La Ciencia como prueba de Fe
Hay un pasaje coránico que apela a la razón y a la reflexión de hombres y mujeres: «Realmente, en la creación de los cielos y de la tierra, en la sucesión de la noche y del día, hay, sin duda, signos para los dotados de intelecto que recuerdan a Dios de pie, sentados o echados, y que meditan sobre la creación de los cielos y de la tierra, diciendo: “Señor: No has creado todo esto en vano. ¡Gloria a ti!» (El Sagrado Corán: Capítulo 3 Al-Imran, versículos 190-191).
La ciencia consiste en el esfuerzo del ser humano por comprender, por sus propios medios, el mundo que le rodea y comprenderse a sí mismo. Los musulmanes han sostenido siempre que su fe no sólo no obsta a ese esfuerzo sino que, por el contrario, prescribe expresamente a los creyentes a emprenderlo e imparte las orientaciones necesarias para lograr su empeño.
La búsqueda del saber ha sido un precepto constante del Islam desde los orígenes mismos de la Revelación. Y desde ese día memorable hasta cuando sucumbieron temporalmente a los graves problemas externos e internos que debieron afrontar, los musulmanes jamás han dejado de buscar la ciencia y la tecnología.
Entre las numerosas contribuciones del Islam a las matemáticas cabe destacar en primer lugar su notación de los números y, de modo particular, la utilización de la noción del cero y del signo que lo representa. Este legado del Islam es la base de nuestro sistema numérico actual.
Ningún progreso científico ha sido jamás obra de un solo individuo, ni siquiera de una sola cultura. La ciencia y la tecnología son el resultado de una acumulación continua de conocimientos, a través de generaciones sucesivas, en diferentes partes del mundo y, por ello, constituyen el verdadero patrimonio común de toda la humanidad. Isaac Newton, uno de los más grandes científicos de todos los tiempos, expresó acertadamente esta idea cuando dijo que si veía un poco más lejos era porque estaba sobre los hombros de quienes le habían precedido.
Así, y tras reconocer lo que los musulmanes tomaron de otros pueblos —entre ellos los babilonios, los indios y los griegos—, el mérito que a la ciencia islámica corresponde por habernos legado las bases mismas de nuestro sistema numérico es de primerísimo orden, y el reconocimiento general de esta verdad se prolonga hasta hoy día mediante la expresión universal de “números arábigos” o, según la palabra castellana de origen árabe, “guarismos”.
El estado actual de la ciencia islámica no puede ciertamente compararse con su prestigioso pasado. Pero esta situación, dolorosa para los musulmanes y para el mundo entero, no debe inducirnos a una evaluación excesivamente desfavorable de la ciencia y la tecnología en el mundo islámico. Debe tenerse en cuenta, ante todo el número impresionante de científicos e ingenieros musulmanes que se están formando o ejercen su profesión en todos los países del mundo. Entre ellos cabe citar al profesor pakistaní Abdus Salam (1926-1996), que obtuvo el Premio Nobel de Física en 1979, o al Dr. Ahmed Zewail (nacido en 1946), primer premio Nobel egipcio de Química en 1999.
Por su parte, los países islámicos tienen cada vez más clara conciencia de que el renacimiento del Islam está ligado a un nuevo florecimiento de la ciencia y la tecnología dentro de la Ummah (comunidad) y recuerdan el hadiz (narración) del Profeta: “El Último Día de esta comunidad sólo estará asegurado por aquello que aseguró su comienzo”. De ahí que los países islámicos estén decididos a trabajar, no sólo cada uno por su cuenta, sino también, y esto es lo importante, colectivamente y en cooperación con los demás países del mundo.
Por cierto, los musulmanes integrados plenamente en la comunidad argentina tenemos a la búsqueda del saber como una obligación diaria donde la lectura, la investigación y la práctica son requisitos indispensables de la misma.
En esta marcha hacia la renovación científica y tecnológica, nosotros los musulmanes recitamos reverentes el versículo coránico: «Di: “¡Señor mío! Hazme entrar con recta entrada y hazme salir con recta salida! ¡Concédeme de Ti, una autoridad que me auxilie”. Y di: “Ha venido la Verdad y se ha disipado la falsedad. La falsedad está condenada a disiparse!» (Capítulo 17 Al-Isra, ‘El Viaje Nocturno’, versículos 80-81).
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