, Ibn Masarra, que estudió la obra del
filósofo greco-siciliano Empédocles de Agrigento (490-430 a.C.), formó en
Córdoba las bases de una escuela filosófica que llevaría su nombre y que haría
la primera síntesis de las más elevadas tradiciones espirituales de Asia y de
Africa.
El gran islamólogo español Miguel Asín Palacios, encuentra un
paralelismo entre la manera en que el Obispo Prisciliano de Avila
(condenado por hereje y ejecutado por orden del emperador romano Máximo, en 385)
concibe el cristianismo y el modo en que Ibn Masarra vivió y concibió el Islam
(cfr. Miguel Asín Palacios: Abenmasarra y su escuela, Orígenes de la
filosofía hispano-musulmana, Madrid, 1914; Daniel Terán Fierro:
Prisciliano Mártir Apócrifo, Breogán, Madrid, 1985). «Dos grandes
"herejías" ponían en solfa las decisiones del concilio de Nicea en dos puntos
opuestos del mundo conocido: una, en oriente, con Arrio y, la otra, en
Occidente, con Prisciliano. Y, en el centro del debate, el problema de saber si
el reconocimiento de las tres "personas" de la Trinidad: el Padre, el Hijo y el
Espíritu Santo, no hacían que se tambaleara el monoteísmo» (Roger
Garaudy: El Islam en Occidente. Córdoba, capital del pensamiento unitario,
Breogán, Madrid, 1987, pág. 50).
Precisamente, Ibn Masarra es un defensor acérrimo del monoteísmo abrahámico y
el carácter del Uno divino. Se han recuperado sólo dos de sus numerosas obras:
«El libro de la explicación perspicaz» (Kitab al-Tabsira) y «El libro de
las letras» (Kitab al-Huruf). Luego de recorrer el Norte de Africa con
sus discípulos, Ibn Masarra se radicó en Córdoba, donde pudo desarrollar sus
tareas bajo la protección y el estímulo del califa Abderrahmán III (912 a
961).
Ibn al-Qutíyya
Abu Bakr Muhammad Ibn Umar Ibn Abdul Aziz Ibn
al-Qutíyya (muerto hacia 977) es uno de los más importantes historiadores y
filólogos de al-Ándalus. Su apodo quiere decir «el hijo de la goda» Nació en
Córdoba y murió en Córdoba. Era descendiente de Sara la Goda, sobrina del rey
Witiza (m. 710), desposada con un musulmán. Su obra Tarij iftitah al-Ándalus
("Historia de al-Ándalus") es fundamental para comprender la entrada de los
musulmanes en la Península. Este manuscrito se guarda en la Biblioteca Nacional
de París. Véase la traducción de Julio Ribera y Tarragó: Historia de la
conquista de España de Abenalcotía el cordobés, Madrid, 1926.
Ibn Hayyán
Uno de los más notables de los cronistas
andalusíes, a través de quien podemos aproximarnos al reflejo oficial de la
historia de al-Ándalus. Abu Marwán Hayyán Ibn Jalaf Ibn Hayyán fue hijo de un
alto funcionario del canciller del califa Hisham II, Muhammad Ibn Abu Amir
al-Mafirí (940-1002), más conocido como Al-Mansur ("el Victorioso"),
latinizado Almanzor, el conquistador de Barcelona y Santiago de Compostela.
Ibn Hayyán nació en la mejor Córdoba califal, en 987-988, y
murió en la taifa de Córdoba, ya ocupada por Sevilla, en 1076. Legalista
pro-Omeya, como lo sería su compatriota Ibn Hazm, criticó amargamente la caída
de esta dinastía, la ruptura del centralismo andalusí, la guerra civil en un
país disminuído, pero supo adaptarse a los cambios, y el prestigio que logró,
incluso entre sus contemporáneos, componiendo una única obra, su «Historia»
(dividida en dos partes: Kitab al-muqtabis fi-tarij rishal al-Ándalus y
Kitab al-muqtabas fi ajbar balad al-Ándalus), sobre toda la historia de
al-Ándalus, hasta pocos años antes de su muerte, le permitió no sólo mantenerse
en Córdoba toda su vida, sino expresar cuanto quiso, reflejando su criterio, y
dando una dimensión activa a la escritura histórica.
LA SOCIEDAD ANDALUSI
Los diversos grupos sociales de al-Ándalus se definen tanto
por su origen étnico como por su religión. Ambos elementos combinados configuran
la variedad de la sociedad andalusí. Sobre el papel de la mujer en al-Ándalus,
hay que destacar que tuvo más libertad que las mujeres de su misma cultura en
Oriente, debido principalmente a la idiosincrasia de los bereberes (etnia
predominante) y a los elementos que conformaron su sociedad multicultural,
multirreligiosa y polilingüista.
Los árabes
De religión musulmana, desde un primer momento
los árabes forman una clase dirigente minoritaria que disputará el poder a los
mayoritarios grupos bereberes y muladíes.
Los bereberes
Se dividen en tres grupos diferenciados según
el momento de su entrada en la Península:
1. Los que llegaron a lo largo de todo el período omeya. Se
introdujeron en la Península en diferentes oleadas a partir de 711. Se
islamizaron y arabizaron totalmente.
2. Los contingentes que formaron parte del ejército a finales
del califato (siglo X), reclutados masivamente por parte del poder cordobés. De
estos dos primeros grupos salieron dirigentes de diferentes taifas (como los
Ziríes de Granada entre 1013-1090) durante el siglo XI.
3. Entre los siglos XII y XIII el poder político pasa a manos
de las dinastías bereberes de los almorávides y de los almohades, con capital en
Marrakesh, lo que trae consigo un nuevo flujo de bereberes a al-Ándalus.
Los mozárabes
Son muy numerosas en un principio, los
cristianos llamados mozárabes por sus compatriotas musulmanes —término que viene
de musta‘rab, es decir el "arabizado o seudoárabe" —, puesto que en todo
asemejaban a aquéllos, ya que hablaban, se vestían y vivían, en suma de la misma
manera; tan sólo eran distintos por la adscripción a otra religión.
El profundo respeto de la libertad religiosa contenido en la
ley coránica permitió a los mozárabes gozar de una autonomía interna
considerable. Administrativamente dependían de un "comes" de origen visigodo. La
justicia se regía según leyes propias y los impuestos eran recaudados por un
mozárabe, el "exceptor". Este espíritu de tolerancia hizo posible que mozárabes
y judíos lograsen, sin demasiados obstáculos cargos en la diplomacia, el
ejército y el propio gobierno musulmán. En dos terrenos se manifiesta claramente
la singularidad del estilo mozárabe: arquitectura e iluminación de manuscritos.
Las características de las iglesias mozárabes, en las que se
combinan elementos de la tradición visigótica con influjos musulmanes, son los
arcos de herradura, los capiteles de tipo corintio y elementos de decoraciones
esculturada. La miniatura mozárabe, proyectada por el arte islámico, está
considerada como una de las escuelas más originales de todas las que en esta
especialidad produjo el arte medieval. Sobresalen ejemplares como los ilustrados
del "Comentario del Apocalipsis" de Beato de Liébana (monje asturiano muerto en
798). Entre otros miniaturistas y calígrafos mozárabes, destacan Magius y
Florencio.
Podemos juzgar de la atracción ejercida por el Islam en los
cristianos por una carta de 1311, que calcula la población musulmana de Granada
en esa época en 200.000 habitantes, de los cuales todos menos 500 eran
descendientes de cristianos convertidos al Islam (citado por Sir T. W. Arnold,
The Preaching of Islam, Nueva York, 1913, pág. 144).
Los cristianos a menudo declaraban preferir el gobierno
musulmán al cristiano (citado por S. Lane-Poole, Story of the Moors in
Spain, Nueva York, 1889, pág. 47). Un autor cristiano de la época de
Abderrahmán II, llamado Álvaro (siglo IX), en su manuscrito homónimo, dice lo
siguiente:
«Mis correligionarios se complacen en leer las poesías y
las novelas de los árabes: estudian los escritos de los filósofos y teólogos
musulmanes, no para refutarlos, sino para formarse una dicción arábiga correcta
y elegante. ¡Ay!, todos los jóvenes cristianos que se distinguen por su talento,
no conocen más que la lengua y literatura de los árabes, reúnen con grandes
desembolsos inmensas bibliotecas, y publican dondequiera que aquella literatura
es admirable. Habladles por el contrario, de libros cristianos, y os responderán
con menosprecio que son indignos de atención. ¡Qué dolor! Los cristianos han
olvidado hasta su lengua, y apenas entre mil de nosotros se encontraría uno que
sepa escribir como corresponde una carta latina a un amigo; pero si se trata de
escribir árabe, encontrarás multitud de personas que se expresan en esta lengua
con la mayor elegancia, desde el punto de vista artístico, a los de los mismos
árabes» (De El manuscrito de Álvaro, en la España Sagrada,
por Flórez, Risco, etc. 2da. edición, 47 vols., Madrid, 1754-1850, págs.
273-275. Citado por R. Dozy, Historia de los musulmanes de España. O.
cit., Tomo II, págs. 92 y 93).
Los muladíes
A partir del siglo VIII, muchos hispanorromanos y visigodos se
convierten al Islam, y son denominados muladíes (del término muwallad
"conversos"), si son descendientes de matrimonios mixtos, y musálima, si se han
convertido por propia convicción. Estos últimos serán cada días más, quedando
los auténticos mozárabes como una minoría. Estos muladíes, musulmanes como los
árabes y los bereberes, se abrieron camino en la sociedad andalusí reivindicando
su igualdad, en tanto musulmanes, con los árabes.
LAS LENGUAS DE AL-ÁNDALUS
Al-Ándalus, la Península Ibérica en época musulmana, ofrece un
fenómeno de polilingüismo. La lengua oficial fue el árabe clásico, la lengua del
Sagrado Corán y la literatura, estandarizada por las escuelas filológicas árabes
y común a todo el Dar al-Islam ("Morada del Islam", el territorio islámico), que
se impuso en la Península Ibérica donde la lengua de la administración
visigótica y la cultura era el latín, mientras que sus pobladores hablaban un
protorromance que los investigadores europeos del siglo XIX denominaron
mozárabe. El hecho de que los árabes, además de la lengua estandarizada de la
religión y la cultura, trajesen sus propios dialectos árabes, motivó la creación
de un dialecto árabe peninsular, llamado dialecto hispano árabe o andalusí,
analítico y con romancismos especialmente léxicos, aunque también fonológicos y
morfosintácticos, dado el sustrato románico de la Penísnula Ibérica.
El dialecto árabe andalusí convive con el protorromance en una situación de
bilingüismo hasta que la lengua mozárabe desaparece o queda en bolsones
marginales, pues en el siglo XII los cristianos de al-Ándalus, es decir, los
mozárabes, utilizaban los evangelios en árabe o escribían sus documentos en esta
lengua en Toledo, a pesar de ser un ambiente romanizado.
Otra lengua utilizada en al-Ándalus es el hebreo, empleado por la comunidad
judía andalusí como lengua litúrgica, y que a partir del siglo X da una
abundante literatura hebrea, aunque los judíos andalusíes hablaban el árabe y el
protorromance. También hay que mencionar los dialectos bereberes que pudieron
conservar los musulmanes de esta etnia entre ellos, aunque apenas han dejado
huellas en el dialecto andalusí a pesar de ser la lengua de las dinastías
africanas de los siglos XI-XIII, almorávides y almohades, y no han dejado
ninguna huella literaria.
La lengua árabe ha dejado sus huellas en las lenguas románicas peninsulares,
castellano, portugués, gallego y catalán, pero hay que tener en cuenta que estos
préstamos lingüísticos se produjeron a partir del dialecto andalusí y no del
árabe clásico. El mismo caso es el de los toponimios hispánicos de origen árabe
entre los que se encuentran, además de los propiamente árabes, siempre a través
del dialectal, los romanos y prerromanos que a menudo se han arabizado
fonológicamente (por ejemplo, Caput aquae = Qabdaq = Caudete, o han recibido
algún morfema árabe, como el artículo (Alpont). El caso de Aljubarrota (del ár.
al-ÿubb=pozo), o Aljibe roto, es muy descriptivo. Véase A. Steiger:
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APENDICE I
Texto del pacto de Teodomiro y Abd al-Aziz
Ibn Musa Ibn Nusair, citado por el historiador hispanomusulmán Ibn Idarí (que
floreció hacia 1270), en su obra Kitab al-bayán al-mugrib fi ajbar muluk
al-Ándalus wa-l-Magrib, traducida por el profesor Felipe Maíllo Salgado,
bajo el título
La caída del califato de Córdoba y los reyes de taifas, Salamanca, 1993.
En el Nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. Edicto
de ‘Abd al-‘Aziz ibn Musa ibn Nusair a Tudmir ibn Abdush (esto es,
Teodomiro, hijo de los godos). Este último obtiene la paz y recibe la
promesa, bajo la garantía de Dios y su Profeta, de que su situación y la de su
pueblo no se alterará; de que sus súbditos no serán muertos, ni hechos
prisioneros, ni separados de sus esposas e hijos; de que no se les impedirá la
práctica de su religión, y de que sus iglesias no serán quemadas ni desposeídas
de los objetos de culto que hay en ellas; todo ello mientras satisfaga las
obligaciones que le imponemos. Se le concede la paz con la entrega de las
siguientes ciudades: Orihuela, Baltana, Alicante, Mula, Villena, Lorca y Ello.
Además, no debe dar asilo a nadie que huya de nosotros o sea nuestro enemigo; ni
producir daño a nadie que huya de nosotros o sea nuestro enemigo; ni producir
daño a nadie que goce de nuestra amnistía; ni ocultar ninguna información sobre
nuestros enemigos que puede llegar a su conocimiento. El y sus súbditos pagarán
un tributo anual, cada persona, de un dinar en metálico, cuatro medidas de
trigo, cebada, zumode uva y vinagre, dos de miel y dos de aceite de oliva; para
los sirvientes, sólo una medida. Dado en el mes de Raÿab, año 94 de la Hégira
(713 d.C.). Como testigos, ‘Uzmán ibn Abi ‘Abda, Habib ibn Abi ‘Ubaida, Idrís
ibn Maisara y Abul Qasim al-Mazáli.
APENDICE II
LOS MITOS FUNDADORES DE LA NACION ESPAÑOLA
Por Juan Goytisolo
Publicado en el diario «El País» de Madrid,
el sábado 14 de septiembre de 1996, página 11.
Sabemos desde el siglo XVIII, gracias a la Ilustración y al
empeño posterior de los historiadores críticos, que todas las historias
nacionales y credos patrióticos se fundan en mitos: el prurito de magnificar lo
pasado, establecer continuidades «a prueba de milenios», forjarse genealogías
fantásticas que se remontan a Roma, a Grecia o a la Biblia, obedece sin duda a
una ley natural de orgullo y autoestima, pues los hallamos en mayor o menor
grado en el conjunto abigarrado de Estados y naciones que integran el continente
europeo.
No tengo nada contra los mitos y su fecunda prolongación artística y poética,
a condición, claro está, de no olvidar su carácter ficticio, elaboración gradual
e índole proteica, ya que estos mitos, manejados sin escrúpulo como un arma
ofensiva para proscribir la razón y falsificar la historia, pueden favorecer y
cohesionar la afirmación de «hechos diferenciales» insalvables, identidades «de
calidad» agresivas y, a la postre, glorificaciones irracionales de lo propio y
denigraciones sistemáticas de lo ajeno.
«El impulso revolucionario de los mitos», escribió Juan Aparicio, el
inamovible director general de prensa durante los años más duros del franquismo,
«dispara a las multitudes hacia querencias de un potencial terrible». El
mito, cual una idea platónica, pertenece al dominio de Dios, quien lo ha cedido
parar su uso y devoción por los naturales de un país. El mito es, por lo tanto,
de «esencia nacional». No andaba errado el censor emérito: el
recurso a los mitos fundacionales (Covadonga, Santiago, la Reconquista) por la
Falange e intelectuales adictos al Glorioso Movimiento sirvió de base a la
«Cruzada de salvación» de Franco y a los horrores de la guerra civil y de su
inmediata posguerra.
Aunque fláccidos e inservibles como globos pinchados en la España de hoy,
estos mitos resurgen y lozanean, como gatos de siete vidas en diversos Estados y
pueblos europeos que creíamos vacunados para siempre tras la derrota del
fascismo.
Las referencias mesiánicas de Le Pen a Clovis, Poitiers y
Carlos Martel —cuyo potencial explosivo es amortiguado, por fortuna, por dos
siglos de tradición laica y republicana— son paralelas a las burdas
manipulaciones de la historia serbia y también croata, que condujeron en fecha
reciente a la infame «purificacion étnica» y al genocidio de 200.000 musulmanes.
Ahora, este impulso mítico dispara a las multitudes rusas víctimas desnortadas
del desplome súbito de la URSS a la busca de «esencias puras» y de su «alma
vendida», esto es, con fórmulas acuñadas por la Falange y el Fascio.
El cotejo de los textos escritos por los bardos e ideólogos de Mussolini y
José Antonio Primo de Rivera con los de los inspiradores de Le Pen, Milosevic,
Karadzic o Zhirinovsky, y el del lenguaje troquelado por el nacional-catolicismo
español de la primera mitad de siglo, con el de las Iglesias ortodoxas rusa,
serbia o griega, resulta a este respecto tan concluyente como sobrecogedor. Como
dice el lúcido e incisivo ensayista serbio Iván Colovic, refiriéndose al
discurso oficial del nacionalismo étnico, el escenario iconográfico político
«evoca y recrea un conjunto de personajes, sucesos y lugares míticos con miras a
crear un espacio-tiempo igualmente mítico, en el que los ascendientes y los
contemporáneos, los muertos y los vivos, dirigidos por los jefes y héroes,
participen en un acontecimiento primordial y fundador: la muerte y resurrección
de la patria».
Como vamos a ver, esta leyenda de muerte y revivicación —escamoteadora de la
realidad del Andalus y de la Castilla de las tres castas—, es el mito original
de España.
1.- La panoplia lepeniana cifrada en la tríada de Clovis, Carlos Martel y
Juana de Arco no es mero folclor ni decorado de carrozas verbeneras. En nombre
de Occidente y sus héroes sin mácula, grupos fascistas y xenófobos, en la
nebulosa del Frente Nacional, apalean y asesinan a inmigrados magrebíes cuyo
único crimen estriba en su supuesta descendencia de los sarracenos aplastados
por el titánico martillo de Carlos. El proyecto de una Francia pura, una Francia
francesa, se edifica así —como el de la Serbia pura, la Serbia serbia— sobre un
frágil castillo de leyendas y patrañas. Aunque, a diferencia de sus colegas
españoles, los historiadores del país vecino no incurran en el dislate de llamar
franceses a los galos ni considerarse compatriotas de Vercingétorix, y el
milagroso bautizo de Clovis, reseñado el año 948 por Flodoard (893-966), no haya
sido nunca tomado en serio por su fantástica convergencia de portentosos lances,
el mito de Poitiers resistió con mayor éxito al escrutinio del investigador.
Si bien Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764) prevenía a sus lectores contra la
índole novelesca de la proeza del héroe franco, salvador, según las crónicas
antiguas y aun modernas, de la civilización cristiana, el mito aguantó un largo
asedio de críticos y eruditos antes de derrumbarse. Desde Pablo Diácono, para
quien 375.000 sarracenos perecieron en la batalla, hasta la rimada Crónica
latina anónima del año 854, pasando por los relatos de Teófilo y los
monjes de Moissac, este acontecimiento trascendental se engalana de ostentosas
inverosimilitudes y levita en un ámbito manifiestamente novelesco.
La presencia del ejército árabe en el lugar es a todas luces tan fantasiosa
como la extravagante identidad de Mahoma, atribuida a un tal Mahou, cardenal
franco aspirante al Papado que movido por el despecho de su fracaso, habría ido
a predicar su nueva y nefanda doctrina a los nómadas salvajes de Arabia. La
crítica posterior de Henri Pirenne, Lucien Musset y el
análisis mitoclasta de Edward Said en su imprescindible Orientalismo
(Libertarias, Madrid, 1990) desmontan el andamiaje tan laboriosamente armado.
¿Cómo podía haber llegado la veloz caballería árabe, como quien dice de un
tirón, a Poitiers el año 732, sin la intendencia y abasto indispensables a la
travesía de mares, desiertos y montañas, en medio de pueblos aguerridos y
hostiles? ¿No se contradice tan mirífica hazaña con la precisión del monje del
Monte Cassino que, en la segunda mitad del siglo VIII relata la llegada de
presuntos sarracenos «con sus mujeres e hijos» a Aquitania, para instalarse en
ella? Los jinetes célebres como el rayo, ¿llevaban consigo a su prole? Como
veremos más adelante, las páginas en blanco de la historia, en razón de la falta
de documentos fidedignos sobre lo acaecido en el siglo VIII, per miten a los
fabricantes interesados de mitos ornar el pasado de su nación de la religión
verdadera con báculos, oropeles y mitras que —una vez cristalizada la
leyenda y ratificada por los historiadores «patriotas»— resultan difíciles de
desacralizar.
No hubo batalla en Poitiers —a lo sumo escaramuzas en tierras vecinas— ni
árabe alguno intervino en ella. El Islam llegó a la provincia
Narbonense un siglo más tarde y no con su invicta caballería, sino por el
«contagio» de la predicación y afinidades a las doctrinas «heréticas» profesadas
de antiguo por quienes luego hablarían la langue d'oc.
2.- Aterricemos ahora en predios más cercanos. La leyenda compostelana de
Santiago Apóstol y su prolongación en Nuevo Mundo —¿cuántas ciudades y lugares
denominados Santiago o simplemente Matamoros existen desde la frontera norte de
México hasta la cordillera andina?— constituye un magnífico ejemplo del «impulso
revolucionario» del mito.
El traslado del sepulcro del apóstol, custodiado por los ángeles, de
Palestina a Galicia el año 44 después de Cristo y su descubrimiento oportuno
nueve siglos más tarde desafía desde luego toda explicación racional y
creíble.¿Qué motivo podía haber inducido a los discípulos de Santiago a
transportar su cuerpo al fin del mundo entonces conocido, al mismísimo finis
terrae? ¿Preveían ya la terrorifica invasión sarracena y el lucido papel que
el apóstol iba a desempeñar en la cruzada emprendida contra ella? Y, más
asombroso aún, ¿cómo fue localizado el sepulcro romano e identificado el cadáver
que, a partir de entonces, saldría milagrosamente de él para auxiliar a los
cristianos con el célebre tajo de su espada invicta?
Américo Castro (1885-1972), respondiendo a nuestros modernos historiadores
mitólogos como Ramón Menéndez Pidal (1869-1968) y Claudio Sánchez Albornoz
(1893-1984), analiza luminosamente la fuerza y supervivencia del mito:
«Los confines entre lo real y lo imaginario se desvanecen», escribe en
La realidad historica de España (Madrid, 1954), «cuando lo imaginado
se incorpora al proceso mismo de la existencia colectiva, pues ya dijo
Shakespeare que "estamos hechos de la materia misma de nuestros sueños". Cuando
lo imaginado en uno de estos sueños es aceptado como
verdad por millones de gentes, entonces el sueño se hace vida, y la vida,
sueño».
La transmutación pasmosa del pacífico pescador del lago Tiberíades en un
jinete experto y aguerrido, cortacabezas insigne, respondía como es obvio, a la
necesidad de las Iglesias, tanto hispana como carolingia de oponer a la
triunfante predicción del credo de Mahoma un Santi Yagüe de recia espada,
hermano gemelo de Cristo e «hijo del trueno»; capaz de planear por los aire en
albo y radiante corcel de acuerdo con la fábula dioscúrica de Pólux y Cástor.
Lo curioso es el retraso con el que la leyenda apareció. La vieja fábula del
siglo IV de la estancia y predicación del apóstol en la Península sufre, en
efecto, una modificación en la que conviene detenerse un instante. Hasta
mediados del siglo IX, una centuria después de la fecha en la que, según la
historiografía tradicional, habrían arrasado «España» los feroces invasores
árabes, los himnos litúrgicos y romances populares impetraban la protección del
apóstol contra «la peste y otros males»; sin mencionar dicha catástrofe ni la
suerte trágica de los cristianos. Sólo después del descubrimiento
del sepulcro —narrado a fines del siglo IX— los devotos imploran su ayuda
contra los sarracenos, cuya existencia por lo visto, ignoraban antes.
En la centuria siguiente, Santi Yagüe (Santiago) será entronizado anti-Mahoma
y su santuario compostelano se convertirá en la anti-Caaba. Dicha mutación
confiere a la leyenda su carácter definitivo. Compostela pasa a ser el punto de
convergencia de la cristiandad militante en oposición a La Meca, y la popular
romería del Camino de Santiago, la réplica franca y galaico-leonesa al haÿÿ
(la santa peregrinación musulmana). La Providencia
concederá en adelante la victoria al jinete en «níveo e impetuoso» caballo no
sólo sobre los moros de la Península, sino también, en un extraordinario vuelo
transoceánico, sobre los aztecas, inclinando el fiel de la balanza, en plena
batalla, en favor de Hernán Cortés y los suyos.
Señalaremos, de la mano de Américo Castro, que «muchos católicos» como
el padre Mariana pusieron en duda en el siglo XVII «la existencia del cuerpo
del apóstol en el sepulcro de Galicia». El también jesuita Pedro Pimentel
sostuvo incluso, por tal razón, que debía confiarse la protección de España en
santa Teresa de Jesús (1515-1582), propuesta que suscitó la iracunda réplica de
Quevedo.
Hoy, el apóstol sigue siendo el santo patrón de España, aunque su actividad
bélica se haya extinguido. Como catalizador de energías cumplió bravamente la
función que le fue asignada. Como dice Américo Castro, «Santiago fue un credo
afirmativo, bajo cuya protección se ganaban batallas que nada tenían de
ilusorias. Su nombre se convirtió en grito nacional de guerra, opuesto al de los
sarracenos».
3.- Los mitos fundadores de una nación tienen la piel dura: aun desahuciados
por la crítica demoledora de sus falsificaciones sucesivas e interpolaciones
flagrantes, siguen ofuscando algunos historiadores contemporáneos y se perpetúan
en los manuales de enseñanza por pereza y rutina, debido a la incomodidad y
esfuerzo que ocasionaría un nuevo y perturbador planteamiento de la realidad
historiable. Cuando Sánchez Albornoz, en sus elucubraciones líricas sobre «la
embrionaria España, mecida en la cuna de Covadonga», daba su aval a las
leyendas manipuladas por el franquismo y el sector más reaccionario de la
Iglesia, ¿ignoraba la coincidencia de sus tesis con las sostenidas por la
extrema derecha y el ultranacionalismo xenófobo? Cedamos la palabra al conocido
historiador en uno de sus trémulos arrebatos proféticos: «Temo que otra gran
tronada histórica pueda mañana poner en peligro la civilización occidental, como
lo estuvo por obra del Islam en los siglos VII y VIII...La cultura europea fue
salvada por Don Pelayo en Covadonga...¿Dónde se iniciará la nueva reconquista
que salve al cabo las esencias de la civilización nieta de aquella por la que,
con el nombre de Dios en los labios, peleó el vencedor del Islam en Europa?»
(Orígenes de la nación española, Oviedo 1975). A juzgar por sus escritos,
el espectro de otra invasión sarracena ahuyentaba el sueño y amargaba los días
del distinguido arabista.
En un substancioso y aguijador ensayo sobre el tema, Covadonga, un mito
nacionalista católico de origen griego (El Basilisco, Oviedo,1994),
el historiador Guillermo García Pérez no se limita a señalar los desatinos y
absurdos en los que incurre la fábula, sino que se remonta al origen de ésta y
la esclarece con brillantez. Las Crónicas asturianas de Alfonso II el
Casto y Alfonso III el Magno, muy posteriores a los hechos descritos, refieren
en un lenguaje a la vez tosco y florido la aniquilación por Don Pelayo (722) de
127.000 invasores denominados primero «caldeos» y luego «sarracenos». La Virgen
de la Cueva completa a continuación el inmisericorde exterminio al precipitar
una avalancha de rocas o pedazo ingente de la montaña sobre los 60.000 fugitivos
del desastre. La victoria del héroe y la subsiguiente intervención celeste son
tanto más asombrosas cuanto, según otras crónicas, los invasores moros de Tariq
(711) sumaban tan sólo siete mil y los de su jefe y rival Musa dieciocho mil.
¿Cómo podían haberse multiplicado en siete años de guerra, pillaje y devastación
los culpables de la «destrucción de la España Sagrada» de 25.000 a 187.000,
cifra a la que habría que añadir, para no desmentir la veracidad de los monjes y
eclesiásticos francos, la de los 375.000 que perecerían 10 años después en
Poitiers (732)?
Por mucho que parezca increíble, la proliferación astronómica de los
supuestos árabes no fue objeto de desmitificación cabal gracias a Lucien
Barreau-Dihigo, sino en 1921. Cierto que, como nos recuerda Guillermo García
Pérez, el abate Juan Francisco Masdéu (1744-1817), sin poner en tela de juicio
la realidad de la batalla, señaló la interpolación en la Crónicas de
«circunstancias muy dudosas o claramente falsas». Pero el miedo a la Inquisición
primero y la alergia «a la novedad de discurrir» tan difundida ayer y hoy en
España, después institucionalizaron, en medio de la credulidad colectiva, el
mito de Covadonga y Don Pelayo hasta el incitante cotejo del mismo con el de
Delfos (480 años antes de Cristo) por Guillermo García Pérez.
La comparación de las dos leyendas disipa cualquier duda: la asturiana es una
copia de la griega, incluidos los pormenores de la matanza (de persas en un caso
y de caldeos o sarracenos en el otro), la intervención milagrosa de Atenea y el
desprendimiento mortífero de las rocas (en la leyenda original del monte
Parnaso). Como dice acertadamente nuestro investigador, situando la aparición
del mito en su contexto histórico —la dependencia o vasallaje del reino leonés
respecto a Carlomagno— «la leyenda de Covadonga (1) sería sólo una pieza
más, un ingrediente estructural de la estrategia política desarrollada por el
recién formado Imperium Christi (Carlomagno y el Papado, independizado de
Constantinopla) para luchar contra el entonces, preocupante dominio islámico del
mundo mediterráneo».
En su iluminadora exposición de las vicisitudes del mito Guillermo García
Pérez apunta con razón al uso pro dome del mismo en fechas más reciente.
Cuando la imagen de la Virgen —trasladada por razones de seguridad en los años
de la guerra civil a la embajada de la república en París— fue devuelta a
España, la estatua, paseada con honores de Capitán General por Franco y la
jerarquía eclesiástica hasta su cueva milagrosa, había sido transmutada en
símbolo de la «España eterna», salvada de nuevo providencialmente por la
supuesta Cruzada. Medio siglo después, Juan Pablo II, en su peregrinaje al
santuario en agosto de 1989, pronunció una homilía, cuyo resumen por Guillermo
García Perez reproducimos para ilustración del lector: «Covadonga es la
esencia de España (el lugar) en donde Don Pelayo derrotó al Islam, el
altar mayor y una de las primeras piedras de la Europa cristiana».
¡Saludemos la habilidosa elevación de la superchería áulica de Carlomagno al
rango de verdad pontificia y la transformación de la atávica diosa de Onga en
esencia nacional y espada flamígera de la Cristiandad!
NOTA
(1) El walí de Córdoba, Ambasa, envió durante la primavera boreal del
año 722, una expedición de unos centenares de soldados al mando de Alqama,
Alqama y Oppas contra los rebeldes astures. Parece ser que se produjo una
escaramuza —no hubo tal batalla como exagera la Crónica de Alfonso III casi
doscientos años más tarde)— junto a la cueva de Covadonga, una zona montañosa y
cerrada, entre la patrulla musulmana y un reducido número (¿100? ¿300?),
dirigidos por Pelayo (m. 737) de origen visigodo, al que se adjudica el haber
fundado el reino de Asturias (718-737). La acción no pasó a mayores y el
contingente musulmán retornó hacia el valle de la Liébana, por el puerto de
Amuesa. La historiografía actual sostiene que las gentes del norte no pelearon
en Covadonga en defensa de la religión católica, sino para mantener su
independencia. Sin embargo, muchos historiadores ponen en duda la propia
existencia del episodio.
Juan Goytisolo es un escritor y periodista nacido en Barcelona en
1931. A partir de los sesenta se especializa en temas islámicos y se radica en
la ciudad de Marrakesh, Marruecos.
Muchas de sus obras reflejan esta inquietud: «Crónicas sarracinas»,
«Reivindicación del conde Don Julián», «Makbara», «En los reinos de taifas»,
«Las virtudes del pájaro solitario», «La cuarentena», «Estambul otomano»,
«Argelia en el vendaval», «El bosque de las letras», «El sitio de los sitios».
Entre 1987 y 1990 dirige la serie Alquibla de veintiséis capítulos para la
Televisión Española (TVE), filmada en diez países del mundo musulmán.
Entre 1992 y 1994 viaja 4 veces a Bosnia y en 1996 visita Chechenia. Como
resultado de estas travesías, publica dos libros testimoniales: «Cuaderno de
Sarajevo» y «Paisaje de guerra con Chechenia al fondo».
En mayo de 1997 presentó su libro De la Ceca a La Meca (que es un
éxito editorial) y fue galardonado con el Gran Premio Proartes de Narrativa
Iberoamericana que se falló en Bogotá.
El presente artículo fue leído como primicia absoluta por el
autor con el título «Los mitos fundacionales de la historia española», el
miércoles 14 de agosto de 1996 en Buenos Aires, durante su participación en el
Coloquio El legado de al-Ándalus. 800 años de Civilización y Pluralismo
Religioso, en el auditorio de la Fundación "Los Cedros".
R.H. Shamsuddín
Elía
Profesor del Instituto Argentino
de Cultura Islámica
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